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Las 22 puertas del castillo-espejo: VII Los Enamorados (la carta 6)

Arte

Por: Psicanzuelo - 07/17/2015

Por medio de un análisis exhaustivo de los 22 arcanos del tarot se intentará darle un sentido al ejercicio cinematográfico como regulador de la percepción de la vida

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 El amor

Antes que nada y primero que todo, este arquetipo simboliza al amor. El cine en este sentido nos ofrece dos polos opuestos, que fluctúan entre la cursilería hollywoodense y el desesperanzador mundo sin amor del denominado por David Bordwell “cine de arte”. En medio de estos dos polos existe un cine con corazón que, de forma realista aunque consciente de ser cine, deambula sonámbulo en lo que representa este gran arcano del tarot. Los Enamorados simbolizan en realidad la lucha entre el amor de lo sagrado y lo profano. Este tipo de cintas brotan sobre todo de filmografías independientes y propuestas audaces como lo son por ejemplo varias películas dirigidas por Hong Sang-soo y Joe Swanberg, que en lugares distintos del mundo (Korea, Estados Unidos) desarrollan una técnica parecida, denominada mumblecore. Este cine no podría existir sin establecer la herencia filmográfica de Éric Rohmer, esencial para discutir el tema en cuestión del tarot. Rohmer, cuya carrera despega al final de la de todos sus compañeros de la nueva ola francesa, inicia filmando seis películas perfectamente planeadas y ejecutadas, parte de un mismo proyecto, Seis cuentos morales, a lo largo de casi una década (1963-1972). Hay que recalcar que primero las escribió narrativamente, tal cual en forma de cuentos.   

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Inspirado en la obra maestra del gran F. W. Murnau, Sunrise (1927), Rohmer transcribe en guiones y visualiza la misma historia, contada de seis maneras diferentes. Un hombre comprometido con una buena mujer es tentado por otra más sensual, para finalmente regresar con su primer compromiso. Puestas en escena de lo más sencillas, donde se privilegian los diálogos ante todo, enfrentando lo que dicen los personajes contra lo que sienten, y a eso nos invita la carta de Los Enamorados, a separar los sentimientos de los pensamientos en cada pequeño instante-detalle que compone la vida. Por eso, la propuesta de Rohmer es básica, construida sobre las aparentemente insignificancias cotidianas que el director nos va demostrando que en realidad componen espiritualmente la existencia, aislando así lo que en realidad acaba importando en mayor medida. Néstor Almendros es el fotógrafo de las cuatro últimas películas y ayuda a llevar la propuesta de Rohmer a dimensiones extraordinarias por medio de la simpleza de la iluminación, guardando un respeto impecable ante las fuentes naturales de luz, y el entendimiento de los conflictos de los personajes por medio de la cámara, sin dejar de ser neutral. Para esta misión Rohmer jamás utilizó música que no proviniera de la escena misma, un tocadiscos en cuadro por ejemplo (la realidad retratada indicaba cómo filmarla). Esa pureza habla de este naipe también, en la manera como se articula el filme. Sallie Nichols comenta sobre las dos mujeres que aparecen en la carta: “Quizás una de ellas atrae más su pasión sexual, mientras que la otra tiene en vilo sus sentimientos secretos y su aspiración espiritual”, esto en relación de las dos mujeres con el hombre.      

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En este sentido no podemos dejar de mencionar a Woody Allen, que a través de su obra no ha dejado de preocuparse por definir a los enamorados. Pero sobre todo hay una película que puede funcionar perfectamente para definir este aspecto de la relación entre el cine y el arcano, desmenuzando lo sagrado de lo profano: Sexo, mentiras y video (Steven Soderbergh, 1989). Graham (un radiante James Spader) es un artista visual que huye de sí mismo, no puede tener relaciones sexuales por algunos intensos problemas de su pasado, es impotente, y se dedica a entrevistar mujeres que le platican sobre su sexualidad, para después poderse masturbar con los videocassettes que graba. Hasta que conoce a Alice (una primorosa Andie MacDowell), quien lo hace verse a sí mismo, como en un espejo pulcro. En la cinta podemos apreciar a Cynthia (Laura San Giacomo) como la mujer que lleva la corona de laureles en la cabeza y que acaricia a Graham en sus partes bajas en la carta del tarot, mientras la otra mujer, su hermana, es Alice, invitándolo a sentir de distintas formas mucho más elevadas, a contactar con su espíritu por medio del amor.          

