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Por medio de un análisis exhaustivo de los 22 arcanos del tarot, se intentará darle un sentido al ejercicio cinematográfico como regulador de la percepción de la vida

El segundo triunfo de la baraja revisado en el artículo anterior tiene una conexión fuerte con el tercero, mismo que en este capítulo nos compete; tanto es así que se habla de sus dos recipientes como de dos hermanas, hasta gemelas parecen ser, mas no idénticas, podrían verse como las denominadas “cuatas”. Sallie Nichols dedica cinco páginas enteras en su libro Jung y el Tarot nada más para separarlas, rastreando sus características y comparándolas. En resumidas cuentas, como bien lo dice: “La Papisa es paciente y espera, pasiva. La Emperatriz es acción y cumplimiento. La Papisa es regida por el amor; la Emperatriz gobierna por el amor. La Papisa guarda algo antiguo; la Emperatriz revela algo nuevo”. Aunque las dos representen a la diosa, cada una es un aspecto distinto. 

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En un sentido de lo viejo y lo nuevo, Alberto Cousté traza una bonita metáfora comparativa arquetípica:

Desde este punto de vista matriarcal, la emperatriz no es ya la Eva protagonista del pecado y la caída, sino la que aparece en ciertas tradiciones talmúdicas: la fundadora, reencontrando a Adán luego de 300 años de separación; aniquilando a Lilith –la rival estéril y lujuriosa-- para organizar junto al padre primordial la familia de los hombres.

Este arcano puede representar mayormente, de manera simple, en una tirada: riqueza, progreso femenino, proyectos elevados, a una esposa o un matrimonio con hijos, a la fertilidad misma.

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Comencemos a pensar en términos cinematográficos, en una película como lo es El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011), con una Mrs. O’Brien (Jessica Chastain) poseída por la Emperatriz a tal grado que nos pone en orden con su voice over hablándonos como si fuésemos sus hijos. Muy bien resumido por Romeika Cortez en un ensayo: “La manera como Mrs. O’Brien es presentada, por medio de la expresiva edición, ayuda a comunicar su personalidad. Es idealizada por el autor desde el inicio como una personificación del camino de la gracia, una fuente de amor incondicional, de amor y generosidad”, a diferencia del padre que representa el otro camino, la naturaleza. Es así como personajes conectados directamente con el arcano de la emperatriz abren este espacio reconciliador con la madre cariñosa de la infancia del espectador, un pasaje idílico de cuento de hadas y biografía personal, una especie de álbum familiar matriarcal de recuerdos disparados al ver y escuchar la película. Mrs. O’Brien es una presencia, conciencia activa, sobre el personaje que se transforma en el tema del filme, construyendo sus conflictos internos que jugarán más tarde en la trama. Más adelante Malick vuelve a comunicarse definiendo el camino de la gracia en la voz de la emperatriz definiéndola como un camino de la gracia que acepta el desprecio y el olvido, acepta insultos y heridas como parte de la vida, un martirio cotidiano. No busca una satisfacción personal, todo el tiempo es una presencia activa en el mundo de esta manera.       

 

La emperatriz rebelde

Vera Drake (Mike Leigh, 2004) e Irina Palm (Sam Garbarski, 2007) representan cinematográficamente eternos femeninos que producen cambios a su alrededor fuera de las normas establecidas y hasta en contra de ellas, para que prevalezca el bien común de la comunidad por medio de su sacrificio. La señora Vera (Imelda Staunton), una perfecta ama de casa presidiendo un hogar lleno de armonía, ayuda a las mujeres a abortar. Esta operación clandestina le resulta gratificante a Vera únicamente en un sentido espiritual, puesto que no cobra nada por ello. Aleister Crowley vincula, al igual que lo hizo con la carta de la papisa con Isis en términos de dioses egipcios, a la emperatriz con Nephtys, hermana y esposa de Set, que solía representar al desierto con la característica, como Dios, de ser infecundo (árido), su esposa era el aire sobre el desierto acompañando a Osiris al inframundo. Crowley hace hincapié en que en esta carta está la clave de entender que en la realidad no hay brecha entre luz y obscuridad, hay una continuidad de vida: “Si se comprendieran perfectamente estas consideraciones, se haría posible reconciliar la teoría cuántica con las ecuaciones electromagnéticas”. Según el mismo Crowley, esta carta representa lo que une todo lo que está vivo: “una herencia de sangre que vincula a todas las formas de la Naturaleza”. Aunque la carta represente la fecundidad biológica, Vera trae la fecundidad del amor materno a las mujeres que abortan, la tranquilidad, brindando la oportunidad de poder procrear con amor y no con el instinto que las ha metido en problemas, la emperatriz puede liberar al individuo del pasado, conectándolo con sus responsabilidades reales.

