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Mujer se reencuentra con el rostro de su hermano en el hombre que lo recibió como trasplante

Salud

Por: pijamasurf - 06/07/2015

Aunque a veces lo olvidamos nuestro cuerpo también es parte de nuestra identidad, la soporta y la constituye, y realidades contemporáneas como el trasplante de rostro nos revelan una forma extrema de dicho fenómeno

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Nuestra identidad está ligada íntimamente a nuestro cuerpo. Aunque a veces se dice que el aspecto físico importa menos que nuestras cualidades “interiores”, lo cierto es que en alguna medida estas son también resultado de aquel. Nuestro "ser" incluye lo que somos físicamente, nuestra altura, nuestro peso, nuestro color de piel, la manera en que caminamos, los gestos que hacemos al pensar, al reír, al enojarnos, cómo situamos nuestro cuerpo en el mundo. ¿Qué sería de ti si tu cuerpo fuera diferente? ¿Qué pensarían de ti los demás si tuvieras otro o, en una variante de esta pregunta, si alguien distinto a ti tuviera tu cuerpo?

Estas interrogantes, que podrían parecer propias del terreno de la especulación o incluso de la sci-fi, son en nuestra época una realidad palpable, limitada quizá, pero que sucede. Prueba de ello es el caso de Rebekah Aversano, una mujer que recientemente trascendió en las noticias porque se encontró con el hombre que recibió el trasplante de rostro de su hermano fallecido.

Joshua, el hermano de Rebekah, tenía 21 años cuando, en 2012, fue atropellado por una camioneta mientras cruzaba una calle. Entre otras cosas, la familia decidió entonces donar su rostro a Richard Norris, de 39, quien resultó severamente dañado durante un tiroteo ocurrido en 1997.

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El trasplante tuvo lugar en Maryland en 2012, luego de una cirugía de 36 horas dirigida por Eduardo Rodriguez y en la que los dientes, la quijada, la lengua, los músculos y los nervios de Joshua pasaron a ser los de Richard.

Hace unas semanas, Richard quiso visitar a la familia de Joshua para agradecerles por la decisión que tomaron y que para él significó recuperar la posibilidad de vivir nuevamente con cierta normalidad. “Definitivamente podemos ver a nuestro hijo aquí”, dijo la madre de Joshua, y su hermana se sorprendió por reencontrarse con el rostro con el que creció.

En un videoensayo preparado por kogonada (un usuario destacado de Vimeo), el director Richard Linklater dice, a propósito del tiempo, que podemos mirarnos en una fotografía de cuando teníamos 10 años y después vernos en el espejo y descubrir de pronto una “conexión poderosa” entre ambas personas, el yo del pasado y el yo del presente que, sin embargo, es el mismo. O al menos esa es la ilusión que dicta nuestra mente, el espejismo de la identidad.

¿Qué cambiaría si, en ese mismo ejercicio, un día descubriéramos que el reflejo nos devuelve la imagen de otro rostro, uno al que no estamos habituados? ¿Nos sentiríamos, de pronto, alguien distinto?

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En términos generales se considera que el lapso apropiado de sueño para el ser humano es de 8 horas, poco más o poco menos, pero nunca lejos de ese límite. Si bien se sabe que, en el pasado, este período no era tan riguroso y más bien se acostumbraban lapsos cortos y espaciados a lo largo del día, en los últimos siglos se asentó la práctica de dividir tajantemente la vigilia y el sueño, con la fijación de dicha temporalidad.

Con todo, la generalización no se impone sobre la singularidad. Desde hace tiempo se sabe que existen personas capaces de dormir un promedio de 4 horas diarias sin que eso afecte su salud de la manera en que sí sucede con la mayoría e incluso provocando que tengan vidas de mayores logros (ese fue el caso, por ejemplo, de Winston Churchill y Margaret Thatcher). Según ciertas estimaciones 1% de la población se beneficia de esta anormalidad que, como veremos, podría estar relacionada con una mutación genética.

Hace unos años, Ying-Hui Fu, genetista de la Universidad de California en San Francisco, se encontró con un par de mujeres, madre e hija, cuyo lapso de sueño era usualmente de 6 horas por día. Fu, que entonces estudiaba los efectos de la privación de sueño en el ser humano, analizó con más detalle los genes de estas mujeres y encontró que al menos uno de ellos mostraba una variación inusual. El científico replicó esta mutación en ratones de experimentación y, en efecto, los animales también comenzaron a dormir menos, sin que ello tuviera efectos evidentes en su salud general.

Poco después, siguiendo los resultados de Fu, el también genetista Allan Pack, de la Universidad de Pennsylvania, analizó el material genético de 400 personas hasta que dio con una mutación parecida a la de las mujeres de Fu pero en dos hermanos mellizos (a diferencia de los gemelos, los mellizos comparten únicamente 50% del ADN). Aunque Pack no encontró la misma mutación en el gen DEC2, sí observó otras parecidas que le llevaron a concluir que quizá no es un único cambio el que provoca la resistencia a la privación de sueño, sino que tal vez sea una suma de variantes lo que genera esta cualidad. Asimismo, por tratarse de una condición genética, es posible también que sea hereditaria.

Este par de estudios y otros experimentos afines sugieren el origen genético de dicho comportamiento, enigmático y quizá incluso envidiable.

 

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