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Al igual que los curanderos tradicionales, los brujos del mundo entero han desarrollado una farmacopea amplia y eficaz, sólo que esta ha sido diseñada para matar, enfermar, o controlar el comportamiento de sus víctimas. He aquí algunos de los métodos más comunes que utilizan

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La brujería, entendida aquí como “magia negra” –es decir, con el propósito de lastimar y controlar a una víctima-- es, sin duda, algo que nos aterra en gran parte porque no la entendemos. Pero es posible que si la entendiéramos, nos aterraría aún más, y que aquel que no siente miedo por ella, es porque no la entiende.

En realidad, ciertos aspectos de la brujería son en el fondo una ciencia que consiste, en gran parte, en concebir nuevas y creativas formas de envenenar a la gente. Este tipo de venenos no requiere ser ingerido, y puede ser asimismo vaporizado, o incluso puede ser absorbido a través de la piel, o esparcido en algún lugar u objeto cercano a la víctima, como su ropa o algún objeto personal.

Para empezar: cómo crear un zombi

Tomemos el ejemplo ya trillado de la “zombificación”. En 2009 conocí a un buen amigo, que vivía medio tiempo en un hospital psiquiátrico, y aseguraba haber sido zombificado durante un viaje a Haití. En la isla de Haití esta experiencia es tan común que nadie cuestiona que sea una realidad. Sin referencias culturales para lo que le sucedió, se le tachó de loco y se le puso en un hospital psiquiátrico. Con el tiempo fui entendiendo que crear un zombie podría parecer una invención salida de la literatura fantástica, hasta que entendemos el proceso por medio del cual se puede lograr algo así.

El antropólogo canadiense Wade Davis estudio este fenómeno y publicó sus hallazgos en un libro intitulado The Serpent and the Rainbow, en el cual explica que el proceso de zombificacion consiste en el envenenamiento de una víctima con una variedad de substancias, de entre las cuales sobresalen dos compuestos principales: la tetrodotoxina, una neurotoxina presente en el hígado del pez globo, y la escopolamina, un alcaloide presente en una variedad de plantas datura, con flores en forma de campana, como lo son el toloache y el floripondio, planta a la cual se le llama “concombre zombi” (pepino zombie) en Haití.

La “pócima zombie” generalmente se pone en los zapatos de la víctima, quien la absorbe a través de la piel. La persona se ve afectada primero por la tetrodotoxina, cuyo efecto es una reducción de las funciones metabólicas que puede fácilmente llevar a la muerte si la dosis no es perfectamente controlada. La víctima se pone cianótica, entra en coma, sus músculos se paralizan y su respiración, ritmo cardíaco y tensión arterial se reducen hasta el punto en el que parece efectivamente haber muerto, y es común que sean rápidamente enterrados en este estado.

Sin embargo, al cabo de unas horas, generalmente 1 o 2 días, si la dosis fue precisa y la víctima no muere, el cuerpo metaboliza la tetrodotoxina y se recuperan gradualmente las funciones vitales. Para ese entonces el brujo y su ayudante se habrán introducido al cementerio para ayudar a desenterrar al “muerto viviente”, quien en ese momento empezará a recobrar una movilidad torpe y cadavérica, pero seguirá afectado por el envenenamiento con escopolamina, sustancia que provoca un estado de docilidad y obediencia, y que lo vuelve un esclavo del brujo, siempre y cuando este mantenga el envenenamiento por tiempo indefinido.

Burundanga: hechizando el libre albedrío

La escopolamina es, de hecho, una de las substancias más utilizadas en brujería; no es coincidencia que a las plantas de la familia de las daturas, todas ellas con flores en forma de campana, como la mandrágora, el toloache y el estramonio, se les llame con nombres como “witches’ herbs” (hierbas de bruja) o “devil’s trumpets” (trompetas del diablo). Todas estas plantas contienen escopolamina y atropina en diversas cantidades, sustancias sumamente toxicas, pero que en dosis controladas tienen efectos muy interesantes en el sistema nervioso.

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En Sudamérica, las preparaciones derivadas de las daturas son comunes, y se les llama por el nombre de “Burundanga”, palabra que se usa al mismo tiempo para referirse a la droga escopolamina y para referirse a la brujería en sí. “A ese tipo le hicieron burundanga” es lo mismo que decir “a ese tipo le hicieron brujería”. Esta droga se usa con muchísima frecuencia en Colombia, hasta el punto en que muchos han experimentado sus efectos, y casi todos conocen a alguien que ha sido víctima de ella. Se ha vuelto tan común que su uso ya no se limita solamente a brujos profesionales, sino que es usada por maleantes de todos tipos y sus efectos son aterradores.