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Así mismo Maggie (Marianne Faithfull), intenta encontrar trabajo para ayudar a su nieto enfermo, pero por su edad y experiencia sus oportunidades son casi nulas, y es así como termina trabajando en un lugar de venta de placer en un barrio bajo, masturbando clientes hábilmente como ninguna otra, ganando rápidamente una enorme clientela. ¿Está mal lo que hace Vera? Para cierto sector de la comunidad no, para la moral familiar sí; en medio de este debate es interesante pensar en dónde recae exactamente una sociedad físicamente. Aunque puede ayudar a la situación de su nieto, el problema viene después con su familia, cuando se enteran de sus nuevas actividades. El conflicto se origina cuando una emperatriz vieja no puede ser útil como abuela, en un rol pasivo aunque activa familiarmente, el sistema económico que permea todo no lo permite, el individuo que no produce (sea quien sea) no es muy bien visto. No es suficiente el amor que Maggie tiene por su familia, lo tiene que demostrar aportando dinero; aquí es donde se vincula con este naipe, deja de ser la papisa por el mundo que la contiene y se transforma en la emperatriz, con un sobrenombre de “Irina, la de la palma adecuada”, así logra trascender el mundo material y dominar un mundo masculino. 

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Así también Jeanne Dielman (Delphine Seyrig) se prostituye por las tardes siendo una efectiva ama de casa en las mañanas y las noches, mientras su hijo va a la escuela, en la sensacional cinta Jeanne Dielman, 23 quai du comerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1975). Hasta ahí todo bien, pero como Sallie Nichols apunta: “una mujer que ha sido víctima del impulso o la fuerza de su poder se encontrará separada de su centro interior sin darse cuenta de lo que ha sucedido… La devoradora de hombres (Kali, la terrible) en lugar de desarrollar su propia creatividad femenina”, y es así como Jeanne se transforma súbitamente en lo que será una de las más violentas y rápidas transformaciones en el cine, una sádica asesina que necesita transformar espeluznantemente la situación que ha provocado. La cinta es filmada de una manera que puede ser vista como fría, a una distancia descriptiva con las acciones, sin movimientos de cámara completamente estática, la cámara es como la emperatriz misma.   

Todos estos ejemplos de personajes constituyen emperatrices y no papisas por su carnalidad y sobre todo por ser personajes activos, representando este eterno espíritu femenino divino pero encarnado, manifestándose en un extremo de la creación, generando luz por su entrega al mundo que las rodea lejos del miedo, afectando a los demás y generando un cambio. Chantal Akerman refuerza esta conciencia con el tiempo de sus escenas, su cadencia, la duración de sus planos y la fijeza del encuadre, incluyendo sobre todo quehaceres domésticos casi filmados en tiempo real.    

 

La emperatriz cómplice

Madre (Bong Joon-ho, 2009) es un thriller policíaco que se centra en una madre abnegada (Kim Hye-ja) que cuida de su hijo, que siempre ha vivido con una enfermedad mental. Sucede que hay un asesinato en el pueblo que apunta al hijo como culpable y que lo lleva a la cárcel. La madre se dedica a investigar el crimen, intentando demostrar la inocencia de su hijo pero, a medida que avanza su investigación y que el hijo resulta más inmiscuido, no queda más que volverse su cómplice hasta liberarlo. La emperatriz activamente se mueve motivada por sus hilos emocionales, para liberar al sujeto en cuestión en cambios positivos para su vida. Ya lo dice Banzhaf en el terreno de las relaciones:

representa igualmente cambios y novedades, tanto crecimiento en sentido familiar como cualquier otra forma de cambio dentro de la relación. En todos los casos denota actividad y evoluciones predominantemente halagüeñas. Además puede expresar una fase de amor maternal o ser símbolo de la tierra en la que crece una nueva y vívida relación.

