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Aparecen súbitamente por las calles con novedosos atuendos y hábitos; su inesperada presencia causa, al menos en un inicio, una especie de intriga y escepticismo.

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De acuerdo al sociólogo francés Michel Maffesoli, creador del término "tribus urbanas", antes de la posmodernidad (fechada desde la segunda mitad del siglo XX) la humanidad vivía un parteaguas ideológico cada 350 años. 

Con la celeridad y accesibilidad de la información, estos rompimientos cíclicos de creencias o de hábitos ocurren cada vez más rápido. Es decir, se sienten mucho menos que el Renacimiento, pero ocurren con mayor frecuencia. Como resultado de ello emergen las tribus urbanas. 

Maffesoli propone que estas tribus son un regreso tribal a un sentido de pertenencia en una época individualista, pero este sentido de identidad ocurre sin que sus miembros se hayan conocido previamente. ¿Cómo es que de repente uno comienza a ver en la calle a barbudos con lentes de pasta o,  en su momento, punketos, que recorren la ciudad como séquito uniformado?

Las tribus urbanas son un grupo de personas que experimentan una afinidad ideológica; casi siempre nacen en países desarrollados y su ideología (o anti-ideología) permea el estilo de vida, los gustos y los hábitos. 

Para Maffesoli, este fenómeno comenzó a darse luego de los movimientos estudiantiles de 1968. Pero lo cierto es que más profundamente emergen de la cultura subalterna que suele nacer del legado de intelectuales, escritores o inventores que alguna vez fueron marginales y cuyas ideas comienzan a ser aceptadas, y adoptadas, décadas o años después, por jóvenes que adecuan esos puntos de vista a una época individualista.

Una curiosidad de las tribus urbanas es que retoman elementos del pasado, acaso el sentido algo cercano a la tribu, pero con una búsqueda distinta al individualismo rapaz; parecido a un "algo" más trascendental (una especie de espiritualidad que todavía no acaba de ser aceptada quizá), de ahí el éxito del New Age, explica Maffesoli en una interesante entrevista para Businesinsider. 

Los yuccies, hipsters, hippies, yuppies, preppies, yindies, punks, kids, swaggers, tweens; algunas de estas tribus urbanas no sobreviven por mucho tiempo, mientras otras quedan para la posteridad, como el caso de los punks o los darks. 

Quizá lo que nos perturba de las tribus urbanas es que tal vez muchas personas las usen para construirse una identidad plagiada, carente de autenticidad; pero probablemente mucho más el hecho de intuir que esas personas llevan un entendimiento de la vida al menos aparentemente distinto e indescifrable por su simple atuendo. 

Es muy interesante encontrar que detrás de algunos movimientos que parecieran fashionistas, también existe la apropiación de ideas en círculos de tiempo mucho más rápidos, como lo explica Maffesoli; el tiempo ya no es el mismo, la información lo ha contraído, y ello, al menos, pinta emocionante.

Twitter de la autora: @anapauladelatd

 

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Sobre la identidad entre magia y voluntad, trazando el origen y las resonancias de una frase de Aleister Crowley

 

