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Huckleberry Finn, un muchacho 130 años a la deriva

Arte

Por: Adolfo Cordova - 03/27/2015

Celebrando 130 años del libro que Hemingway consideraba era el mejor de la historia de la literatura estadounidense: "Las aventuras de Huckleberry Finn"

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Cuando se encienden las luces los actores se miran y se descubren en harapos. Entonces sacan de un baúl algunas prendas para vestirse mejor. No es para menos: han de recibir a un joven de 130 años, Huckleberry Finn. El gran Huck, o Joc, para los amigos.

Hace 130 años se publicó por primera vez en Estados Unidos Las aventuras de Huckleberry Finn, secuela de Las aventuras de Tom Sawyer, considerada la obra maestra de Mark Twain. Este fin de semana cierra temporada la primera adaptación teatral que se presenta en México: A la deriva, Joc.

Los actores sacan, poco a poco, un pequeño títere. Luego un sombrerito de paja y una pipa. Joc los mira. Está listo para empezar su viaje, dejará a Tom Sawyer, crecerá, se librará del yugo de dos señoritas conservadoras y de su padre alcohólico.

La novela de Twain, libro paradigmático de la literatura infantil y juvenil, es una de las narraciones de aventuras más elogiadas en la historia de la literatura. Para muchos, una obra fundacional de la literatura en América. T. S. Eliot, Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Norman Mailer y Roberto Bolaño fueron algunos de sus principales seguidores.

"Todos los novelistas americanos, incluidos los autores de lengua española, en algún momento de su vida consiguen vislumbrar dos libros recortados en el horizonte, que son dos caminos, dos estructuras y sobre todo dos argumentos. En ocasiones, dos destinos. Uno es Moby Dick, de Melville, el otro es Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain", escribió Roberto Bolaño.

En escena, brilla la expresividad en el rostro del muñeco Joc, un títere creado por Iker Vicente, también lector apasionado de Las aventuras de Huckleberry Finn. Primero fue el títere, después el montaje teatral. La pareja de Iker, la directora y actriz Jacqueline Serafín, veía el títere mirarla y enfrentó el reto de adaptar la novela de más de 300 páginas. Joc, al fin, navegaría en un teatro mexicano. 

Para acompañar su viaje, Iker construyó a un Jim, el esclavo y amigo de Joc, mitad muñeco y mitad actor. El títere se trepa al cuerpo del actor, con quien comparte las piernas. Su tronco está hecho con el fuelle de un acordeón que simula una camisa de rayas, sus brazos son como dos cortezas de árbol y su rostro en madera tallada refleja la avidez y la tristeza de los esclavos.

Roberto Bolaño hubiera brindado con Hemingway, quien afirmó en 1934 que ese era el mejor libro que tenían los estadounidenses: “Toda la literatura moderna de Estados Unidos proviene de un solo libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn (…). Antes de él no había nada. Después no ha habido nada tan bueno”.

Un músico toca en vivo una concertina y un kazoo, pero además, también Iker construyó dos instrumentos especiales a pedido del músico y colaborador en el montaje, Jesús Díaz: una gran lata de galletas con una tabla y un alambre a modo de cuerda, y una guitarra hecha con una caja de puros amplificada. Así tocaban también, con lo que había, improvisando instrumentos, los afroamericanos que crearon el blues.

En 1984, a propósito de los 100 años de publicado Huckleberry Finn, Norman Mailer escribió que sentía que había leído la obra de un joven escritor “prodigiosamente talentoso (…) que había tenido la audacia de escribir una novela (…) para ofrecernos un espectáculo de virtuosismo narrativo”. Y añadió: “En casi todos los capítulos surgían de las páginas nuevos y sorprendentes personajes (…). Parecía que era capaz de lidiar con todos los hombres y mujeres que puso Dios en la mitad de Estados Unidos”. Y Mailer recuerda en ese mismo artículo los halagos de T. S. Eliot: “una obra maestra… el genio de Twain completamente realizado”.

