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La sabiduría herbolaria de los curanderos y chamanes alrededor del mundo está amenazada por la falta de continuidad generacional

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En una época en la que el new age reboza como nunca y casi todos consumimos ayahuasca para ser mejores personas (lo que sea que eso signifique), la figura del chamán ha adquirido un lugar especial en la cultura pop. Sin embargo, un aspecto que el actual imaginario colectivo pocas veces toma en cuenta alrededor de estos personajes enigmáticos, es que cada uno de ellos constituye en sí un verdadero cuerpo de conocimiento. Por eso, como dice José Roque, curandero shipibo del Amazonas, "cada vez que muere un chamán es como si un libro se consumiera entre las llamas".

Además de la creciente popularidad de los chamanes entre jóvenes alternativos que buscan comulgar con los espíritus de la naturaleza vía plantas psicoactivas, estos hombres, su información herbolaria, también han adquirido mucha mayor relevancia ante la ciencia, ya que, como advierte Simeon Tegel en un artículo para el Global Post: "Sus habilidades y conocimiento, obtenidos a lo lardo de miles de generaciones experimentando con la vida salvaje del Amazonas, son hoy considerados como clave para revelar el vasto potencial que tiene la selva para proveer nuevos fármacos –para todo, desde un resfriado común hasta para el cáncer o el VIH".

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De acuerdo con Tegel cinco de las 10 medicinas más prescritas en Estados Unidos tienen un antecedente natural, es decir, provienen de organismos vivos. Pero el trayecto que la sustancia activa de una planta debe completar para convertirse en un medicamento industrial es bastante largo, y aproximadamente solo uno de cada 15 mil compuestos naturales que analizan los científicos termina utilizándose como medicamento aprobado por la FDA. Y es en este punto en el que los curanderos podrían ahorrar mucho trabajo a los hombres de ciencia, ya que su milenaria experimentación con estas plantas, el probado conocimiento que tienen de sus efectos y propiedades, aceleraría de forma significativa los procedimientos.

Independientemente de las necesidades de la medicina alópata para obtener y sintetizar propiedades de las plantas, y sin dejar de enfatizar en que la industria farmacéutica es una de las más cuestionables del mercado y por ende no debiera importarnos facilitar sus procesos, por otro lado resulta preocupante un creciente fenómeno entre las poblaciones rurales del Amazonas y, en general, del mundo. Me refiero al desapego de las nuevas generaciones frente a los conocimientos tradicionales de su comunidad. Y en este caso no se trata de una defensa ideológica o pasional de lo autóctono, sino de una preocupación práctica: el cuerpo de conocimiento acumulado entre estos grupos es transmitido oralmente, y si no existen nuevos receptores disponibles entonces se corre el riesgo de que esa información se pierda. 

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Desde hace unas décadas los jóvenes de las comunidades nativas se han visto cada vez más influenciados por la cultura occidental vía los medios electrónicos. Esto ha acelerado la transformación de los grupos y debilitado las viejas costumbres. A lo largo del siglo pasado desaparecieron 90 tribus amazónicas, ninguna de las cuales dejó registro escrito de sus prácticas y conocimientos; y hoy nadie sabe cuántos curanderos existen en la región.

Es evidente que el reto de preservación cultural es enorme, ya que más allá de la conservación de las especies naturales endémicas y de la flora en general, "la tradición curandera es un complejo arte de diagnóstico, examinación, comunicación, ritual y tratamiento, que no puede salvarse simplemente preservando las plantas", advierte un estudio de una tribu colombiana realizado por la Universidad de California y citado por el propio Tegel. Al respecto, el antropólogo Michael Harner --creador, por cierto, de la Foundation for Shamanic Studies-- confiesa: "Me parece pesimista. Es una situación bastante seria".

Esperemos entonces que entre los miles de entusiastas de la etnopsicodelia emerja más de uno interesado en, además de expandir su conciencia, idear una forma de documentar todo ese conocimiento que, más allá de la pirotecnia psicoactiva de algunas plantas que utilizan, representa el verdadero tesoro que las tribus amazónicas y demás grupos alrededor del mundo han forjado. 

