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Los mitos de la descalcificación de la glándula pineal y la función del DMT en el cerebro

Por: pijamasurf - 02/15/2015

¿Realmente se puede descalcificar la glándula pineal? ¿Cuál es la función del DMT endógeno que secreta la glándula pineal, además de producir escalofriantes viajes psicodélicos?

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Por lo menos desde la época de René Descartes, la glándula pineal ha estado rodeada de una serie de especulaciones que la han dotado de una potencia espiritual mítica. En la actualidad se han fusionado la idea del tercer ojo del hinduismo, el alma cartesiana y el DMT para alimentar la idea de que la glándula pineal es un centro visionario o espiritual en el cuerpo. En internet pululan innumerables sitios y maestros new age que ofrecen diferentes técnicas y dietas para activar la glándula pineal o descalcificarla, incluso refiriéndose a este misterioso órgano como un "micro-stargate" o una puerta hiperdimensional que nos conecta con mundos superiores.

Coexisten aquí grandes cantidades de charlatanería con un evidente misterio lleno también de coincidencias significativas. La glándula pineal semeja en forma y función a un ojo y se cree que podría ser un vestigio de un ojo reptiliano u ojo parietal; en el hinduismo se ubica ahí el sexto chakra, ajna y en el cristianismo el símbolo del cono de pino (que además parece obedecer a una secuencia Fibonacci) aparece en numerosas representaciones religiosas, incluyendo un cono de pino gigante en el Vaticano y en el báculo del Papa. Este órgano produce melatonina, la hormona que regula los ritmos circadianos y se encarga del sueño; como tal se puede extender la metáfora de que nos permite ver lo invisible o un mundo velado: el inframundo de los sueños. Y la más extraña, la glándula pineal se forma en el feto humano alrededor de 7 semanas después de la concepción; esto coincide grosso modo con los 49 días que el budismo tibetano marca como el tiempo que pasa un espíritu en el bardo antes de reencarnar. Coincidentemente, el doctor Rick Strassman, una de las pocas personas que ha realizado estudios clínicos con DMT, llama a esta sustancia psicodélica "la molécula del espíritu". He ahí todo un triángulo místico, un misterioso triángulo de Bermudas en el entrecejo: la glándula pineal, el tercer ojo u ojo del espíritu y el DMT.

En términos científicos sabemos que la glándula pineal produce melatonina a partir de la serotonina y contribuye a nuestro estado de ánimo y a la regulación de los ritmos circadianos. Cuando crecemos, la glándula pineal se calcifica; la calcificación es histológicamente invariable en adultos, aunque rara vez se observa en niños menores de 10 años.

Aun cuando se ha encontrado que el grado de calcificación de la glándula pineal es mayor en personas con Alzheimer, no existe información concluyente que muestre que la calcificación normal que se observa en la gran mayoría de la población tenga efectos negativos para la salud y mucho menos que una glándula pineal descalcificada permita una mayor percepción. Según el doctor Dennis McKenna, el hermano científico de Terence McKenna, no hay ciencia sólida que indique que la glándula pineal se des-calcifica, pero tampoco tenemos conocimiento de que la calcificación, dentro de un rango limitado, haga que la glándula pineal no funcione. Sí sabemos que ciertas toxinas, como puede ser el fluoruro, contribuyen a acelerar la calcificación de la glándula pineal, pero no existe información científica que señale precisamente qué sustancias o prácticas descalcifican esta glándula. Todo lo que tenemos son asociaciones no causales, como por ejemplo este estudio que muestra que la cúrcuma reduce los efectos de neurotoxicidad del fluoruro. Esto no es lo mismo que descalcificar la glándula pineal y es posible que su calcificación, en cierta medida, sea un proceso natural del envejecimiento. Dicho esto, también es probable que simplemente no se hayan hecho estudios suficientes a este respecto, ya que no suelen conseguirse fondos para hacer investigaciones de temas que yacen en las fronteras de la ciencia, revestidos de un cierto aire paranormal y que suelen provocar los prejuicios del mainstream académico. 

