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Uber es una iniciativa de corte político y social que se propone transformar los modelos vigentes de circulación y transporte en las ciudades
Imagen de: https://www.flickr.com/photos/bfishadow/14656314348

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¿Uber es una empresa de tecnología? Como casi todos los gigantes de tecnología, sí y no. Digamos -para empezar- que sí porque su producto principal es una herramienta tecnológica muy poderosa. Pero que no porque no se ciñe solo a ella.

Sin embargo, la problemática es más compleja. Uber  es una iniciativa de corte político y social que se propone transformar los modelos vigentes de circulación y transporte en las ciudades. Y esa definición no es la definición de una empresa de tecnología. Solo que lo hace en buena medida mediante la tecnología. Uber no hubiera sido creada en una época pre-digital. Uber  se vale de la tecnología para modificar esencialmente un modelo muy tradicional y muy enquistado en nuestras sociedades (aunque se trate de un modelo sumamente estresado que avanza hacia su propio colapso).

Esa situación es muy parecida a la que se encontraron Wikipedia y Google en el campo de la información y el conocimiento. ¿Son Google y Wikipedia empresas de tecnología? De nuevo, sí y no. Tal vez en estos casos más sí que no que en el caso de Uber, pero aún así, sí y no. Lo son porque su instrumento es cabalmente digital y poderosamente digital. Pero no lo son porque sus objetivos rebasan con creces la agenda tecnológica y avanzan en los niveles social y epistemológico del conocimiento y la información.

Tal vez sea más parecido a Uber el caso de Amazon; aunque sí y no. En términos descriptivos, sí; lo mismo que Uber, Amazon se apalanca en un recurso digital poderoso y singular, pero se materializa más allá de él. Amazon tiene una dimensión física –digamos-, como Uber, que no tienen ni Google ni Facebook. Pero lo que diferencia a Amazon de Uber es que su propósito de transformación social es menos relevante, está menos presente en su organización y tiene menos impacto en la configuración social en la que vivimos. Amazon acabará incidiéndonos por su escala y su insistencia, pero no porta una idea inquietantemente transformadora, subvertidora del status quo, como lo hace Uber.

Uber es un aplicativo impecable que altera la dinámica social de millones. Y no es lo mismo que Waze, que también es impecable –o más-, pero que apenas mejora la vida de las personas, pero no las cambia esencialmente. Uber sí; o por lo menos, puede ser que sí, si logra imponerse –que lo parece.

Por eso veo en Uber una mística que no alcanzo a ver en las demás. Uber es la más política de todas las Compañías tecnológicas que conozco (bueno, después de Wikileads). Uber arrasa porque tiene la fuerza intrínseca de las conspiraciones. Y así como crea sus víctimas –que pareciera que serán los taxistas e incluso los repartidores de cosas en general-, crea también sus devotos. Uber tiene misioneros; los primeros, sus empleados, y con ellos, sus choferes. Esas personas que “trabajan en Uber” son esencialmente diferentes a los taxistas que conocemos. ¿O no?

Los taxistas carecen de mística y abundan en neurosis. Lo contrario de los de Uber. El taxista piensa todo el rato en sí mismo y sufre por él y se queja con él y monta en cólera por las cosas que lo afectan a él… y tu vas ahí atrás, como si fueras cosa, ajeno a todo y a él también. En Uber no pasa eso; el chofer de Uber parece estar más pendiente de tu experiencia que la de él. Su foco eres tú y no la calle, el tránsito, su auto, el otro auto y esas cosas que enloquecen a los taxistas. Y como su foco eres tú, te hablará si imagina que necesitas escuchar y si no, no; al contrario del taxista que te habla si es él quien necesita hablar –y de lo que él necesita hablar-, más allá de lo que tú quieras.

Esa diferencia no viene de las personas, viene de la organización, quiero decir, del contexto. Es la intencionalidad y el sentido de la empresa lo que modifica la actitud de las personas. Por eso Uber es carismática; porque la intención política que la mueve encarna en cada uno de los que la constituyen.

Y otra vez, volvámonos a nuestro mundo escolar. ¿Será que nuestros maestros son los taxistas de nuestras escuelas? ¿Será que a tanto maestro quejoso y victimizado no le estará haciendo falta un Uber que salte por encima de todo e inyecte sentido a todo aquello que no lo tiene o que lo ha perdido? ¿Será que como nosotros arriba del taxi, nuestros niños también están sintiendo aquello de que al que conduce solo le importa él y sus situaciones, y sus conflictos, y sus riesgos… y su celular?