aleister-crowley-photo-u2Aleister Crowley es, merecida o inmerecidamente, la figura más influyente del ocultismo del siglo XX. El siglo XX fue el siglo de las celebridades y las estrellas pop y la personalidad desaforada de Crowley le permitió magnetizar la fama en sintonía con esta corriente en la que la imagen y la personalidad que se proyectan son más importante que la sustancia de una obra.  La máxima de la filosofía de Crowley  --actualmente ya un slogan, un meme y una etiqueta usada hasta por raperos-- es "haz lo que quieras será toda la ley" (do what thou wilt shall be the whole of the law). Esta frase ha sido interpretada de mil maneras. Algunos consideran que refleja la bestialidad egocéntrica de quien se autodenominara "la Gran Bestia 666". En ella, sin embargo, se refleja la genialidad provocativa y enigmática de Crowley, quien en realidad sólo hace una especie de remix y encubre de misterio una antigua noción de lo que es la magia quizás para mejor seducir a sus lectores y sus seguidores --algo que era enormemente importante para Crowley, quien, según han observado algunos de sus biógrafos (como Regardie o Lachman), tenía la energía y el genio necesarios para ser un extraordinario adepto, pero que en su vanidad encontró una invencible némesis. Mi intención en este ensayo es hacer un énfasis en que la definición de magia de Crowley, que es el centro de toda su filosofía de Thélema, no es original, sino que es esencialmente la misma que se encuentra en la tradición esotérica de los misterios egipcios y griegos, la filosofía hermética y platónica, la alquimia y la magia renacentista, pese a que Crowley haya querido diferenciarse, incluso cambiando la ortografía a "magick".

Crowley agrupó su filosofía alrededor del concepto de voluntad ("haz lo que quieras"...) y llamó sus enseñanzas Thélema, siguiendo el uso de la palabra Thélème (proveniente del griego: intención, deseo, voluntad) para designar una abadía en la novela Gargantua y Pantagruel de Rabelais. La única regla de esta abadía era "fay çe que vouldras” o “haz lo que tu quieras”. Asimismo, tenía en mente el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Haz lo que quieras será toda la ley es en realidad sinónimo de la definición de magia que da en Magick, Book 4: "[la magia] es la Ciencia y el Arte de causar Cambio en conformidad con la Voluntad" y también  en Magick in Theory and Practice: "La magia es la ciencia y el entendimiento de uno mismo y sus condiciones. Es el arte de aplicar este entendimiento a la acción". Quizás a primera vista estas tres frases puedan parecer muy distintas, pero veremos que son tres formas de decir lo mismo.

Crowley entendió la magia como una "reconciliación entre el destino y el libre albedrío" que ocurría una vez que uno lograba "más allá de cualquier duda, saber quién uno es, por qué uno es". Aquí podemos empezar a entender lo que quiere decir con que el actuar la propia voluntad es toda (y la única) ley. Crowley identifica al ser individual con el ser universal: el yo individual se disuelve con la divinidad. Así la voluntad no sólo es toda la ley, de hecho es la ley misma: la voluntad divina se expresa en el universo como ley; el ser universal, la unidad de la totalidad, se expresa como un individuo que desea. Cuando uno se conoce a sí mismo, descubre que el yo es sólo una manifestación o una especificación de la conciencia absoluta, lo que en los Upanishads se explica como "Atman es Brahman". Este es el axioma del oráculo de Delfos en su versión extendida: "Conócete a ti mi mismo y conocerás al universo y los dioses". Evidentemente Crowley estaba consciente de esto, especialmente luego de realizar lo que se considera una hazaña en la magia, la invocación de Abramelín o del Santo Ángel Guardián, que no es otro que el ser superior o espíritu del practicante. Crowley pudo haber dicho que la magia era hacer la voluntad de Dios, o incluso la servidumbre voluntaria de la creación, algo que nos acerca a la forma en la que Paracelso concebía la magia, pero esta definición no habría sido tan provocativa e incendiaria para el paladar de la Bestia, aunque en realidad significa lo mismo. Entre el cordero y la serpiente, siempre eligió a la serpiente.

Veamos cómo la idea de magia de Crowley pertenece a toda una tradición, es de hecho el nodo central de la filosofía esotérica. A continuación un comentario sobre la definición de la magia de Jakob Böhme, la cual parece un claro precursor de la idea de Crowley:

 

Jakob Böhme, un zapatero prácticamente iletrado que tuvo una especie de "momento Aleph" percibiendo la totalidad de la existencia en el reflejo de la luz del Sol en un plato de estaño, entiende la magia como el fiat lux. Escribe en Sex Puncta Mystica (Seis puntos místicos):

La magia es la madre de la eternidad, del ser de todos los seres; porque se crea a sí misma, y se entiende en deseo. Es en sí misma nada más que una voluntad y esta voluntad es el gran misterio de las maravillas y los secretos, porque se hace a sí misma a través de la imaginación de su deseo. Es el estado original de la naturaleza. Su deseo hace una imaginación, y esa imaginación o figuración es la sola voluntad del deseo. Pero el deseo hace en la voluntad un ser tal como la voluntad es en sí misma.