 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

* Imágenes: Creative Commons vía Wikipedia 

Las simples y fantásticas figuras de la cultura popular con las que representamos nuestra curiosa mitología moderna, han sido militarizadas y ya no trabajan por nosotros y un futuro mejor
[caption id="attachment_97561" align="aligncenter" width="602"]Imagen de: https://www.flickr.com/photos/jdhancock/7385470852 Imagen de: https://www.flickr.com/photos/jdhancock/7385470852[/caption]

Amo el cine, pero particularmente amo los planos-secuencia, esas tomas infinitas sin cortes. Birdman por ejemplo es un gran e interminable plano-secuencia, True Detective en su primera temporada tuvo uno memorable. Y uno de mis planos-secuencia favoritos fue creado por Joss Whedon, en Avengers, en medio de una invasión extraterrestre. Vi tantas veces la película que en un momento podía predecir el siguiente fotograma, adivinar lo que diría Thor y conocer de antemano la figura geométrica conformada por los brazos de Iron Man y uno de los incontables edificios destruidos por la invasión. No debo haber sido el único al que le gustó la escena, porque Age of Ultron comienza con un plano-secuencia. Amo el cine (y los planos-secuencia), pero amo más los cómics; y la masificación del género del superhéroe ha creado obras cinematográficas pobres y completamente olvidables, pero en algunas instancias los astros parecen haberse alineado con los productores ejecutivos y los resultados son positivos. El Universo Cinematográfico de Marvel (MCU, en inglés), desde su épica planificación, es sin duda notable sobre todo para aquellos que no estén familiarizados con los cómics, en los que unas 50 publicaciones mensuales transcurren en un mismo universo. Decenas de publicaciones repletas de referencias cruzadas, a menudo contando una misma historia mediante decenas de dibujantes y escritores.

Entonces, vi todas las películas del MCU: pero sólo pude ver un episodio de Agents of S.H.I.E.L.D., la serie insignia. La historia de ese episodio es sencilla: la agencia de inteligencia secuestra en la vía pública a una hacktivista y, finalmente, la convencen de trabajar con ellos. Me pareció deplorable. Podría hacer una lista de cuestiones ideológicas reprochables en ese episodio y sería tan extensa como una lista de daños provocada durante la invasión alienígena en Avengers y no hace falta detenerme demasiado en ellos, el sumario es suficiente. Recordé entonces que me costó varias veces pasar de los primeros minutos de Iron Man; después cambia (y bastante) y el producto final me parece excelente, pero esos primeros instantes parecen filmados por Michael Bay. S.H.I.E.L.D. no es una agencia nueva, la crearon Jack Kirby y Stan Lee en plena Edad de Plata, a mediados de los 60. Su función, su peso, su absoluta omnipresencia, sí lo son. El equipo de Avengers incluye a un alguno que otro dios, mutantes y una inteligencia artificial; pero todos trabajan en conjunto (y en secreto) con una Agencia de Inteligencia. Superman y Batman, los X-Men, se mueven en las sombras y en la luz, trascienden los canales gubernamentales. Es más, suelen ser perseguidos por el Estado.

Batman, a pesar del poder financiero de Bruce Wayne, es perseguido por la policía. La historia actual de Action Comics es un excelente ejemplo de lo que sucede cuando Superman pierde los poderes, porque nunca podrían controlarlo y dominarlo de otro modo. El gobierno suele estar del lado de Lex Luthor y a pesar de que una vez cada tanto lo pongan bajo rejas, sus empresas suelen ser contratadas por el Estado. De hecho, en la reinvención del Universo de DC, Amanda Waller organiza la Liga de la Justicia de América, bajo su control, para contrarrestar a la “verdadera” Liga de la Justicia. El “problema” es que ni Flash ni Aquaman, ninguno de sus miembros, respeta la autoridad del gobierno de los Estados Unidos de América y, por lo tanto, son peligrosos. Actúan en beneficio del mundo, mantienen su HQ en un satélite y no responden ante nadie. Amanda Waller es representada por Viola Davis en la próxima Suicide Squad, grupo de villanos y antihéroes cooptados por agencias secretas del Estado para hacer su trabajo sucio. Personajes fascinantes y completamente desequilibrados como Harley Quinn terminan trabajando para el Estado, junto al ejército, parte de un sistema que no solo respetan sino que viven por, si no destruir, trascender y superar.

