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Artista anónimo dibuja penes gigantes alrededor de baches para que finalmente los arreglen (FOTOS)

Sociedad

Por: pijamasurf - 05/10/2015

En Greater Manchester, Inglaterra, un misterioso personaje ha encontrado una táctica para acelerar el arreglo de las calles de su ciudad

Los baches son una de las grandes molestias de la vida en las ciudades, uno de esos elementos del paisaje cotidiano que a veces se vuelven legendarios por la singular circunstancia de que su tiempo de existencia es variable y, para pesar de muchos, a veces muy extendido. Los baches son símbolo de la falibilidad del contrato social que, según la teoría política clásica, se establece tácitamente entre un grupo de individuos y las autoridades a quienes se les concede la administración de los asuntos públicos. Podría decirse que el tiempo que dura una calle sin reparar es inversamente proporcional a la efectividad del trabajo del gobierno que se ocupa de la vida colectiva.

En un movimiento que mucho tiene de irónico y sobre todo obsceno, un personaje misterioso en Greater Manchester, Inglaterra, ideó una forma, cuestionable quizá pero al parecer sumamente exitosa, de hacer que las autoridades presten atención a los baches callejeros y de una vez por todas decidan arreglarlos: pintar órganos genitales masculinos y femeninos alrededor de estos, utilizando las oquedades en el diseño para simular las del cuerpo humano.

Este modesto héroe urbano se hace llamar Wanksy y sus acciones han tenido una recepción dispar, pues si bien han provocado que las autoridades locales hayan pavimentado las calles para cubrir los dibujos obscenos (lo cual, suponemos, los ciudadanos agradecen), por otro lado estas mismas autoridades consideran que la táctica de Wanksy es un insulto a los residentes y familias de la ciudad.

Sea como fuere, el propósito se consigue, aunque es cierto que esto no sucedería si las autoridades se mantuvieran al tanto de las necesidades públicas que están obligadas a atender.

La erudición no es inútil tan solo en sus excesos neuróticos, lo es siempre si por erudición entendemos información sin aplicación

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No se trata de lo que sé, se trata de lo que hago con lo que sé.

La escuela no falla porque haga mal lo que se propone hacer, falla porque lo que se propone no vale la pena. Mal que le pese, es un problema de planificación. No de planificación tal como a ella le gusta entenderla (correlacionar con rigor unas cosas con las otras y hacerlas encajar en algún tipo de determinante no negociable, sea tiempo o concepto), sino de planificación en el sentido de no acertar en la definición del propósito.

La escuela se propone informar a sus alumnos y la educación que nos importa va de formación y no de información.

La erudición no es inútil tan solo en sus excesos neuróticos, lo es siempre si por erudición entendemos información sin aplicación. Aprobar una prueba en la escuela no sirve para nada, a excepción de la aprobación misma. Lo mismo los exámenes de ingreso universitarios y esas cosas. Muchas de las herramientas educativas solo se justifican por sí mismas y el solipsismo institucional de la escuela alcanza a estas alturas niveles escandalosos, por no decir patéticos. Es un sistema enfermo y obsesivo que ha perdido todo registro de contexto; al contrario, día con día se refuerza en su propia dinámica autorreferencial. Tiene miedo. Y paradójicamente, ese miedo es su registro más honesto y más verdadero.

Incluso de cara a la información, la escuela ya comete errores graves. Se ha quedado fijada en un escenario caído y no lo registra. El primer error es el error de la fuente. La escuela cree que la fuente informativa más útil es única, curada y estable; no le sirven ni sabe cómo lidiar con las inconmensurables fuentes dinámicas y cruzadas de información que hoy tiene nuestra sociedad. Prefiere el libro de texto (incluso si su edición data de 6 años atrás) a cualquier otra fuente actual, sea un periódico del día o de 2 días o sea el Twitter de recién, sin hablar de Google y sus infinitos afluentes. Cree todavía --anclada en Diderot-- que una fuente “seria” vale más que el crisol de fuentes actuales, atravesado por la complejidad social de la cuestión. Cree que esa sempiterna enciclopedia didáctica que es el libro de texto vale más que la abierta efervescencia escenificada que refleja Wikipedia sobre –por ejemplo-- el conflicto Israel-Jordania. La escuela no entiende que la información que aplica no es la bendecida, sino la atravesada por su propia complejidad; que la información que sirve es la de los intersticios entre una posición fija y la otra, la que muestra y demuestra su inestabilidad, el rash incontrolable de la velocidad y como siempre, también su metafísica e inherente ambigüedad. La escuela no entiende que inconcluso no es sinónimo de inútil.

