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Una exploración filosófica de la imaginación como el órgano de percepción que permite acceder a los mundos más sutiles y sirve como un eje integrador entre el cuerpo y el espíritu

 

En el tercer diálogo de nuestro podcast de filosofía, Cadena Áurea, exploramos el fascinante mundo de la imaginación, el órgano por excelencia para percibir los mundos espirituales y las realidades invisibles. Entendemos aquí la imaginación como una interfase entre el cuerpo y el espíritu, entre el mundo de la inteligencia pura y las realidades sensibles. Conversamos sobre la imaginación en la tradición platónica, el mundo de las Formas, la evolución hacia la imaginación neoplatónica y la sofisticada concepción de la imaginación como un mundo autónomo --el mundus imaginalis, la Tierra Celeste-- en el misticismo islámico. Reflexionamos, por último, sobre cómo vivimos la imaginación creativa en nuestro mundo secular, la "civilización de la imagen" que ha supeditado las imágenes a los intereses del capitalismo y el materialismo cientificista. Concluimos en que el desarrollo del órgano imaginal, el ojo del alma, es indispensable para poder percibir otras realidades más sutiles. Diálogos por Ernesto Priani y Alejandro Martínez Gallardo. Producción: Ignacio Bazán.

0-5:00 -- ¿Qué es la imaginación?/ La imaginación cómo órgano para percibir realidades alternas y para integrar el espíritu con el cuerpo/ La imaginación como interfase/ SAMPLE: Carl Sagan sobre Platón/ La imaginación en la tradición platónica.

5:00-10:00 -- El mundo de las imágenes y los arquetipos/ Plotino y el conocimiento de Dios a través de la imaginación/ Imaginar es participar en la creación/ El universo como un sueño divino/ ¿Son más reales las imágenes que la materia?/ Henry Corbin y la imaginación en el misticismo islámico/ LECTURA de La creación de la Tierra Celeste con el resto de la arcilla de Adán (texto de Ibn 'Arabi).

10:00-15:00 -- El mundus imaginalis: lo imaginal vs lo meramente imaginario/ "Podría vivir encerrado en una cáscara de nuez y considerarme el rey del espacio infinito"/ Todo cabe en una imagen/ Swedenborg y el cielo como desdoblamiento del deseo.

15:00-20:00 -- La Tierra Celeste, la Tierra Doble/ La geografía imaginal del paraíso/ La imaginación según Ficino/ Espíritus y digestión/ La medicina de la imaginación/ La imaginación o la forma en la que el alma habla con el cuerpo.

20:00-25:00 -- La imaginación y la muerte/ Construir el vehículo sutil y el cuerpo espiritual desarrollando la percepción/ El cielo como la liberación de la imaginación y las facultades del alma del cuerpo; el infierno como la imaginación atrapada al cuerpo y a las necesidades materiales/ La posesión de las imágenes/ Saber discernir.

25:00-30:00 -- Viviendo en la civilización de la imagen/ "Las películas nos han robado nuestros sueños"/ A los hombres se les controla con la imaginación/ El bombardeo de la imagen corporal/ No desarrollar nuestro órgano de la imaginación nos hace esclavos de la imagen ajena/ ¿Qué es lo imaginal? Las realidades autónomas de la imaginación.

30:00-32:41 -- Tesla, Einstein y la imaginación como conexión con la inteligencia cósmica/ Un llamado a desarrollar la imaginación/ Una hermenéutica de las imágenes que aparecen en nosotros/ ¿Quién produce esta imagen? ¿De dónde viene? ¿De qué dios, de qué arquetipo?/ El ojo del alma y el paraíso como un  grado de percepción.

