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Reflexiones sobre la relación entre arte, mercado y éxito

Por: pijamasurf - 04/13/2015

El romanticismo y el capitalismo nos han enseñado que los artistas deben ser una suerte de resentidos sociales y aceptar ser ignorados por la sociedad

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El arte y su relación con la economía ha sido una historia de ricos mecenazgos, de estéticas alquiladas y de vocaciones irredimibles: si en el Renacimiento Leonardo da Vinci debía congraciarse políticamente con sus empleadores en la corte de Ferrara, los artistas del Romanticismo debían sufrir el desprecio del público además de la miseria.

Charles Baudelaire, Camille Claudel, Vincent Van Gogh y Arthur Rimbaud, artistas “malditos”, son ejemplos de una vocación fuerte y de un desprecio absoluto por la sociedad, que a su vez les niega su aprobación y los condena a la miseria. Pero es preciso desmontar el mito del artista sufriente con un poco de lógica: si todos los individuos enojados con la sociedad, si todos los esquizofrénicos, si todos los hombres que dilapidan la herencia de su madre y todas las mujeres que son víctimas del rencor de otros artistas estuviesen llamados a ser grandes artistas, los hospitales psiquiátricos serían galerías de arte.

Y es que no importa si lo nuestro es escribir, bailar, pintar o cocinar: aquello que hacemos por placer, aquello que hacemos mejor que nadie, aquello, en fin, que haríamos gratis, son los ingredientes de nuestra vocación. Si hemos tenido valor para seguirla a donde nos lleve, nuestra vida resiste cualquier obstáculo porque nuestra intención está bien puesta: el trabajo, para nosotros, es una fuente de gozo, y el dinero es una herramienta, no un fin en sí mismo.

He aquí algunos prejuicios frecuentes del artista fracasado y algunas sugerencias para reformularlos y cambiar nuestra actitud:

Mito: Si pudiera hacer dinero con mi arte, la gente diría que me he vendido

El dinero es una herramienta, no es un parámetro para medir tu talento ni para premiarlo. Vivir de lo que haces es una gran motivación para seguir haciéndolo. Si tu intención está bien encaminada, la opinión de la gente toma su verdadera proporción: aprendes a agradecer todos los comentarios y a seguir trabajando en lo que haces.

Mito: El buen arte se vende a sí mismo. No quiero caer en la autopromoción

La dura realidad no es que los artistas se mueran de hambre, sino que se convencen de que ser artista es estar en huelga de hambre frente a la sociedad. Querer cambiar al mundo y a la sociedad puede ser muy difícil, pero podemos cambiar nuestro enfoque individual con respecto al mundo: en lugar de verlo como algo hostil que obstaculiza nuestro talento, podemos compartir nuestro trabajo con felicidad, porque en cierto sentido, una vez realizada la pieza, el poema, el cuadro o la canción, esa obra pertenece al mundo: debemos dejarla ir y que circule. Es nuestro trabajo.

Mito: La única manera de vivir del arte es a través de las mafias literarias / cuaratoriales / teatrales, etc.

Otra estrategia muy común del artista es la victimización: se convence a sí mismo de que trabajar en su arte y ganar dinero haciéndolo resulta indigno, y que quienes lo hacen se rebajan. En su mente, lo mejor que se puede hacer es trabajar en la soledad de su torre de marfil y dar la espalda al mundo… mientras espera a que el “éxito” llame a la puerta. La realidad es que pasar la vida sentados, esperando que algo pase, suena como algo muy poco estimulante para el temperamento del artista o de la gente creativa. No existe una forma única de tener una carrera artística fecunda creativamente y económicamente justa: el ensayo y error es mejor que nada.

Mito: El dinero pudre la creación. Tener poco dinero y sufrir mucho me hará un mejor artista

Nuestra sociedad le da tal importancia al dinero que en lugar de verlo como algo que podemos utilizar para mejorar nuestra vida y la de otros, nos hemos convencido de que el dinero es la medida de todas las cosas.

Tu talento, tu vocación y la pasión que pongas en cualquier actividad que hagas son parámetros de medición mucho más precisos para saber –mediante un ejercicio de autocrítica— si nuestro trabajo es bueno o si estamos estancados en ideas castradoras sobre él.

Lo que nos demuestra la historia del arte es que, en realidad, el dinero importa muy poco para un artista, no importa si tiene mucho dinero o poco. Jean Genet fue un genio porque dedicó largas horas de su vida a su escritura, no porque fuera un ladrón; André Gide fue un genio porque dedicó largas horas de su vida a su escritura, no porque su familia fuese una de las más ricas y aristocráticas de París.

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10. Ilegal (Tarso Araujo, 2014)

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Ilegal es un filme que sensibilizó a la población brasileña para abrirse a un debate nacional sobre el uso de cannabis para fines medicinales. La película sigue a familias de activistas que buscan paliar con cannabis dolorosas enfermedades, entre ellas la epilepsia infantil. El protagonista fue la primera persona en Brasil con autorización legal para utilizar la planta terapéuticamente. 

