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6 ilusiones que gobiernan el mundo (y tu vida, si lo permites)

Por: pijamasurf - 02/07/2015

La realidad es la convención social que acepta una comunidad. ¿Pero cuándo aceptamos que nuestro tiempo no vale, que somos enemigos de los desconocidos, y que poseer y acumular nos hace mejores?

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Parecería una obviedad afirmar que el mundo no siempre ha sido lo que es hoy. Las sociedades del pasado se han transformado, para bien y para mal, en muchos aspectos, y la creación colectiva de una sociedad global no es la excepción: aunque el mundo de nuestros días sea inspirador y aterrador, el flujo de información y el intercambio de esta a velocidades antes inimaginables puede darnos la sensación de que hemos llegado a un punto de “estasis”, o de balance, donde pocas cosas de nuestro entorno pueden cambiar. En suma, somos el resultado de un bombardeo constante de medios publicitarios que nos dicen qué desear y cómo obtenerlo, porque hay poderosos intereses económicos en que las cosas sean tal cual son.

El problema es que vivimos en un mundo conformista si permitimos que un puñado de marcas dirija el curso de nuestras vidas a través de la disposición del ingreso; si permitimos que el gobierno utilice el terror para afianzar su autoridad; si permitimos que la alteridad se diluya en favor de una aséptica homologación de todas las formas de vida a través de la corrección política del discurso.

En suma, todos perdemos si aceptamos como una segunda naturaleza las ilusiones corporativas del mundo actual.

A menudo pensamos que las ilusiones son cosas que no existen o que no pueden existir, pero en este caso se trata de esos “crímenes perfectos” que Jean Baudrillard nos enseñó a identificar: ficciones operativas que rigen el mundo y los destinos políticos a través de la propagación estratégica de mentiras y verdades veladas. La especulación bursátil utiliza modelos matemáticos que en realidad no están respaldados físicamente (p. ej. Carlos Slim y los 10 peces gordos más gordos del mundo no podrían retirar en efectivo sus fortunas de los bancos simplemente porque no existe tanto dinero impreso); los gobiernos presumen un arsenal militar cientos de veces mayor al necesario para barrer con toda la población del mundo, mientras la industria del entretenimiento toma la forma de un norte moral para la juventud.

Conformismo del mundo comercial: compra y sé parte.

Las ilusiones son aspectos de la realidad que parecen fijados para siempre y como tallados en piedra; su gran triunfo sobre la mente es dar la sensación de que son “naturales” (como el matrimonio por conveniencia entre democracia y capitalismo), de manera que cuestionarlos es difícil. Pero no imposible.

A continuación free-jazzeamos sobre algunas ilusiones puestas sobre la mesa por el buen Sigmund Fraud de Waking Times, para ponerlas a prueba:

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1. La ilusión de la ley

Seguir la ley se considera una obligación moral, a pesar de que los gobernantes a menudo den muestras de ser los mayores corruptores de las leyes que juran defender. Las balanzas de la justicia se inclinan siempre en favor de quienes tienen suficiente dinero para quitarle el velo de los ojos a la justicia.

Los niños necesitan leyes y límites para aprender hasta dónde pueden exponer su deseo, de manera que aprendan a convivir y crear consenso con los demás para realizarlo. Pero son pocos los países, si acaso existe alguno, donde la gente puede decir que la ley representa efectivamente su voluntad, y donde dicha ley se sigue al pie de la letra. Los gobernantes de la Antigüedad crearon sistemas de gobierno basados en la ejemplaridad de la conducta individual; la excelencia divina era un modelo a seguir para los gobernados. Los gobernantes de hoy requieren hacer uso de la fuerza bruta para hacer valer una autoridad que sus acciones no respaldan.

2. La ilusión de felicidad y prosperidad

La cosmética solía ser el arte iniciático de representar en el cuerpo los atributos divinos, a través de una búsqueda espiritual. La cosmética, hoy en día, puede resumirse en la acumulación imparable de objetos accesorios; los centros comerciales son catedrales donde los fetiches sagrados son venerados y codiciados y el sistema se nutre de esta hambre de novedad, sin la cual sería imposible mantener funcionando el sistema de créditos.

