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Numerosos reporten asignan propiedades sobrenaturales a los Hombres de Negro -su palidez cadavérica es sólo una de ellas

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Albert K. Bender era el editor de una de las primeras revistas dedicadas a la ufología, llamada Space Review; en octubre de 1953 publicó un pequeño anuncio en el que aseguraba haber resuelto el misterio de los OVNIs, pero había un pequeño problema: no le permitían divulgarlo. Y ese fue el último número de su revista. Bender eventualmente explicó sus motivos al escribir el libro Flying Saucers and the Three Men in Black, en el que cuenta que tres personas se le habían acercado, solicitándole que dejara de hablar sobre platillos voladores: es el primer reporte que se conoce sobre los Hombres de Negro, que llegarían a convertirse con el tiempo en una pieza clave del rompecabezas. La versión más conocida dice que son agentes de vaya uno a saber qué agencia de inteligencia encargados de contactar (y silenciar) a testigos de fenómenos y eventos vinculados con extraterrestres y objetos voladores no identificados --esa podrá ser, sí, la versión más popular, pero hay mucho más que visitas amenazadoras y conspiraciones en el mito.

En primer lugar, está la apariencia. Detrás de los anteojos, los rostros serios y los trajes negros, abundan los signos de pregunta. Hay algo extraño en los Hombres de Negro: la tonalidad de su piel, su manera de hablar, un aura particular. Sus voces y gestos son mecánicos, por lo que parecen robots, pero también se comunican telepáticamente; la tela de sus trajes posee un brillo extraño y hasta los vehículos en los que se desplazan (autos y helicópteros) emiten un halo lumínico violáceo en la oscuridad. Algunos testigos aseguran que los Hombres de Negro no se mojan al caminar bajo la lluvia y saben cosas sobre las personas que visitan que no deberían conocer --serían, después de todo, extraterrestres. La mayoría de las teorías, desde las más sensatas a las más esquizofrénicas, son variaciones de uno de estos postulados, agentes de la CIA o extraterrestres. Pero dependiendo de cómo analicemos el fenómeno OVNI podemos llegar a encontrar reportes y avistamientos anteriores; el estudio de investigadores serios como Jacques Vallee sugiere una serie de relaciones considerables entre el moderno mundo de la ufología y el de la experiencia religiosa y sobrenatural.

Habría un cúmulo de similitudes entre los encuentros con ángeles y vírgenes tan comunes en los 2 mil años de cristianismo y los encuentros cercanos del tercer tipo. La relación a veces se hace evidente, como en el caso del mago renacentista John Dee, pero a menudo se esconde en el contexto cultural. No parece haber nada en común entre un extraño ser de ojos almendrados y, digamos, la Virgen María. Pero en el medio de las abducciones y los exámenes rectales podemos vislumbrar una presencia femenina --Whitley Strieber se refiere una y otra vez en Comunion a la naturaleza femenina de uno de los “extraterrestres” que lo abducían una y otra vez sistemáticamente. Notaba compasión y algo parecido al amor en esa entidad a la que asoció con la deidad Ishtar; lejos de tratarse de una excepción, muchos relatan lo mismo. De hecho, muchos reportes de encuentros con extraterrestres son prácticamente idénticos a visiones de vírgenes y ángeles. El encuentro con el OVNI se presenta entonces como una versión actualizada y tecnológica de la experiencia sobrenatural primitiva --y la naturaleza real o alucinatoria del evento es lo que menos importa; muchas de las preguntas y respuestas seguirán siendo las mismas.