 

El triángulo de la unanimidad

En su forma gráfica del triángulo amoroso, que gráficamente observamos en el Tarot de Marsella con las dos mujeres y el hombre, en la baraja Rider (Rider-Waite) se aprecia más como triángulo conformado por la pareja debajo del Sol, de la divinidad (Eros), conformando un triángulo ascendente con él. La dualidad de las dos mujeres rodeando al consultante representado en el hombre pasa a ser el hombre enfrentado a la mujer, con el comentario de los arboles detrás de ellos, nuevamente las dos columnas de Salomón. Curiosamente hay una montaña al fondo, entre ellos, como si representara su unión encausada a las alturas.

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Podemos experimentar el triángulo en películas ponderosas desde los inicios poéticos del cinematógrafo como lo es L’Atalante (Jean Vigo, 1934), donde una pareja de recién casados viaja en un barco lleno de gatitos, por un angosto río, en compañía del capitán de la embarcación (Michel Simon), una representación de la divinidad. El triángulo se dibuja, y la trama se adhiere al simbolismo: cuando el novio desconfía de su novia que quiere ir a conocer la ciudad, él sigue navegando. El desencuentro simplemente sirve para que el amor real pueda surgir entre la pareja: la mujer no puede vivir sin su otra parte y regresa, y él la espera más allá de cualquier mímica social.

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Sobre las propiedades del triángulo, Sally Nichols nos recuerda que “para Pitágoras, el triángulo era la primera forma geométrica que simboliza una realidad fundamentalmente humana y conectada con el alma”.

El triángulo amoroso se vive en películas donde las dos mujeres del Tarot de Marsella se intercambian por dos hombres y al centro queda ahora la mujer, es lo mismo pero son los años 60 y esta operación liberadora para los sexos estaba de moda. Banda aparte (Jean-Luc Godard, 1964) como cinta que mezcla géneros cinematográficos experimentalmente para que Anna Karina ayude a dos ladrones a robar su casa, qué más simbolismo puede uno pedir (robar su corazón). En la siguiente escena podemos observar el triángulo de los amantes de forma dinámica, en una escena que ocurre en el museo. Y esto es lo que aporta el cine a los arcanos del tarot, los vuelve movimiento que nos afecta inconscientemente

Por otro lado pero también una película parte de la nueva ola francesa, en Jules y Jim (François Truffaut, 1962), sobre dos amigos enamorados de la misma mujer, en la siguiente escena, de forma muy dinámica, volvemos a ver al arcano viajar intrépidamente en la pantalla, en este caso la de tu ordenador:

Brindando fuerza a la carta del tarot por medio de cuadros inmóviles, cámara petrificada y componiendo áuricamente se encuentra la propuesta del director galés Peter Greenaway, que nos enfrenta con naturalezas muertas en encuadres completamente frontales; casi sucesión de varios tableau vivant. La excepcional fotografía de Sacha Vierny, en Una z y dos ceros (1985), hace que el triángulo tome dimensiones simbólicas con pocos precedentes en el cinematógrafo. El triángulo en este caso esta formado por dos hermanos gemelos que se dedican a la zoología y una mujer que sufre un accidente,  perdiendo su pierna. Al inicio acusan a la mujer del accidente pero poco a poco ambos inician relaciones sexuales con ella, quien, dicho sea de paso, en su accidente también mató a un ganso del zoológico donde ellos trabajan, al igual que a  la esposa de los dos. Hay otra mujer que sostiene relaciones sexuales con ambos: una prostituta que ronda el zoológico, donde los hermanos se dedican casi todo el tiempo a fotografiar time-lapses de animales en descomposición. Así que el triángulo se comienza a distorsionar, formando otras figuras: dos mujeres y dos hombres sería un cuadrado, o dos triángulos pegados en sus bases, el trío y la mujer muerta, que se transforma en la coja, con la prostituta, dando espacio a Eros sin restricciones sociales. Hay que tomar en cuenta que la carta también representa la belleza de las formas; en este sentido, esta película se dedica todo el tiempo que dura a construirlo en la realidad cinematográfica de 24 cuadros por segundo y en time-lapses que contrastan, apoyados de los enervantes violines minimalistas de Michael Nyman.      

