*

X
Antes, a pesar de su naturaleza abstracta, elegíamos objetos físicos para extender nuestro propio cuerpo; y esto es lo que está cambiando, al ir desapareciendo esos vínculos corporales. Dispositivos tecnológicos como teléfonos y tablets cumplen ese rol; aunque sean reemplazados de manera prácticamente anual en muchos casos debido a la obsolescencia programada, la relación persiste

5503872047_65170bcdd6_o_2

Mientras yo era chico mi familia se mudó unas dos o tres veces; mi mayor recuerdo de aquellas transiciones estresantes son cajas. Pilas de cajas, unas arriba de otras, amontonadas, apiladas. Cajas de libros, cajas de CDs y cassettes, cajas de VHSs. Tesoros en una época en la que acercarse al conocimiento era algo mucho más dificultoso; la discografía de Pink Floyd no estaba a un torrent o una lista de Spotify de distancia. Una biblioteca personal, por aquel entonces, era una ventana física a la intelectualidad de un ser humano con ambiciones e interés variados; poseía un valor inigualable y mis padres habrían preferido que se perdiese un electrodoméstico mucho más costoso que algunos volúmenes repletos de notas en las que no había control + z posible. Esas posesiones no tenían valor, porque eran parte de ellos mismos; históricamente, y especialmente a partir del capitalismo y el consumismo fascista, el hombre se ha identificado con sus logros y posesiones: son parte de él, emociones y pensamientos exteriorizados. Manteniendo viva la tradición, cuando me fui a vivir con mi novia probablemente hayamos gastado más en la biblioteca que en el resto de los muebles: una estructura minimalista y asimétrica en la que William Gibson, Jack Kerouac, Stephen King y James Joyce, entre muchos otros, parecen brillar por una luz propia aunque no hay ningún dispositivo LED cerca.

La decisión de gastar en una biblioteca que es el centro del living de nuestro hogar dice tanto de mí como ser humano (es decir, como un mamífero consumidor de productos) como los libros que contiene --pero algo cambió y tengo ahora más libros en mi Kindle que en mi biblioteca. Lo digital y lo analógico se entrecruzan hasta el infinito en un universo transmedial, no es mi objetivo hablar sobre cómo una tecnología nueva complementa a una antigua en lugar de reemplazarla. Lo que me interesa es el desplazamiento de las identificaciones, desde lo material a lo digital: el mismo proceso se sigue dando, solo que no nos importan tanto sus manifestaciones exteriores. He comprado un número importante de libros en la tienda de Amazon, pero he descargado otros tantos. Los adquiridos de manera oficial están vinculados de manera automática con mi cuenta de Amazon; los otros, los tengo backupeados en Dropbox. No me interesa todavía cambiar mi dispositivo manchado y con cicatrices, pero no importa lo que le pase: los libros, las notas que he hecho, están en la nube. El lector de libros electrónicos probablemente sea mi dispositivo favorito y de verdad lo aprecio, pero el destino de mi identificación es como mínimo ambiguo.

De igual manera, el cassette del acústico de Nirvana que compré a los 12 años, o la copia (¿pirata?) que heredé de Meddle; los VHSs que había copiado (esta vez no agrego signos de pregunta) luego de alquilar indiscriminadamente en videoclubs de barrio y especializados en cine de autor y entretenimiento bizarro, eran manifestaciones concretas de mi propio ser. Objetos religiosos, tótems. Ahora, mis gustos musicales se traducen en un conjunto incoherente de listas de Spotify; pago mensualmente para poder seguir siendo yo mismo y si algo le ocurre al CEO de Spotify o si Mark Zuckerberg se despierta con el pie izquierdo una mañana, mi propio ser se verá modificado de una manera profunda (siempre podré recurrir a un torrent y le tendré que quitar el polvo a mi disco externo, aunque la mera posibilidad me criminaliza). La manía de la posesión ha recibido una serie de ataques fuertísimos; sobrevivirá en cierto modo bajo el ala de los coleccionistas y algunos fanáticos de lo vintage, pero para poder ver Star Trek, una serie que ha participado de manera profunda en mi proceso de individuación, no solo debo pagar Netflix de manera religiosa (no hay cuenta gratuita posible) sino que dependo de los contratos complejos y ridículos entre la empresa y las productoras. De hecho, cuando comencé a escribir este artículo iba por la tercera y última temporada de Star Trek, pero el archivo quedó perdido en una carpeta extraña de mi cuenta de Dropbox; hace unas semanas quise continuar viendo los viajes del Enterprise, pero Star Trek ya no está disponible. No figuran los episodios que vi, ni los comentarios de otros usuarios, ni mi calificación de cinco estrellas.

