*

X
El argumento de Miguel Herrera para no hacer el acto extraordinario de fallar un penalty inmerecido es sumamente revelador, un emblema, tal vez, del carácter nacional

herrera

El pasado miércoles 22 de junio la selección de México venció a Panamá en la semifinal de la Copa Oro con una actuación arbitral tan errática y tan cargada a favor de México que hizo que la selección panameña amagara con abandonar la cancha. En ese trance después de un infame penal casi en el último minuto del tiempo regular --cuando Panamá iba justa y heroicamente arriba en el marcador-- los jugadores panameños se encontraron vehementemente descorazonados, protestando por lo que sentían era un inconfundible robo para beneficio del "gigante" de CONCACAF (y de la mafia concakafkiana) --la selección mexicana tuvo la oportunidad (y el tiempo de reflexión) de hacer algo que casi nadie ha hecho en el fútbol, pero que, sin embargo, nunca parecía ser tan apropiado, estar tan presente en el ambiente, casi estar siendo dictado por la naturaleza de ese momento tan enrarecido e insoportable.

Más tarde, cuando México había ganado, ayudado por otro penal (este último un poco más difícil de decantar), el técnico de la selección mexicana, Miguel Herrera, argumentó que, si bien sabían que no era penal ("no tuvimos ni siquiera que ver el video"), no tuvo el mínimo asomo de pensar en fallar el penal, puesto que en ocasiones pasadas, cuando ellos habían sufrido algo equivalente a un "robo", y se habían quejado y excusado hasta el cansancio, nadie los había perdonado, no habían recibido ellos mismos el trato que ahora se les pedía por la prensa y por la mayoría de la audiencia que en ese momento exclamaba que renunciaran al penal como una forma de restablecer el orden y la justicia ante el paupérrimo desempeño de la selección. Dijo Herrera que no veía "por qué México tenía que hablar de fair-play; yo no vi que Guatemala nos diera el balón después de los penales, o en el Mundial. Reitero, el equipo no tiene la culpa de todo lo que pasó en la cancha, pero así es el fútbol, teníamos que aprovechar... Pregúnteles a los holandeses, el árbitro de la FIFA me lo dijo en México, que no era penal, ya para qué. Yo no robé a nadie".

Esta es la lógica de "El Piojo" Herrera y en general, me parece, de la mayoría de los mexicanos: hacer como los demás nos hacen, y no cómo quisiéramos que nos hicieran; un ética del mínimo común denominador. Puede ser que esto sea la norma y ocurra en la mayoría de los países y como regla dentro del mundo del fútbol. Ciertamente muchos futbolistas entenderán a Herrera o a Andrés Guardado, quien decidió tirar el penal. Y ciertamente, también, no se les puede acusar de trampa o de un acto que no corresponda con los parámetros de lo que esperamos de un futbolista o de un ciudadano que se mantiene bajo el límite de la legalidad. No se puede condenar dentro del contexto, exigir dentro de la conciencia común del fútbol que los seleccionados fallaran el penal y que fueran en contra del axioma competitivo de ganar sea como sea. Incluso es posible que el entrenador hubiera sido despedido por los ambiciosos directivos y el suprapoder televisivo, para quienes no ganar el partido podría significar millones de dólares en pérdidas. No ir a la Confederaciones: una temporada menos de millonarias pautas iteradas hasta el infinito y de la maquinaria de las vedettes, los comediantes y el equipo de analistas con toda su panoplia de distracciones para ocuparse con máximos recursos de lo que es lo más importante de lo menos importante, como algún intelectual definió al fútbol.

Quizás delato cierto idealismo, al afirmar que la selección mexicana (que de alguna manera supone ser "lo mejor de México") tuvo una oportunidad de realizar un acto que era el acto correcto para ese momento y que podía ser --aunque sea sólo simbólicamente-- un punto de quiebre en un círculo vicioso en el cual está inmersa (y estamos igualmente inmersos como país). El idealismo para muchas personas es algo utópico e irreal, que difícilmente tiene un lugar en el acontecer de la dura vida diaria de un país como México o dentro de una cancha de fútbol. Esta postura, sin embargo, me parece un tanto miope, una concepción un tanto mezquina, puesto que el idealismo es en realidad la estructura --la ideología en sí misma-- que permite construir una base moral que no sea amenazada por deseos y urgencias individuales, veleidades, posiciones circunstanciales. El idealismo sostiene que existen principios universales, ideas que trascienden las limitaciones materiales (siempre cambiantes) y que son aplicables en todos los momentos, con todas las personas por igual. ¿O acaso es mejor el materialismo al idealismo? Uno busca evitar estas dicotomías, pero no hay duda de que esta diferencia y esta elección es importante y debe meditarse en nuestra época donde predomina el utilitarismo salvaje. Como dice Herrera, tenemos "que aprovechar". 

