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El Inversor: Brasil y Finlandia (un comparativo ente modelos educativos)

Sociedad

Por: Pablo Doberti - 05/04/2015

Una comparación entre el modelo educativo finlandés y el modelo brasileño

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Voy a comparar dos párrafos de dos producciones muy diferentes, pero ambas muy representativas de sus referencias. Una, del modelo educativo finlandés que deslumbra al mundo; otra, de la idiosincrasia escolar brasilera, creciente y homogénea en la inmensa clase media del país.

Finlandia demuestra que hay otra manera de construir un sistema educativo que funcione utilizando soluciones que difieren de las políticas educativas impulsadas por el mercado. La vía finlandesa del cambio educativo es una manera que utiliza la confianza, el profesionalismo y la responsabilidad compartida. Este país nórdico es un ejemplo de una nación donde no hay inspección de las escuelas, no hay currículos estandarizados, no hay exámenes de alta exigencia y riesgo para los estudiantes, no hay rendición de cuentas basadas en pruebas y no hay una mentalidad de carrera hacia la cima con respecto al cambio educativo.

Eso de un lado. Y del otro lado:

… Sin embargo, gran parte de lo que se hace en la escuela tiene que ver con ideas, hechos y afirmaciones en las que sólo existe una respuesta correcta. Las palabras usadas en las clases y en los libros, deliberadamente sólo tienen una interpretación. Las preguntas de la buena escuela son ciertas o son erradas. Se evita el territorio del tal vez, del quién sabe y del punto de vista. Todo eso porque es necesario perfeccionar el uso riguroso de las palabras. (…)

Cuando se enamoran de esas turbias ideas, algunos profesores embeben a sus alumnos en la indisciplina del relativismo, del subjetivismo y de una falsa creatividad. Esos miasmas intelectuales envenenan el proceso de aprender a pensar con rigor.

El primer párrafo está escrito en 2010 y el segundo… anteayer. El primero pertenece al libro El cambio educativo en Finlandia; el segundo es un artículo editorial destacado en la revista Veja, la de mayor circulación e influencia de Brasil. Pasi Sahlberg firma el primero, educador envuelto en el proceso finlandés; Claudio De Moura Castro, economista, hace lo propio con el segundo, extracto de su artículo “Medio millón de ceros en ENEM” (Evaluación Nacional de Enseñanza Media).

Vivo en Brasil y me muevo en el mundo educativo de hoy. Por eso estoy tan preocupado con lo que leo. No me asombra tanto el asombroso párrafo del finlandés como el tóxico párrafo del brasilero. Me asombra y me apavora porque representa una idiosincrasia muy enraizada en nuestra cultura. Claudio me indigna a mi pero es cómodamente contiguo con la cosmovisión de sus millones de lectores brasileros. Él no es disonante; no podría serlo y ocupar el lugar que ocupa, en el medio que lo ocupa. Está ahí porque es representativo y refuerza los valores en los que cree fervientemente (perversamente, incluso). Es un positivista primate y tan recalcitrante que pondera como si fuera oráculo y dictamina como si fuera obispo. Claudio no arma un escándalo porque la filosofía de la que Finlandia huye a paso sistemático, en Brasil se refuerza a cada media hora.

En nuestras latitudes leemos al revés la afirmación finlandesa de que:

en la cultura, la política y los negocios –así como en la reforma educativa-- muchas culturas y sociedades angloamericanas han desarrollado una obsesión enfermiza con todo lo que es más grande, más duro, más costoso, más rápido y más fuerte. (...) Estos modelos ofrecen una reforma escolar inflada, cosmética, artificial y que, para aumentar el rendimiento, utiliza esteroides. (…) Esos modelos suelen prepararse para implementar modelos ajenos. En cambio, la vía finlandesa tiene que ver con la inspiración, la innovación y la responsabilidad colectiva. La vía anglo se refiere a ideas alquiladas para poner en práctica política ajenas, mientras que la vía finlandesa hace referencia a la toma de posesión y el desarrollo colectivo de la comunidad hacia sus propios fines y necesidades principales

…Y nos identificamos con lo anglosajón, como si fuera bueno.

Mientras que el finlandés –que hasta podría haber sido pedante y deberíamos haberlo aguantado-- es calmo, suave y prudente, el brasilero es pedante y está como enojado por no sé qué. Su impaciencia trasunta su ideología; necesita imponerse.