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Las similitudes aumentan cuando nos acercamos al mundo de las hadas: lejos de las hadas inocentes a las que nos tiene acostumbrados Disney, la tradición las muestra con rasgos y actitudes oscuras que reconoceremos de inmediato. Las hadas, antes del siglo XX, raptaban a los hombres, los secuestraban y estos desaparecían del mundo real. ¿El propósito? Las hadas necesitarían de los hombres para poder procrear. Un mito, claro. El mismo mito de los grises, una raza alienígena que supuestamente abduce a seres humanos porque a raíz de un problema en su ADN, no pueden hacerlo por sí mismos: nos necesitan para sobrevivir. Distinta terminología, distintos contextos, la misma experiencia. El hombre se ve arrancado de la realidad consensual, es llevado a otro mundo por una entidad en cierto modo femenina donde tiene una serie de experiencias sexuales, habitualmente contra su propia voluntad. Los primeros reportes de avistamientos de platillos voladores y seres de otros mundos cobran así otro color, ya que podemos extendernos al pasado y descubrir encuentros cercanos del tercer tipo mucho antes de que hubiera objetos construidos por el hombre sobrevolando los cielos.

La naturaleza real o “imaginaria” de estas experiencias no tiene importancia, a no ser que tengamos una agenda determinada como negar cualquier cosa que no podamos explicar sencillamente o que seamos uno de los productores de Ancient aliens. Durante milenios el hombre ha tenido experiencias que parecen proyecciones de su inconsciente, adoptando características de la época en la que ocurren. No importa que sean reales o alucinatorias, el valor es el mismo. Los nefastos Men in Black (y no lo digo solamente por las películas de Barry Sonnenfeld y Will Smith) se encuadran dentro del mismo contexto; el reporte de Albert Bender, real o ficticio, no sería el primero. Entre los detalles más curiosos que brinda el editor de Space Review se encuentra un rasgo que podemos reconocer de otro tipo de alucinaciones: olor a azufre. Pocos ufólogos toman en serio a Bender, un gran fanático de la ciencia ficción --pero, nuevamente, su caso no se trata de una excepción. Numerosos reportes asignan propiedades sobrenaturales a los Hombres de Negro --su palidez cadavérica es sólo una de ellas. Luego de tomar agua (porque les encanta el agua), al secarse la boca, el color de sus labios desaparece como si se tratara de maquillaje.

En el verano de 1977 Ann Cannady estaba preocupada y nerviosa, ya que en unos días sería operada de su cáncer de útero, cuando sonó el timbre de su casa. Su marido, Gary, fue a la puerta y se encontró con un Hombre de Negro. Nunca habían tenido ninguna experiencia sobrenatural ni que involucrara a seres de otros planetas ni agentes gubernamentales, pero ese hombre desconocido y vestido de traje negro, corbata haciendo juego, les pidió entrar. Les dijo que su nombre era Thomas, que lo había enviado Dios y que ella estaba curada. Su rostro era pálido, muy pálido --les pidió un vaso de agua y se fue. Ann volvió a hacerse los estudios y el cáncer había desaparecido; algo que podría parecer, otra vez, una anormalidad, no lo es. Hay numerosos reportes de personas contactadas por ellos para ser luego curadas de alguna enfermedad terrible. Los Hombres de Negro, sean lo que sean, independientemente de su origen, no siempre cumplen un rol amenazador y a veces su aparición es acompañada de lo que los cristianos llaman milagro. No necesariamente malvados, entonces, pero siempre misteriosos y definitivamente sobrenaturales.

La mayor pista es, por supuesto, el azufre. Si vamos más allá del contexto cultural, buscando coincidencias donde no parece haber más que distancia y hacemos de cuenta que se trata de nada más y nada menos que religiones comparadas, encontraremos que los Hombres de Negro no son otra cosa que demonios. Efectivamente, los reportes de contactos con los MIB son muy similares a las visiones de demonios durante la Edad Media y el Renacimiento y podríamos decir tranquilamente que son una única cosa. Podemos decir eso e imaginar una continuidad imaginal entre la experiencia humana en la Europa del Renacimiento y la cultura global del siglo XXI, una continuidad que exige que esos mismos conceptos, representen lo que representen, sean traducidos de una manera apropiada a la época. Donde se veía una entidad que cumplía un rol etérico y determinado en una compleja jerarquía espiritual, ahora se ve una entidad extraterrestre que trabaja en conjunto con agencias de inteligencia gubernamentales, donde había emanación ahora hay conspiración. La experiencia, de todos modos, es la misma; y el origen, sea este ficticio, espiritual, psicológico o sideral, también es el mismo.