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En regiones más oscuras el triángulo distorsionado lo podemos apreciar en películas lésbicas de vampiros; Las hijas de la oscuridad (Harry Kümel, 1971) sería un candidato para la mejor de ellas, aunque varios filmes del siniestro iconoclasta Jean Rollin podrían competir. La condesa húngara milenaria acosa a la pareja de recién casados para que el verdadero amor surja, instigando a la esposa hasta hipnotizarla. Por su parte Rollin, oscuro poeta surrealista de la imagen en movimiento, traza oníricas narrativas por medio de dúos de vampiras (en ocasiones más de uno por película) que andan mordiendo hombres taciturnos.         

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Más tarde el fenómeno lo experimentamos a fondo con Inseparables/Dead Ringers (David Cronenberg, 1988), con los dos gemelos ginecólogos interpretados por Jeremy Irons, y su relación con una paciente, madre, amante y esposa, Claire Niveau (Geneviève Bujold), de trágicas consecuencias antisépticamente góticas.  

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Estas formas son tiradas no afortunadas de la carta, cuando aparece al inverso representa una ruptura, el desorden, la infidelidad, la inmediatez de una elección a realizar. En Relaciones peligrosas (Stephen Frears, 1988) una adaptación de una novela epistolar del siglo XVIII sirve para que John Malkovich y Glenn Close den la mejor de sus actuaciones, en una tirada invertida de esta carta del tarot, que pide la rectitud del significado real del arcano y sobre todo, uno de sus más poderosos significados: la unanimidad. 

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La marquesa y el vizconde juegan un juego de seducción perverso con terceros, cuando en realidad es la expresión del amor entre ambos que, por excesos de sus tiempos que dieron como resultado una sangrienta revolución, más adelante no es permitido. El tiempo oscuro ensucia la manera de relacionarse y a través de la tirada invertida, por medio del dolor, el amor surge aunque sea demasiado tarde, puesto que la tirada es invertida desde un inicio, pero la unanimidad impera y coloca todo en su lugar; esa es la fuerza de este naipe.     

 

Cupido y Eros: la belleza

Cupido, el ángel de la mitología romana, hijo de Venus y quizás de Marte o tal vez de Mercurio, dios del amor en pareja, que se debe encontrar diferenciándose del deseo. En la carta de Marsella sobre el hombre decidiéndose entre las dos mujeres vuela el ángel Cupido, apuntándole con su flecha de amor puesto que su decisión, como dijera Sally Nichols, ya está tomada y es de los dioses, él solo debe conectarse en su voluntad divina.  

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Tobi, el niño con alas (Antonio Mercero, 1978) es una representación de Cupido en lo obvio; esta cinta fantástica del niño al que le empiezan a crecer alas y causa furor en su sociedad donde el amor es un problema y él un semidios, agente de cambio, es una maldición inaceptable. Al igual que Ricky (François Ozon, 2009), un Cupido material que nace del amor verdadero entre dos seres humanos, un ángel, una bendición difícil de llevar en este mundo cruel.

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Mientras que en lo obtuso, la presencia de Cupido tendría que ver con algún alcahuete cinematográfico o completamente con el azar, simplemente como la situación azarosa que junta a dos amantes. 

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El apartamento (Billy Wilder, 1960) es una genial comedia de las ilógicas reglas sociales que se tienen que romper de una u otra forma para que exista el erotismo del que nace el amor verdadero. C. C. Baxter (Jack Lemmon) se ve forzado a rentar su departamento de soltero a sus jefes laborales para que tengan sus encuentros amatorios, hasta que se enamora de una de esas amantes, Fran Kubelik (Shirley MacLaine). Es el juego de Cupido, insípido de entrada por lo complicado de la situación pero dulce al final, porque la pareja perfecta se ha encontrado y eso es lo importante, lo siguiente son las acciones que tienen que emprender para estar juntos y consumar el amor bajo la presencia de la divinidad, que es en efecto el amor mismo. Y es una operación básicamente idéntica lo que sucede en Breve encuentro (David Lean, 1945), puesto que en su guión, escrito por Noel Coward, existe un personaje que les presta a los personajes la llave de su departamento para que puedan tener sus encuentros amorosos. Justo en ese personaje se inspiró Wilder para escribir El apartamento.