Así el yo se extiende ante formas que en un principio parecen completamente ajenas a él; todas las técnicas de liberación espiritual podrían resumirse en un deshacer, en un desandar del proceso de construcción mediante el cual dejamos de identificarnos, progresivamente, con aquello que no es esencial hasta que descubrimos que el propio yo es una posesión completamente innecesaria que debemos soltar: la personalidad como posesión. Una posesión que, probablemente, carezca de valor. Estos complementos son Horrorcruxes, fragmentos nuestros que nos representan y en los que nos reconocemos; afuera, pero adentro, símbolos y parte del propio ser. Porque siempre existe un objeto físico que actuaba de intermediario, una corporización de esa identificación, un tótem. En el caso del conocimiento una biblioteca, una tarjeta de crédito para el éxito económico, un título universitario: el papel, un papel común y ordinario dotado de poder por un sello y una firma; no importa que los conocimientos adquiridos a lo largo de una vida sean inmateriales (y parte de un yo igual de inmaterial), esta asimilación se lleva a cabo mediante los libros físicos. De igual modo, aunque el mismo dinero sea un concepto abstracto, el papel y el plástico son emblemas, proxies de identificación.

A pesar de su naturaleza abstracta, elegíamos objetos físicos para extender nuestro propio cuerpo; y esto es lo que está cambiando, al ir desapareciendo esos vínculos corporales. Dispositivos tecnológicos como teléfonos y tablets cumplen ese rol; aunque sean reemplazados de manera prácticamente anual en muchos casos debido a la obsolescencia programada, la relación persiste. Ocurre que esa misma relación entre el hombre y el hardware tiene otro mediador, la corporación. La profunda relación que existe entre un ser humano y una marca hacen que la pieza de software y hardware que tenemos en el bolsillo sean a su vez una extensión de la marca, un concepto abstracto y a fines prácticos divino, que se manifiesta en nuestros bolsillos como una sacristía. El hardware también pierde corporalidad, ya que nos identificamos más con el Hacedor de Teléfonos que con el teléfono en sí; podemos cambiar el hardware, al que apenas reconocemos como tal, pues se trata de otro producto de una marca en la que depositamos ciegamente nuestra confianza. Del mismo modo nos relacionamos con objetos religiosos tradicionales como crucifijos, pero en este momento todos los objetos que nos rodean, mucho de los cuales forman parte de nuestra propia identidad, o participan de ella, realizan este juego de manos, pasaje de responsabilidades que se encadenan hasta que se abstraen por completo.

El campo de las identificaciones se aleja así de lo corpóreo, radicándose de manera casi permanente en lo astral. El tótem mismo deja de ser físico para pasar a ser un servicio de streaming o un perfil, un universo compuesto por una o dos imágenes y una pequeña biografía. No tenemos el más mínimo control sobre ese perfil, su alojamiento y funcionamiento nos exceden por completo; aun así poseen un poder inmenso y residen también en nuestros corazones. No importa dónde se encuentren los servidores físicos que responden a los pedidos de los navegadores web, esos objetos prácticamente físicos se encuentran ligados también a nuestro propio destino. El perfil y la lista de reproducción son símbolos de nosotros mismos a través de los cuales nos relacionamos con el mundo; nos relacionamos mediante tótems, con otros tótems --etéricos, todos. Imaginen un final alternativo de Harry Potter: contratan a un hacker (nunca muggle) para rastrear un Horrorcrux digital de Voldemort, perdido en la vastedad del Internet. Habrá cajas cuando me vuelva a mudar --llevaré conmigo libros, CDs y DVDs. Guardaré también en cajas recuerdos, objetos de enorme valor sentimental. Aunque no el mismo de mi biblioteca de iPhoto. No me encuentro tanto en ellos como en la serie de canciones que uní para crear una lista de reproducción en Spotify. Esa lista cualquiera es una síntesis de mis intereses, de mi infancia, de mi educación, de todo aquello que soy y las maneras en que me relaciono con los demás. Toda mi existencia se sintetiza en ese objeto digital y termino siendo un símbolo de ella, me convierto en tótem.