Vemos aquí que la esencia de la magia es voluntad, porque es la naturaleza de la divinidad que su ser es crear, por eso con sólo imaginar algo esto se convierte en realidad, es la potencia pura ilimitada que salva cualquier distancia entre el pensamiento y el acto. La distancia entre el pensamiento y el acto o entre el Ser y su manifestación como creación superabundante sólo existe en el ser humano que se ha desviado o no ha logrado abrazar su verdadera voluntad que es la voluntad divina. Crowley famosamente también dijo: "todo acto intencional es un acto mágico", sugiriendo que, en su participación divina, como imagen de Dios, el ser humano no puede más que transformar la naturaleza cuando así lo intenta. Existe una fecundidad innata en la intencionalidad. La esterilidad de la voluntad sólo podría explicarse entonces por la ignorancia de nuestra esencia: sólo quien no se conoce a sí mismo no actúa mágicamente, no porque haya perdido el poder sino porque no hace lo que quiere, al no conocer realmente lo que quiere. Si hiciera lo que quisiera, sus acciones serían mágicas e inmediatamente materializarían su deseo --puesto que de todas formas este deseo sería el deseo que corre, por así decirlo, naturalmente por los cauces universales, sería una expresión más, reforzamiento voluntario, de la ley misma en su inevitabilidad. Lo que realmente queremos de cualquier forma iba a pasar. Esta es la  suprema paradoja de la existencia individual y por la cual muchos de los grandes maestros concluyen que la única solución al predicamento de la existencia es la servidumbre (voluntaria y consciente) y la disolución del ego individual. 

Otra paradoja, Crowley, quien es recordado como uno de los grandes personajes inmorales de la historia, en su "haz lo que quieras..." introduce un concepto profundamente moral: aquel que hace lo que realmente quiere estará salvaguardando el bien universal, cumpliendo el plan, Su mantra tiene un gran parecido con la siguiente meditación de Marco Aurelio, el emperador romano: 

Continúa por tu camino recto, siguiendo tu propia naturaleza y la naturaleza universal, porque de hecho ambos caminos son uno.

Marco Aurelio, a diferencia de muchos otros emperadores romanos que son el epítome de la inmoralidad, fue un gran ejemplo de rectitud y claridad. Sus Meditaciones son una de las grandes obras en la historia del pensamiento moral. La coincidencia con la ideación mágica de Crowley, sin embargo, no debe sorprendernos. No sería muy difícil encontrar numerosas otras coincidencias en el pensamiento antiguo (recordemos que la mayoría de los filósofos en Grecia y Roma eran iniciados en Eleusis o en otros misterios altamente esotéricos). Y es que realmente existe una tradición, una línea de conocimiento de lo que es la vía regia de la filosofía: el autoconocimiento y la práctica o ejercicio de lo que se conoce, es decir, la conducta ética a través de la cual se muestra la transformación que efectúa la filosofía en un individuo y por lo cual puede llamarse verdaderamente un filósofo. En esto último muchos dudan de Crowley, quien parece haber tenido toda la teoría en orden, pero cuyas prácticas licenciosas pudieron haberlo llevado demasiado lejos, torciendo esa cadena dorada de unidad entre el proceso cósmico y el proceso individual. Preferimos en esto no juzgar y dejar que el lector forme su propia opinión sobre si la vida de Crowley invalida u oscurece la magia y la luz de su pensamiento.

 

Twitter del autor: @alepholo