Siempre la imagen es la misma, superhéroes y dioses luchando al lado de ejércitos, siguiendo las palabras de políticos corruptos; no siempre fue así. En una época en la que a pesar de su peso en el inconsciente colectivo las ganancias generadas eran ínfimas al lado de las del cine, Superman y otros tantos héroes luchaban por la humanidad, por su supervivencia y evolución. Podría haber una relación con un gobierno, pero nunca de una manera tan íntima y perversa como ahora. S.H.I.E.L.D. es el epicentro del MCU: Samuel L. Jackson ya es el actor más taquillero de la historia. Sin tener en cuenta todas las películas que quedan en el horizonte (a pesar de que se encuentra renegociando su contrato y que no sabe por qué no actúa en Captain America: Civil War), únicamente en Estados Unidos las películas en las que ha trabajado a lo largo de su carrera han generado unos 4 mil 500 millones de dólares de ganancias, bastante más que Tom Hanks, Harrison Ford o Eddie Murphy, los tradicionales reyes del éxito. Quizás sea injusto poner la lupa en personajes basados en cómics cuando todo Hollywood parece haberse militarizado de la mano de Michael Bay y Tony Scott.

Ray-Ban se encontraba cerca de la quiebra cuando salió Top Gun. Tom Cruise les salvó la vida; algo similar ocurrió con la Fuerza Aérea, cuyas filas crecieron exponencialmente con la salida del filme. Pero ahora vemos al mismísimo Dios del Rayo, Hijo de Odín, uno de los pocos seres en el universo capaces de levantar el martillo Mjolnir, trabajar junto al multimillonario Tony Sark bajo la coordinación de una agencia de inteligencia. Quizás no lo sepan si no siguen las historias religiosamente, pero Bruce Wayne ha muerto. Bueno, murió hace unos meses en el número 39 y ya en el 41, dos números después, Scott Snyder nos dice que en realidad está vivo, pero lo importante es que parece haber muerto y ha desaparecido. En su ausencia, la familia Powers (conocidos antagonistas de Batman, tanto en el presente como en el futuro) suministra el dinero para que un nuevo Batman robótico, una pobre imitación de Iron Man, llene el vacío. Y lo hace en conjunto con la policía de Gotham, esa fuerza corrupta que suele moverse en líneas sinuosas alrededor del “detective”. El Caballero de la Noche es ahora un traje metálico cubriendo a un miembro de las fuerzas policiales, trabajando a la luz del día y junto a un grupo económico que unos números antes había intentado asesinar a Batman (el verdadero) en la genial Court of Owls.

Nuestros dioses, esas figuras de (a veces) nobles ideales y disfrazadas de manera ridícula, que representan lo más alto, lo más bajo y el amplio espectro mitológico en medio de ellos, han sido militarizadas. Las simples y fantásticas figuras de la cultura popular con las que representamos nuestra propia cultura, nuestra curiosa mitología moderna, han sido militarizadas y trabajan ya no por nosotros y un futuro mejor, ya no buscan sencillamente un final feliz sino que se manejan cada vez más por intereses nefastos, innecesaria e inexplicablemente bajo las órdenes de personajes oscuros. Una parte nuestra que, en el centro mismo de la cultura popular, también inexplicablemente resistía, mostrando enormes rasgos de creatividad y reinvención constante como la acontecida desde mediados de los 80 con la invasión inglesa, capaz de una impresionante riqueza artística y una profundidad a veces sorprendente, defiende ahora nuestra conciencia mediante estrategias coordinadas telefónicamente por los altos mandos del ejército. Los superhéroes son aquello que inexorablemente nos salva; necesitamos esa esperanza, la confianza en un final más o menos feliz, sin importar cuán oscura sea la historia. Sin superhéroes ajenos al poder político y económico nuestra propia historia interior y colectiva no es más que un archivo, obviamente secreto, en los servidores de S.H.I.E.L.D.

Twitter del autor: @ferostabio