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El azul fue el último color en recibir una descripción personalizada entre muchas civilizaciones antiguas. Esto ha dado lugar a argumentos que plantean que el humano era incapaz de percibir este color, o bien, que en esos tiempos el cielo era de un tono rojo-anaranjado debido a la presencia de metano en la atmósfera

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Hoy raramente reparamos en ello, pero imaginemos la dificultad que experimentó la humanidad para conceptualizar y comunicar los colores. Cómo el azul llegó a ser azul en un consenso general, habiendo tantos lugares distintos donde encontrarlo, tantos tonos, tantos lenguajes. Tomó siglos de descripciones confusas antes de que cada color tuviera la característica distintiva que tiene ahora.

Pero el azul es de particular interés porque parece haber sido el último de los colores en recibir una descripción personalizada entre muchas de nuestras civilizaciones antiguas. Y ello es de lo más raro si pensamos que tanto el cielo como el mar son predominantemente azules. Hay argumentos que plantean que quizás los humanos eran incapaces de ver físicamente el color azul hasta hace relativamente poco; la base de esta presunción viene, principalmente, de la traducción de la Ilíada y la Odisea. En su texto, Homero describe el cielo color bronce y el mar color vino. Esto ha llevado a algunos académicos a creer que, en el momento en que el poeta griego escribía sus obras, los ojos humanos eran incapaces de percibir el azul; otros argumentan que quizás Homero mismo era daltónico.

La explicación más plausible para esta discrepancia es que el cielo bien pudo haber sido color bronce, y ello provocaba que el mar2010_07 pareciera color vino (el agua del océano refleja el color del cielo). Estudios recientes han encontrado, de hecho, que durante esos tiempos la atmósfera de la Tierra pudo haber contenido más metano (CH4) que la de hoy, lo cual tendría un gran efecto en la refracción de luz del Sol entrando en la atmósfera y causar un tono rojo-anaranjado, o bronce, en el cielo más joven del planeta.

No es fácil imaginar este mundo sin el vibrante color azul del cielo y del mar, pero si esto fue así en la Antigüedad, entonces explicaría por qué este color fue el último en aparecer en el lenguaje. Las únicas fuentes de azul hubieran sido sus raras apariciones en la vida salvaje, escasos ojos azules, flores raras y piedras preciosas encontradas dentro de la tierra. Pero cuando el azul ya fue “descubierto” por las civilizaciones, fue considerado el color más bello y místico de todos, hasta el punto de que su pigmento era más valioso que el oro.

Hoy el azul ocurre tan comúnmente, si no es que más, que todos los otros colores (es el color predilecto de la mayoría de las personas del mundo), pero aun siendo así, el azul tiene la naturaleza del enigma. Es el color del planeta Tierra y es el color de los dioses, pero hay algo que no sabríamos cómo nombrar que nos tiene infatuados desde que nuestros ojos fueron capaces de verlo, o bien desde que cambió la atmósfera de la Tierra.

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La obligación cultural de ser feliz podría ser una ruta casi segura a la infelicidad

Actualmente la felicidad está por todos lados —al menos discursivamente. Algunos nos dicen que la felicidad se encuentra en una lata de refresco y otros que llega sólo cuando hacemos caso a nuestra intuición. Hay quienes rescatan tradiciones antiquísimas y casi olvidadas para extraer un sumario de consejos útiles para ser feliz.

Hace unos meses publicamos una crítica contra la actual política del be happy como un credo existencial contemporáneo: "Sobre la triste obligación de tener que ser feliz". Y es que extrañamente, en esta atmósfera, hay un rostro de la felicidad contemporánea que tiene los rasgos del imperativo. Nuestra época nos ha acostumbrado a perseguir la felicidad. Pero, al emprender dicha persecución, ¿no aceptamos tácitamente que el objetivo puede ser inalcanzable?

Hace poco, en el sitio Big Think, uno de sus colaborares más asiduos y agudos, Steven Mazie, publicó un breve texto a propósito de un fragmento de Kant sobre la felicidad. Como sabemos, Kant es el gran filósofo de la moralidad, un ámbito de la filosofía que inevitablemente se cruza con la exploración de la felicidad si pensamos que esta ocurre en el territorio de lo compartido.