La escopolamina se introduce en el trago de  la víctima o incluso puede ser soplada al rostro de un transeúnte, al cual, al cabo de unos segundos “se le van las luces”, es decir, pierde conocimiento, con la particularidad de que no se desmaya, y ni siquiera parece estar borracho o drogado. Su estado parece normal, y sin embargo, bajo el efecto de esta droga, la víctima hará todo aquello que se le diga. Es, para todo propósito practico, un supresor del libre albedrio.

Los mismos maleantes describen el estado de sus víctimas diciendo que “es como si se volvieran niños”. Si se le pide ir al banco, sacar todo su dinero y entregárselo a los ladrones, la victima obedecerá al pie de la letra, e incluso colaborará activamente y de manera entusiasta, inventando historias sobre porqué necesita sacar el dinero y entregárselo a “sus amigos”.

En este sentido, la burundanga parece concebida para la brujería, es el perfecto agente de control mental, capaz de crear químicamente a un esclavo que obedecerá todas las directivas que se le dan, y que no tendrá ningún recuerdo de sus acciones al día siguiente. Es esencialmente de esta manera que el bokor haitiano se procura a sus esclavos zombies.

Etnofarmacología de la poción mágica

La brujería se puede entender entonces como una especie de “medicina tradicional” cuyas intenciones no son sanar sino controlar, enfermar o matar, no a un “paciente” sino a una víctima. El mundo natural está lleno de sustancias que pueden alterar no sólo la fisiología sino la química neurológica de una víctima. En su libro The Cosmic Serpent, el etnofarmacólogo Jeremy Narby habla de las increíbles propiedades farmacológicas de todas las formas de vida en el Amazonas, desde los sapos hasta las hormigas y las plantas, de las cuales se conoce muy poco fuera de las sociedades nativas a la selva.

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No nos debería sorprender, entonces, que la marmita de las brujas contenga ingredientes como “verrugas de rana”, “colas de alacrán” o “sangre del ciclo de una mujer”. Las verrugas de ciertas ranas del norte de México contienen la substancia 5-Meo-DMT, un potente alucinógeno. El veneno de alacrán se usa comúnmente en la India por heroinómanos, que se infligen picaduras de este arácnido cuando están sufriendo de síndrome de abstinencia.

En China, el gu (brujería) de los “cinco venenos” se prepara atrapando a cinco animales venenosos (generalmente un sapo, una tarántula, un ciempiés, un escorpión y una serpiente) y enterrándolos en una misma caja que se recupera algún tiempo después, cuando sólo sobrevive uno de los animales, el vencedor de la batalla, que se habrá alimentado y habrá catalizado el veneno de los otros cuatro.

En ciertos rituales de brujería vudú también se recomienda enterrar al animal que va a servir para la poción junto con algún otro animal, generalmente venenoso, para que este “muera de rabia”. En términos puramente bioquímicos, es probable que esta muerte dolorosa provoque al animal a producir sustancias y secreciones biológicas que tienen una función químicamente activa en la poción, como pueden ser ciertos venenos o simplemente la inevitable adrenalina que este descarga al morir en una situación tan desagradable.

La ingeniería química del amor 

Pero los ingredientes de la brujería no se limitan a alcaloides y neurotoxinas producidas por plantas y animales, sino que puede llegar a hacer uso de todo tipo de sustancias, como lo son hormonas e incluso bacterias.

Se rumora que los “filtros de amor”, destinados a hacer que una víctima se enamore de aquel que aplicó el hechizo, contienen dos tipos de sustancias, según si el brujo es hombre o mujer. Estas sustancias son semen o sangre menstrual, ambos fluidos vitales que contienen una cantidad exorbitante de hormonas y que si no provocan, por lo menos facilitan una atracción sexual entre la víctima y el dueño de los fluidos. Al añadir a esta fórmula poderosos afrodisíacos, no es difícil ver cómo se podría conquistar a alguien con sólo ponerse frente a él. No es por nada que, en las leyendas, la persona que consume el filtro de amor se entrega “a la primera persona que ve”, sin duda un efecto de la “comezón” provocada por estos poderosos afrodisíacos.

La brujería como ataque bacteriológico

Uno de los ejemplos más contundentes de brujería como envenenamiento o incluso como ataque bacteriológico se presentó en un viaje que realicé a la sierra de Oaxaca, muchos años después de haber conocido a mi amigo zombificado, durante el cual pude entrevistar y ver el trabajo de un curandero mexicano, Macario Cimas, quien estaba tratando a una mujer por una infección digestiva que estaba a punto de matarla, y a quien los doctores no podían ayudar. Según el curandero, la mujer había sido envenenada con tierra de panteón.