Cuando la gente habla de abrir el tercer ojo y activar la glándula pineal se habla sobre todo en términos metafísicos o simbólicos, se refiere a una anatomía de la imaginación y de lo numinoso. Esto no necesariamente se debe reflejar químicamente en un órgano. Lo cual, por otro lado, tampoco significa que no exista un tercer ojo y un cuerpo energético, espiritual o sutil que pueda trabajarse con diferentes técnicas. Significa simplemente que estos cuerpos tienen diferencias y sus correspondencias pueden mantenerse sólo simbólicamente --y para nuestro conocimiento actual son un misterio. Comer zanahorias o visualizar la energía de Metatrón seguramente no te hará descalcificar tu glándula pineal, pero eso no significa que no pueda tener ciertos beneficios, muchos de los cuales (al menos en el caso de la energía de Metatrón) puede que no sean cuantificables. Decimos que la glándula pineal, el tercer ojo y su descalcificación son "míticos" no en un sentido peyorativo, sino bajo la comprensión de que lo mítico no es mentira ni tampoco verdad solamente, es algo más, se remonta a lo misterioso y al origen de las cosas. Por otro lado, las personas que buscan desarrollar su percepción extrasensorial quizás deberían de intentar también dirigir su atención al corazón, el órgano donde diferentes tradiciones místicas ubicaron la imaginación; "el ojo del corazón" era considerado el ojo que permitía ver los mundos angélicos de los cuales la imaginación es la interfase.

En el caso de la función del DMT endógeno, el doctor Dennis McKenna y un grupo de investigadores han encontrado una serie de posibles funciones que van más allá de tener una droga ilegal en nuestro organismo que suele producir visiones místicas. Aunque desde la publicación del libro de Strassman, The Spirit Molecule, se había asumido que la glándula pineal secretaba DMT, no fue sino hasta hace poco que se estableció esto (un ejemplo de cómo las leyendas urbanas pululan en el mundo de la psiconáutica, más allá de que se confirmen científicamente o no; otra de ellas es que el DMT se secreta cuando morimos, algo que por el momento no tiene base científica).

Los investigadores han encontrado que el DMT puede "influir positivamente en la inmunorregulación y postponer la recurrencia de tumores. En esencia, el DMT es probablemente un participante natural en un mecanismo biológico de recuperacion". Estos hallazgos coinciden con el valor medicinal que tradicionalmente se le ha dado a la ayahuasca sugiriendo que, entre otras cosas, el DMT que contiene este brebaje es responsable de la acción curativa que se ha observado en numerosos casos.

Otro estudio halló que el DMT es un regulador del receptor Sigma-1, lo cual genera la pregunta de si el DMT actúa como una molécula señalizadora en el cerebro o es sólo parte de las vías de biosíntesis periféricas. Esto es, en otras palabras, si puede considerarse o no un neurotransmisor. A diferencia de la morfina, que también es una molécula psicoactiva endógena que actúa como neurotransmisor, los investigadores concluyen que no existe evidencia aún de que el DMT sea un neurotransmisor en el sentido preciso del término.

Los científicos consideran que el DMT debe de tener una función más importante y evolutivamente coherente que sólo producir alucinaciones --sobre todo porque no se tiene conocimiento de que el DMT endógeno pueda secretarse de manera natural en las cantidades necesarias para provocar algo equivalente a un viaje de DMT como el que se obtiene cuando se fuma dimetiltriptamina. De aquí el interés por la aparente inmunorregulación de la llamada "molécula del espíritu". Sin embargo, ciertas personas especulan que algunas de las grandes teofanías de la historia podrían haberse generado por el DMT endógeno brotando en momentos nodales en el cerebro de los profetas. Entre las razones que se suelen escuchar en la web informal sobre por qué no podemos suscitar actualmente una secreción psiocactiva de DMT se suele especular que es porque tenemos la glándula pineal calcificada; otros señalan que esto se debe a nuestro estilo de vida, específicamente la cantidad de luz artificial de la vida moderna que, sabemos, afecta la producción de melatonina. Sobra decir que el misterio del DMT y la glándula pineal se mantiene abierto.

 

Creer en un mundo justo puede hacer que apoyes el autoritarismo y la injusticia

Por: pijamasurf - 02/15/2015

Si el mundo es justo y nosotros somos buenos, ¿por qué nos enfermamos, sufrimos o, simplemente, somos impotentes para prevenir el "mal"? Lo verdaderamente monstruoso sería que el mundo fuera justo y los tiranos en serio fueran engranes del movimiento "natural" de la Historia

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La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo.

Platón (Critón)

La historia me absolverá.

Fidel Castro

Es un supuesto lógico (y físico, por lo demás) que a toda acción corresponde una reacción: a los niños les explicamos que existen consecuencias positivas y negativas según el tipo de comportamiento que se adopte, porque necesitamos hacerles creer que su acción en el mundo lleva una dirección, a saber, la del bien. ¿Pero qué pasa cuando esos niños crecen y le echan una ojeada a las noticias, sólo para darse cuenta de que cosas horribles y aparentemente inmerecidas le ocurren a gente buena, mientras que personas sin escrúpulos obtienen recompensas económicas y políticas?