 

Material adicional

Henry Corbin, en la Imaginación creadora de Ibn Arabi:

"La Imaginación como elemento mágico y mediador entre el pensamiento y el ser, encarnación del pensamiento en la imagen y presencia de la imagen en el ser, es una concepción de extraordinaria importancia que juega un destacado papel en la filosofía del Renacimiento y que volvemos a encontrar en el Romanticismo.” Esta observación, tomada de uno de los más destacados exegetas de Boehme y Paracelso, nos proporciona la mejor introducción a la segunda parte de este libro. Retendremos de ella, en primer lugar, la idea de Imaginación como producción mágica de una imagen, el tipo mismo de la acción mágica, incluso de toda acción como tal, pero especialmente de toda acción creadora; y, en segundo lugar, la idea de imagen como cuerpo (cuerpo mágico, cuerpo mental), en el que se encarnan el pensamiento y la voluntad del alma. La Imaginación como potencia mágica creadora que, dando nacimiento al mundo sensible, produce el Espíritu en formas y en colores, y el mundo como magia divina “imaginada”, por la divinidad “imágica”: este es el contenido de una antigua doctrina, tipificada en la yuxtaposición de las palabras ImagoMagia, que Novalis reencontraba a través de Fichte. Pero se impone una advertencia previa: esta Imaginatio no debe en modo alguno confundirse con la fantasía. Como ya observaba Paracelso, a diferencia de la imaginatio vera, la fantasía (phantasey) es un juego del pensamiento, sin fundamento en la Naturaleza; nada más que “la piedra angular de los locos". 

Corbin explica cómo los místicos iraníes concibieron la imaginación:

Para ellos existe, «objetiva» y realmente, un triple mundo: entre el universo aprehensible por la pura percepción intelectual (el universo de las Inteligencias querubínicas) y el universo perceptible por los sentidos, existe un mundo intermedio, el de las Ideas-Imágenes, las Figuras-arquetipos, los cuerpos sutiles, la «materia inmaterial»; mundo tan real y objetivo, consistente y subsistente, como el mundo inteligible y el sensible, universo intermedio «en el que lo espiritual toma cuerpo y el cuerpo se torna espiritual», constituido por una materia real y dotado de una extensión real, aunque en estado sutil e inmaterial respecto a la materia sensible y corruptible. El órgano de este universo es precisamente la Imaginación activa; es ése el lugar de las visiones teofánicas, el escenario en el que ocurren en su verdadera realidad los acontecimientos visionarios y las historias simbólicas. 

Marsilio Ficino en De Vita dice:

Los árabes dicen que cuando hacemos imágenes de la manera apropiada nuestro espíritu, si se ha concentrado en el trabajo y en las estrellas a través de la imaginación y la emoción, se une con el mismo espíritu del mundo y con los rayos de las estrellas.

Platón, en el Fedro, describe una tierra paradisíaca de la cual nuestro mundo es una sombra:

Y en esta Tierra radiante, las cosas que crecen, los árboles, flores y frutas son correspondientemente bellas; y así también las montañas y las piedras son más suaves, y más transparentes y más amables en color que las nuestras... Y la tierra ahí está adornada con joyas y oro y plata. Y ahí yacen a plena vista, abundantes y grandes lugares, de tal forma que la tierra es una imagen que bendice a aquellos que la miran.

Ibn 'Arabi, en La creación de la Tierra Celeste de la arcilla restante de Adán:

Debemos saber que cuando Dios creó a Adán, que fue el primer ser humano formado, sobró un resto de arcilla. Con ese resto Dios creó la palmera, de tal modo que esta planta (najla, palmera, es femenino) es la hermana de Adán; luego para nosotros es como una tía paterna. La teología la designa de este modo y la asimila al creyente fiel. Alberga secretos extraordinarios como no los contiene ninguna otra planta. Ahora bien, después de la creación de la palmera, quedó oculto un resto de la arcilla con que se había formado la planta; este resto representaba el equivalente de un grano de sésamo, y con este resto Dios hizo una Tierra inmensa. Como en ella colocó el Trono y todo lo que éste contiene, el Firmamento, los Cielos y las Tierras, los mundos subterráneos, todos los paraísos y los infiernos, es todo el conjunto de nuestro universo el que se encuentra íntegramente en esta Tierra, y sin embargo, todo ese conjunto no es, con relación a la inmensidad de esa misma Tierra, más que un anillo perdido en un desierto de nuestra Tierra. Esa Tierra encierra maravillas y sorpresas que somos incapaces de enumerar, y ante las que la inteligencia queda impresionada.

