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¿Por qué las estatuas clásicas muestran penes y no vaginas?

Por: pijamasurf - 05/19/2015

La historia que cuentan estas estatuas de mármol a pesar de sí mismas es la de la codificación de roles masculinos y femeninos en la dinámica de poder que persiste en nuestros hábitos mentales hoy en día
Las Tres Gracias, Museo del Louvre

"Las tres Gracias", Museo del Louvre

Es una de esas cosas que, una vez que las notas, ya no hay vuelta atrás. Basta darse una vuelta por alguna sala donde se expongan estatuas clásicas, de la Antigüedad griega o romana: los héroes, los reyes e incluso los pastores son mostrados en un abanico de actitudes y poses, siempre mostrando detalladamente los genitales. Penes erectos, penes dormidos, escrotos colgantes o redondos, con exquisita precisión. Pero la periodista Syreeta McFadden notó una curiosa (y aterradoramente obvia) inconsistencia: el sexo de las estatuas femeninas, de las diosas, ninfas y nereidas que pueblan las mitologías marmóreas de los museos tienen pelvis lisas, sin ninguna sugerencia de la verdadera anatomía del cuerpo de la mujer.

La invaluable "Venus de Willendorf"

La invaluable "Venus de Willendorf"

Según McFadden y su investigación, esta inconsistencia puede rastrearse a través de distintos momentos en la historia del arte. La Venus de Willendorf, una de las esculturas femeninas más antiguas de las que se tiene registro, tiene una vulva claramente identificable, pero ninguna Venus del periodo clásico. Esto lo asocia a que la vulva se volvió obscena y "fea" como parte del desarrollo de la sociedad ateniense.

Las esculturas griegas son la representación física de una idea del mundo: los ideales impuestos por el patriarcado celebraban la virilidad y la fuerza masculina, mientras mostraban con pudor y delicadeza los pubis de las diosas. "El sexo", escribe McFadden, "y la sexualidad femenina ahora eran vistos como símbolos de vergüenza, la carnalidad se volvió inconsistente con la 'razón', y la reverencia por la fertilidad [que fue el motivo preferido de los artistas plásticos del pasado al mostrar el cuerpo femenino] se hizo trizas".

Una revisión de la literatura al respecto ofrece pistas de que el poder masculino emprendió una campaña política y moral para disminuir el poder de las "culturas de la diosa". En su libro The Alphabet Versus the Goddess, Leonard Shlain afirma que la invención del alfabeto se relaciona con el cambio cultural en el trato a las mujeres. La filosofía clásica de Platón y Aristóteles está plagada de referencias a la inferioridad de la mujer, lo que se daba como un supuesto natural de estudio, al igual que el retrato de los esclavos y poblaciones oprimidas, quienes eran vistos (al igual que la mujer) como propiedades del hombre.

Jane Caputi escribió que "mientras el falo era deificado, su equivalente simbólico femenino (...) se estigmatizaba en todas partes", volviéndose sinónimo de "irracionalidad, caos, las profundidades y lo vulgar".

La historia que cuentan estas estatuas de mármol a pesar de sí mismas es la de la codificación de roles masculinos y femeninos en la dinámica de poder que persiste en nuestros hábitos mentales hoy en día. "Se trata de un detalle que parece no merecer importancia", escribe McFadden, "hasta que lo ves repetirse una y otra vez; se vuelve claro que es intencional y deliberado, y el efecto a largo plazo borra la humanidad femenina".

El resurgimiento de la vulva y los genitales femeninos en el arte no tendría lugar sino hasta el siglo XIX, con pinturas tan famosas como El origen del mundo de Gustave Courbet, escandalosa sólo porque muestra lo que el arte se había negado a ver hasta entonces, pero que reaparece como motivo de los pétalos de flores pintados por Georgia O'Keeffe ya en el siglo XX. 

"El origen del mundo" (1866), Gustave Courbet

"El origen del mundo" (1866), Gustave Courbet

Si nuestra sociedad, para ser realmente equitativa, necesita desaprender una suerte de valores asociados al poder masculino y la sumisión femenina (enfatizados por la cultura judeocristiana, además de la clásica), la representación de los genitales es una deuda pendiente no con la humanidad femenina, sino con la humanidad a secas; es decir, con la verdad de lo que nos es común a todos: la inmediatez del cuerpo (del nuestro y el de los demás) y sus ciclos plásticos en nuestra propia piel.