 

Twitter del autor: @ferostabio

Te podría interesar:

“Exit humanity”: nuestro incomprensible amor por los zombis

Arte

Por: Adán de Abajo - 07/08/2015

Un análisis sobre la última película de John Geddes y el significado de los zombis en nuestra cultura

exithumanity6

Vivir de manera tan completa, en un estado tal de felicidad –que implica, desde luego, meditación-- es realmente el problema fundamental que nos concierne. Y también lo es el descubrir si podemos comprender esta vida no en fragmentos, sino completamente: si podemos estar completamente involucrados en la vida, y no comprometidos con alguna parte de ella --estar implicados en el proceso total de vivir, sin conflicto alguno, sin desdicha, confusión ni dolor. Ese es el verdadero problema. Porque solo entonces podemos dar origen a un mundo diferente. Esa es la verdadera revolución, la interna revolución psicológica de la que emerge una inmediata revolución externa. Hagamos pues, el viaje,  juntos.

Jiddu Krishnamurti, Usted es el mundo

 

No le temo a nada, por lo tanto podré verme a mí mismo…

Don Juan Matus en Carlos Castaneda, Viaje a Ixtlán

 

1. “Exit Humanity”

Edward Young es el nombre de un brillante pero anónimo poeta de los tiempos de la Guerra Civil norteamericana. En vida no conocerá la fama como literato, de hecho no conocerá fama alguna, pero sus escritos, versos, anotaciones, dibujos, bocetos  y sobre todo su diario de la guerra, le harán ser recordado muchas décadas más tarde, aunque no lo pretendía, ni lo soñaba.

No es poeta académico: jamás fue a la escuela, pero es gran lector y aprendió a leer y escribir por su cuenta. Todos los días, al terminar las labores en la pequeña granja en Tennessee que heredó de sus padres, en donde  ahora vive con su esposa e hijo de 7 años, a quienes adora, se tiende sobre su mecedora bajo un zaguán a disfrutar de su Shakespeare, su Cervantes y su Petrarca. También a realizar anotaciones, versos y dibujos de todo lo que ve cotidianamente.

La Guerra Civil lo sorprenderá de lado de la causa abolicionista y de Abraham Lincoln. No le interesa ninguna ideología ni causa política específica, pero se verá enrolado en una tropa como soldado raso por meros compromisos familiares, con tal de conservar los derechos de su granja, bajo las presiones implacables de sus suegros y su abuelo.

A causa de un milagro, precaución extrema y cuidados, o solo por casualidad, jamás es tocado por ninguna bala a lo largo del conflicto. Las páginas de su diario se llenan con abundantes párrafos, descripciones y dibujos que ilustran todo aquello de lo que es testigo en aquellos años, que no es poco.

Por su parte, no hay día en que no añore abandonar un conflicto en el que no cree, para regresar a su granja con su familia.

Pero el horror contemplado durante las batallas no será nada en relación con aquello que irá apareciendo a lo largo del final de la Guerra Civil, cuando se supone que los confederados sean desarmados y enjuiciados.

Personas comunes y corrientes de ambos bandos deambulando sin conciencia alguna, produciendo gritos, chillidos y sonidos guturales, con los rostros y los miembros descarnados, la piel pálida como cadáveres ambulantes. No tienen más entendimiento que el de comer carne humana fresca, morder víctimas y convertirlas en criaturas aberrantes similares a ellos, o devorar, si es posible, a alguien hasta dejarlo en los huesos.

El diario de Young registrará como testigo directo cada detalle, dando un giro: de diario de guerra a novela de horror.

Se trata del filme de zombis: Exit Humanity, dirigido por John Geddes y lanzado en 2011. Es curioso que una película tan interesante, entretenida y bien amarrada, de un género que por cierto está de moda, apenas haya sido mencionada en algunos círculos estrechos de especialistas en cine independiente y blogs de fanáticos del cine de horror y de zombis. Filmada en Canadá con un irrisorio presupuesto, no tuvimos noticia de que apareciera en las salas mexicanas, ni siquiera en la piratería. Debimos haberla descargado de la Red para poder admirarla en inglés, al descubrir en YouTube un tráiler del que no podíamos despegarnos, añorando contemplar y saber el resto de la historia cuanto antes.

 

2. Las causas y etiología de la zombificación

La película plantea algo que es un hecho a medias: que el miedo y la fascinación por los zombis son antiquísimo, datando de una época en que los rituales de la magia y la brujería eran practicados para apoderarse de la voluntad de otros y con el fin de convertirlos en esclavos mentales. 