En esa misma Tierra Dios ha creado en cada alma (y en correspondencia con cada alma) universos de glorificación cuya himnología no se interrumpe ni de día ni de noche, ya que sobre esa misma Tierra se ha manifestado la magnificencia de Dios y su poder creador resplandece ante los ojos de quien la contempla. Hay muchísimas cosas que son imposibles racionalmente, es decir, muchísimas cosas ante las que la razón ha establecido la prueba decisiva de que eran incompatibles con el ser real. Pues bien, todas esas cosas existen sin embargo en esa Tierra. Es la inmensa pradera en la que los místicos teósofos sacian su mirada; por ella se desplazan, van y vienen como les place. En el conjunto de los universos que componen esa Tierra, Dios ha creado especialmente un universo a nuestra imagen (un universo que mantiene un paralelismo exacto con cada uno de nosotros). Cuando el místico contempla este universo, se contempla a sí mismo, a su propia alma. 'Abd Allāh Ibn 'Abbās aludía a algo semejante, según lo que se cuenta de él en un determinado hadiz: "Esa Kaaba es una morada entre otras 14 moradas. En cada una de las siete Tierras hay una criatura semejante a nosotros (nuestro homólogo), de tal modo que en cada una de las siete Tierras hay un Ibn 'Abbās que es mi homólogo". Esta tradición ha gozado de gran aceptación entre los místicos visionarios.

En el mundo espiritual, dice Emanuel Swedenborg:

Todos los cambios de lugar son efectuados por cambios de estado en el interior, lo que significa que un cambio de lugar no es mas que un cambio de estado. Aquellos que están cerca entre sí lo están porque están en estados similares, y aquellos que están distantes porque están en estados disímiles; y los espacios en el cielo son simplemente las condiciones externas correspondientes a los estados internos... Cuando alguien va de un lugar a otro... arriba más rápido cuando lo desea con mayor entusiasmo.

Paracelso distingue también entre la fantasía y la imaginación verdadera, imaginatio vera:

Aquel que nace en la imaginación descubre las fuerzas latentes de la Naturaleza. Además de las estrellas establecidas existe otra Imaginación --que engendra una nueva estrella y un nuevo cielo.

Por eso, en su Diccionario de alquimia, Martin Ruland dice:

La Imaginación es la Estrella en el Hombre, el cuerpo Celestial y Supracelestial.

William Blake escribe:

El Mundo de la Imaginación es el Mundo de la eternidad, el seno divino al que todos iremos al morir el cuerpo vegetativo. En ese mundo eterno existen las realidades permanentes de cada cosa que están reflejadas en el cristal vegetal de la naturaleza. Todas las cosas están comprendidas en el cuerpo divino del Salvador, la verdadera viña de la eternidad, la imaginación humana.

John Keats:

Lo que la Imaginación aprehende como belleza debe de ser verdad --aunque existiera antes o no... La imaginación puede ser comparada con el sueño de Adán-- se despertó y lo encontró verdad.

James Hillman, creador de la "psicología imaginal", escribe:

En el principio fue la imagen. Primero la imaginación luego la percepción; primero la fantasía luego la realidad... El hombre es primordialmente un hacedor de imágenes y nuestra sustancia psíquica consiste en imágenes; nuestro ser es un ser imaginal, existe en la imaginación.

Henry Corbin:

El poder de la imaginación es sin lugar a dudas consustancial con el alma. De hecho, con respecto al alma, la Imaginación es como el Alma del Cielo de Venus.

Terence McKenna:

Lo que llamamos imaginación es de hecho una biblioteca universal de lo que es real. No podrías imaginártelo si no fuera real en algún lado, en algún momento.