Pero no me preocupa él –insisto, me preocupan sus millones de adherentes. ¿Por qué Brasil es tan cientificista? ¿Por qué adora símbolos que no parecen ser los suyos y se hipoteca con ellos en ellos? (Digo que no parecen ser los suyos porque al mismo tiempo es un pueblo religioso, ritualista, crédulo, intuitivo y bellamente emocional). ¿Y por qué no se da cuenta y se refuerza cada día más en la educación con esteroides?

Tan raro es todo esto que a un nivel que no vi en otro país de Latinoamérica, en Brasil hay una figura educativa muy controversial y a la vez adorada por todos, como si fuese unánime y no lo es en lo absoluto. Paulo Freire. Es un dios expresamente ideológico que funciona como un fetiche y nadie se mete con él, ni le sigue; simplemente, lo reverencia. (Me recuerda al uso que hacemos de la imagen del Che Guevara). Y podemos imaginarnos qué quiere decir Paulo Freire al lado de las férreas afirmaciones de Claudio, ¿verdad? Inclusive, tal vez creo que hasta Claudio hablaría bien de Paulo, si le preguntáramos por él; Claudio y sus millones de lectores. Sin embargo, no hay contradicción para ellos; al contrario, hay demasiada coherencia. La clase media dominante en Brasil piensa exactamente lo que piensa Claudio, lo diga con más o menos soberbia. Es cientificista por principio y positivista por religión. Adora todo aquello de lo que Finlandia, con tanto esfuerzo y tanta convicción, se alejó: pruebas, controles, códigos, obligaciones, programaciones, etc. Finlandia cuida a sus niños de los riesgos de las evaluaciones punitivas y abrumadoras y en Brasil el ambiente se hace cada día más denso y el peso de las nubes grises sobre las cabezas adolescentes avisa tragedia. Si no, leamos de nuevo a Claudio, en el inicio de su artículo “Medio millón de ceros en ENEM”: “Los muchísimos ceros en redacción en ENEM están diciéndonos alguna cosa. ¿Qué será? Partamos de la hipótesis de que quien sacó cero es porque lo mereció…”. Y sentencia, al final de su artículo: “Quien no aprendió a usar las palabras no sabe pensar. Para el caso, no entendió las instrucciones para preparar su redacción. O no se las tomó en serio, lo que es peor”.

Este ambiente coercitivo, tenso y competitivo contrasta con aquel en el que no hay carrera hacia la cima, ni esquemas estigmatizantes, ni evaluaciones persecutorias. Y lo curioso es que aun así, gana –y gana sobradamente, como suele o solía ganar el Barça-- el segundo, el tranquilo, amigable, cándido y considerado segundo modelo finlandés.

Estoy preocupado. Vivo, trabajo y me desafío en estas latitudes y no en aquellas.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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La venta de libros ha caído dramáticamente en casi todo el mundo. La de música, antes y más hondamente. Sin embargo, ¿se lee menos y se escucha menos música? Eso no lo tengo tan claro. Incluso, ¿han caído también la producción escrita y la producción musical? ¿Podemos encontrar algún impacto de estos fortísimos y planetarios movimientos en la calidad de lo producido o consumido? ¿Se han alterado los marcos de producción y consumo?; quiero decir, ¿se han modificado los géneros, los registros, las tipologías, los formatos, las estéticas de estas producciones culturales masivas?

No creo que estemos ante una problemática ajena a la escuela y la educación. Ni ajena en su incidencia ni ajena en sus consecuencias.

No soy un erudito en el tema ni tampoco le he dedicado tiempo a una investigación sesuda para cargarme de datos minuciosos. Antes, me guiaré por lo que sé, oí, intuyo, percibo y cosas por el estilo; aunque es cierto que estoy todo el tiempo muy cerca de estos temas.