El segundo error es de estructura. La escuela cree que lo que nos informa es la síntesis simplificadora de un tema, su plana taxonomía presuntamente final, y no su rico curso, lo abierto de su discusión, la trama compleja y diversificada de su construcción. Por eso las fuentes escolares son siempre taxonomías cerradas, como si no hubiera conflicto o interpretaciones y como si todos los debates estuvieran cerrados; por eso, las fuentes escolares son ilegibles e insoportablemente aburridas. Hay tres tipos de amor: el filial, el amistoso y el pasional… como si fuera verdad; como si ellos no se mezclaran todo el rato, como si no hubiera matices, intersticios, hibrideces y nuevas formaciones que dinamitan la taxonomía. Como si sirviera para algo esas taxonomías bobas, con semblante de sabias, que nos reducen el amor a una clasificación cerrada. Y si acaban con el amor, imagínense lo que no hacen con la historia mexicana del siglo XX.

El conocimiento es un producto social, consecuencia del juego social. La información objetiva es apenas una referencia poco importante del concepto información. La mayoría de las veces no importa lo que pasó –pensemos en historia, sino lo que pasó con lo que pasó y lo que se dijo de lo que pasó y lo que pasó con lo que se dijo que pasaba… Y verdadero es todo, incluso lo que se negó que se decía sobre lo que se supuso, incluso falsamente, que había pasado.

Y el tercer error es de proceso. La escuela supone que la relación útil con la información es la retención del dato. Pero se olvida que más que el dato, importa el proceso de construcción del dato; y olvida también que el dato, aislado de la trama compleja de datos que lo envuelve, carece absolutamente de sentido y de valor. Craso error. Que no importa recordar que fue Zedillo el presidente mexicano del período tal y cual, con independencia de qué pasaba en México y en el mundo por aquellas épocas; de dónde venía Zedillo, solución a qué conflicto previo suponía y –como siempre en México-- qué quería decir Zedillo para el PRI; y por último, a dónde fue a parar al cabo aquella experiencia Zedillo. Que cualquier dato aislado de su contexto, que es una parte importante de su sentido, es lo mismo que nada y computable en cero. ¿Qué importa el 10 de enero si me olvido o no sé que es el día del cumpleaños de mi hijo Mateo?

Pero decíamos también que el dato fuera del proceso constructivo es irrelevante, y es verdad. Llegar a la demostración del teorema de Pitágoras es infinitamente más significativo (además de bonito, emocionante, etc.) que saber que la suma de los cuadrados de los catetos… Los catetos se me vuelven inmediatamente catetas si no hago algo significativo con ellos. Lo mismo los epiciclos, las integrales, los modelos democráticos o las galaxias. La escuela confunde todo el tiempo proceso con resultado.

Decíamos que la información es irrelevante al lado de la formación y quiero acabar con esto. Estar formado es ser capaz de hacer con lo que tengo. Producir, crear o como queramos llamarlo. La información que nos sirve es aquella de la que nos valemos para ir a alguna parte; y lo valioso es esa parte, no aquel insumo. Podemos llamar a ese proceso movilización; que el conocimiento o la competencia es la movilización de la información al servicio de alguna producción/construcción significativa. Por eso, la escuela que necesitamos debe preparar a sus alumnos para movilizar sus bagajes informativos al servicio de su propio proceso de construcción. Se trata de emprender hacia algún lado.

Es decir, la información como punto de partida y no como punto de llegada. Y la verificación institucional del proceso –que llamamos evaluación-- se debe realizar sobre el proceso de movilización y no sobre la fuente de apoyo.

La escuela cree que la información templa a las personas y que la acumulación quieta de ella (que llamamos erudición) nos vuelve carismáticos. Pero se equivoca. La información sin formación, es decir, sin capacidad de movilización y articulación, en bajas dosis es tan solo inútil y en altas dosis raya con lo patético. La única tierra fértil para la información es la inteligencia, que la potencia hacia el emprendimiento. Crear --como le llamamos. Por eso no podemos avalar escuelas que acumulan información a presión en cabezas no suficientemente estimuladas en su urgente inteligencia.

 

Twitter del autor: @dobertipablo