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Cuerpos desnudos transformados en parques recreativos y sugerentes paisajes (FOTOS)

Por: pijamasurf - 04/11/2015

El fotógrafo Allan Teger nos presenta una serie de fotografías panorámicas donde el paisaje es el cuerpo desnudo

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Desde el punto de vista de figuras diminutas, el cuerpo humano puede ser cualquier cosa que se nos ocurra. El abdomen un mar, el ombligo un agujero de pesca, la espina vertebral un camino de arena, el torso un campo de golf y las costillas, algunas, el armazón de un antiguo buque.

A partir de esta reflexión, o mejor dicho proyección, emerge la serie de fotografías Bodyscapes, del fotógrafo autodidacta Allan Teger. El autor transforma el cuerpo desnudo de hombres y mujeres en parques recreativos y deliciosos paisajes. Los lugares toman forma con las curvas naturales del cuerpo para representar el territorio donde pequeños hombres se aventuran y nosotros, los observadores, fantaseamos –dando así una nueva dimensión al concepto de explorar un cuerpo. 

Uno de los atractivos de estas fotografías —además de la clara belleza de los cuerpos— es que no están hechas con fotomontaje o doble exposición, sino que fueron creadas por medio de fotografiar juguetes o figuras de personas diminutas directamente sobre el cuerpo humano. En este sentido se trata de una minuciosa y lúdica recreación a escala de escenarios que forman parte del imaginario colectivo sólo que, en esta ocasión, el lienzo de base son cuerpos desnudos.

Bodyscapes confabula una ilusión de aventura para el espectador, una ilusión nueva para mirar al cuerpo como se mira un páramo o una cordillera de montañas. A partir de ver estas fotografías podemos construir puentes virtuales en cualquier lugar del cuerpo que nos parezca conveniente, o de nuestro cuerpo a otro cuerpo, y aventurarnos a cruzar. 

 

 

 

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Reflexiones sobre la relación entre arte, mercado y éxito

Por: pijamasurf - 04/11/2015

El romanticismo y el capitalismo nos han enseñado que los artistas deben ser una suerte de resentidos sociales y aceptar ser ignorados por la sociedad

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El arte y su relación con la economía ha sido una historia de ricos mecenazgos, de estéticas alquiladas y de vocaciones irredimibles: si en el Renacimiento Leonardo da Vinci debía congraciarse políticamente con sus empleadores en la corte de Ferrara, los artistas del Romanticismo debían sufrir el desprecio del público además de la miseria.

Charles Baudelaire, Camille Claudel, Vincent Van Gogh y Arthur Rimbaud, artistas “malditos”, son ejemplos de una vocación fuerte y de un desprecio absoluto por la sociedad, que a su vez les niega su aprobación y los condena a la miseria. Pero es preciso desmontar el mito del artista sufriente con un poco de lógica: si todos los individuos enojados con la sociedad, si todos los esquizofrénicos, si todos los hombres que dilapidan la herencia de su madre y todas las mujeres que son víctimas del rencor de otros artistas estuviesen llamados a ser grandes artistas, los hospitales psiquiátricos serían galerías de arte.

Y es que no importa si lo nuestro es escribir, bailar, pintar o cocinar: aquello que hacemos por placer, aquello que hacemos mejor que nadie, aquello, en fin, que haríamos gratis, son los ingredientes de nuestra vocación. Si hemos tenido valor para seguirla a donde nos lleve, nuestra vida resiste cualquier obstáculo porque nuestra intención está bien puesta: el trabajo, para nosotros, es una fuente de gozo, y el dinero es una herramienta, no un fin en sí mismo.

He aquí algunos prejuicios frecuentes del artista fracasado y algunas sugerencias para reformularlos y cambiar nuestra actitud:

Mito: Si pudiera hacer dinero con mi arte, la gente diría que me he vendido

El dinero es una herramienta, no es un parámetro para medir tu talento ni para premiarlo. Vivir de lo que haces es una gran motivación para seguir haciéndolo. Si tu intención está bien encaminada, la opinión de la gente toma su verdadera proporción: aprendes a agradecer todos los comentarios y a seguir trabajando en lo que haces.

Mito: El buen arte se vende a sí mismo. No quiero caer en la autopromoción

La dura realidad no es que los artistas se mueran de hambre, sino que se convencen de que ser artista es estar en huelga de hambre frente a la sociedad. Querer cambiar al mundo y a la sociedad puede ser muy difícil, pero podemos cambiar nuestro enfoque individual con respecto al mundo: en lugar de verlo como algo hostil que obstaculiza nuestro talento, podemos compartir nuestro trabajo con felicidad, porque en cierto sentido, una vez realizada la pieza, el poema, el cuadro o la canción, esa obra pertenece al mundo: debemos dejarla ir y que circule. Es nuestro trabajo.

Mito: La única manera de vivir del arte es a través de las mafias literarias / cuaratoriales / teatrales, etc.

Otra estrategia muy común del artista es la victimización: se convence a sí mismo de que trabajar en su arte y ganar dinero haciéndolo resulta indigno, y que quienes lo hacen se rebajan. En su mente, lo mejor que se puede hacer es trabajar en la soledad de su torre de marfil y dar la espalda al mundo… mientras espera a que el “éxito” llame a la puerta. La realidad es que pasar la vida sentados, esperando que algo pase, suena como algo muy poco estimulante para el temperamento del artista o de la gente creativa. No existe una forma única de tener una carrera artística fecunda creativamente y económicamente justa: el ensayo y error es mejor que nada.

Mito: El dinero pudre la creación. Tener poco dinero y sufrir mucho me hará un mejor artista

Nuestra sociedad le da tal importancia al dinero que en lugar de verlo como algo que podemos utilizar para mejorar nuestra vida y la de otros, nos hemos convencido de que el dinero es la medida de todas las cosas.

Tu talento, tu vocación y la pasión que pongas en cualquier actividad que hagas son parámetros de medición mucho más precisos para saber –mediante un ejercicio de autocrítica— si nuestro trabajo es bueno o si estamos estancados en ideas castradoras sobre él.

Lo que nos demuestra la historia del arte es que, en realidad, el dinero importa muy poco para un artista, no importa si tiene mucho dinero o poco. Jean Genet fue un genio porque dedicó largas horas de su vida a su escritura, no porque fuera un ladrón; André Gide fue un genio porque dedicó largas horas de su vida a su escritura, no porque su familia fuese una de las más ricas y aristocráticas de París.