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El sistema financiero está construido de manera que la infinita riqueza de algunos se mantenga a través del endeudamiento de la mayoría: mientras tengamos cosas nuevas y brillantes seguiremos creyendo en nuestra propia prosperidad. Una dimensión donde la abundancia real de salud, equidad y relaciones sanas entre las personas sea la regla nos parece utópica, y en cambio nos parece “natural” que poblaciones enteras del globo (maquilas en Ciudad Juárez, sweatshops en Bangkok) queden estancadas en el subdesarrollo para financiar nuestra prosperidad.

3. La ilusión de libre elección y libertad

La libertad de nuestros días está dividida en opciones de consumo: eres “libre” de elegir tu compañía celular, el restaurante de comida rápida donde comes, el plazo de algunos créditos, tu destino de vacaciones. Sin embargo, sigues siendo esclavo del sistema en la medida en que debes seguir pagando un celular, comida rápida, créditos y diversiones procesadas y empacadas previamente.

En política sucede lo mismo: la democracia partidista, secuestrada por intereses económicos, se divide artificialmente en facciones que en apariencia se oponen, pero que en la práctica protegen sus privilegios mutuamente. Cada partido, sin importar su color, representa un pensamiento político arcaico, corrupto en tanto ha conseguido permanecer en el poder, y cínico, pues es incapaz de establecer autocrítica respecto al podrido sistema que representa.

4. La ilusión de la verdad

Los medios de comunicación nos han acostumbrado a una búsqueda impura de la “verdad”, presentando opiniones de expertos (nuevos gurús) en toda clase de tópicos. El trasfondo es que si la TV declara que algo es verdad, entonces la opinión contraria es disidencia. Otra mentira del sistema: la superabundancia de certezas, cifras, análisis y presupuestos que nos hacen sentir que comprendemos, pero que evitan que nos involucremos.

La verdad, o su búsqueda honesta, debe plantearse correctamente las preguntas antes que ofrecer respuestas apresuradas y al por mayor.

El orden social depende de un consenso, no importa que tan artificial sea este. Mantenernos informados sobre las vidas de celebridades es la manera que encuentra el sistema para que no prestemos atención a los verdaderos problemas, ni nos involucremos en soluciones.

5. La ilusión del tiempo

“El tiempo es dinero”, ¿cierto? Falso: el tiempo es la experiencia de tu vida, definida por Fraud como “una manifestación siempre evolucionante del ahora”. Confundimos horarios con el tiempo, y confundimos nuestra vida con los horarios. Hemos sido entrenados desde pequeños para basar nuestra experiencia subjetiva del mundo en calendarios y relojes, siempre pensando en lo que no hicimos en el pasado y lo que todavía no hacemos en el futuro. No existe una verdadera educación sobre qué hacer con el momento presente.

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El sistema se beneficia de esa indeterminación, pintándonos panoramas hermosos o terribles del futuro, para mantenernos perpetuamente desfasados con respecto al devenir: les interesa que seamos máquinas productivas y bien aceitadas, que produzcan sin cuestionar, y está dispuesto a darnos algunos pequeños privilegios para compensar el tiempo que perdemos trabajando. No pueden vendernos lo que no queremos comprar.

José Mujica, expresidente de Uruguay, suele decir que no compramos las cosas que necesitamos (y las que no necesitamos) con dinero, sino con el tiempo de nuestras vidas que pasamos ganando ese dinero. Ese tiempo es vida y, por lo tanto, es invaluable.

6. El apartheid social

El término separateness en inglés no arroja buenos equivalentes en español; la palabra Afrikaans para separateness, sin embargo, es apartheid, y su significado es ominosamente universal.

Se trata de la estrategia militar por excelencia: “divide y vencerás”, pero en un nivel social. La ilusión del apartheid social es uno de los triunfos más sofisticados del sistema, pues nos ha hecho creer que estamos en competencia con nuestros semejantes, e incluso contra la naturaleza, transformando la vida en una continua batalla.

Piensa por un momento en tu peor enemigo, en tu competidor acérrimo, en la gente que más detestas: lamento que tengas que enterarte de esto en una página web, pero necesitas a esa persona no sólo para conocer tu propia medida como ser humano (la ilusión de apartheid es, sobre todo, una mentira del ego para inflarse a sí mismo) sino también para crear una comunidad global donde la alteridad radical no sea una utopía: un pensamiento donde quepan todos nos permitirá imaginar un planeta donde la vida humana no esté en pugna consigo misma ni con la naturaleza. Afrontar ese reto (básicamente, asegurar las condiciones de sobrevivencia humana) es tarea de todos, y no va a resolverse por sí misma.