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En estos sentidos Madre, simbólicamente, representa la relación que un individuo vuelve a establecer con la emperatriz en una nueva etapa espiritual donde su libertad esta mucho más presente. Se convierte en un cómplice en la vida por medio de una relación que ayuda a catapultarlo, trascendiendo así una existencia básica sin metas ni sentido final.           

 

La emperatriz mártir

En sus múltiples versiones cinematográficas Juana de Arco es una poderosa extensión del personaje histórico que surge de la leyenda, poderoso personaje arquetípico que alcanza a ser proyectado en pantalla de distintos modos. Por medio del martirio, esta emperatriz joven se corona, trascendiendo su materia por medio de un ritual de fuego, representando finamente la riqueza espiritual alcanzada en la carne. 

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En la versión de Carl T. Dreyer (1928) fue María Falconetti el histrión que dotó de pasión a la heroína, logrando una comunión nunca antes vista con el espíritu en el celuloide. Pareciera que el fenómeno cinematográfico tuviera esta función latente que se descubre con esta cinta, exponer el espíritu que reside dentro del humano por medio de la luz proyectada en la pantalla, y liberarse por medio de la película. Los expresivos close ups nos guían por las montañas y valles metafísicos de la dama de Orleans desdoblándose en un mito eterno, que sigue renovándose en cada versión fílmica subsiguiente.

Robert Bresson, el alquimista de imágenes, hace una versión abstracta (1962) muy en su estilo, que disecciona las acciones en las que Juana encarna al arcángel viviendo su fe, encontrándola para no soltarla nunca más. Pareciera una segunda parte de su película Un condenado a muerte se ha escapado (Bresson, 1956) o más bien su sombra, porque corresponde en su discurso diegético, pero trasciende en su sentido metafísico. La razón del cautiverio podría verse al igual como injusta, pero la manera como se enfrenta es muy distinta, aunque la técnica cinematográfica como se capturan las imágenes sea tan parecida.

Pareciera que esta santa ha adoptado el medio cinematográfico para aparecer una y otra vez en pantalla, viviendo su martirio al infinito. Versiones desde la de Cecil B. DeMille (1917) a la de Luc Besson (1999) inmolando a su propia esposa, pasando por versiones de Rossellini (1954) con Ingrid Bergman o Victor Fleming (1948) entre otras, nos recuerdan que la emperatriz tiene el poder espiritual suficiente para trascender el mundo material. 

 

Riqueza material

También la emperatriz es la materia lujosa, la elegancia, el orgullo de la reina.  Representada en El Diablo viste a la moda/The Devil Wears Prada (David Frankel, 2006) por Meryl Streep, emperatriz que resulta iniciar a la emperatriz joven Andy (Anne Hathaway) en este camino. 

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Andy acepta las humillaciones que su jefa la obliga a vivir para transformarse lentamente e ir ocupando su lugar; de este modo la película nos muestra cómo la riqueza material es un estado mental que se puede transferir directamente comunicando la experiencia con base en un ritual.   

 

Fuentes

Banzhaf, H. Aprenda a Consultar el Tarot, método práctico con la baraja Rider.

Cousté, A. El Tarot, o la máquina de imaginar.

Nichols, S. Jung y el Tarot.

https://www.academia.edu/2589540/Art_Film_An_Analysis_of_Terrence_Malicks_The_Tree_of_Life

http://www.ancientegyptonline.co.uk/nephthys.html

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

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El psicoanálisis es una disciplina extraña, heterodoxa y marginal que quizá por eso mismo puede ayudar a operar cambios ahí donde más creíamos que todo debía mantenerse igual

10712707_775063775884542_330729782854646592_nEn los próximos meses cumpliré 2 años de ir regularmente a psicoanálisis. Salvo por un puñado de ocasiones en que ciertos incidentes me impidieron asistir, han sido casi 2 años de desplazarme regularmente al consultorio de mi analista un par de veces por semana. Esto, por supuesto, no me da ningún tipo de “autorización” para escribir sobre el tema, pero sí me otorga un cierto nivel de experiencia para hablar al respecto. Si lo hago es un poco por un gusto personal pero quizá también como una especie de gesto gratuito de solidaridad: aun con las críticas que puedan hacerse al psicoanálisis, pienso sinceramente que esta es una terapia efectiva para ciertas personas y para ciertos “problemas”, un método entrañable para conocerse, reconocerse e incluso desconocerse, mientras en el ínterin, en el proceso, suceden cosas. Lo hago, en suma, para mostrar qué ha sido hasta ahora el psicoanálisis para mí ―lo cual quizá también puede ser, en parte, para otra persona.