La explicación del curandero era sumamente lógica: la tierra de un cementerio desarrolla una fauna bacteriológica especialmente diseñada para ingerir y corroer carne e incluso huesos humanos, y este tipo de bacterias no tiene nada que hacer en el tracto digestivo de una persona viva. Al ser ingeridas, crean una infección que cumple esencialmente la misma función: corroer y consumir a la persona, desde adentro. Eventualmente, y utilizando métodos totalmente tradicionales, el curandero fue capaz de salvar a la mujer.

CONCLUSION: la ciencia de lo inexplicable

Sin duda, esta no es una lista exhaustiva de los métodos utilizados por brujos alrededor del mundo, y la ciencia de la brujería es un tema demasiado complejo para ser tratado en un solo artículo. Pero a través de estos ejemplos es posible que podamos entender cómo, encima de las explicaciones espirituales que se dan comúnmente a los actos de brujería, en muchos casos su funcionamiento puede ser reducido a procesos puramente científicos, incluso neuroquímicos y fisiológicos. A través del envenenamiento, ya sea puntual o gradual, con diversas sustancias, podemos explicar gran parte de lo que generalmente se le atribuye a actos de brujería: el descenso a la locura, la enfermedad, la súbita pérdida del pelo o los dientes, la muerte de una persona o de todo su ganado, o incluso el enamoramiento forzado.

No descarto que gran parte de lo que se considera brujería también tenga que ver con un “efecto nocebo”, y puedan ser formas de “envenenamiento psicológico”, que afecta el cuerpo a través de la mente, y que usa las creencias culturales más profundamente ancladas en la psique de la gente para ejercer algún poder sobre una víctima. Como bien se sabe, el miedo por sí solo tiene la capacidad de paralizar, enloquecer y matar, y no hay como lo desconocido para infundir miedo. El doctor estadounidense Walter Cannon estudió este fenómeno y en 1942 estableció el término de “muerte vudú”, para referirse a los fallecimientos relacionados a la brujería y causados, según la ciencia, por razones sicosomáticas. Le llamó así por su enorme incidencia en las culturas afrocaribeñas, a pesar de que este tipo de muertes sucede en todo el mundo, desde Sudamérica hasta Nueva Zelanda.

Tampoco se puede descartar que la brujería tenga explicaciones vibracionales, espirituales y totalmente mágicas que la ciencia no está en posición de explicar. Lo cierto es que para entender la brujería mejor, siempre es útil estudiar la farmacología de aquellos que la practican. Puede que, la próxima que vez que el lector se vea asediado por una maldición inexplicable, le sea útil preguntarse: ¿qué demonios le han puesto a mi trago?

PARA SABER MÁS:

Dale Pendell, Pharmakopoeia: Plant Powers, Poisons and Herbcrafts.

Wade Davis, The Serpent and the Rainbow.

Jeremy Narby, The Cosmic Serpent.

Mircea Eliade: Occultism, Witchcraft and Cultural Fashions.

 

La Iglesia de la Edad Media decidió colocar seres demoníacos de piedra sobre sus catedrales para cumplir varias funciones

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En la Edad Media, esos siglos supuestamente analfabetos y violentos, la Iglesia estaba por todas partes y, sobre ella, las gárgolas. Pero estas criaturas mitológicas quizá sean las más incomprendidas de todas las que pululan por bestiarios y tratados demonológicos: pocos saben por qué están allí y qué funciones cumplían.

La palabra dice mucho de ellas: gargoille, en francés, es originalmente garganta. En Alemania son llamadas wasserpeier, “vomitador de agua”, término análogo al holandés waterspuwer, “escupe agua”. Toda esta terminología apunta a su utilidad arquitectónica; las gárgolas son un elemento necesario en las catedrales para desaguar los tejados mediante imperceptibles caños que las atraviesan. Pero sus formas demoníacas son otra historia.

Los arquitectos y sacerdotes medievales aprovecharon la necesidad de desagüe para enviar un mensaje a los incrédulos. Las gárgolas, con sus garras afiladas que se extienden hacia el cielo, eran advertencias en contra del comportamiento de los pecadores. ¡Ay del que se acercara a la iglesia con una consciencia sucia! Ahí estaban los dragones, serpientes y leones en las alturas escrutando al caminante, recordándole constantemente el destino trágico de su alma, aquello que lo espera del otro lado si se desvía del santo edificio que yace bajo sus garras. Desde luego, los mismos rasgos demoníacos de estas gárgolas, de horror en su estado puro, protegían a los sacerdotes y creyentes de lo maligno que quisiera entrar en su iglesia.  

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Al parecer fue tan poderosa la tendencia a construir gárgolas que muchas, en la Alta Edad Media, ya ni siquiera sirven de acueducto. Son meros monstruos patibularios en eterna vigilancia sobre catedrales góticas y barrocas. Las que nos quedan han perdido la fuerza de su función en manos de turistas más bien confundidos ante el mensaje.

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