Exit Humanity no es el primer filme en señalar a la brujería y el vudú como el origen del fenómeno de los muertos vivientes. Tendríamos que remontarnos hasta 1988, con la magnífica, The Serpent and the Rainbow, de Wes Craven, donde un antropólogo viaja hasta Haití en la época de la dictadura, con la finalidad de descubrir una presunta sustancia con la que se puede devolver a los muertos a la vida. En lugar de un elixir para la vida eterna, el investigador se verá atrapado en un asfixiante laberinto que casi le cuesta la vida y el alma, en donde se mezclarán la política de ultraderecha y la brujería afrocaribeña.

Con los años, la industria cinematográfica propuso distintas etiologías para el síndrome zombi: virus letales, experimentación con armas biológicas, holocaustos de zombis de diversa índole, invasiones zombis sin ninguna causa lógica, incluso orígenes extraterrestres, etcétera.

Está el caso de 28 Days Later (2002) de Danny Boyle, hasta llegar a la afamada serie televisiva The Walking Dead (2010), basada en el comic de Robert Kirkman. Sin olvidar el clásico de G. A. Romero, La noche de los muertos vivientes, de 1968, con un agudo trasfondo de crítica política y social, que es la mamá de todos los filmes sobre zombis, según nosotros.

Sin embargo, el origen del término o del fenómeno zombi se remonta hasta el vudú o la brujería afroantillana, que planteaba dos posibilidades para la zombificación: la acción de convertir a alguien en zombi: regresarlo a la vida cuando ya había muerto, o convertirlo en zombi estando en vida, apoderándose de su voluntad y transformándolo en un esclavo psicológico al servicio de quien dirigió el conjuro.

Psicológicamente hablando, un zombi es un ser humano que habiendo poseído todas sus facultades mentales las pierde de pronto, producto del contagio de una enfermedad, virus, la ingesta de algún veneno desconocido o por la intermediación de un conjuro mágico.

Desde el punto de vista neuropsicológico se trataría de la muerte de las funciones de la corteza superior del cerebro o neocorteza, las encargadas de la conciencia, la reflexión, el pensamiento y el lenguaje, localizadas fundamentalmente hacia la parte frontal del cerebro, o muy cerca de ella.

Quedando desprovista de la actividad de su corteza cerebral superior, la víctima se verá reducida al funcionamiento exclusivo del cerebro primitivo o del cerebro animal, también conocido como reptiliano: agresividad, hambre, violencia, ira, etc., los cuales serían procesos básicos de sobrevivencia, compartidos con el reino animal. Un zombi sería un ser humano bestializado, animalizado, reducido a reacciones-reflejo agresivas y de búsqueda de alimento.

Al perder su humanidad, en el zombi reaparecerían funciones arcaicas presuntamente superadas en la evolución de la especie humana como el carroñerismo y la antropofagia, mismas que en los humanos normales eran inhibidas o reprimidas sobre todo por la acción de la corteza frontal del cerebro, en donde se encuentra la personalidad y las funciones culturales y sociales.

En Exit Humanity todo comienza con el inocente conjuro de una aprendiz de hechicera quien, tratando de devolver la vida a su hermana asesinada y violada por unos maleantes, la convertirá en zombi por accidente. La zombificación masiva se esparce por contagio, a partir de mordeduras entre unos hombres y otros. Pronto, todo el sur de Estados Unidos se encuentra casi despoblado, habitado tan solo por muertos vivientes, quienes deambulan en busca de la poca carne humana fresca no infectada que queda en los sobrevivientes.

Al regresar a su granja, Edward Young encontrará a su esposa y su hijo convertidos en zombis. Se verá obligado a matarlos, contra todo su amor por ellos, aprendiendo por cierto que los zombis solo mueren mediante un tiro en la cabeza. Caerá en una profundísima depresión, abandonándose a sí mismo por la pérdida de su familia pero, del mismo modo que durante las batallas en la Guerra Civil, nada conseguirá matarlo.

Incinerará a su pequeño y se propondrá llevar sus cenizas hasta unas cataratas donde prometió llevarlo cuando aún estaba con vida. Esta será, según él, su última misión en este mundo, antes de suicidarse con un tiro en el cráneo.