...Nuestro destino es vivir en la imaginación.

 Nikola Tesla:

Mi cerebro es solo un receptor. En el universo hay un núcleo del que obtenemos conocimiento, fuerza, inspiración. No he penetrado en los secretos de este núcleo, pero sé que existe.

Albert Einstein:

Tengo suficiente parte de artista en mí para servirme de mi imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación circunda al mundo

Mircea Eliade en Imágenes y símbolos:

Tener imaginación es ver el mundo en su totalidad; porque la misión y el poder de las Imágenes es hacer ver todo cuanto permanece refractario al concepto. De aquí procede el que la desgracia y la ruina del hombre que «carece de imaginación» sea el hallarse cortado de la realidad profunda de la vida y de su propia alma.

La imaginación como realidad divina, del Libro del hombre perfecto, de 'Abd al-Karīm Ŷīli:

Medita sobre tu fe personal respecto al Ser divino. ¿Acaso no ves que esta fe se asocia con determinados atributos y con algunos Nombres que ésta implica? ¿Dónde está el lugar, cuál es el órgano de esa convicción íntima en la que Dios el Altísimo se te manifiesta? Ese lugar, ese órgano es precisamente la Imaginación, y por eso mismo afirmamos: la Imaginación es la esencia en la que se encuentra la perfección de la teofanía.

En cuanto tomas conciencia de ello te parece evidente que la Imaginación es principio y fuente de todo el universo, porque el Ser divino es también principio y origen de todas las cosas, y que la más perfecta epifanía solo puede tener lugar en un receptáculo que sea a su vez origen y principio. Ese sustrato es la Imaginación. A partir de ahí es cierto que la Imaginación es principio y fuente de todos los universos sin excepción.

Henry Corbin, en Cuerpo espiritual, tierra espiritual:

Vivimos en una civilización científica que extiende su control, incluso a las imágenes. Es un lugar común hablar hoy en día de la civilización de la imagen. Pero uno se pregunta si este lugar común no encierra un radical malentendido, un craso error. Porque en vez de que la imagen sea elevada al nivel de un mundo que fuera apropiado para ella, en vez de aparecer investida con una función simbólica, llevando a un sentido interno, hay sobre todo una reducción de la imagen a un nivel de mera percepción sensorial y por lo tanto una definitiva degradación de la imagen. No debe decirse, entonces, que entre más exitosa es esta reducción, más se pierde el sentido de lo imaginal, y más estamos condenados a solo producir lo imaginario.

Tenemos que hacer la siguiente aclaración: si utilizamos el término para aplicarlo a algo distinto al mundus imaginalis y a las Formas imaginales, tal como están situadas en el esquema de los mundos que las necesita y legitima, se corre el riesgo de que esta palabra se degrade y pierda su significado. Recordemos al respecto el esquema según el cual el mundo imaginal es esencialmente el intermundo y la articulación entre lo inteligible y lo sensible, donde la Imaginación activa como imaginatio vera es un órgano de conocimiento mediador entre el intelecto y los sentidos, tan legítimo como aquéllos o como éste. Si lo utilizamos fuera de este esquema tan concreto, nos estamos equivocando y nos alejamos completamente de lo que nuestros filósofos iraníes nos han impulsado a restablecer al usar esta palabra. Es inútil añadir, porque el lector lo habrá comprendido ya, que el mundus imaginalis no tiene nada que ver con lo que la moda actual denomina la "civilización de la imagen”.