La base del idealismo y de la ética en todas las épocas es la llamada 'ley de oro'. Puede ser expresada de manera positiva: "Haz a los demás lo que quieres que ellos te hagan a ti". Esta proposición existe de alguna manera en todas las culturas y puede entenderse (y aplicarse) desde el más básico principio racional hasta el más abstracto principio metafísico. Desde el Código de Hammurabi al karma y a la causalidad en la física. Se sostiene en la creencia o en la idea de que existe un principio de justicia o una ley universal bajo la cual la voluntad individual debe supeditarse para mantener la armonía. Cuando Miguel Herrera dice que él no actuó bajo un principio de fair-play (que en este caso es como el cuerpo invisible e ideal de la justicia) porque antes no fue beneficiado por este mismo principio, no se da cuenta de que está perpetuando un ciclo de retribución, engaño y sufrimiento. Que de alguna manera está multiplicando e incrementando la posibilidad de que vuelva ocurrir aquello que tanto denunció después del Mundial y en numerosas ocasiones antes. No lo pudo ver en la cancha enfrascado en la monomanía de la competencia (y eso que tuvo varios minutos para considerarlo), porque no fue capaz de extender su conciencia y ponerse en los zapatos de los panameños, de pensar que de alguna manera lo que les afectaba a ellos también le afectaba a él, de hecho era el mismo acto repitiéndose arquetípicamente. No era fácil, había que imaginárselo, ir más allá del calor del momento, pensar antes de decidir mecánicamente, con esa calidad que distingue a los grandes jugadores que se detienen a pensar dentro del área, cuando los demás entran en una respuesta de huir o pelear, su cuerpo se inunda de adrenalina y su campo de visión se encoge. Era justamente lo más difícil de hacer, pero también lo que más diferencia podía hacer.

Llevar este tipo de discusión a proporciones filosóficas, e incluso metafísicas,  podría parecer un exceso cuando es sólo fútbol, pero creo que de alguna manera podemos encontrar un microcosmos con lo que sucede en México (¿quizás hay un vínculo analógico entre Peña Nieto y "El Piojo" Herrera?) (y es que, parafraseando el dicho, un país tiene los líderes que se merece... ¿o estamos siendo dirigidos por individuos que nos reflejan nuestra realidad?).

La lógica de Herrera parece incrustarse en una espiral silenciosa que razona de la siguiente manera: "Como a mí nadie me ayuda, yo no ayudo a nadie... como nadie limpia la calle, yo no limpio la calle... como nadie respeta el alto, yo no respeto el alto...como es más fácil y más barato pagarle a la policía que pagar una infracción, le pago a la policía". O, "como cuando perdí mi cartera nadie me la regresó, ahora que me encontré una cartera no la regreso", o también: "para qué hacer algo si nadie hace nada". Y los políticos que al parecer razonan así: "Todos se benefician personalmente del poder y a nadie castigan, entonces, sería estúpido no beneficiarme de mi posición privilegiada". Nadie rompe la circularidad, el círculo vicioso, el loop. Nadie se atreve a hacer algo fuera del guión de lo mínimo aceptable. Es la mentalidad de no poder ver más allá de este momento, de no pensar en un bien que trasciende un partido o un momento y cuyos frutos son en este momento, en lo que respecta a este resultado, invisibles o imperceptibles, pero no por ello menos reales. Esta misma mentalidad es la que hace que los directivos del fútbol mexicano atiborren las plazas de sus equipos con jugadores extranjeros que pueden entregar resultados inmediatos y no inviertan en el desarrollo de sus fuerzas básicas y, también, que no modifiquen el formato de competencia para que mejore el nivel de manera consistente y a largo plazo entregue un mejor espectáculo, de manera sostenible: se prefiere poner todos los huevos en la canasta de la Liguilla y del siguiente torneo corto. Lo que importa es el éxito material del momento, ya cada quién que se las arregle con lo que venga después.  