 

La autonomía de las cualidades propias

Una de las anécdotas más conocidas que se cuentan sobre Diógenes el Cínico es aquella de su encuentro con Alejandro, hijo de Filipo de Macedonia y para entonces todavía sin el mote de “el Magno”. Se dice que al saber de su fama y en especial de su pensamiento, Alejandro quiso conocer al filósofo, lo cual consiguió poco después de derrotar a los atenienses e incorporar de facto la ciudad al reino de Macedonia. Diógenes Laercio, en su Vida de los filósofos más ilustres, cuenta sucintamente el encuentro:

Estando tomando el sol en el Cranión, se le acercó Alejandro y le dijo: «Pídeme lo que quieras»; a lo que respondió él: «Pues no me hagas sombra».

Alejandro era rey, potencialmente era también uno de los más grandes conquistadores de la historia, en ese momento era uno de los hombres más poderosos del mundo conocido. Diógenes, por su parte, no tenía, literalmente, más que el tonel en el que dormía y puede ser que incluso ni siquiera eso: si lo llamaron “cínico” fue porque vivía y obraba como los perros, desnudo y a la vista de todos. Sin embargo, nada pidió a Alejandro más que se quitara de donde estaba, al frente suyo, porque le estorbaba el paso del Sol, cuyos rayos quería disfrutar en ese momento. Para Alejandro, la petición debió ser la más inesperada posible. Pero eso era lo único que Diógenes quería de Alejandro y, desde la perspectiva de Diógenes, era lo único que Alejandro podía darle, a pesar de todas las otras cualidades de cada uno.

La historia sirve para mostrar la autonomía parcial de las cualidades de una persona. Con cierta frecuencia nos enfrentamos a un desencuentro entre lo que somos y podemos ofrecer y lo que el otro es y está pidiendo. A veces nunca se presenta el punto de encuentro entre una y otra subjetividad. Sin embargo, ¿eso cambia las cualidades de cada una? ¿Las hace menos o más? No, una y otra vez no. Alejandro no fue menos Alejandro porque Diógenes no le pidiera más que dejar de hacerle sombra; y Diógenes no fue más Diógenes porque ante el ofrecimiento del hombre más poderoso de su mundo pidiera una trivialidad. Cada uno de nosotros es lo que es, y para reconocerlo y ponderarlo es posible dejar de lado las expectativas y demandas de los otros.

 

La posibilidad de mirar algo desde otro ángulo

Esto, como mucho del psicoanálisis, parece una obviedad, pero para muchos es una de las operaciones más titánicas de su existencia, un trabajo herculino comparable a desviar el curso de un afluente. Es sencillo decirlo, ¿pero qué tan seguido miras un problema desde otra perspectiva? Ya no digamos la del Otro, sino una cualquiera pero distinta a la primera con la cual lo consideraste.  Si, digamos, pierdes un trabajo tras otro, ¿eres capaz de considerar que quizá la causa está en algo que haces o dejas de hacer y no en la mala fe de los demás?

 

Nada nunca es para siempre

tumblr_mvqj3b7PKF1rkbwqio1_500Las cosas pasan, en al menos dos acepciones del verbo pasar: suceder y agotarse. Las cosas suceden, ocurren, pero también se agotan y se consumen. Una pérdida, por ejemplo: una relación termina, una persona muere, y es doloroso, porque ocurrió, pero eventualmente también ese dolor terminará, o tendrá otro peso en nuestra existencia. Y también las cosas agradables: conseguimos algo que nos propusimos, terminamos una tesis, encontramos un trabajo, aprendimos a hacer algo que siempre quisimos, y es grato, pero no podemos quedarnos en eso, es necesario seguir. Ni el dolor ni la alegría son eternos. Son cosas que pasan.

 

La palabra cura

Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo.