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El doctor Harvey (Trevor Howard) y Laura Jesson (Celia Johnson) deben traicionar el cariño y estabilidad de sus respetables casas para encontrar el amor verdadero, y es que no lo encuentran en su unión en dicho departamento sino en la separación y en la dignificación del hogar más allá de las ataduras que representa en un inicio, no así sino como extensión de la divinidad, de la hegemonía, del balance y del principio de todo lo que tienen, de lo que son en esencia espiritual.      

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La opera prima del infante terrible Leos Carax, Chico conoce chica (1984), sirve para trazar lo que sería el amor expresándose en estos tiempos en apariencia limitados en cuanto a lo sentimental y lo emocional, tiempos absurdos de miseria infinita. El ángel Cupido muestra su herencia compartida: hijo de Mercurio y de Marte a la vez, por ese tono que se halla completamente en lo cinematográfico. Carax, guiándose por los preceptos marcados por la nueva ola francesa, conjugando un ecléctico estilo mercuriano pero haciéndolo agresivamente con ese ferviente deseo que se gesta inmediatamente en Alex (Denis Lavant) hacia Mireille (Mireille Perrier), un deseo que va más allá de lo real y se expresa violentamente, compulsivamente y que en Los amantes de Puente Nuevo (Leos Carax, 1991) tendrá su resolución. Un amor hostil, marciano, por parte de Alex casi de aproximación militar (marcial), como con el uso de un arco. Cupido tiene alas pero ataca con su arco a los enamorados, cambiando su mundo para siempre.

Me llama la atención que la nueva ola del cine francés tenga una relación tan sselación tan siaosden a un hombre. io de duos ólida con esta carta, pero es lógico proviniendo de sus autores; es su gran amor al cine, que no tiene rival. Aprendieron cine mirándolo hasta el cansancio, escribiendo de él en Cahiers du Cinéma (criticándolo), sintiendo reverencia, respeto y admiración primero ante su maestro André Bazin, y luego por los grandes maestros del cine que admiraban conjuntamente. El cine para ellos era un templo de una religión que pudiera ser la del amor, por lo menos en su obra temprana.    

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Fuentes

Mayer, H. Cómo predecir el futuro con el Tarot.

Nichols, S. Jung y el Tarot.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

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El “detective de lo oculto” es un género híbrido, la oscura intersección entre las clásicas historias de detectives y el horror sobrenatural; una mezcla de Arthur Conan Doyle con Howard P. Lovecraft, o Edgar Allan Poe con Edgar Allan Poe. En él confluyen atmósferas policíacas de mundos bajos, intrigas y mafiosos con el terror de lo paranormal: fantasmas, demonios y seres de otros mundos. Está claro que si bien no es necesario para escribir una buena historia de miedo, ayuda saber sobre lo que se está hablando y tener una licencia oficial autorizada por el departamento gubernamental apropiado para bucear en las partes más oscuras del inconsciente. De otro modo terminamos con hadas esquizofrénicas y aburridos pactos demoníacos tomados del Fausto (un manual de paranoia escrito en medio de las quemas de brujas y herejes durante la Edad Media y el Renacimiento) o con guías ficticias, igual de aburridas, de la flora y fauna de inverosímiles planos astrales. El género nació a mediados del siglo XIX, momento en que lo sobrenatural era un éxito en Europa y América de la mano del espiritismo y el “renacimiento ocultista”; muchos de sus primeros exponentes, entonces, poseían un conocimiento aproximado del tema en una época de romanticismo gótico en que florecía también una incipiente psicología y el lado oscuro era moneda de cambio válida.