La posibilidad que tenía la selección dirigida por Miguel Herrera era la de decir algo sumamente significativo: que hay cosas más importantes que el dinero, que los principios bajo los cuales se actúa son más importantes que los resultados (los cuales están sujetos a contingencias). Podían ser aquellos que ejemplarmente, un día, en una posición de poder, ceden, se sacrifican, no se aprovechan de la debilidad, se vuelven más grandes. Descubren que no hay nada más poderoso que sacrificarse por el bien de los demás y servir a una causa más grande que uno mismo (de un ideal). El otro poder, el que ordena y manipula, es en verdad pobre en comparación con el poder que sirve. No supieron leer el momento, sentir lo que estaba sucediendo y actuar conforme a lo que dictaba la conciencia. Difícil pedirles un salto de conciencia, un salto de calidad así, como si de repente quisiéramos que jugaran como Alemania o Argentina. Cuando hace 1 mes vimos a Miguel Herrera aprovecharse de una zona gris legal para ganar más dinero del que ya se embolsa tuiteando subrepticiamente a favor del Partido Verde. La conciencia, la ética, se construyen poco a poco, son consecuencia de todos nuestros actos, se ganan partido a partido, jugando bien, sin importar el resultado. México jugó mal y ganó. No nos damos cuenta de que mientras siga ganando jugando mal nunca va a lograr trascender el ciclo de mediocridad futbolística (y moral) en el que se encuentra (y será perseguido por sus fantasmas que son en realidad solamente los efectos de las causas que nuestra ceguera nos impide ver porque no se hacen tangibles inmediatamente). Nos atrevemos, entonces, a dudar del principio básico de la ley de oro: que si actuamos correctamente tarde o temprano nos va ir bien. En el fondo esto no sólo es un principio ético, es un principio lógico; una lógica no practicada --del bien común como verdad-- que demuestra nuestra ignorancia: pensar que un acto puede separarse de sus consecuencias. 

*          *         *

Después de publicado este artículo, se dio a conocer que el periodista Cristian Martinoli fue golpeado por Miguel Herrera en el aeropuerto de Philadelphia. Al parecer la agresión fue motivada solamente por las críticas de Martinoli al técnico. Sobre esto sólo quiero añadir que si Miguel Herrera no es despedido, después de esta agresión y de situaciones como la que ocurrió con su su violación de la veda política en apoyo del PVEM, se confirmaría mi tesis de que los directivos del fútbol mexicano no tienen ninguna consideración ética y su única preocupación es el dinero y sus propios intereses. Lo cual increíblemente no es escandaloso para muchas personas, que dirán que después de todo el fútbol es un negocio. 

Twitter del autor: @alepholo

 
No hay manera de vender un viaje a la Luna con los argumentos turísticos propios de la Tierra y nuestras agencias de viaje; ni viceversa
[caption id="attachment_100139" align="aligncenter" width="560"]Imagen: Wikimedia Commons Imagen: www.renken.de[/caption]

¿Nunca te pasó? La situación llega a ser bizarra.

Tú invitas a la ilusión y ella (o él) te responde con la desconfianza. Tú le dices que es para aspirar y ella se lo quiere tragar. Tú insistes con que no importa y él vuelve una y otra vez a que tú siempre con lo mismo. No logramos ponernos de acuerdo.

Tú sabes perfectamente que nunca nadie en la vida tuvo la valentía y la consistencia ética de proponerle algo así y ella te vuelve a comparar con aquéllos y a veces hasta sales perdiendo. Y tú te mueres de ganas de decirle “pero cómo…” pero ya no sabes ni cómo decírselo. Tú retomas el aire y de nuevo le recuerdas que una propuesta vale más que mil especulaciones y que las innovaciones son de otra índole que las justificaciones. Tú le dices y él nada. Tú le juras que lo que vale es la entrega, no el resultado, y él reacciona como si no entendiera tu lengua. E insistes con la lengua y tampoco parece entender.

Se viste de superanalítica para no caer en la trama encantadora de tus ilusiones.

Tu estás invitándola a viajar a la Luna y ella te cuestiona como si fueran a pasar el fin de semana en la montaña de al lado. Quiere saber cómo estará el clima, qué calidad tendrá la cobertura de su celular, si su almohada será de la altura a la que ella está acostumbrada, si no habrá bichos en la cabaña, si habrá tráfico al retornar y demás. Ella quiere garantizarse que nada pierde de sus plomizos y garantizados fines de semana en la ciudad y entonces sí –tal vez-- se disponga disfrutar de algún plus a favor. No entendió. Y en esas condiciones no deberías aceptar.