Twitter del autor: @ferostabio

 

¿El porno nos ha vuelto adictos a la tortura física?

Por: pijamasurf - 03/02/2015

La educación sentimental de las masas está en manos de las pantallas: el futuro inmediato nos enfrenta a la posibilidad de ser nuevos romanos sumidos en la miseria existencial observando cómo otros seres humanos se destrozan física y emocionalmente para nuestro deleite

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En un famoso discurso, David Foster Wallace cuenta un chiste sobre dos pececillos que van nadando y se topan con un pez viejo que les dice “Hola, chicos, ¿cómo está el agua hoy?”, a lo que los pequeños responden “¿Qué es agua?”. Este pequeño koan sirve para ejemplificar nuestra cercanía y nuestra ignorancia respecto a la cultura de la pornografía; no se trata de estar “a favor” o “en contra” de las representaciones de los cuerpos de hombres y mujeres en la industria del entretenimiento y los medios sino de analizar las repercusiones que tienen en la sociedad. En pocas palabras, se trata de cuestionar el “agua” social en la que estamos inmersos, y tal vez ahogándonos.

Gail Dines es socióloga, feminista y autora del libro y documental Pornland: How Porn Has Hijacked Our Sexuality (Pornolandia: cómo el porno ha secuestrado nuestra sexualidad). Según su análisis, la prevalencia y accesibilidad del porno no es sólo un fenómeno de la industria del entretenimiento, sino parte de una estrategia política que busca desvalorizar los cuerpos de las personas y acostumbrarnos no sólo a ser partícipes de la tortura y la vejación sino a disfrutarla.

Cuando luchas contra el porno, luchas contra el capitalismo global. Los capitalistas de riesgo, los bancos, las compañías de tarjetas de crédito, todos están en la cadena alimenticia. Por eso es que nunca ves noticias contra el porno. Los medios están implicados. Se acoplan financieramente con estas compañías. El porno es parte de esto. El porno nos dice que no tenemos nada como seres humanos: límites, integridad, deseo, creatividad y autenticidad. Las mujeres se reducen a tres orificios y dos manos. El porno está inmiscuido en la destrucción corporativa de la intimidad y conexión, incluyendo la conexión con la Tierra. Si fuéramos una sociedad de seres humanos completos, conectados en comunidades reales, entonces no necesitaríamos ver porno. No podríamos ver a otro ser humano bajo tortura.

A menudo defendemos el derecho a ver porno y disfrutar de nuestro cuerpo como una ventana a las fantasías y zonas oscuras, acaso inconfesables, de nuestra psique; el problema es que la fantasía puede transformar la vida de otros en un infierno. Comenzó con la despersonalización de los actores y actrices de la industria porno, que terminaron siendo absorbidos por categorías al uso: ya no se trata de mujeres sino de teens y MILFS categorizadas según sus rasgos étnicos en rubias, morenas, negras, latinas o asiáticas, y según sus intervenciones quirúrgicas, en naturals o fake boobs. No sólo los senos, sino los rasgos faciales de las mujeres del porno comienzan a homologarse a medida que las cirugías continúan: labios gruesos, pómulos salientes, cejas enarcadas; cuerpos plásticos como estatuas, erecciones inducidas químicamente y vello púbico inexistente: el sexo de los ángeles. Pero como cualquier deportista de alto rendimiento, las estrellas porno también tienen un período de gloria y un largo retiro: sólo hay cierta cantidad de gang bangs y dobles penetraciones que el cuerpo de una mujer puede soportar. A veces aparecen noticias sobre exestrellas porno que deben someterse a reconstrucciones anales o vaginales luego de sesiones especialmente extremas de rosebudding, pues no se puede vivir del prolapso anal más que por cierto tiempo.

Pero la despersonalización no termina aquí: el caso de las estrellas porno sólo es más visible porque es más público, pero es el síntoma de la enfermedad del trabajo moderno: niños trabajando turnos de 14 horas en cada país del tercer mundo, alimentando la maquinaria turística y corporativa del capitalismo global. El porno sólo es la cereza perversa del pastel.

Si vas a darle a un pequeño porcentaje del mundo la vasta mayoría de la riqueza, más vale que tengas un buen sistema ideológico en orden que legitime el sufrimiento económico de todos los demás. Esto es lo que hace el porno. El porno te dice que la inequidad material entre mujeres y hombres no es resultado del sistema económico. Está biológicamente sustentada. Y las mujeres, al ser putas y perras y buenas sólo para el sexo, no merecen equidad completa. El porno es el vocero ideológico que legitima nuestro sistema de inequidad material. El porno es al patriarcado lo que los medios son al capitalismo.

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Algunas cifras son pertinentes para demostrar que el porno no se trata sólo del placer y el empoderamiento sino que, a partir de cierto punto, se ha vuelto una forma de explotación más:

  • Las ganancias de la industria mundial del porno se estiman en 96 mil millones de dólares.
  • El mercado del porno en Estados Unidos solamente vale 13 mil millones de dólares.
  • Existen 420 millones de páginas porno en internet y 4.2 millones de sitios web.
  • Se realizan 68 millones de búsquedas de porno en internet diariamente.

A decir de Dines, el porno tradicionalmente se dirige a un público masculino. Comenzó con la glamourización de revistas como Playboy y Hustler, que integraron la comodificación de la mujer al estatus de clase media alta. Este mismo proceso  atravesó por una curiosa democratización a medida que el formato cambió: de las revistas pasamos a los VHS (formato que, de hecho, fue adoptado masivamente gracias al porno), al DVD y de ahí al internet. En el curso de tres o cuatro generaciones, ver mujeres desnudas dejó de ser suficiente. ¿Pero qué pasa cuando necesitamos verlas siendo objeto de violencia y brutalidad?

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Alrededor de los 12 y 15 años desarrollamos nuestros parámetros sexuales. Llegas [a los chicos] cuando comienzan a construir su identidad sexual. Los tienes de por vida. Si comienzas masturbándote con pornografía cruel, violenta, hardcore, entonces no vas a desear intimidad y conexión. Los estudios muestran que los chicos están perdiendo interés en el sexo con mujeres reales. No pueden sostener una erección con una mujer real. En el porno no se hace el amor. Se trata de hacer odio. Él la desprecia a ella. Él está asqueado y molesto con ella.

Según la socióloga, este ciclo que comienza en la adolescencia no hace sino incrementarse y agravarse. No se trata de una enfermedad personal sino cultural, social y, en último término, económica: la incapacidad para enseñarnos a cuidar unos de otros produce un ansia destructora que el porno parece fomentar y satisfacer, sólo para volver a comenzar el ciclo.

La violencia, la crueldad, la degradación y el odio [también] se vuelven aburridos. Así que sigues incrementándolo. A los hombres les excitan las mujeres sumisas del porno. ¿Quién es más sumiso que los niños? La ruta inevitable de toda pornografía es la pornografía infantil. Y es por ello que las organizaciones que combaten la pornografía infantil y no combaten el porno adulto cometen un grave error.

Nuestros padres veían (o ven) porno; nuestra generación creció viendo porno, y probablemente nuestros hijos estarán expuestos a más cantidades de porno de las que existen actualmente en el planeta. Hay muchas preguntas qué formular, pero una de las más urgentes tiene qué ver con plantearnos seriamente si nuestro placer consumista bien vale una regresión histórica a los años previos a los derechos laborales, es decir, si estamos dispuestos a asumir que existen nuevas industrias de la esclavitud montadas para satisfacer los deseos de las clases medias endeudadas eternamente, y que mantener la pugna entre hombres y mujeres al interior de esa clase es un rentable negocio. Como dice Dines:

La pornografía ha socializado la observación de la tortura sexual en una generación de hombres. Uno no nace con esa capacidad. Se te debe entrenar para ella. De la misma forma en que entrenan soldados para matar. Si vas a cometer violencia contra un grupo primero tienes que deshumanizarlo. Es un antiguo método. Los judíos se vuelven ‘kikes’, los negros se vuelven ‘niggers’, las mujeres se vuelven putas [cunts]. Y nadie transforma a las mujeres en putas mejor que el porno.