¿La nueva escuela será una solución tecnológica? Sí y no. Sí porque no logro verla sino apalancada en la tecnología y sus modos de reconfigurar algunas figuras sociales saturadas (el aula, el libro de texto, el horario de estudio, las investigaciones, las evaluaciones, etc.). Pero no porque no será el elemento tecnológico el que la haga nueva, sino que será por medio de algún elemento tecnológico que ella acabe resultando una experiencia social y académica verdaderamente transformada. 

Twitter del autor: @dobertipablo

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Prepárate para sentir el pánico constante 24/7; 2016 será el año del miedo, según un prestigioso reporte de anticipación a los movimientos culturales, políticos y tecnológicos en todo el mundo

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Havas, la agencia de publicidad y relaciones públicas francesa, recientemente dio a conocer su reporte anual de las tendencias a observar en el mundo en 2016. Compañías como Havas no sólo se precian de poder anticiparse a las nuevas manifestaciones culturales en la tecnología, los medios y la sociedad, son también en cierta forma actores determinantes en marcar estas tendencias al manejar las cuentas de importantes marcas e incluso ejecutar su comunicación. En un mundo donde la publicidad lleva la vanguardia cultural e incluso artística (para detrimento de la cultura y el arte), agencias como Havas tienen enorme influencia en la psique colectiva.

Según la CEO de Havas, Marian Salzman, en su presentación, en 2016 nos dirigimos hacia una "senda angustiante", esto puede anticiparse en diferentes factores de estrés general, como el cambio climático, el temor del terrorismo y el miedo como denominador político en las campañas presidenciales de 2016 en Estados Unidos, a lo que se añade el miedo global a la inmigración, la privacidad en las comunicaciones y la infraestructura de espionaje, la forma en la que nos hemos vuelto adictos a la tecnología, la sobreprotección parental a los niños e incluso nuestra obsesión por la comida orgánica. En el reporte se lee:

Échenle la culpa al 9/11, a la crisis financiera, a los medios, al ritmo frenético de la vida o al declive de la moral, o quizás culpen a la cultura de la culpa que siempre está buscando errores, fallas, chivos expiatorios. Combinaciones de todo esto se combinan  para el übertrend del año: una sensación de intranquilidad permea la mayor parte de la vida, un sentimiento persistente de que las cosas no están como deberían estar, que amenazas latentes están allá afuera, y que las personas necesitan tomar decisones y hacer algo. Estamos constantemente inmersos en una lucha entre quedarnos o abandonar el barco. Alarmas emocionales están constantemente siendo sonadas y estamos respondiendo de múltiples formas para silenciar el ruido.

En cierto modo la auscultación del zeitgeist de Havas parece razonable; no se tiene que ser demasiado perceptivo para detectar esto. Lo más notable es quizás el sólo hecho de asumir que nuestro mundo vive en o está entrando en un estado de miedo colectivo. Por una parte sabemos que psicológicamente el primer paso para superar una condición así es descubrir que existe y aceptarla; por otro lado, en este mundo de influencers, programación mediática predictiva y profecías autocumplidas (en el mercado de la especulación psicofinanciera), llama la atención que establezcamos una configuración inicial tan desestabilizadora. Claro que no es culpa de Havas (¿es culpa de culpar?). Pero valdría preguntarnos: ¿qué tan real es el miedo que los medios, los gobiernos y nuestra propia sociedad promueven y qué tan inteligente es la transmisión de esta sensación de malestar e intranquilidad generalizada y, en todo caso, a quién conviene? En muchos sentidos es tan real como lo creamos y conviene a los gobiernos y al sistema financiero del hiperconsumo que se sirve de la inseguridad de los ciudadanos para seguir vendiendo productos, seguir creciendo y obtener el famoso voto del miedo. 