La primera acepción de justicia, según la RAE, es “dar a cada uno lo que le corresponde”. El problema es que, bajo ese supuesto, debemos pensar que a los pobres les corresponde ser pobres, a los enfermos les corresponde ser enfermos, a los corruptos corruptos, etc. Las religiones y los discursos políticos tienden a normalizar la desigualdad social a través de esta aparente “justicia”, donde el mundo es como es y hay poco campo de acción para cambiarlo. Darle sentido al sufrimiento ajeno es la base del pensamiento político y religioso: se le llama “sacrificio”.

Los vicarios de la justicia se apresuran a enarbolar explicaciones complicadas sobre por qué cada cosa en el mundo es como es, en vez de ser de otro modo —y hasta cierto punto, es normal. De lo contrario no podríamos creer que vale la pena estudiar, trabajar, ahorrar para nuestro retiro, tener hijos, etc. Es necesario creer que nuestro esfuerzo será recompensado a pesar de que no tenemos ninguna garantía de ello, para que el mundo tenga algún sentido; lo paradójico es que, para creer que nuestro esfuerzo rendirá frutos, debemos aceptar que el sufrimiento de los demás también es efecto de sus acciones.

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Esta postura es la preferida de los conservadores y derechistas de todo el mundo: las víctimas se lo buscaron; la falda de la chica era muy corta; no debían estar a esa hora en ese lugar; seguramente estaban en malos pasos; tenían vínculos con el crimen organizado; no debieron meterse en lo que no les importaba; la libertad de expresión tiene un límite. En lugar de exigir una autocrítica profunda de las fuerzas policíacas y de la actuación judicial, los medios de comunicación tradicionales enseñan al público que las cosas malas que le pasan a la gente siempre tienen una explicación lógica —es decir, justa.

Esto no es una simple ocurrencia: el experimento clásico de conducta compasiva de Lerner y Simmons (1966) parte del supuesto de que la empatía por el sufrimiento ajeno nace espontáneamente de los observadores —pero también, la justificación de dicho sufrimiento. Los participantes (que no sabían que estaban siendo evaluados) escuchaban a una mujer sufriendo descargas eléctricas como castigo a su pobre desempeño en un test de memoria; si a los participantes se les daba la oportunidad de aliviar el sufrimiento de la persona, lo hacían. Lo interesante era cuando los participantes debían observar impasiblemente el sufrimiento ajeno, y poco a poco la empatía y la compasión se transformaban en la certeza de que la víctima seguramente no era tan inocente.

Según los investigadores, “ver a una persona inocente sufrir sin posibilidad de recompensa o compensación motivaba a las personas a devaluar el atractivo de la víctima para darle sentido consistente a su destino y carácter”.

La creencia en un mundo justo, finalmente, puede explicar la emergencia de un régimen autoritario y el ejercicio del poder absoluto: el ascenso de Hitler al poder y los poderes del Estado de excepción que fueron aprobados en su favor, se basaban en la idea de que Hitler era un reformador que buscaba proteger a Alemania de sus enemigos; Stalin pensaba que “la muerte de un hombre es una tragedia, pero la de millones es estadística”; del mismo modo, Felipe Calderón Hinojosa, expresidente de México, llegó a decir que la muerte de civiles durante la infructuosa guerra contra el narcotráfico debía considerarse como “daños colaterales”.

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En otras palabras: para blindarnos psicológicamente de un mundo injusto, creemos en los líderes políticos y religiosos que son capaces de asegurarnos cierta coherencia lógica en medio del caos, a pesar de que sus respuestas al caos sean deshumanizantes y, paradójicamente, provoquen mayores injusticias que las que buscan prevenir.

Un acercamiento más lúcido a la naturaleza del mundo es que los eventos están regidos por un azar indiscutible; que no existe una consonancia entre las acciones de una persona y su destino ulterior con una certeza irrebatible. En otros términos: que no existen certezas. Líderes comunistas como Mao Zedong y Fidel Castro pensaban que la crueldad de sus políticas estaba justificada como tributo o sacrificio para el futuro del socialismo: "No se puede hacer un omelette sin romper algunos huevos" y "La historia me absolverá" son coartadas lógicas que sirven tanto para la opresión comunista como para la desigualdad capitalista.

¿Debemos, por ello, conformarnos con vivir en un universo caprichoso donde no tenemos injerencia alguna en los eventos? En absoluto: es precisamente porque vivimos en tiempos de gran incertidumbre política y moral que debemos encontrar sentido a la comunidad. Hay gente "buena" en la cárcel y gente "mala" en el Senado, pero es preciso creer que podemos hacer algo al respecto para modificar la balanza del azar.

Nuestros ancestros en las cavernas crearon instituciones sociales (políticas y religiosas) para protegerse de un medio hostil y mortal; con el entendimiento acumulado en miles de años de civilización, deberíamos estar mejor capacitados para encontrar soluciones a los nuevos retos —soluciones que no recaigan en la varita mágica de la política partidista y los gurús superacionales.