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Artista transforma fotografías viejas en monstruos surrealistas de la era victoriana (FOTOS)

Arte

Por: pijamasurf - 02/20/2015

Las pinturas de Colin Batty son un ejemplo de la ingeniería de la imaginación reconstruyendo el mundo; cada una de estas fotografías provenientes de la época del imperio victoriano fue modificada y pintada a mano para ser transformada en monstruos cuasi-humanos y quimeras surrealistas

Drácula, Frankenstein, Jack “piernas de resorte” y el fantasma de Hammersmith son algunas de las criaturas amorfas y espectros espeluznantes que reinaron en las leyendas de las calles góticas en la Inglaterra victoriana, a principios del siglo XIX. La lucha filosófica entre la verdad y la mentira, el bien y el mal o lo sacro y lo profano fueron los péndulos de la literatura y las leyendas que causaban horror en la época, al mismo tiempo que reflejaban una metáfora interesante sobre los miedos y las contradicciones del alma por repeler las condiciones ortodoxas en las que se vivía. Los monstruos, las quimeras o los sujetos cuasi-humanos peligrosos, resultaron ser la proyección en vida de los horrores de la vida cotidiana y un fantástico ejemplo de la imaginación trastornada del hombre que no descansa ni un momento, distorsionando todo lo que encuentra a su paso, como si la realidad necesitara ser reconstruida en el océano de la mente. 

Las pinturas del artista Colin Batty son un ejemplo de la ingeniería de la imaginación reconstruyendo el mundo; cada una de estas fotografías provenientes de la época del imperio victoriano fue modificada y pintada a mano para ser transformada en monstruos y criaturas surrealistas que ponen a trabajar a nuestro cerebro y a pensar en cuál podría ser cada una de sus historias: tal vez una deformidad después de haber contraído la peste, o quizás los efectos de la revolución industrial, alteraron genéticamente a las personas de estas imágenes. 

Colin es un artista inglés con sede en Manchester. Algunos de sus trabajos alternos más reconocidos inmiscuyen al excéntrico Tim Burton (en Mars Attack) y a los afamados diseños del Alien y el depredador que Colin esculpió para la película.

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Arte

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Foxcatcher (Bennett Miller) es una cinta sobre la esencia de Estados Unidos, representando al sistema económico global que controla todo militarmente y la manera en la que arrasa de igual manera con el individuo común y hasta con el talentoso

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Foxcatcher constituye tanto un análisis profundo de personajes como el de una sociedad; aparentemente en una presentación de película deportiva climática, se torna rápido en una tragicomedia sobre las pasiones humanas. Mark Schultz (Channing Tatum) es un hábil luchador de lucha libre olímpica (grecorromana) que en una secuencia inicial dirige un discurso a unos niños estudiantes en una escuela sobre lo que significa ganar una medalla olímpica, como lo ha logrado él hace 3 años durante las Olimpiadas de Los Ángeles. Reflexiona sobre lo que es ganar, siendo esto la esencia de los Estados Unidos de América (la ironía de Miller asoma) que se alza ideológicamente a la luz de la virtud. Al firmar el cheque por su participación escolar (20 dólares), es confundido por su hermano que también ganó medalla; poco tiempo más tarde conoceremos la relación entre los hermanos, siendo vital para la trama. El dinero del cheque lo gasta Mark torpemente en una hamburguesa de un restaurant de cadena de comida rápida, la devora como el más exquisito manjar. Entre la plática y la manera como actúa con el dinero Mark, ya va significando en gran manera pictóricamente lo que se dice y lo que se hace en esta postura americana criticada. 

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Mark ha entrenado toda la vida con su hermano David (Mark Ruffalo), que es mayor y le ha enseñado gran parte de lo que sabe, pero un  buen día es contactado por gente misteriosa que representa al multimillonario John du Pont (Steve Carell), miembro de una de las familias con más dinero en el país, fortuna fabricada en la creación de armamento militar. Mark llega en helicóptero con du Pont, quien en la primer cita en su mansión le habla sobre la confianza que debe tener uno antes de empezar cualquier pelea, hay que estar verdaderamente seguro de que se va a ganar. Du Pont es un entrenador, amante del deporte de la lucha olímpica, que quiere hacerse cargo del entrenamiento de Mark para la siguiente olimpiada. Du Pont se define como un observador de aves y como un patriota antes que nada; es en este discurso de personaje donde la tragicomedia se dibuja y el espectador se puede liberar con la risa un poco. Es esta postura de la película la que le da su carácter crítico sobre las empresas millonarias que simplemente tratan de cobrar lo que el individuo destacado logra en el deporte o las artes, comprar el reconocimiento que parece ayuda, con su famosa filantropía de portada de revista que los transforma en respetable institución a los ojos del mundo.  

