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Científicos descubren hábitat extremo en las Cataratas de Sangre de la Antártida

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 05/17/2015

Los torrentes salinos subterráneos que nutren las Cataratas de Sangre de la Antártida conectan un inesperado ecosistema que sobrevive en las condiciones más adversas

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En la Antártida existe un lugar que hace honor a la fama legendaria del continente: las llamadas Cataratas de Sangre. Se trata de una caída de agua en donde la salinidad del líquido se combina con un nivel elevado de hierro del terreno y, finalmente, con el oxígeno del aire, lo cual resulta en un torrente rojizo que a la distancia semeja una herida sangrante.

Recientemente el sitio fue objeto de una investigación realizada por científicos de la Universidad de Tennessee, quienes analizaron los flujos subterráneos de agua salada que nutren las cataratas y notaron que existe una conexión entre estas y lagos cercanos que desde la superficie parecen separados entre sí. Según estas observaciones, realizadas con un helicóptero equipado con un sensor especial, hay afluentes que van desde la costa hasta 12km de profundidad y, en el caso del agua que fluye bajo el glaciar Taylor, hasta con 5km de profundidad.

Esto, sin embargo, no es sólo una curiosidad hidrológica. Los investigadores descubrieron que dichos flujos subterráneos son también la conexión de un ecosistema que sobrevive en condiciones que podrían creerse adversas, en especial la elevada salinidad del agua y una temperatura de -15°C, lo cual no obsta para que en pequeñas oquedades existan colonias de microbios que tienen ahí su hábitat.

La investigación es útil no sólo para entender la evolución de la vida en la Tierra sino incluso en otros planetas, pues las condiciones mencionadas podrían equipararse a las de la superficie de Marte o las lunas de Júpiter, en donde alguna vez hubo agua.

Increíbles imágenes de los trenes de metro que la ciudad de Nueva York arrojó al mar... para convertirlos en arrecifes

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 05/17/2015

Parecería increíble que la ciudad de Nueva York ha arrojado más de 2 mil 500 trenes de metro al mar, pero hay una buen razón

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En primera instancia, cuando se escucha que la ciudad de Nueva York arroja trenes de metro al mar, uno piensa que se trata de una abominación ecológica, una falta conciencia inaudita. Sin embargo, esta medida muestra cómo saltar a una conclusión o formar un juicio de valor solo con base a la primera impresión suele ser engañoso.

El Departamento de Tránsito Metropolitano de Nueva York ha arrojado más de 2 mil 500 vagones de metro al Atlántico como parte de un proyecto de reciclaje de ecosistemas. Aunque el programa se suspendió en 2010, los resultados del mismo pueden apreciarse en la formación de un arrecife artificial, que es monitoreado por las autoridades neoyorkinas y de otros estados de la costa atlántica que también recibieron trenes de metro para esta empresa.

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El fotógrafo Stephen Mallon ha documentado este proceso desde que descubrió la existencia del programa de reciclaje en 2007. Sus imágenes muestran el extraño encuentro del mar con la urbe, de las algas con el metal.

Hay que resaltar que los viejos trenes no fueron depositados en el mar sin antes quitarles todos los materiales que podían ser reciclados y vendidos, como ruedas, asientos o poleas. Luego fueron limpiados y se les quitó material tóxico para que pudieran embonar con el ecosistema marino.

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Según las autoridades, los arrecifes de coral creados en los trenes de metro en diferentes zonas del océano Atlántico proveen hasta 400 veces más alimento para los peces por pie cuadrado de lo que generaba el fondo del océano en esa zona. Los peces no solo se sirven del banquete de algas, algunos utilizan las instalaciones para ocultarse de depredadores que de otra forma no podrían evitar.  

Dicho eso, esta siembra marina no está exenta de posibles complicaciones. Aunque por el momento todo parece ir bien y el programa es celebrado con amplia lisonja, algunas personas creen que los vagones podrían haber sido reciclados de mejor manera o que a largo plazo podría haber contrariedades ambientales, al crear un desequilibrio. Un ejemplo ecológicamente nefasto ocurrió en la década de los 70, cuando se intentó crear un ecosistema de coral cerca de Fort Lauderdale en Florida y un grupo de pescadores depositó en el océano Atlántico cientos de miles de llantas de automóviles. En ese caso, a las algas al parecer no les gustaron las llantas para formar un nuevo hábitat, y ahora el gobierno de Estados Unidos tiene que limpiar la costa y gastar millones de dólares.

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Fotos: Stephen Mallon