9. Leviathan (Lucien Castaing-Taylor, Véréna Paravel, 2012)

Leviathan

Si la tecnología de video avanzó en 30 años más que en toda su historia, el género documental obtiene en Leviathan una de sus expresiones más actuales: dejar que la cámara rodando a bordo de una embarcación por el Atlántico Norte dicte la narrativa del filme --negándola completamente.

Lo controversial está en la forma, en su capacidad inmersiva y estimulante.

8. Chasing Ice (Jeff Orlowski, 2012)

Chasing Ice

El calentamiento global no es una interpretación ni una conspiración, y el filme de James Balog --fotógrafo de National Geographic-- lo demuestra de una forma un tanto literal. En mancuerna con Jeff Orlowski, Balog realiza una expedición a los glaciares, capturando imágenes hermosas y aterradoras a la vez, a medida que vemos el declive brutal del hielo terrestre. La narrativa de que el planeta se curará a sí mismo tiene en Chasing Ice un potente argumento en contra.

7. Fahrenheit 9/11 (Michael Moore, 2004)

Fahrenheit 9-11

Apenas 3 años después del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York Michael Moore ofrece uno de los más tempranos relatos del evento, que en gran parte determinará algunos cabos de la investigación posterior. El estilo controversial de Moore se explica en el hecho de que no pretende ser un "documentalista" externo a su objeto de fascinación, sino un activista armado con una cámara. Un retrato brutal de la era de Bush Jr. y el temprano siglo XXI, que recibió una ovación de 20 minutos al ganar la Palma de Oro en Cannes.

6. Lake of Fire (Tony Kaye, 2006)

Lake of Fire

No importa si estás a favor o en contra del aborto, Lake of Fire representa con equidad y respeto ambas opiniones. Se trata de un documental acerca del aborto, pero que no pretende privilegiar ninguna postura, sino considerar el hecho en toda su complejidad. Ahora que están de moda las películas de "largo largo metraje" (hola, Boyhood) tal vez sea interesante mencionar que Lake of Fire es un proyecto creado durante 17 años. Es extremadamente gráfico, pero sabe devolver la atención del espectador a las preguntas éticas y al estigma social. 

5. Bus 174 (José Padilha, Felipe Lacerda, 2002)

Bus 174

Sandro do Nascimento secuestró el autobús 174 de pasajeros en Río de Janeiro, y los mantuvo como rehenes durante horas. Dado el ineficaz control policial, gran parte de la filmación de Bus 174 proviene de los mismos espectadores del evento: un temprano viso de la función testimonial de las audiencias en el siglo XXI. 

4. Blackfish (Gabriela Cowperthwaite, 2012)

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Reverenciadas como dioses en culturas nativas del norte de América, las orcas son la atracción principal de Seaworld Florida, y el maltrato que sufren es el tema de Blackfish. El relato no es solamente ecológico, sino que reivindica el conocimiento tradicional de las ballenas como entes de gran poder espiritual con su faceta de depredadores marinos, investigando diversos incidentes de entrenadores atacados y/o asesinados por las ballenas. Hay quien dice que Blackfish es el último clavo en el ataúd de Seaworld. 

3. The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, 2012)

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Si logras terminar de ver The Act of Killing te encontrarás 49 nombres "anónimos" en los créditos. Son los 49 miembros del equipo de producción que, temiendo repercusiones, renunciaron a su nombre. Y es que el filme de Joshua Oppenheimer es una rarísima historia de amor por el genocida, síndrome extremo de Estocolmo donde el sujeto documental asume el control narrativo y redirige la cámara no hacia la verdad (un recuento de la brutalidad con la que fueron asesinados cientos de miles de comunistas en Indonesia entre 1965 y 66) sino hacia la perturbadora fantasía de los victimarios. La banalidad del mal de Arendt adquiere aquí una dimensión vaudevillesca. 

2. Titicut Follies (Frederick Wiseman, 1967)

Titicut Follies

Frederick Wiseman ha producido muchos filmes acerca de lugares de reclusión, las lógicas del poder y el saber científico; pero Titicut Follies (un concurso que hacían los guardias e internos de un hospital psiquiátrico) de 1967 fue censurado al año siguiente al considerar que violaba la privacidad y dignidad de los pacientes. La prohibición se levantó en los 90, pero los problemas éticos acerca de la representación y el consenso de los sujetos sobre su ser-representados continúa vigente. 

1. Mondo Cane (Gualtiero Jacopetti, Paolo Cavara, Franco Prosperi), 1962

Mondo Cane ha sido llamado "pseudodocumental" y se asocia como temprano referente del "mockumentary" (documental de broma). Puede verse así o también como un gran ejercicio de edición y articulación de ideas acerca del mundo a mediados del siglo XX desde la perspectiva zapping de un naturalista extraterrestre viendo televisión. El sujeto de Mondo Cane es el ser humano y sus extrañas costumbres alrededor del planeta.

Aquí hay más opciones, ¿cuál agregarías o sacarías de la lista?