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Desde ese punto en adelante Mark y du Pont (un Carell fuera de serie, más allá del fastuoso maquillaje) inician una relación padre-hijo de donde Mark obtiene toda la confianza para subir su juego, y se muda a la mansión con un bungalow para él solo. Mark, un poco lavado del cerebro, habla con su hermano sobre cómo el problema del país es que la gente joven no tiene moral y lo invita a ayudarlos, pero él no acepta a la primera, no le resulta suficiente el concepto de un país americano de ganadores. Foxcatcher nunca deja de ser una exploración de la figura paterna: en varios sentidos, es el lugar del padre el que du Pont le quita a David, y el hermano lo vuelve a recobrar.

A estas alturas del partido nos vamos dando cuenta de que el director Bennett Miller está realizando, película tras película, un meticuloso retrato de los Estados Unidos de América y sus enormes contradicciones, de cómo se pierde entre sus tradiciones mal entendidas de valores antiguos que sus patriotas forjaron en la Constitución, gente como George Washington, en una realidad actual sostenida en la sobreexplotación corporativa exagerada, con una confianza absoluta en la máquina/sistema. Miller Inició su carrera fílmica con su documental personal que lo catapultó en Sundance, producido por el mismo con 0 dólares de presupuesto, The Cruise (1998), que también fotografió. Donde Timothy “Speed” Levitch, casi un indigente, que nunca nos permite estar enteramente seguros de qué tan bien está de sus capacidades mentales, menguando de conductas francamente infantiles a momentos de lucidez cerca de la iluminación budista, trabaja brindando tours turísticos gracias a un cerebro privilegiado que contiene toda la información histórica de la ciudad de Nueva York. Alardeando al mismo tiempo de los lugares, personajes famosos, escritores sobresalientes que vivieron en los lugares menos imaginados, a cuestiones políticas que tienen que ver con la explotación del hombre, y sobre el dominio del tiempo por las corporaciones, también de la libertad espiritual en lo que él denomina la actividad del cruising, algo así como la navegación; decorando los monólogos con pasajes de su filosofía personal. “Speed” menciona en distintos momentos geniales frases coqueteando con la lente de la cámara, como por ejemplo:

He aprendido lentamente en mis navegaciones que no puedes esperar que la gente cambié en una tarde. No van a reescribir sus almas, y revivir cada día que han vivido  antes de subir al camión de doble piso. Y sin embargo espero que reescriban sus almas en una tarde y que ese viaje en el camión, esa navegación, se vuelva el primer día de sus vidas. 

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En su primer película de ficción, con un estimado presupuesto modesto para Hollywood de 7 millones de dólares, dirigiendo estupendamente al recientemente fallecido Philip Seymour Hoffman, y catapultándolo a la fama, que interpretó al complicado escritor intelectual Truman Capote, en el momento que deja el underground y define la novela de no ficción con su libro A sangre fría. La película narra cómo Capote acude a los lugares originales donde se efectuaron todos los asesinatos en Kansas, para escribir un libro fuera de serie. La cinta tiene mucho más que ver con los lugares, y la manera como el estrato trabajador permea de una forma a otra al intelectual rebuscado. Bennett maneja veladamente ideas subversivas como la de los asesinos como sensibilizadores sociales, a través del ejercicio de Truman Capote, mientras nos va demostrando que es un gran director de actores. La música de Mychael Danna, continuo colaborador de Atom Egoyan, termina de brindar a los paisajes bucólicos de la Americana su contexto sagrado, en un apocalipsis mediático. 

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Bennett siguió sin continuar un camino obvio, ni siquiera un camino erróneo como muchos tras los dólares, que en su siguiente película contó con la cuantiosa suma para el tipo de proyecto de 50 millones de dólares, adaptando otro libro de no ficción. Con la sólida presencia de Brad Pitt en la pantalla en un papel protagónico, quien interpreta a Billy Beane, manager de los atléticos de Oakland, quien termina aplicando un sistema computacional para analizar sus contrataciones de jugadores y subir a su equipo en el ranking. Una vez más tenemos la oportunidad de comprender lo que Bennett está intentando hacer, en una operación mayúscula. El sistema es una máquina y el hombre la ha inventado, con pensamientos de control y triunfo, para generar ganancia sobre la competencia; el baseball es el deporte por excelencia en Estados Unidos, y viene de las raíces del país; controlarlo por medio de una máquina es simplemente la continuación de la lógica de la máquina sobre el individuo. Conforme a un avance en el sentido piramidal, una máquina va siendo necesaria para definir al humano.  

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Curiosamente las películas de Bennett hacen dinero en taquilla, y son referencia en contra de los blockbusters de superhéroes, y monstruos, siendo al mismo tiempo películas de superhéroes y monstruos de forma indirecta. Nuevamente con la música de Mychael Danna y ahora con la contribución fotográfica de Wally Pfister (continuo colaborador de Chris Nolan) podemos trascender la película deportiva, en una ecuación económica y sobre todo, un drama existencial humanista.

Conforme avanza Foxcatcher, los problemas psicológicos de du Pont van surgiendo, su bipolaridad y sadismo entre otras cosas, sus carencias que detonan en escenas explosivas, Mark que no es alguien que esté al 100% de sus facultades mentales se va afectando, inclusive con una adicción grave a la cocaína que hereda de su coach John du Pont, a quien le gusta ser apodado por sus amigos como águila o águila dorada, para quien pronto no es suficiente tener únicamente a Mark a su disposición y hace todo lo posible para conseguir que su hermano Dave venga a entrenar a sus luchadores, en  completo aislamiento pero acompañado de su familia. 

