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Sobre la evidencia física de los implantes alienígenas en abducidos

Por: pijamasurf - 01/09/2015

El caso de los implantes extraídos es fascinante y, de ser verídico, se podría considerar como evidencia científica de la existencia alienígena en la Tierra

 

Implantes alienígenas

Es impresionante la cantidad de información “oficial” sobre el fenómeno OVNI que se ha facilitado gracias a los reportes de ufología en todo el mundo. El Archivo Nacional del Reino Unido, por ejemplo, publicó tan sólo en 2013 una amplia gama de información en pdf que va desde testimonios de avistamientos, fotografías y dibujos hasta incluso pruebas de contacto humano con seres extraterrestres. El año pasado, la NASA reunió a científicos, teólogos, filósofos e historiadores para discutir la forma de preparar al mundo para el contacto extraterrestre, ya sea que se trate de organismos microbianos o de seres inteligentes. Quizás un temor engendrado tras obtener las últimas investigaciones que apenas hace unos días se dieron a conocer, y que versan sobre la existencia de ocho nuevos cuerpos celestes, dos de ellos similares a la Tierra. La cuestión de si existen seres extraterrestres o no ha cambiado. En realidad ahora nos preguntamos si podrá existir contacto humano manifestado públicamente en un futuro cercano.

Diversos factores han mantenido vigente la idea de que la relación humano-extraterrestre se ha dado desde siempre. Por ejemplo, factores como las extrañas marcas en el cuerpo y los implantes extraídos de las personas que afirman haber sido abducidas. El caso de los implantes extraídos es muy fascinante y de ser verídico se podría considerar la evidencia científica de la existencia alienígena entre nosotros. El doctor Roger Leir, especialista en podología, -y podría decirse que la persona más conocida en lo que respecta a la extracción de implantes extraterrestres-, afirmó realizar 17 operaciones quirúrgicas en las que extrajo objetos sospechosos de ser “implantes”. Según el doctor Leir, una particularidad alucinante es que estas supuestas incrustaciones del tamaño de una punta de lápiz eran de naturaleza magnética, y algunas poseían una frecuencia demasiado alta para su dimensión. Otros objetos examinados tenían en común fragmentos de meteoritos; metales como el galio, germanio, platino, rutenio, rodio e iridio. También se observó una "desviación de níquel de raciones terrestres que el laboratorio de análisis no podía explicar, contenidos de níquel con una relación isotópica que no se conocía en la Tierra”, afirmó Leir.

Según el doctor en Filosofía Química-Física Alex Mosier, quién examinó las piezas junto con Leir, se encontraron fibras muy similares a los nano-tubos de carbono, lo que sugiere que los fragmentos fueron diseñados o fabricados: "No encontrarías estas cosas en la naturaleza. Tienen que ser procesados, requieren de ingeniería compleja y no son fáciles de fabricar". 

Estos objetos también han sido científicamente investigados por algunos de los laboratorios más prestigiosos del mundo, como Los Alamos National Lab, New Mexico Tech y la Universidad de California en San Diego. Esto, claro, es lo que  nos dice Leir, y no se puede descartar que se trate de un elaborado hoax.

El doctor Leir, quien también desempeñó un trabajo como médico consultor en la Mutual UFO Network, afirmó que las personas de las que extrajo estos objetos extraños no tenían cicatrices visibles normales o interrupción en la integridad de la piel. No había signos de inflamación, pero los rayos X mostraban la incrustación, lo cual le parecía casi imposible. El especialista en podología falleció el 14 de marzo de 2014 (paradójicamente, por una lesión en el pie), por lo cual sus estudios no pasaron de realizarse con un presupuesto limitado que impidió entender más a fondo los hallazgos y descartar con más información el escepticismo.

Hasta ahora, la medicina ha tenido fobia con respecto a las pruebas que inmiscuyen a la ufología. Son muy pocos los científicos y médicos que se han atrevido a introducirse en el tópico, sobre todo por el desprestigio profesional que ello conlleva. Sin tener por el momento certeza de lo que está pasando en el universo es difícil, pero no imposible, asumir estos veredictos.

El colectivo The Search for Extraterrestrial Intelligence (SETI)  nos da una estimación de sólo 20 años para descubrir vida en otros planetas. Si consideramos la espeluznante preocupación de los gobiernos por darle mayor peso a disciplinas como la exopolítica (derechos universales y no humanos), habría que estar al tanto de todos los enigmas que la ciencia está revelando. Un implante alienígena ya no sonará tan ilógico.