Al teatro

hcuk2En A la deriva, Joc, que cierra temporada este 28 y 29 de marzo en el Teatro Sergio Magaña, Serafín mantiene, con una sensibilidad bien calibrada, esa mezcla de humor, crudeza e inocencia que propuso Twain, en un espacio dinámico que juega con luces, música y manipulación de títeres. 

No edulcora las duras pruebas que han de pasar Joc y su amigo, Jim, como es habitual en las obras dirigidas a niños y jóvenes. 

"Lo más difícil fue lograr contar lo esencial de la historia de Huckleberry en 75 minutos, y el uso del lenguaje. La novela es famosa también por la forma en la que está escrita usando dialectos y modismos de aquella época. No nos importaba tanto que se diferenciara esto, pero sí la peculiar forma de hablar de Huckleberry".

A Serafín también le importaba lograr maridar la animación de los títeres y objetos con el texto. Y el ritmo: que los actores jugaran, se divirtieran.

"Cuando esto pasa, la obra es divertida y sorprendente, cuando se angustian por el tiempo y la cantidad de objetos que hay que mover, la obra se hace larga, complicada y se cae el ritmo", comparte la directora.

Además destacó el mundo visual y sonoro que se genera, mérito de los colaboradores, dice: Jerildy Bosch (vestuario), Iker Vicente (títeres y espacio), Alain Kerrieu (iluminación, video y espacio), Jesús Díaz (diseño sonoro) y Sara Ramos (iluminación).

La novela es, además, un texto modelo del género de aventuras que dio lugar, en el cine, a un nuevo género: las road movies, según explica la especialista Teresa Colomer. Mailer también dijo que la influencia de la novela era notoria en autores como Faulkner, Vonnegut, Heller y Salinger, y más: en las comedias hollywoodenses e incluso en ciertos manierismos adoptados por estrellas de cine como John Wayne. John Wayne copiando a Huckleberry Finn.

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El viaje, en el teatro, termina con alegría y saltos de los actores: Bernardo Gamboa, Ermis Cruz y Diego Santana; el músico: Jesús Díaz o Aarón Govea; los títeres: unos Joc y Jim libres; y el público, de todas edades, pero principalmente niños y niñas.  

Han visto, del libro al escenario, una historia que lleva 130 años haciendo y deshaciendo imágenes de travesía y aventura que compartimos, aunque ignoremos que ese imaginario bajó con el río, con un muchacho, a la deriva.
  

A la deriva Joc
Teatro Sergio Magaña
28 y 29 de marzo a las 13:00
130 pesos

Fotos de Óscar García

Twitter del autor: @cordovadolfo

Blog del autor: http://linternasybosques.com

Adorables fotografías vintage de fetichismo, erotismo y S&M

Arte

Por: pijamasurf - 03/27/2015

El fotógrafo (y pornógrafo) Jacques Biederer hizo esta serie de hermosos retratos en la época de entreguerras del siglo XX en París

 

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Cuando el erotismo aún estaba asociado con lo secreto (y no era un elemento presente en la vida cotidiana), existió el fotógrafo Jacques Biederer. Era el período de entreguerras en París y él era un artista checo que probaba su suerte allí. Y como nadie lo había hecho, mezcló elementos del fetichismo –látigos, dominación, corsés, juegos de roles– con el tono adorable del burlesque de épocas pasadas. Sus composiciones, de hecho, fueron bastante escandalosas, pero siempre lo salvó el “ojo artístico” con que retrataba y su implícito sentido del humor.

El erotismo no sólo de los cuerpos de las modelos sino de sus espíritus a todas luces lúdicos hizo del sadomasoquismo una suerte de mitología narrativa y graciosa, donde la realidad se volvía un poco (pero sólo un poco) mas salvaje. Biederer atentaba contra la supuesta “decencia” de las damas parisinas y el supuesto “honor” de los hombres de la época. Pero en Biederer no hay misoginia ni explotación, como apunta Dangerous Minds:

El trabajo de Biederer –ya sea una sonriente ingenua o la siempre valiosa composición de una dominatrix, las emociones de sus sujetos y la sexualidad– en lugar de simples mecánicas del sexo. Incluso si no es lo tuyo, las fotos son adorables y extrañas –tienen un sentido del humor que no es misógino ni pretencioso.

 

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