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Hay un escena en particular que captura la esencia del segundo acto, du Pont pasa por Mark a su bungalow lo despierta y lo obliga a entrenar por la madrugada en un gimnasio a media luz, obscuro. Du Pont tiene a Mark inmovilizado, boca abajo, mientras le hace una llave pero esta apoyado con su sexo sobre las nalgas de Mark. Es como si lo estuviera penetrando con ropa, es una representación de la jerarquía sobre la masa de la población explotada, es obvio que Mark se puede liberar de la llave y atacar a su adversario, pero de forma moral está entregado a esta persona que le paga demasiado, le brinda todas las comodidades, pero sobre todo parece que lo ama como un padre, es aquí donde Mark no tiene más remedio que ser un esclavo.  

Bennett Miller nunca se ha aproximado al cine desde un sentido que no sea el de partir de una realidad, en Moneyball, adaptó de manera original la novela del mismo nombre Moneyball: El arte de ganar un juego injusto escrita por Michael Lewis, que narra los sucesos en el denominado “rey de los deportes”. Y para Foxcatcher, fue aproximado por un extraño con un folder lleno de recortes de periódicos del caso de los Schultz, que decía haber sido un allegado de la familia, quien pensaba que era buen material para una película que Miller podría dirigir exitosamente, y no se equivocó. Miller comentó en una entrevista que fue importante renunciar al sensacionalismo que causaban ciertas anécdotas, ciertos sucesos y centrarse en crear la emoción que conectó con él como historia del caso, alejándose del efectismo que sabía podría funcionar en una audiencia con éxito, haciendo posible esa profunda sensación que se lleva el espectador al ver terminados los créditos de la cinta, en la obscuridad de una sala multiplex de algún centro comercial. El realismo alcanzando en la realización de Miller es importante como un estilo para comunicar, muchas veces parece que tiene varias cámaras, y es que compone con exactitud a los personajes en el cuadro de cada toma en cortes en movimiento a continuidad, en otras que son de acción pura sí utiliza más de una cámara, por lo que pude observar. La manera de componer es decididamente documental, o falsamente documental, pero nos da la sensación de realismo necesaria para poder entrar en los cuestionamientos morales extremos que Miller realiza. No podemos mirar cómo creció John du Pont pero lo podemos oler por la manera como actúa con sus luchadores, al igual que con sus empleados y clientes en la industria armamentística que vienen a presentarle armas de alto calibre para destrucción masiva. 

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La relación con su madre, Jean du Pont (Vanessa Redgrave), amante de los caballos, es particular antecediendo su conducta; para ella, la lucha libre olímpica es una actividad poco seria, burda y vulgar, du Pont resiente su opinión sobremanera. Hay un personaje vital para que el sentido de veracidad tan buscado por Miller sea logrado, y es la incorporación en la producción de un documentalista que en realidad trabajó con el verdadero du Pont en ese entonces y que se convirtió en asesor del proyecto de Miller, brindándole el material que grabó entonces. Aparece en una escena de la cinta hacia el final, grabando un documental que hace parecer que el trabajo lo hacía du Pont y no David. Que también es una reflexión del poder del cine para interpretar una realidad para una audiencia que entiende los hechos como se le presentan, así nos enseñaron historia  y así se enseñará de forma distinta a generaciones posteriores, si el poder tiene otras intensiones. Es así como la cinta maneja los sucesos finales de naturaleza oscura humana con resonancias obvias en un sistema como en el que vivimos, piramidal y sin consenso alguno, donde la lógica de lo real se va borrando, las necesidades así lo exigen para la parte superior de la pirámide sobre el grueso que lo sostiene (nosotros). 

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La cinefotografía de Greig Fraser (Mátalos suavemente, La noche más oscura), ayuda en mucho a  captar este hiperrealismo en la puesta en cámara de Bennett Miller, con personajes que parecen ser de la vida cotidiana, en una realidad de los 80 perfectamente vestida y decorada, la luz es impecable para sentir el lugar y la temporada, además de los sentimientos que prevalecen. Los arreglos para piano y cello por parte del músico Rob Simonsen, básicos para comprender la nostalgia por un país que se perdió en su propia esquizofrenia/hipocresía: el imperialismo y la búsqueda por la libertad individual; un tiempo que definió la deshumanización del aparato burocrático mundial, del mundo que se vive hoy en día. Si queremos generar un cambio lo primero es entender dónde estamos parados y en este sentido mucho se le empieza a deber al director fuera de serie Bennett Miller.

Fuentes

https://thedissolve.com/features/interview/818-foxcatcher-director-bennett-miller-on-the-essentia/

http://blogs.indiewire.com/theplaylist/interview-director-bennett-miller-talks-foxcatcher-and-wrestling-with-the-american-dream-20141113?page=2

Twitter del autor: @psicanzuelo