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Así se ve la delicada relojería de tu cerebro cuando odias a alguien

Por: pijamasurf - 01/09/2015

La relojería del odio está basada en zonas de actividad e inhibición dentro del cerebro: nos preparamos para la agresión física, tenemos una idea borrosa de quiénes somos, nuestro juicio se nubla, nos volvemos incapaces de reír. Los neurólogos buscan en el odio el lado oscuro --pero necesario-- del amor

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Nuestro mundo es arrasado continuamente por oleadas de odio: existen aquellas manifestaciones de odio que se institucionalizan --como el nazismo-- y otras más locales, incluso familiares, esos odios personales y solemnes que guardamos para nosotros mismos, como un pan podrido en el pecho. ¿Pero dónde exactamente podría encontrarse este "pan podrido" del odio en la topografía cerebral?

En 2008, Semir Zeki y John Paul Romaya realizaron un estudio sobre el odio a nivel cerebral. A falta de otra metodología en un campo apenas tocado por la ciencia, le pidieron a sus voluntarios que observaran fotografías de personas que considerasen "neutrales", y posteriormente, que observaran otras de individuos a quienes odiaban.

¿Pero cómo notar el odio en los scaners de resonancia magnética? El odio, además, puede ser --como el amor-- de muchos tipos. Hay odios de raza y religión o, como sugiere el doctor Zeki, "un individuo puede trazar su odio hasta una injusticia pasada, y así encontrar una fuente justificable para él".

Los investigadores se dieron cuenta de que el odio producía --o era producto de-- zonas de actividad cerebral y otras de inactividad. Así, las zonas del cerebro como la corteza premotora (que se activa cuando tenemos sentimientos de agresión) se activan, pues parte de nosotros se siente agredida a un nivel físico; sin embargo, zonas como el giro frontal superior (que regula los accesos de risa) se inhiben como parte del circuito del odio.

[caption id="attachment_86810" align="aligncenter" width="636"]El giro medio frontal está implicado en la conciencia de sí y la toma de decisiones. Es una de las zonas involucradas tanto en procesar el amor como el odio. El giro medio frontal está implicado en la conciencia de sí y la toma de decisiones. Es una de las zonas involucradas en procesar tanto el amor como el odio.[/caption]

La corteza premotora está involucrada también en este espinoso mecanismo: esta entrará en alerta cuando nos preparamos para ser atacados físicamente, por lo que es de vital ayuda en caso de peligro; sin embargo, el odio hace que sintamos en alguna medida que ese ataque físico tendrá lugar aunque las circunstancias sean improbables.

Lo curioso es que el putamen y la ínsula también entran en juego cuando experimentamos amor. Estas zonas nos permiten reconocer el gusto o disgusto en el rostro de los demás; pero el putamen se activa también cuando "conspiramos", es decir, cuando imaginamos o planeamos actos agresivos. Se ha sugerido que el putamen puede ser el lado oscuro del amor: la parte que activa los celos como mecanismo imaginario de defensa frente a una agresión que no tiene lugar en realidad (como compensación, por ejemplo, frente a la amenaza de un rival amoroso).

Este estudio asumió de entrada que el odio siempre está dirigido hacia algo. Por decirlo así, no existe un "odio puro", sino que siempre está motivado por un agente externo a la propia psique, aunque sus motivaciones puedan ser profundamente personales. Esta disparidad entre el agente y las motivaciones de la emoción es lo que aporta la irracionalidad propia del odio, a pesar de que los científicos estén tratando de ligarlo a instintos antropológicos arcaicos.

Algunos antropólogos han tratado de relacionar el odio con una forma primitiva de comunidad: un mecanismo para justificar el despojar a otras tribus de recursos que no podían conseguir de otro modo. Pero la inhibición del giro superior frontal --que regula la conciencia de sí y la risa-- también induce a comportamientos obsesivo-compulsivos cuando odiamos a alguien. El odio en animales presenta --al menos desde Darwin-- el problema de describir emociones desde parámetros antropocéntricos, por lo que no podríamos sacar mucho en claro. Sin embargo, observar a nuestro cerebro en acción podría ayudarnos a desprogramar comportamientos dañinos que nos afectan individual y colectivamente. Tal vez descubramos que el odio y el amor son la misma fuerza ciega y que está en nosotros aprender a dirigirla (y ser dirigidos por ella).