  

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Nuestra sociedad reprime a la vejez porque le recuerda la inevitabilidad de la muerte; así se aferra ilusoriamente a esta vida material, ignorando la gran frontera que la llama y la posibilidad que la misma muerte ofrece para enriquecer la vida

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Ciertamente el culto a la juventud es un signo de nuestra época, especialmente porque vivimos en la época de la imagen pública, y por todos lados se nos bombardea --como estrategia de mercado-- con cuerpos núbiles, lustrosos y aparentemente sanos como los que sólo podemos tener en la cúspide de la juventud. El arquetipo de la belleza, desde los griegos, es el del eterno puer, en perpetua florescencia, con una dicha que el tiempo no puede más que marchitar porque está ligada a la primavera y al verano, a la energía y al vigor que en un mundo impermanente imposiblemente no declinan. Así perseguimos el espejismo de la fuente de la juventud y ocultamos nuestra vejez y marginamos a nuestros viejos --poco vale para nosotros la sabiduría de la edad en comparación con la intensidad del placer sensorial y el rubor fogoso de los años mozos. Como escribe el poeta Ramón López Velarde, queremos siempre "ser de nuevo/la frente limpia y bárbara del niño":

Volver a ser el arrebol, y el húmedo

pétalo, y la llorosa y pulcra infancia

que deja el baño para secarse al sol...

 

Carlos Monsiváis nos recuerda cómo el ardor del Fausto de Goethe por trascender la guadaña del tiempo a través de la filosofía oculta, hoy en día deviene en la compulsión obsesiva del consumismo y en el abaratamiento de los principios, un "canje del espíritu metafísico por los goces físicos", habiéndose perdido "lo que [Alfonso Reyes] comprendía de este modo: 'El éxito o el fracaso cuentan menos que el anhelo de desentrañar los secretos del mundo y darles forma comprensible, a través de la acción del arte, de la poesía, la filosofía, y la ciencia: ¿Qué otra cosa anhelaba Fausto?"'. Explica Monsiváis en un formidable pasaje de su libro póstumo Las esencias viajeras:

...ya en el siglo XX, al convertirse la juventud en la meta suprema, incluso los propios jóvenes, el pacto fáustico deviene el centro de las obsesiones, de las ilusiones recónditas y públicas, hasta llegar a los finales de esta centuria convertido en búsqueda gozosa y patética de la cirugía plástica, los gimnasios, las dietas estrictas, el maquillaje, las ropas rejuvenecedoras, la liposucción, hasta llegar a la ilusión química de la feromona humana... La metáfora prodigiosa de un libro se convierte en el sueño masivo de consumo y ansiedad por resistir al tiempo.

Tenemos un pacto fáustico rebajado, versión lite, ni siquiera comprendido, en el que las masas se van por la carnada del placer y el materialismo y la literalidad sin comprender y menos buscar la dimensión metafórica, estética y metafísica. El problema de esto es que, como muestra en su sublime frivolidad El retrato de Dorian Gray, tarde o temprano lo que le hacemos al cuerpo alcanza al alma y viceversa. La corrupción es también holística (como los spas).  

Monsiváis recupera una cita de Bartolomé Mitre que encierra el espíritu que guía este ensayo: "No hay que morir joven. El que sobrevive a sus coetáneos siempre acaba por tener razón", y aquí el énfasis es en tener razón, no en tener la razón o superar a los demás para vindicar nuestro orgullo... razón que para los griegos era el Logos, lo divino en la mente humana... La vejez como la verdadera oportunidad de encontrar la sabiduría, aquello que se resiste a la veleidad de la moda, los fundamentos sólidos, los frutos precisos y disciplinados de la experiencia y de una vida al servicio de la antigua máxima de conocerse a sí mismo como vía regia para conocer el universo y sus secretos. Revivir quizás el "sueño íntimo de vencer la decrepitud" de Fausto y negarse "a la consigna 'Los dioses mueren jóvenes'". La dignidad de la vejez no es sólo la sombra amable y discreta de la juventud, es por su propia cuenta una potencia, misma que ya acaricia, rediviva, prístinos jardines. Los hombres que se vuelven dioses, nos dirían Sócrates y Platón, son aquellos que no se resisten a la muerte sino que la investigan y, habiendo vivido filosóficamente, logran hacer de la tumba la última cuna, el fin de la sufrida rueda. 