Creo que se lee menos texto corrido. Es decir, se leen menos libros, monografías, ensayos, editoriales y demás formatos planos y corridos. La lectura fragmentada, interrumpida, salteada, lateral, distraída, apurada e histérica parece imponerse a la lineal, esforzada, aislada, dispuesta y sosegada. Sin embargo, no siento que estemos cambiando suficientemente los modelos de producción escrita. Me refiero a los canónicos, los industriales y los masivos. Seguimos hablando de libros aun cuando haya cada vez menos de ellos, cada vez con menos circulación y con un aura de extemporáneos que comienza a incomodarnos. Creo –por eso-- que los libros comienzan a ser nuestro problema. No la lectura, la escritura, la literatura, el papel o las plumas, sino los libros. El libro es un concepto absolutamente ligado a su materialización. No había libros antes de la imprenta (tal vez debamos decir “antes de la multiplicación de los copistas”, que fueron una suerte de anticipo artesanal de la lógica de la impresión masiva) y no los habrá después de ella; y estamos en su ocaso. Libro supone una extensión; una densidad gráfica; un tamaño; una serie de rituales y formatos; una secuencia; una expectativa; una serie de roles (el que lo escribe, el que lo edita, el que lo distribuye, el que lo vende, el que lo compra, el que lo lee, el que lo presta, el que lo bota, el que lo roba –aunque de estos ya casi no hay--); una manera de almacenarlos; una textura; una materialidad; etc. Muerta o muriéndose su materialización, en lugar de velarlos como se hace con los muertos –festiva o dramáticamente, como cada cultura escoja, nos obstinamos en revivirlos en su nueva inmaterialidad. Y fracasamos. Muerto el libro, acabada la lectura, tal y como él la supone. Vienen otras lecturas, a partir de otras producciones, con un cambio profundo de su marco de significación, de realización y de circulación.

(Valga este paréntesis para dejar dicho que cada vez que un desarrollo técnico y cultural se impone, desplazando lo preexistente, algo se desperdicia y es conveniente guardar la memoria de lo perdido, no para intentar impedir su desplazamiento sino para venerar esa memoria y ver la naturaleza profunda y valiosa que tenía lo desplazado).

Escribimos mucho más y muchísimos más que hace 3 décadas. No porque seamos más –aunque lo seamos, sino porque esa práctica social ha revivido exponencialmente de la mano de unos nuevos iconos sociales que no son ni el libro ni la lectura. Leemos más, aunque menos palabras juntas, a otras velocidades y demás.

La escuela no parece querer enterarse de nada de esto; ni de un lado ni del otro. Ni desde la producción ni desde el consumo; ni –mucho menos-- desde su nueva y muy atractiva intersección. Tampoco la industria editorial.

Con la música pasa algo parecido. Resulta casi insoportable pasar un rato a solas sin música en los oídos; mucho más si tienes menos de 30 años. Antes no era así. La música ha adquirido una capilaridad casi uno a uno; parece una prolongación de nuestro oído (como la pelota para un niño en los países futboleros). Es la prolongación de nuestra vigilia. Y se acompaña de producción, sin dudas. Se dice todo el rato que se ha ido segmentando cada vez más el gusto musical –y cultural en general-- gracias a la versatilidad de los mundos digitales; ¿será verdad? Tal vez, y con eso viene la diversificación de la producción y su descentralización. Y todo lo que le sigue. Sin embargo, como con el libro, veo a los artistas seguir pensando en términos de canciones y de canciones de más o menos 3 minutos, y de álbumes (a los que siguen llamando discos) de unas 10/12 canciones. ¿Por qué? Muerto el disco como está, deberían haber muerto sus formatos subsidiarios. Pero no. Escuchas música corriendo, bajo la lluvia, pero el artista aún formatea y crea como en los 50, de a 3 minutos por 12 canciones, cuando la oían sentados, en silencio y con la chimenea encendida.

Y la escuela, otra vez, que ni se entera; como la industria.

Vivimos envueltos en letras y oraciones, notas musicales y armonías. Respiramos esa atmósfera casi sin parar (muchos, hasta cuando duermen). Texto, audio y video son parte del aire del siglo XXI. Para bien y para mal y no me importa mucho ahora por qué. No hay vida social fuera de esa trama densa que envuelve la vida urbana.

Sin embargo, en la escuela aún queremos detenerlo todo y regresar. Regresar para compartimentar, para revalorizar, para añorar con fastidio, para sacralizar lo vetusto, para jerarquizar, para canonizar la postura nostálgica, para ponerlo todo extraño e impostado, para detentar el poder de una gramática ya incomprensible (¿cómo funciona realmente la biblioteca de la escuela y qué propósitos tiene?), para cultivar nostalgias estereotipadas y muchas veces falsas. Como si lo que tenemos fuera tan malo y lo que hemos ido perdiendo, tan bueno. Tengo dudas, legítimas dudas.

 

Twitter del autor: @dobertipablo