Cuando el viaje es a la Luna, las referencias históricas se pierden. Ese viaje es un corte. Si vale, vale por sí mismo y por lo que nos trae, no por lo que conserva. Es otra instancia. Ni llevas ni traes; simplemente vas, te vas. No sabemos lo que encontraremos en la Luna, pero no podemos ir a buscar allá justamente lo que ya hemos conseguido acá en la Tierra, porque entonces para qué, ¿no? Si encuadramos el viaje a la Luna en un marco reafirmatorio, lo más probable es que vomitemos mil veces, una tras otra. Si decidimos ir a la Luna es por la Luna y lo que ella nos proponga; habrá que dejarla ser. Allá no falta gravedad, simplemente hay otra cosa; por acá te caes todo el rato y allá flotas, y sus mil derivaciones. Se me hace que las radiaciones de por allá no sirven para hablar por teléfono ni enviar Whatsapps.

Quiere saber si tú sabes cómo es allá y tú le dices que claro que no, y entonces no se siente seguro. Te pide garantías y tú tienes repentinas ganas de responderle que su pu… que no se trata de garantías, precisamente; que tu invitación es justamente a la exploración y el descubrimiento. No entiende. Es de esas que hasta se tomaría una pastilla para dormir en el tramo en que atraviesen el límite atmosférico y cambie el juego de gravedades. No sabe que el viaje vale más que la llegada. No sabe que protagonizar la búsqueda es más trascendente que encontrar. No puede, tal vez.

No escucha tu propuesta, sopesa su riesgo. No te valora porque propones, te valorará si lo propuesto le vale. Reprobó en ética. Te pone en el lugar del riesgo para salirse él de su riesgo. A ver si me convences, te inquiere. Cree –delira-- que es más edificante juzgar que enunciar. Es de las que siempre se espera para tomar su posición. Te evaluará llegando, despegando, durante y al regresar; y siempre con el patrón de la Tierra. Te tendrá en vilo y expiará su ansiedad volteando a verte con cara de “yo te dije” a cada pozo de aire o calorón de por allá arriba. Dirá una y otra vez que añora su pan caliente, su rutina de yoga, sus almuerzos en la hora y su invierno conocido; vivirá nostálgica como viven los que emigran y no se conectan con lo ganado mientras se deshacen en lo perdido. Y tú tendrás dos alternativas (allá arriba, vaya uno a saber dónde): o te caes con él o te cagas en él. No entiende.

…Digo esto porque muchas veces cuando estamos en una escuela, en un congreso, seminario o cualquier otro foro de educación, parece que estuviéramos con ella de nuevo, multiplicada por cientos. Te escuchan como si fueras un impostor; te recelan como si estuvieras atentando; te inquieren como si te estuvieran comprando; te exigen donde no tienes –ni pretendes tener-- y te desatienden en lo que vales. Es la comunicación equivocada en estado puro. Tú les dices que vamos y ellos se reafirman en su pretensión de quedarse; tú les recuerdas que su lugar ya no está seguro y ellas te espetan que a ver si el tuyo lo está. Tú les dices que están trabados y ellos te dicen que no, en escuadra. Tú te abres y ellos te buscan el talón. Tú te lanzas y ellos te miran el lomo. Tú sonríes y ellas desconfían.

Te obligan a adoptar la posición del que sabe y tú quieres ser el que invita. Tú afirmas que debemos explorar y ellas te dicen que sí, pero que mañana, que tal vez, que cómo, que si fuera el caso… Y tú te irritas y te mueres de ganas de decírselo, porque si no lo dices puedes caer en la trampa de buscar justificarte con la matriz equivocada. No hay manera de vender un viaje a la Luna con los argumentos turísticos propios de la Tierra y nuestras agencias de viaje; ni viceversa.

Cuando llegas con lo de la escuela nueva debes saber que llegas con un billete abierto a no sé dónde. Así de indefinido y así de inquietante. No te pierdas. Y no olvides que se lo estás ofreciendo a quien lleva en la Tierra, en su ciudad, en su jodida casa de su jodido entorno, una vida jodida, repetitiva e inútil que transcurre con dificultades pero en la que nada ocurre de verdad. Y debes saber también que podría ser que no esté en condiciones de subirse a la nave, pero sientes que es difícil que no se vea tentada, con ganas, iluminada por tu iniciativa y por el encanto irresistible de lo por hacerse. No te resignas, y te entiendo.

Debes aceptar que te diga que sí o te diga que no, pero no debes aceptar que consuma tu luz. Si su deporte es consumirte, vete; y vete tranquila, porque resulta obvio que él no es para ti. Hay otros.

 

Twitter del autor: @dobertipablo