La vejez como virtud, el derecho a bien envejecer y la buena vejez como superno logro o al menos una senectud lúcida y socialmente aceptada son --a la luz de su ausencia-- un punto débil en nuestra cultura, el talón de Aquiles de nuestra vida futura. Con el culto y la glamourización del cuerpo en su estado idílico perpetuo --siempre conservado, maquillado, acondicionado, la muerte es llevada a la sombra, ascépticamente borrada de la cotidianidad, como si pudiéramos así salvarnos de ella (contradictoriamente, puesto que la muerte es la única posibilidad de salvación que podemos soñar). Las improntas colectivas con las que crecemos en Occidente nos han enseñado a creer que debemos quemar todos nuestros cartuchos la primera mitad de nuestras vidas, ocultar todo signo de vulnerabilidad en nuestro deseo de atraer y ver a la vejez como algo detestable y desechable, cuya única actividad consiste en recordar lo que vivimos en nuestra juventud y en nuestra plenitud y en algunos casos excepcionales servir como consejera de la vida de los jóvenes (que es la que realmente importa). Como si uno no pudiera seguir perfeccionando, mejorando, creciendo y creando nueva belleza hasta el último día. En México por ejemplo, se tiene tan poca consideración por "la tercera edad" que ocupa el último lugar en la OCDE en pensiones y el penúltimo en América Latina, sólo antes de República Dominicana. Esto revela el poco respeto hacia los adultos mayores y la poca conciencia eutanánistica que se tiene, pese a que se celebra el Día de los Muertos --con colorida parafernalia y desvaída devoción-- y pese a que se tiene un vigoroso culto a la Santa Muerte, al parecer se olvida el viejo proverbio: "el día de tu muerte es el más importante de tu vida". Como en la política, en el espíritu, preferimos apostarle al corto plazo, al siguiente goce, a este sexenio y no construir y planear para la carrera larga de los siglos. 

Ciertamente no se trata de preferir un tiempo sobre otro, lo cual seguramente sería el resultado de un estupor perceptual, de un excesivo apego al cuerpo y a sus ilusiones o de una radical negación de la existencia física. En cambio, es posible abrazar la existencia en su totalidad y hacer consciente cómo cada momento y cada edad tienen sus propias particularidades y cualidades y cada una contribuye al entendimiento y a la construcción de la vida y su desenlace en la muerte. Sin una juventud y una madurez sana, disciplinada y creativa, la vejez se vuelve insoportable, tortuosa y prácticamente irredimible; sin una vejez sabia y serena y una buena aproximación a la muerte, la juventud se vuelve absurda, vana nostalgia, efímera irrealidad, un fuego de petate. Ambas se nutren y equilibran, como en una alquimia interna, una conjunción de polos arquetípicos: puer y senex, el encuentro de Cupido y Saturno, las dos puntas de un hilo que tejen un mandala y el posible uróboros de la vida que encuentra su puerto en la muerte. James Hillman escribe sobre el senex:

Saturno retiene los atributos de Kronos; es un dios de la fertilidad. Saturno inventó la agricultura; este dios de la tierra y el campesino, la cosecha y la saturnalia, es regente de la fruta y la semilla. Incluso su castrante guadaña es una herramienta de siembra. Tendría que ser Saturno quien inventara la agricultura: sólo el senex tiene la paciencia que equipara a la de la tierra y puede entender la conservación de la tierra y la conservaduría de aquellos que la trabajan; sólo el senex tiene el tiempo necesario para las estaciones y su repetición crónica; la habilidad de abstraer para amaestrar la geometría del arado, la esencia de las semillas, de hacer las cuentas para rendir ganancias, el abono, la soledad...

No debemos olvidar que hay una cierta potencia y fecundidad en la melancolía y en la memoria saturnal de los viejos industriosos o contemplativos y una amplitud panorámica que sólo el padre (Cronos) atisba en la vicisitudes del tiempo. Una mirada que trasciende las pequeñeces y se concentra sólo en lo que, como su experiencia le ha enseñado, supera la vanidad y la futilidad. Para los chinos respetar a los padres, y a los hombres viejos en general, es respetar y seguir al cielo y a la ley cósmica. Por más que sean irritantes, neuróticos, amargos e intolerantes, se les respeta y escucha porque en ellos se reconoce la insondabilidad de mirar al fondo del abismo del tiempo, la dignidad de haber observado los patrones, conocer las causas ocultas y contemplar las formas que perduran, todo lo cual es insondable para una vida más corta.

