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Los hombres que jugaban con muñecas (FOTOS NSFW)

Por: pijamasurf - 03/14/2015

En términos de emociones, ¿quién puede juzgar a ciencia cierta qué es real y qué no lo es?

La subcultura de las Real Dolls y sus entusiastas no ha recibido el mejor de los tratos en la prensa: a menudo, los hombres que juegan con muñecas de silicona de tamaño real son vistos como degenerados, pervertidos, o simplemente como desadaptados sociales. 

Benita Marcussen, fotógrafa de origen danés, pasó mucho tiempo inmersa en f0ros especializados sobre muñecas en internet (donde se discute de todo, desde si uno puede captar una ETS de una muñeca usada hasta el desarrollo de los personajes mismos que encarnan las chicas) antes de que su cobertura informativa diera un vuelco al recibir una invitación a una de las reuniones del grupo.

La reunión tuvo lugar en Gales, y lo que Marcussen encontró fue un grupo de "caballeros... que no estaban interesados en mí, ¡para nada! Todo lo que querían era mostrarme cómo funcionaban sus muñecas".

Marcussen trató sus historias con respeto y después de 1 año consiguió suficiente confianza como para que sus (ahora) amigos le permitieran hacer fotos de ellos junto a sus "amigas". Cada uno es diferente: está el hombre cuya esposa falleció de cáncer hace años y nunca pudo volver a integrarse con una mujer de carne y hueso; están los padres de familia cuyas parejas conocen y respetan la afición de sus esposos; y están los que simplemente nunca lograron entender la psicología de la mujer, pero tampoco les interesa.

La idea de Marcussen con este proyecto no sólo es mostrar esta subcultura desde un ángulo respetuoso y emotivo, sino también combatir el prejuicio en contra. No es un pasatiempo barato, pero comienza a ser más popular cada vez. "Todos tenemos cosas que no compartimos", dice Benita. En términos de emociones, ¿quién puede juzgar a ciencia cierta qué es real y qué no lo es?

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La utilidad y la estética protagonizan uno de los debates más interesantes del arte contemporáneo

Desde hace tiempo la historia del arte experimentó una ruptura conceptual que, en cierta forma, marcó no sólo un antes y un después sino el inicio de varios debates interesantes sobre qué hace arte al arte. Cuando Duchamp expuso su famoso mingitorio no hizo más que señalar la caducidad de una definición de arte que se encontraba ya desfasada de su presente y, por lo mismo, nombraba una realidad sobrepasada.

Una rama de esos debates toca la relación de lo artístico con lo funcional. En la perspectiva conservadora, el arte está reservado a la contemplación y el regocijo de los sentidos, su finalidad no es práctica y, por lo mismo, no puede ser “utilizado” de la misma manera que utilizamos una cuchara o un autobús. Sin embargo, en nuestra época no son pocos los artistas que van en contra de esta idea y elaboran piezas que también cumplen una función más allá de la estética: recrean y enamoran, pero también son útiles para su entorno.

Una de las preguntas que pueden hacerse ante estos ejemplos es si la utilidad los hace menos artísticos. Si nos sentamos en una banca diseñada por Louise Bourgeois, ¿es más banca que escultura? ¿O cómo se concilian esas cualidades? El dilema puede sonar un tanto ingenuo, pero sin duda pone de relieve la manera en que usualmente nos acercamos al arte, con respeto y solemnidad, cuando quizá, como Nietzsche quería, todos nuestros actos podrían estar orientados por un sentido estético para hacer de nuestra vida una obra de arte.

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