Uno de los más grandes detectives de lo oculto es John Silence, creado por Algernon Blackwood. No sorprende que Blackwood haya sido una de las mayores influencias de Lovecraft (uno de los cuentos protagonizados por Silence, llamado “Una víctima del espacio superior”, remite inequívocamente a la obra del escritor de Providence) ni que fuera miembro de la Orden Hermética de la Aurora Dorada (la Golden Dawn, epicentro de las actividades oculistas de principios del siglo XX). Otro de los detectives más famosos es el infame John Constantine, creado por Alan Moore para su versión de Swamp Thing. El impacto de sus apariciones esporádicas lo llevó a tener su propia y emblemática serie de la mano de Jamie Delano, quien durante algo más de 40 números demuestra un enorme conocimiento de las tendencias más modernas de ocultismo de vanguardia; distintos escritores se hicieron cargo del personaje tras él, algunos de ellos excelentes, otros no tanto. Pero a lo largo de los 300 números de Hellblazer (y unos tantos más de Constantine), el personaje se volvió una triste caricatura de sí mismo y poco quedó al final de sus enfrentamientos iniciales con otros mundos. Solo ahora, con el relanzamiento de su serie bajo el nombre ridículo de Constantine The Hellblazer, con Ming Doyle y James Tyrion como escritores, podemos sospechar que John Constantine, con su cigarrillo a medio fumar y su sobretodo (ahora más corto), es un detective de lo oculto.

Curiosamente, un par de años después de escribir al personaje, Alan Moore decidió emprender el camino del ocultismo y la magia (le cambió la vida una línea de ficción que él mismo escribió en From Hell, historia sobre la francmasonería y Jack el Destripador: “el único sitio en el que es indiscutible que los dioses existen es en nuestras mentes, donde son indudablemente reales con toda su grandeza y monstruosidad”). El mundo del cómic, sucesor natural de los relatos pulp, ha tenido más de un detective encargado de lidiar con asesinos sin lugar a dudas inimputables de acuerdo a todos los tratados internacionales, pero todos vivieron siempre a la sombra del ocultista punk con acento escocés. Ales Kot es el responsable de Secret Avengers (uno de los mejores cómics de los últimos años junto al Hawkeye de Matt Fraction y el Animal Man de Jeff Lemire), una historia sobre la importancia de la imaginación en la que una inteligencia artificial imprevista se une narrativamente a Nick Fury y a Jorge Luis Borges. Dos de las principales influencias de Kot son obvias: Grant Morrison y William S. Burroughs, quien termina siendo un personaje central en Zero, otra de sus más recientes obras: Kot tiene una particularidad, comenzó su carrera hace sólo un par de años y viene escribiendo como loco.

La obra de Kot es surrealista y experimental, no le escapa nunca a lo oscuro ni a lo bizarro: utiliza la mitología popular del siglo XXI para sondear agujeros de seguridad en la realidad. Siguiendo algunos términos que se reputen y cierta simbología recurrente en sus ficciones, es evidente que mantiene viva una tradición contracultural en los cómics y no es extraño ni a la magia ni a los mal llamados estados no ordinarios de conciencia. Un detective de lo oculto creado por él no es cosa menor: por eso es interesante la aparición del primer número de Wolf, una nueva historieta de Image Comics escrita por el propio Kot. Wolf transcurre en Los Ángeles, ciudad de enorme poder en los corazones de todo el mundo, la misma Los Ángeles de Mulholland Drive y de la segunda temporada de True Detective. Una ciudad mítica en la que cohabitan estrellas de cine, magnates racistas y vampiros, de esos que dan miedo y tienen orejas puntiagudas, como Spock. Antoine Wolfe, apodado Wolf, es un detective inmortal que desea morir, hace negocios con la gente equivocada, puede contactar a los muertos y tiene un amigo con tentáculos de la misma raza que Cthulhu. Wolf se parece al primer Constantine, un personaje oscuro que se equivoca una y otra vez pero que también tiene corazón, un personaje complejo que quizás, cómo no, se vea obligado a intentar salvar el mundo. El extenso primer número (de más de 60 páginas) es el inicio de una lúgubre, misteriosa y atrapante amistad.

 

Twitter del autor: @ferostabio