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Kim Kardashian: cuando las selfies devuelven la mirada (FOTOS)

Por: pijamasurf - 05/19/2015

El poder de Kardashian sobre su propia imagen es incluso un golpe revolucionario "a la historia de la propiedad masculina de las imágenes de la mujer"

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Existe un complemento para Chrome y Firefox que te permite eliminar de tu navegador todo lo relacionado con Kim Kardashian. Pero aunque hagamos como que no sepamos bien quién es o qué hace exactamente para ser tan famosa, lo cierto es que su millonaria imagen es una presencia incesante no sólo en internet sino en televisión también: su reality show Keeping Up with the Kardashians va por la décima temporada, y ha logrado consolidar una sólida marca de ropa, perfumería e incluso videojuegos móviles (Kim Kardashian: Hollywood ha recaudado 1.6 mil millones de dólares desde su lanzamiento).

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Un breve retrato de "Kim K": reina/inventora (según algunos) de la selfie, estrella de las redes sociales (+32 millones de followers en Twitter e Instagram) y, según otros, un ruido visual, un subproducto engorroso y culposamente deseable de la era de la información. La publicación del libro Selfish (juego gráfico-sonoro entre "selfish", egoísmo, y selfie, en una de cuyas presentaciones fue increpada por defensores de los animales), donde se exponen más de 300 fotos, sólo incrementará su influencia y sus legiones de imitadoras que copian, consciente o inconscientemente, sus poses, gestos, filtros, en fin, su duckface.

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Este fenómeno puede dar pie a interpretaciones que no carecen de interés. Según la muy entusiasta reseña de Reuven Blau, el poder de Kardashian sobre su propia imagen es incluso un golpe revolucionario "a la historia de la propiedad masculina de las imágenes de la mujer", desde la tradición de "musas" hasta la objetificación radical. Contrastado con aquello que decía Virginia Woolf sobre la imagen ("la publicidad en una mujer es detestable"), "el genuino logro de Kardashian puede ser que se ha convertido en una productora exitosa y propietaria de su propia imagen, y de su imagen nada más". Pero ha sido esa capacidad de resiliencia (de identificación con el capitalismo o de cooperación sin fronteras) la que le ha permitido capitalizar su imagen incluso en el contexto de las filtraciones de desnudos y sex tapes, otra socorrida fuente de celebridad.

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La publicación de este libro aparentemente tan ocioso nos permite pensar también en la relación entre las tecnologías y la representación de la imagen de una forma inesperada, pues las primeras imágenes que se incluyen datan de 1984 y fueron tomadas con una cámara desechable. Una subtrama que puede seguirse fácilmente en el libro es la de las cámaras fotografiándose a sí mismas, como si además de ser un recorrido por las diferentes versiones que Kim K presenta de sí misma, sus dispositivos electrónicos contaran la historia secreta del pixel, la edición rápida e incluso aspectos como el tono, iluminación y composición, que resultan después en modelos a seguir para su larga cohorte de admiradores. Su tipo de cuerpo (nuevo prototipo de Venus) y la manera de presentarlo conforman ya un nuevo tipo de mujer (que no un tipo de sujeto) al que se dirigen los esfuerzos de los publicistas y mercadólogos: identificarse con la celebridad es, en nuestros días, asumir un lugar en la cadena alimenticia del consumo.

Drew Millard de Vice escribió sobre el lugar privilegiado que tiene Kim K para generar cambios positivos en su zona de influencia (y no estamos solamente hablando de su trasero): si su tracción mediática se debe, entre otras cosas, a su éxito en redes sociales, resulta un buen signo que ella utilice su fama para atraer interés sobre temas de salud mental en la era de las redes sociales.

En una vieja historia contada por Ovidio, el cazador Acteón observa (casi) sin querer a Diana mientras esta toma un baño junto a sus ninfas. En el mismo instante, sabe que ver a los dioses desnudos constituye una tremenda insolencia, por lo que echa a correr. La diosa lo alcanza y, por haberla visto sin su autorización, lo convierte en ciervo. Los perros de Acteón, creyendo que se trata de una presa, corren tras de él y le dan muerte. La moraleja es que, en los viejos tiempos, los mortales tenían prohibida la contemplación del rostro de los dioses; durante siglos los emperadores eran figuras semiocultas y enigmáticas que se presentaban en público sólo bajo estrictas medidas de seguridad (lo que no ha cambiado mucho).

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El hecho de que la celebridad de una persona en nuestros días dependa del grado de exposición que está dispuesta a ofrecer al público sobre su vida privada, sólo indica que ya no somos sujetos que pueden hacerse cargo de la mirada que depositan en el otro: el sujeto ha desaparecido de la selfie: sólo queda la fantasmagórica imagen de los smartphones retratándose interminablemente a sí mismos. El abismo de la cámara transformada en ojo.