En Fundamentación de la metafísica de las costumbres, un trabajo de 1785, Kant dedica varias páginas a este asunto, visto sobre todo a la luz de la razón. Para el legendario caminante de Königsberg, la felicidad forma parte de una ecuación no tan sencilla en la que están involucradas la racionalidad, la moralidad y una categoría necesaria para encaminarse hacia la solución que el filósofo entiende como “sagacidad”: “la habilidad al elegir los medios para conseguir la mayor cantidad posible de bienestar propio”.

Hasta este punto, el sistema podría funcionar y, como si se tratase de un mecanismo perfecto, ofrecernos un resultado claro sobre qué significa ser feliz, qué se necesita para conseguirlo. Sólo que no es tan fácil, no por un último ingrediente: la experiencia, uno de los nombres de la subjetividad. La experiencia personal determina si encontraremos la felicidad en un auto nuevo o en nuestro platillo favorito, si al observar un atardecer o en el abrazo de alguien a quien queremos y que también nos quiere. Experiencia que además se transforma y cambia al ritmo de nuestra propia vida. Por eso, por la experiencia, es tan complicado decir con seguridad qué nos haría felices en este momento. Al respecto, escribe Kant:

Ahora bien, es imposible que un ser, por muy perspicaz y poderoso que sea, siendo finito, se haga un concepto determinado de lo que propiamente quiere en este sentido. Si quiere riqueza ¡cuántas preocupaciones, cuánta envidia, cuántas asechanzas no podrá atraerse con ella! ¿Quiere conocimiento y saber? Pero quizá esto no haga sino darle una visión más aguda que le mostrará más terribles aún los males que ahora están ocultos para él y que no puede evitar, o impondrá a sus deseos, que ya bastante le dan que hacer, necesidades nuevas. ¿Quiere una larga vida? ¿Quién le asegura que no ha de ser una larga miseria? ¿Quiere al menos tener salud? Pero ¿no ha sucedido muchas veces que la flaqueza del cuerpo le ha evitado caer en excesos que habría cometido de haber tenido una salud perfecta?, etcétera. En suma, nadie es capaz de determinar con plena certeza mediante un principio cualquiera qué es lo que le haría verdaderamente feliz, porque para eso se necesitaría una sabiduría absoluta.

La idea de felicidad de Kant es un poco como una matriz matemática en la que la totalidad es un meta-valor que la hace funcionar. No está ahí entre sus elementos, pero es necesario. Una totalidad que implica conocer todos los factores posibles de una situación para poder prever su resultado. Sólo que, en cuestiones humanas, morales, esto es imposible. Por eso, nos dice Kant, nadie puede decir con qué sería feliz totalmente.

Al glosar este y otros pasajes en que el filósofo se ocupa del asunto, Mazie nos guía por los razonamientos kantianos para hacernos ver que la felicidad puede no entenderse como una búsqueda, sino como apenas el corolario de una tesis mucho más amplia. Una de las enunciaciones del imperativo categórico —clave de la filosofía kantiana, formulado por primera vez en esta Fundamentación…—, dice:

Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio.

Según Mazie, este “imperativo práctico” nos hace considerar a las personas con quienes tratamos a diario como eso, personas, no sujetos que están ahí para complacernos o que sirven a nuestros propios fines, sino como personas “con una dignidad en común que merecen nuestro respeto”. El hombre o la mujer a quien le compramos un café todas las mañanas es un ser humano con una existencia singular, con sus cualidades, sus problemas, su propia historia que por una coincidencia improbable llegó a coincidir con la de ese cliente que a las 8:35 ordena un café americano.

¿Y qué tiene que ver eso con la felicidad? En el ámbito de la ética kantiana, que la única forma de comportarse con esa persona que prepara tu café de camino al trabajo es como si supusieras que esa acción se convertirá en ley universal, dicho de otro modo, como si cada uno de tus actos se convirtiera ipso facto en una norma que el mundo entero estaría obligado a cumplir. ¿Te gustaría que, de esa mañana en adelante, todos estuviéramos obligados a ser descorteses con quien prepara nuestro café?

Ahora sí tiene sentido el imperativo categórico de Kant, ¿no? Como vemos, se trata menos de una obligación hueca como la contemporánea —un “Sé feliz” que se agota en el imperativo de la consigna— y más de una actitud coherente con un sistema más amplio en donde la felicidad es apenas un engranaje, un elemento de una vida mucho más plena: la vida en el mundo que es, al mismo tiempo, filosofía y praxis.

Twitter del autor: @juanpablocahz