Convertido en un mercenario solitario, cazador de zombis, portando una capucha, con un poderoso rifle Winchester y un par de revólveres, en compañía de su caballo negro Sombra, emprenderá un prolongado viaje iniciático a través del sur de Estados Unidos para cumplir su cometido final.

 

3. Nuestro loco amor por los zombis

Pero, ¿qué será lo que produce en nosotros tantos sentimientos encontrados hacia los zombies: amor, atracción, fascinación y por otro lado, temor y repulsión? Es claro que a nadie nos gustaría que se hiciera realidad un holocausto zombi, empero, no podemos dejar de mirar las películas del género y pocos nos perdemos los últimos capítulos de The Walking Dead en Fox, ya muy cerca de aparecer la nueva temporada, en 2016 –quizá, con suerte, a finales de 2015, dicen algunos.

Hace unos 6 meses, cerca de nuestro consultorio psicológico, donde a diario laboramos, asistimos como testigos oculares a un desfile de fanáticos de los zombis. Había muchos contemporáneos nuestros, desde luego, gente de la era grunge, sobrevivientes de los conciertos de Pearl Jam, Alice in Chains y Soundgarden, quienes asistimos al estreno de Exterminio I en los 90 y su continuación: 28 Weeks Later, por cierto no tan buena como la versión de Danny Boyle. Pero también había muchos no adultos: niños hasta de 6 o 7 años en compañía de sus padres, con sus playeras alusivas a la temática en cuestión. Una de las plazas públicas que hay por ahí, la Rambla Cataluña, estaba casi llena, con no pocos fans de los zombis, de todas las edades.

¿Acaso será que el holocausto zombi está más cerca de lo que pueden nuestras imaginaciones alcanzar? Quizá el resultado de la cultura de masas y de un capitalismo despiadado es la zombificación por medio de los medios de comunicación, el enrolamiento en el consumismo del que aquellos que se niegan a ser parte son mirados como raros, como no zombis por los propios zombies, quienes añoran volverlos como ellos. Si seguimos la hipótesis del origen del fenómeno zombie, no por brujería, ni magia, ni por contagio de virus alguno, sino por lavado de cerebros en instituciones educativas, familiares, religiosas y laborales que en realidad son enemigas del ser humano y en el fondo desean  homogeneizar a todo el mundo e incluso liquidar a quien piensa distinto, pareciera que el holocausto zombi hace mucho que se ha instalado en nuestro mundo.

Tal vez nuestra fascinación por ellos no es más que una proyección de unos seres que nacieron y nunca dejaron ni dejarán de ser zombis, aunque sueñan con ser hombres despiertos, vivos y reales.  

De cierta manera, no es verdad que el canibalismo y la antropofagia se hayan superado. Tal vez las personas seguimos comiendo gente y siendo a nuestra vez devorados por otros, de múltiples, inhumanas y monstruosas formas todos los días.

Hace pocos años un paciente nos relató  que cada día se sentía más libre, pues había logrado tomar una decisión sustancial en su vida: elegir entre adquirir un juego de video último modelo o unos rines de lujo para su Volkswagen. La zombificación está dada y no hay cura para ella.

La psicología del hombre despierto, de la que Jiddu Krishnamurti y George Gurdjieff son dos grandes pilares, plantearía que en cierto modo la mayoría de nosotros estamos dormidos, es decir, vueltos zombis, y que la cura o la clave para sanar y despertar de la muerte en vida se encuentra dentro de nosotros.

En un momento dado, tras arrojar las cenizas de su pequeño a una catarata como misión final, Edward Young encontrará a otros dos jóvenes sobrevivientes: Isaac y su hermana Sarah, quien fue mordida en varias ocasiones pero nunca se convirtió en muerto viviente, hasta ahora. Gracias a ellos Young recobrará las esperanzas y renovará su amor por la vida, tomando ahora la misión de cuidar a los jóvenes hermanos e incluso, enamorándose de la chica.

De hecho, Exit Humanity es un filme-homenaje a un poeta de la Guerra Civil que sí existió y quien también enfrentó un holocausto hacia el final del siglo XIX, más no del tipo zombi sino de otra índole: político, ideológico, armamentístico y social.

Su diario fue hallado en los años 70 junto con el esqueleto del artista, sepultado en una fosa común al lado de otros 20 compañeros de frente, quienes habrían sido capturados y fusilados previamente, y de quienes jamás se conocería su identidad.

Exit2

 

Twitter del autor: @adandeabajo