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La segunda tendencia que detecta Havas en su top 10 es "la adicción a la tecnología", la cual parece estar ligada claramente a la ansiedad generalizada que observan despuntando globalmente. La tecnología, podríamos decir, es la forma en la que el miedo y la cultura del pánico se transmiten al mundo y se vuelven globales. Vemos hoy por ejemplo que lo que sucedió en París coloca en un umbral de psicosis a personas que viven a miles de kilómetros de distancia, pero que de alguna manera comparten la misma esfera mediática. Un reciente ejemplo de esto, un tanto cómico e hiperbólico, ocurrió con el caso de una mujer en Wisconsin que hace un par días llamó a la policía para denunciar gritos de éxtasis sexual en los que creyó escuchar "ISIS es bueno, ISIS es grande". Vivimos en un mundo en el que los gritos de amor son confundidos con gritos de terror. 

En realidad el problema de la adicción a la tecnología no sólo yace en el contenido de los mensajes --en un revisionismo de la política del terror estilo Fox News-- sino sobre todo en el medio en sí mismo (que es el grueso del mensaje). Quizás deberíamos de volver a hacer tendencia a McLuhan y recordar cómo los ambientes electrónicos en los que nos incrustamos no sólo amplifican nuestros sentidos y nuestra forma de pensar, también los amputan. Una de las formas principales en las que la tecnología está alterando nuestra psique es sometiéndonos a un incesante flujo de datos simultáneos que requieren de nuestra concentración pero sólo en pequeños lapsos fragmentarios de tiempo. Es decir, estamos en perenne multitasking, realizando pequeñas tareas que nos motivan con el glam y el gloss de plataformas "inteligentes". Havas atina a preguntarse: "¿están los niños --y nosotros también-- pasando demasiado tiempo con la tecnología?... ¿qué efectos está teniendo en nuestros cerebros y cuerpos? Tal vez no lo sabremos hasta en algunos años y entonces puede que sea demasiado tarde".

Si nuestra mente está ansiosa e intranquila al vivir en un ciclo de recompensa de dopamina ante constantes bits/estímulos que dividen nuestra atención (que es lo que ocurre cuando entramos a ver las fotos de nuestros amigos y luego contestamos un email y luego perseguimos un link en nuestro feed de Facebook o jugamos un videojuego), entonces es imposible que razonemos de manera efectiva y podamos entender lúcidamente lo que sucede en el mundo. En otras palabras, así somos presa fácil de la cultura del pánico y de la desinformación, somos más fáciles de influir y en cierta forma programar, de la misma manera que cuando estamos cansados somos víctimas más fácilmente del enojo o del odio, perdemos más fácilmente el control. Así este miedo generalizado que ya observa Havas, más que una realidad sociopolítica o algo que obedezca a una amenaza real, es un estado mental de estrés que se esparce por el cuerpo colectivo de la humanidad y que no se solucionará con la "paz en el Medio Oriente" o algo así.   

¿Qué hacer ante toda esta comunicación e incluso propaganda del miedo, el estrés y la ansiedad que produce el mundo? Para algunos lo siguiente podría parecer una forma de negación o un subterfugio con tintes new age o apatía ciudadana, pero me parece que sigue siendo cierto: el miedo que vemos en el mundo tiene como principal causa no una realidad incontrovertible, es sobre todo la expresión de un estado interno --aunque ciertamente exista una relación de interdependencia entre lo que vemos afuera y lo que sentimos adentro. Este miedo global es el resultado del apilamiento de los miedos individuales. Refleja la incapacidad fundamental de lidiar internamente con los sucesos que ocurren en nuestra vida y establecer hábitos que contribuyan a la relajación. La historia occidental es la historia de la tensión. Sería prudente empezar a aprender a lidiar con esta tensión, a poder aprender a estar quietos y tranquilos sin recurrir a nuestros aparatos a la primera de cambios. Ya lo decía Pascal hace más de 350 años: "Todos los problemas de la humanidad provienen de la inhabilidad del hombre de sentarse solo sin hacer nada en una habitación”. Creemos una cultura de la relajación y del autoconocimiento. Una tendencia ojalá a observarse en los siguientes años podría ir en el sentido de esta investigación que mostró que la meditación es efectiva para combatir el terrorismo (y no tienen que meditar los terroristas, con que mediten las personas a su alrededor). Y de última, sabiendo que hay dos formas fundamentales para lidiar con la tensión: la risa y las lagrimas, riámonos de nuestra patética situación (no de la de los demás), de lo ridículo que es que el miedo sea el factor predominante en nuestro mundo y dejemos de comprar este terrorífico y ubicuo überproducto.

 

Twitter del autor: @alepholo