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Como contraparte al senex, en la coniunctio interna de la psique, tenemos al puer. Así describe Hillman el arquetipo del puer, el eterno niño: 

Como el hijo de una cabra, el niño baila con un excedente de exuberancia; como un gatito explora todo y de súbito coge miedo; como un puerquito, ¡que rico sabe todo! El mundo es un buen lugar --cuando y sólo cuando, la imaginación con la que el niño desciende está todavía lo suficientemente viva para imbuir las cosas con su visión de belleza.

Hillman agregar también que, como un ángel, el niño llega al mundo seguido por "una nube de gloria"; llamada “por su verdadero nombre la niñez es el reino de la reminiscencia arquetípica”. Pareciera que el niño en su frescura y en su impresionabilidad trae consigo todavía la memoria de otro mundo: todo brilla con un resplandor prístino. Eros es representado como un niño mágico con alas como símbolo de su vínculo activo con el cielo y con la creatividad de las potencias celestes (ángeles, tronos, dominios...).  

La potencia del niño es la de trastocar todo con la luz de su mirada: su imaginación activa que se posa sobre las cosas y las transfigura; la potencia del viejo es la muerte, su capacidad de ver la vida bajo la luz de la muerte y la impermanencia y a todo dotarlo de su justa dimensión temporal. Ambos mantienen en su conciencia vislumbres de una misma frontera al límite de la conciencia: la muerte es un nacimiento y el nacimiento es una muerte. Al nacer, creían los griegos, bebemos del Río del Olvido, pero algunos llegan a beber del Río de la Memoria y conectan, por así decirlo, los hilos de las Moiras. Ambos extremos de la vida son reprimidos. Aunque adoramos al niño, lo tratamos como un dios idiota, una criatura preciosa extremadamente frágil que debemos proteger. Al protegerlo --creyendo que en su tierna tabla rasa toda patología se puede imprimir indeleblemente-- lo desposeemos de su fértil originalidad, lo normalizamos, le proyectamos todos nuestros vicios y virtudes. Al criarlo para que encaje dentro de nuestra visión de mundo y de la "realidad" convencional y no sufra por ser él mismo --eso tan especial, raro y poco común que es y por lo que el mundo "real" podría rechazarlo-- no reconocemos su propia inteligencia y lo despojamos de su genio particular, de la posibilidad de conservar consigo la memoria de su alma. Como dice el poeta William Wordsworth:

Our birth is but a sleep and a forgetting:

The Soul that rises with us, our life's Star, 

Hath had elsewhere its setting,

And cometh from afar:

Not in entire forgetfulness,

And not in utter nakedness,

But trailing clouds of glory do we come 

From God, who is our home:

Heaven lies about us in our infancy!

Hillman considera que lo que más reprimimos en nuestra sociedad no es el sexo sino el deseo de belleza sin riendas, como ocurre en el deseo de los niños de vivir enamorados de las cosas, de unirse con ellas sin pena (como Pan), enfrentados siempre con la posibilidad gemela del “terror y la alegría”, con “los extremos en las fronteras de la curva de la normalidad”. Habría que añadir a este esquema de lo más represo también a la muerte y a la senectud como imagen progresiva, lenta e intolerable de la muerte. Reprimimos y expulsamos a la vejez para que no nos recuerde la muerte que seremos. Senex y puer, las dos terminaciones nerviosas de la existencia humana, extremos que nos enfrentan con lo desconocido, que se tocan remotamente en el azul de otro mundo... la posibilidad no reconocida de hacer de la vida una alquimia interna.

 

Twitter del autor: @alepholo