Octavio Paz, El arco y la lira

Hablar es un gran asunto. Hablar es aceptar ante otro lo que a veces no podemos o no queremos aceptar ante nosotros mismos. Hablar es encontrarnos en nuestra propia dimensión: no la del alardeo ni la del murmullo, no la de la exageración ni la de la subestimación. Hablar lo que es. Hablar desde lo que somos. Dar cuerpo, con nuestra voz, a aquello que de verdad deseamos, aquello que de verdad sentimos, aquello que de verdad pensamos; aquello que a veces tememos aceptar porque nos enseñaron a considerarlo una tontería, un asunto menor. Verbalizar, por mínimo que parezca, desata grandes cambios en la subjetividad, paulatinos pero grandes. Pero sólo cuando se habla sinceramente.

 

Considerar al otro, tomarlo en cuenta, darle un lugar

Por diversos motivos estamos sumamente habituados a no pensar más que en nosotros mismos. El Yo y su hegemonía que todo lo cubre. Su comodidad, sus intereses, su forma de pensar, su manera de hacer las cosas. Dar lugar al otro es también uno de los movimientos más complicados para ciertas subjetividades. Algo tan sencillo como, por ejemplo, preguntar en vez de afirmar. El abismo que existe entre: “Yo puedo entre 5 y 8” y “¿Tú puedes entre 5 y 8?”.

También, en otras circunstancias, ocurre que algo del otro nos exaspera. Su docilidad o, por el contrario, su rebeldía; su aprehensión, su ausentismo, su melancolía, su jovialidad. Cada uno tendrá sus propias fobias con respecto al otro, pero si algo puede lograrse con el psicoanálisis es comprender que eso que tanto nos enoja de alguien más es un rasgo muy suyo, un rasgo que dice algo del otro, de su historia, de su experiencia frente a la vida, de las cosas que le tocó pasar. Y esto, en cierta forma, es el primer paso para darse cuenta que así como uno tiene que lidiar con sus issues, así también el otro tiene sus propias dificultades, lo cual de algún modo nos sitúa a todos en el mismo nivel de debilidad o, quizá mejor, de humanidad.

La comprensión de ese hecho también vuelve posible la decisión a propósito de las personas que queremos en nuestras vidas. Así como hay faltas de nosotros mismos que nos son más tolerables y que incluso llegamos a abrazar y aceptar, así también hay faltas de los otros frente a las cuales podemos elegir entre si queremos o no hacerlas parte de nuestra vida.

 

La importancia del método (y la disciplina)

Sí, sé bien que disciplina no es una palabra atractiva y más bien justo lo opuesto: despierta reticencia y hace fruncir el ceño. Sin embargo, es necesaria, en casi todas las cosas importantes de la vida. Casi cualquier cosa que vale la pena (una de las expresiones menos afortunadas del español, pero bueno), se consigue sólo con disciplina. ¿Quieres enflacar? No hay de otra más que disciplinarse. ¿Quieres aprender otro idioma? Lo mismo. ¿Quieres tener una relación que dure? ¿Quieres tener un trabajo que te satisfaga? ¿Quieres escribir un libro? Casi lo que sea que quieras, requiere ser metódico, ser disciplinado. El deseo y la constancia tienen una relación estrecha que casi siempre dejamos de tener en cuenta, en la creencia de que las cosas llegarán por sí solas, como méritos que nos corresponden per se, sin hacer nada por conseguirlos. Pero no. Aunque suene increíble, hay que trabajar por ellos.

 

La diferencia entre terapia y análisis

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Mi impresión es que muchas personas llegan a psicoanálisis por una circunstancia específica, desde un rompimiento amoroso hasta la muerte de una persona muy querida. Para algunos hay un “quiebre” que los decide a acercarse al consultorio. Para el analista se trata de una petición que, en cierta forma, requiere “terapia de choque”, acciones de emergencia. Y no tanto por la gravedad del asunto, sino porque el paciente está tomado por eso, es casi lo único a lo que responde.

