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Estos malditos entrepreneurs crearon un dildo inteligente que volverá irrelevante la exploración sexual

Por: Javier Raya - 03/25/2015

Sustituir la experiencia, el deseo, la curiosidad y la exploración en aras de una sexualidad "científica", apoyada por apps y gadgets a la medida, solamente contribuye a la fantasía cyborg que transforma al cuerpo humano en fuente de data para ser procesada por las máquinas

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Hay dos cosas con las que nuestra época está obsesionada: 1) la data y 2) el orgasmo femenino.

Conjuntar estas obsesiones no sólo ayuda a crear titulares de imbatible eficacia ("80% de las mujeres se viene con esta técnica garantizada"), sino que poco a poco nos ha vendido la idea de que el placer puede graficarse, medirse, computarse y, naturalmente, venderse y comprarse.

Como en ese viejo chiste zizekiano sobre el producto absuelto de su elemento inquietante (café sin cafeína, cigarrillos sin tabaco, laxante sabor chocolate, etc.), la invención de Liz Klinger y James Wang, jóvenes emprendedores californianos, el SmartBod, encarnaría algo así como el placer despojado del sexo.

Malditos entrepreneurs (descripción gráfica)

Malditos entrepreneurs (descripción gráfica)

En términos lacanianos, el sexo ha sido malentendido como una masturbación asistida o una masturbación con-el-otro. En realidad se trata siempre de una imagen fantasmática que responde a un exceso inconfesable: el sexo sigue siendo atractivo porque encubre un exceso desconocido, algo que no sabemos que deseamos hasta que lo obtenemos. Si supiéramos exactamente lo que deseamos, pienso que el sexo no sólo se volvería aburrido sino irrelevante.

El SmartBod promete hacer exactamente eso.

Concebido como una mezcla entre smartphone y dildo, el SmartBod recaba y analiza información acerca de las reacciones fisiológicas de las mujeres. Será parte de la siguiente oleada de aparatos "portables" (wearables), estará hecho de silicona y conectado a una app que "recaba el placer utilizando sensores internos". Una forma de traducir esto es: para saber qué le gusta a una mujer es necesario inventar un dildo robotizado que nos diga qué quiere dicha mujer, además de, claro, convencerla de usar el mencionado dildo...

Liz Klinger, "como muchas mujeres", tenía "mucha ansiedad y preguntas acerca de la sexualidad y nadie con quien hablar sobre ellas". Este discurso de ventas no convence: ¿en la era de la información no encontró respuestas a cualesquiera preguntas que la joven pudiera tener sobre su cuerpo? Bueno. En todo caso, esta soledad la inspiró "a crear un mejor vibrador que puede hacer ese viaje de aprendizaje sobre tu propio cuerpo menos frustrante, solitario y difícil".

¿"Frustrante, solitario y difícil" son adjetivos aptos para la masturbación o más bien para el miedo que el mercado busca implantar en la relación con el cuerpo, de manera que pueda aliviar dicho miedo mediante un nuevo gadget? Me recuerda a esa "abolición del intercambio de fluidos corporales" de Demolition Man, donde la sociedad de la información, transformada en la sociedad del eufemismo, ha vuelto el sexo virtual una ridícula fantasía aséptica:

¿Y no estamos también ante un nuevo caso de fiscalización del placer, donde la fisiología se transforma, a través de la información recabada, en una nueva instancia deportiva, de competitividad, productividad y "socialización"? El mito del que parten los entrepreneurs detrás de SmartBod es que las mujeres no quieren hablar de su placer, ¿pero caminar con un smart-dildo todo el día las volverá más verbales con respecto a su cuerpo? ¿De qué manera recabar información de una forma por demás invasiva contribuye a la educación sexual de las mujeres en particular, y de las parejas en general? 

La falacia de los creadores del SmartBod radica en confundir información con experiencia. Para Klinger, "incluso la simple información, por ejemplo, cuánto te toma alcanzar el orgasmo o cuándo te sientes más excitada, puede ayudarte a comprender mejor y tomar control de tu vida sexual". Esa simple información suele estar codificada en términos de instinto, deseo, incluso educación sentimental, si me apresuran: se trata de conocer nuestro cuerpo y explorarlo para satisfacerlo, a solas o con otros. 

Parte de la angustia derivada del ejercicio de la sexualidad proviene de que es necesario enfrentarse al propio deseo, en aras de satisfacerlo con la participación del otro: exponernos al rechazo, a la situación ridícula que supone la adecuación al cuerpo de un nuevo amante, o simplemente a las contingencias físicas del cuerpo (exceso o inhibición de la respuesta sexual) difícilmente pueden presupuestarse. 

Por último, creo que sustituir la experiencia, el deseo, la curiosidad y la exploración en aras de una sexualidad "científica", apoyada por apps y gadgets a la medida, solamente contribuye a la fantasía cyborg de que el cuerpo humano se vuelva una prótesis de los smartphones. Pasamos demasiado tiempo recibiendo y respondiendo notificaciones como para que incluso el placer derivado del sexo se reduzca a estadísticas, gráficas, esquemas de productividad y rendimiento.

Si algo queda de crudo y bueno en este puerco mundo es la sexualidad: no dejemos que nos den su versión pasteurizada y mercantilizada.

Twitter del autor: @javier_raya

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Rindiendo tributo, encapsulando en la nostalgia los días idos en que había que rebobinar las películas, se encuentran las piezas de Zilvinas Kempinas (Lituania, 1969), hechas con rollos de cinta magnética de VHS. Este artista visual ha mezclado la obsolescencia de la cinta de video con la perdurabilidad del arte en una estrategia que quizá, en un futuro, ponga estas mismas en las vitrinas de un museo de historia.

Aprovechándose de los reflejos multicolores de las cintas y del sonido metalizado que las caracteriza, las piezas de este artista se valen de estas cualidades que todos recuerdan para mover el pensamiento unas cuantas décadas atrás. Al transitar un túnel creado por varios metros de cinta es imposible no rememorar el sonido de los reproductores de VHS, con su escándalo mecanizado y su necesario ajuste de la imagen. 

Estas instalaciones le han valido varios premios y reconocimientos internacionales, entre estos destacan la representación de Lituania en la Bienal de Venecia 2009, así como una exposición en el MoMA. 

Quién sabe qué recuerdos se encuentran atrapados en las cintas que utilizó este artista, uno sobre otro, borrados y regrabados: cenas familiares, videos musicales, las experiencias cotidianas de la década de los 80, una inquietante unión de lo trascendente y lo efímero, lo que es importante para unos pero totalmente nimio para otros.