Curiosamente, las 3 drogas más mortales son... legales

Por: pijamasurf - 02/07/2015

El sentido común parece ser completamente ajeno a los criterios para definir qué drogas son legales y cuáles criminalizadas

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La mentada "guerra contra las drogas", inaugurada hace precisamente 1 siglo, esta fundamentada en innumerables absurdos. Pero al tener a los medios, corporaciones y gobiernos de su lado, parece que puede prescindir del sentido común; simplemente sigue adelante, consumiendo cantidades irrisorias de presupuesto y nutriendo extrañas, por no decir sombrías, intenciones.

Más allá de los patéticos resultados que esta cruzada ha arrojado a lo largo de su ya centenaria historia, otro de los más notables absurdos que involucra la guerra contra las drogas son los criterios bajo los cuales se define qué sustancias combatir y cuales autorizar. Es decir, si el criterio son los índices de mortandad o el grado de amenaza que una determinada sustancia representa para la salud humana, ambos criterios, que podrían responder a un sentido común, son olímpicamente ignorados.

Y es que si las anteriores fuesen las variables a considerarse al momento de condenar una sustancia a la ilegalidad, entonces de pronto nos percatamos de que las tres más nocivas y mortales, de acuerdo incluso con estadísticas oficiales, pueden circular libremente entre millones de manos, auspiciadas por multimillonarias industrias que lucran con su consumo. Nos referimos al alcohol, el tabaco y los analgésicos industriales. 

De acuerdo con información de los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) del gobierno estadounidense retomada por el sitio VOX, las "drogas" más letales son, por mucho, esas tres (y no el LSD, la marihuana o los hongos alucinógenos). Por ejemplo, durante 2011 se registraron oficialmente en ese país más de 480 mil muertes por males asociados al tabaquismo, 26 mil 654 ligadas al consumo de alcohol y 16 mil 917 al consumo de analgésicos. 

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En el caso del tabaco, y esto a pesar de las múltiples medidas que autoridades alrededor del mundo han adoptado para acotar su consumo, la cantidad de muertes sigue siendo notable, pues se acerca al medio millón (estas cifras son sólo en Estados Unidos). Pero si consideramos que cerca de 9% de estas corresponde a fumadores pasivos, entonces el fenómeno es aún más alarmante. 

Por otro lado, en cuanto al alcohol, la cifra de más de 26 mil muertes en realidad es bastante conservadora, ya que sólo toma en cuenta muertes por problemas de salud directamente relacionados con el consumo etílico. pero no podemos ignorar que también existen miles de decesos asociados a la práctica de beber, por ejemplo los accidentes automovilístico bajo la influencia del alcohol, que de ser considerados elevarían la cifra a cerca de 90 mil muertes. Y esto sin mencionar que, de acuerdo al National Council on Alcoholism and Drug Dependence, 40% de los crímenes violentos se cometen bajo la influencia de esta sustancia. 

Finalmente, en lo que se refiere a los fármacos, el número de muertes, aunque menor al de tabaco y alcohol, demuestra un incremento considerable durante los últimos 15 años.  

Ahora, regresando a la pregunta inicial, todo parece indicar que los criterios que las autoridades emplean para determinar qué sustancias serán prohibidas no son particularmente amigos de la lógica o el sentido común. Y, cabe aclarar, tampoco se trata de desestimar el hecho de que si el consumo de heroína fuese publicitado y promovido mediante monumentales campañas de marketing entonces quizá aparecería en primer lugar de la lista, pero ello no exime de responsabilidad a esas autoridades que dicen protegernos de sustancias peligrosas y que en realidad se rigen por variables que poco tienen que ver con nuestro bienestar.

De hecho la solución difícilmente está en la nueva prohibición de más sustancias, sino en el control de las mismas y en campañas educativas que revelen los verdaderos efectos y consecuencias de su consumo, sin importar que con ello afecten intereses corporativos y multimillonarias agendas.