Sin embargo, hay otro punto en que la terapia transita hacia el análisis, específicamente, cuando comienzan a surgir más cosas, cuando el analizado advierte que el “problema” con el que llegó está ligado a otros aspectos de sí mismo pero, más importante, cuando se da cuenta que como sujeto él es más, mucho más, que el problema por el cual llegó al consultorio. De ahí, en parte, la necesidad de analizarse, de no sólo “ir a terapia” ―tener un espacio para hablar, desahogarse, llorar, enojarse, etc.― sino entrar en un proceso de autoconocimiento para el que se tienen pocas oportunidades en la vida normal y cotidiana.

 

El análisis es continuo

Hace un tiempo, más o menos a los 6 meses de haber iniciado mi proceso de análisis, escribí un texto en el que comparaba este con la meditación. Es posible que lo que dije entonces admita una o varias revisiones, pero hay al menos un punto que aun ahora me parece válido: como la meditación, el psicoanálisis es un ejercicio que no se limita al tiempo y el espacio específicos que le dedicamos dentro de nuestra rutina personal, es decir, ni la meditación termina con los 20 o 30 minutos de la práctica que hacemos todas las mañanas, ni, por otro lado, el psicoanálisis existe sólo dentro de las fronteras del consultorio y el diván. En ambos casos, para que sea un ejercicio realmente efectivo ―es decir, con efectos sobre nuestra realidad―, es necesario traspasar dichas fronteras y llevar lo aprendido a nuestros actos y decisiones cotidianas.

pink_212a22_2745524A veces también eso que sucede en el consultorio ―esa experiencia extraña de reconocimiento y autoconocimiento, ese “caer el veinte"― puede presentarse fuera de este, al menos en una versión abreviada: en una plática con un amigo, al mirar una película, al despertar de un sueño. Como la meditación, el psicoanálisis sitúa al sujeto en el camino del conocimiento de sí, del aprendizaje de ciertos recursos para saber quién es realmente y por qué no debe ignorarse a sí mismo. Y esos momentos de reconocimiento pueden ocurrir siempre, en cualquier circunstancia, porque nunca dejamos de ser quienes somos.

 

Lo importante está en el proceso

En alguno de los libros de texto gratuitos con los que se estudia en las escuelas de México se encontraba una historia en la que un viejo campesino decía a sus hijos, desde su lecho de muerte, que había enterrado un tesoro en algún lugar del campo que toda su vida había trabajado. Al morir el anciano, los hijos (tres, si no recuerdo mal), de inmediato se pusieron a cavar y remover la tierra, con la esperanza de encontrar las riquezas de las que había hablado su padre. Así estuvieron algún tiempo, días o semanas, sin dar con el tesoro anunciado. Hasta que una tarde, después de haber trabajado la jornada entera, el hijo menor se detuvo y echó una mirada al campo: a la luz del ocaso, este lucía como nunca antes lo había visto, con resplandores que semejaban piedras preciosas y metales de gran valor. Al remover de esa manera la tierra, el campo estaba listo para sembrarse. El hijo menor entendió entonces cuál era el tesoro que el padre había escondido.

La moraleja de la historia apunta hacia el valor del trabajo (algo que, como vimos, no es ajeno al psicoanálisis), sin embargo, también es posible extraer otra interpretación y hablar sobre la importancia del proceso. Como dije antes, muchos llegamos al consultorio del analista por un motivo específico y casi siempre sin saber en qué nos estamos metiendo, con todo, se trata de una experiencia sumamente enriquecedora. Puede ser que pase el tiempo y veamos que aquello por lo que acudimos sigue ahí, aparentemente sin resolverse, un eje en torno al cual seguimos dando vueltas. Y sí, eso puede ser desesperante, pero un poco menos cuando nos damos cuenta que en el entretanto ocurren cosas, que quizá aún no conseguimos eso que creíamos que iba a suceder sólo por tenderse en el diván, pero a cambio aprendemos de nosotros mismos, de nuestras experiencias, aprendemos a tomar mejores decisiones con respecto a nuestra vida, nos damos cuenta de cosas que antes nos pasaban por alto.

Como saben bien los héroes y los grandes viajeros, a veces importa menos el destino final que el recorrido que se hizo para llegar ahí. Ese es el sentido de los versos de Cavafis:

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

 

El amor es complicado

Pero esto ya todos lo sabemos sin necesidad de ir al psicoanalista. El amor es complicado hasta que no lo es, y esto puede ser o no obra del psicoanálisis.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz