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En un mundo de transacciones, donde al parecer quien más eficiente sea, más ganará, Amazon se impone mediante la estrategia de la construcción de relaciones sustentables y crecientes
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En Amazon hay una cierta lógica del poder, del valor y del sentido que me atrae.

Es curioso; crece sin pausa, como depredadoramente, y no gana dinero. Ni lo pretende, al parecer; o por lo menos, no pretende apurarse a ganarlo. Sí a crecer hasta lo inconcebible y lo más rápido posible.

Como en su momento Wikipedia, que se impuso a los dueños históricos de su espacio de actuación social con un gesto diferencial, tan sobrio como letal, Amazon ahora hace lo mismo. En un mundo de transacciones, donde al parecer quien más eficiente sea, más ganará, Amazon se impone mediante la estrategia de la construcción de relaciones sustentables y crecientes. No es que Amazon opere mejor –aunque tal vez lo haga, es que se relaciona más y mejor.

Wikipedia se impuso como el reservorio universal más grande de información del mundo (y probablemente hoy, hasta el de mayor prestigio) mediante la estrategia inesperada de abrirse al productor anónimo y descentralizado, de negociar con el consumidor su propio contenido. En realidad, alteró la definición de información (que a veces la queremos llamar conocimiento, pero eso es otra cosa); pero lo hizo sin aspavientos; un poco sin conciencia, me atrevería a decir. Lo hizo porque lo hizo. Y ahora lo hace Amazon, que se convierte en una de las más grandes transaccionadoras del mundo (¿serán hoy día más transacciones que las de Walmart?) mediante una estrategia oblicua, apoyada en conocer y vincularse con el comprador y no optimizar apenas el valor de lo comprado o comprable, o sea, de lo ofertado.

Son quiebres; puntos de inflexión. Disrupciones que abren y redefinen. Maniobras en las que la conciencia y la acción alternan su orden relativo y hay momentos en los que todo es lúcido, preciso y genial y otros donde las cosas se ponen oscuras, como si condujéramos en la niebla.

Amazon aplica una lógica de inversión que si no logras que te atraiga, te desesperará; o la amas o la odias. Reinvierte incesantemente como si jamás fueran a llegar ni el límite ni la hora cierta. A ciencia cierta, a eso ya no deberíamos ni llamarlo “inversión”. Amazon ha redefinido el concepto de inversión porque ya no lo liga al retorno, sino al poder.

Amazon monetiza, la de entidad financiera, al poder. Y eso me interesa. Al poder político, quiero decir. Al poder de incidir y transformar las prácticas sociales. Cambiar las maneras de nuestra sociedad. Y no es que con eso hace negocio, es que ese es su negocio. Como Facebook. Como antaño, Apple.

Creo que en el fondo hay un esquema conceptual relativamente simple que explica buena parte de todo esto. Todo depende de la relación conceptual entre la oferta y la demanda. ¿Quién manda?

El sentido común dice que la demanda manda. Que el proceso inicia en la genialidad o en la haraganería o en lo que fuera del que consume y que la oferta es una reacción más o menos eficiente a esa primera premisa que emana siempre de la parte demandante. Primero habla la demanda. Sin embargo, en muchos de los hitos que venimos siguiendo, el esquema conceptual se invierte y a partir de ahí todo se reconfigura. Cuando pasa a mandar la oferta, el paradigma cruje. Vemos cosas nuevas.

(Esto también pasa en política, dicho sea de paso).

La oferta que me interesa se constituye sin preguntar y sin oír; fundamentalmente, diría –porque la enunciación anterior no es totalmente verdadera, se constituye sin reaccionar, sino accionando. No sale al cruce de nada, sino que va en busca de algo. No es defensiva. Es una intención, un ímpetu y una definición ética. Empiezo por presentarme; me obligo a proponerte. Ahí vienen los Virgins, Amazons, Facebooks que tanto admiramos…

Y como venimos viendo, cuando la oferta se erige así, la que se subordina y se vuelve menos carismática es la demanda, que pasa a reaccionar, a plegarse, a acomodarse, a buscar agradar al oferente. A aceptarse como previsible. A resignarse a su miopía. A reconocer sus límites.

Amazon hace todo esto. No optimiza el supermercado, como summum de la reacción de la oferta a una demanda totalmente instalada; Amazon redefine el retail. Lo curioso es que todo está mezclado, incluso para ellos. Porque la vemos autodefinirse más de una vez como el supermercado perfecto (como se definió en sus comienzos como la librería más grande del mundo), cuando en rigor es otra manera de pensar el consumo. Insiste en presentarse como los que no son porque desconfían de que les entendamos. No les entendemos, pero les obedecemos y les compramos. Y eso es poder.

(Recordemos que Amazon nació como el desiderátum de la librería de libros físicos –optimizaciones de stock, oferta total, entrega justa, etc.-- y acaba siendo una instancia social decisiva para la redefinición no apenas de la manera de comprar lecturas, sino de leer mismo).

Amazon nos sorprendió y se sorprendió de sí misma; pero en lugar de retroceder, avanza. Esa actitud me atrae. Su vértigo la arroja, en lugar de recogerla. A veces puede ser que no sepa a dónde va, pero no deja de ir jamás. Y mientras experimenta, construye y define lo que la justifica. Y los financieros de siempre, que deploran este tipo de racional explicado así, acaban cayendo en su red mansamente, arrodillados ante el carisma del que no deja ni un instante de ir. Y le invierten.

Amazon nos conoce. Cultiva nuestra relación. Cada vez que le compramos, en lugar de hacer caja, reinvierte indagando y almacenando con inteligencia. Dice que lo hace para atendernos mejor y para satisfacernos mejor (“todo lo que pasa en Amazon está documentado e informatizado para que la empresa pueda adelantarse a las necesidades del cliente”, El País), pero en rigor lo hace simplemente para hacernos mejores. Cómprame de nuevo –parece incitarnos-- así nos conoceremos mejor. Ven, que lo que tu dejes en mí, volverá a ti. Ellos aprenden de su tráfico. Desagregan y concluyen con una inteligencia asustadora. Saben más de mí que yo mismo, claro; porque saben de lo que hay que saber, que no es de lo que yo digo, sino de lo que yo a cada rato, en cada situación, hago. Pero no siento perversión en esa lógica; ni tampoco –debo reconocer-- intromisión. No me siento espiado. No tengo miedo de Amazon. Ni de Wikipedia, valga la oportunidad. Confío en ellos porque no los veo un ardid, sino una intención abierta y audaz, que no es lo mismo.

Probablemente un día Amazon sea hegemónica. Y ese día, también, será de todos. ¿Hay algún problema con eso? ¿Alguien perdería entonces? Siento que no. Y en cualquier caso, vale la experiencia y vale también la tensión de cambio que todo esto incorpora en todo.

Twitter del autor: @dobertipablo

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El Inversor: Brasil y Finlandia (un comparativo ente modelos educativos)

Sociedad

Por: Pablo Doberti - 03/10/2015

Una comparación entre el modelo educativo finlandés y el modelo brasileño

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Voy a comparar dos párrafos de dos producciones muy diferentes, pero ambas muy representativas de sus referencias. Una, del modelo educativo finlandés que deslumbra al mundo; otra, de la idiosincrasia escolar brasilera, creciente y homogénea en la inmensa clase media del país.

Finlandia demuestra que hay otra manera de construir un sistema educativo que funcione utilizando soluciones que difieren de las políticas educativas impulsadas por el mercado. La vía finlandesa del cambio educativo es una manera que utiliza la confianza, el profesionalismo y la responsabilidad compartida. Este país nórdico es un ejemplo de una nación donde no hay inspección de las escuelas, no hay currículos estandarizados, no hay exámenes de alta exigencia y riesgo para los estudiantes, no hay rendición de cuentas basadas en pruebas y no hay una mentalidad de carrera hacia la cima con respecto al cambio educativo.

Eso de un lado. Y del otro lado:

… Sin embargo, gran parte de lo que se hace en la escuela tiene que ver con ideas, hechos y afirmaciones en las que sólo existe una respuesta correcta. Las palabras usadas en las clases y en los libros, deliberadamente sólo tienen una interpretación. Las preguntas de la buena escuela son ciertas o son erradas. Se evita el territorio del tal vez, del quién sabe y del punto de vista. Todo eso porque es necesario perfeccionar el uso riguroso de las palabras. (…)

Cuando se enamoran de esas turbias ideas, algunos profesores embeben a sus alumnos en la indisciplina del relativismo, del subjetivismo y de una falsa creatividad. Esos miasmas intelectuales envenenan el proceso de aprender a pensar con rigor.

El primer párrafo está escrito en 2010 y el segundo… anteayer. El primero pertenece al libro El cambio educativo en Finlandia; el segundo es un artículo editorial destacado en la revista Veja, la de mayor circulación e influencia de Brasil. Pasi Sahlberg firma el primero, educador envuelto en el proceso finlandés; Claudio De Moura Castro, economista, hace lo propio con el segundo, extracto de su artículo “Medio millón de ceros en ENEM” (Evaluación Nacional de Enseñanza Media).

Vivo en Brasil y me muevo en el mundo educativo de hoy. Por eso estoy tan preocupado con lo que leo. No me asombra tanto el asombroso párrafo del finlandés como el tóxico párrafo del brasilero. Me asombra y me apavora porque representa una idiosincrasia muy enraizada en nuestra cultura. Claudio me indigna a mi pero es cómodamente contiguo con la cosmovisión de sus millones de lectores brasileros. Él no es disonante; no podría serlo y ocupar el lugar que ocupa, en el medio que lo ocupa. Está ahí porque es representativo y refuerza los valores en los que cree fervientemente (perversamente, incluso). Es un positivista primate y tan recalcitrante que pondera como si fuera oráculo y dictamina como si fuera obispo. Claudio no arma un escándalo porque la filosofía de la que Finlandia huye a paso sistemático, en Brasil se refuerza a cada media hora.

En nuestras latitudes leemos al revés la afirmación finlandesa de que:

en la cultura, la política y los negocios –así como en la reforma educativa-- muchas culturas y sociedades angloamericanas han desarrollado una obsesión enfermiza con todo lo que es más grande, más duro, más costoso, más rápido y más fuerte. (...) Estos modelos ofrecen una reforma escolar inflada, cosmética, artificial y que, para aumentar el rendimiento, utiliza esteroides. (…) Esos modelos suelen prepararse para implementar modelos ajenos. En cambio, la vía finlandesa tiene que ver con la inspiración, la innovación y la responsabilidad colectiva. La vía anglo se refiere a ideas alquiladas para poner en práctica política ajenas, mientras que la vía finlandesa hace referencia a la toma de posesión y el desarrollo colectivo de la comunidad hacia sus propios fines y necesidades principales

…Y nos identificamos con lo anglosajón, como si fuera bueno.

Mientras que el finlandés –que hasta podría haber sido pedante y deberíamos haberlo aguantado-- es calmo, suave y prudente, el brasilero es pedante y está como enojado por no sé qué. Su impaciencia trasunta su ideología; necesita imponerse.

Pero no me preocupa él –insisto, me preocupan sus millones de adherentes. ¿Por qué Brasil es tan cientificista? ¿Por qué adora símbolos que no parecen ser los suyos y se hipoteca con ellos en ellos? (Digo que no parecen ser los suyos porque al mismo tiempo es un pueblo religioso, ritualista, crédulo, intuitivo y bellamente emocional). ¿Y por qué no se da cuenta y se refuerza cada día más en la educación con esteroides?

Tan raro es todo esto que a un nivel que no vi en otro país de Latinoamérica, en Brasil hay una figura educativa muy controversial y a la vez adorada por todos, como si fuese unánime y no lo es en lo absoluto. Paulo Freire. Es un dios expresamente ideológico que funciona como un fetiche y nadie se mete con él, ni le sigue; simplemente, lo reverencia. (Me recuerda al uso que hacemos de la imagen del Che Guevara). Y podemos imaginarnos qué quiere decir Paulo Freire al lado de las férreas afirmaciones de Claudio, ¿verdad? Inclusive, tal vez creo que hasta Claudio hablaría bien de Paulo, si le preguntáramos por él; Claudio y sus millones de lectores. Sin embargo, no hay contradicción para ellos; al contrario, hay demasiada coherencia. La clase media dominante en Brasil piensa exactamente lo que piensa Claudio, lo diga con más o menos soberbia. Es cientificista por principio y positivista por religión. Adora todo aquello de lo que Finlandia, con tanto esfuerzo y tanta convicción, se alejó: pruebas, controles, códigos, obligaciones, programaciones, etc. Finlandia cuida a sus niños de los riesgos de las evaluaciones punitivas y abrumadoras y en Brasil el ambiente se hace cada día más denso y el peso de las nubes grises sobre las cabezas adolescentes avisa tragedia. Si no, leamos de nuevo a Claudio, en el inicio de su artículo “Medio millón de ceros en ENEM”: “Los muchísimos ceros en redacción en ENEM están diciéndonos alguna cosa. ¿Qué será? Partamos de la hipótesis de que quien sacó cero es porque lo mereció…”. Y sentencia, al final de su artículo: “Quien no aprendió a usar las palabras no sabe pensar. Para el caso, no entendió las instrucciones para preparar su redacción. O no se las tomó en serio, lo que es peor”.

Este ambiente coercitivo, tenso y competitivo contrasta con aquel en el que no hay carrera hacia la cima, ni esquemas estigmatizantes, ni evaluaciones persecutorias. Y lo curioso es que aun así, gana –y gana sobradamente, como suele o solía ganar el Barça-- el segundo, el tranquilo, amigable, cándido y considerado segundo modelo finlandés.

Estoy preocupado. Vivo, trabajo y me desafío en estas latitudes y no en aquellas.

 

Twitter del autor: @dobertipablo