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Estás consciente sólo 5% del día: hoy es buen momento para reprogramar tu mente (VIDEO)

Por: pijamasurf - 12/30/2014

Somos el resultado de nuestros primeros 7 años de educación, pero no tenemos que pasar el resto de nuestra vida siendo rehenes de ideas ajenas

El doctor Bruce H. Lipton es un importante divulgador de la experiencia consciente. Puede parecer una obviedad, excepto cuando tomamos en cuenta el hecho de que pasamos sólo 5% de nuestro día a día en la mente consciente; el otro 95% lo pasamos en "la programación", en el contenido automatizado de la mente, o por decirlo así, en piloto automático.

En su intervención de UPLIFT 2014 (cuyo extracto puede verse en inglés en el video anterior), Lipton se encarga de decirnos de manera convincente que la principal función de nuestra mente es hacer que nuestras creencias y preconceptos se transformen en "realidad" coherente.

Si pensamos que la realidad es un constructo complejo del que participamos solamente 5% del tiempo es más fácil comprender por qué la educación, la ideología y los valores familiares y sociales juegan un papel tan preponderante en nuestra vida; en realidad pasamos la mayor parte de nuestra vida ejecutando un "software espiritual" que no nos pertenece o que no hemos hecho nuestro, que no hemos cuestionado.

Esta introducción es una buena oportunidad para pensar cuántos aspectos de nuestras vidas en realidad pasan a través de nosotros sin que nos demos cuenta: nuestros gustos, nuestras aversiones, nuestras "ideas", nuestras ocurrencias, en fin, nuestra experiencia subjetiva de vida, en realidad es parte del programa educativo y sociocultural en el que fuimos formados. Pero si pensamos por un momento que nuestra mente tiene la capacidad de aprender y reprogramarse, podemos comenzar a borrar de nuestro sistema operativo todo aquello que no nos pertenece, que no nos beneficia, y que no ayuda a la evolución individual y colectiva de la que somos parte.

"Odio el Año Nuevo", la diatriba de Antonio Gramsci contra el optimismo de este día

Por: pijamasurf - 12/30/2014

¿Sería posible mantener todos los días la expectativa con que iniciamos un Año Nuevo? ¿Qué tal si ese entusiasmo lo trasladamos a todas y cada una de nuestras mañanas?

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Es probable que el nombre de Antonio Gramsci no sea del todo conocido para muchos. De hecho, es posible que sea un completo desconocido. Esto a pesar de que hace algunos años fue uno de los pensadores más importantes en los circuitos del marxismo. Siempre desde este enfoque, Gramsci escribió notables reflexiones sobre política, educación y estética; a él se debe, por ejemplo, la noción de “intelectuales orgánicos”, la cual define a las personas que con su oficio esencialmente intelectual contribuyen a legitimar una estructura hegemónica de poder, sin importar que esta sea o no justa para la mayor parte de la sociedad. Por su inclinación política, Gramsci fue encarcelado por el régimen de Benito Mussolini, lo cual al final precipitó su muerte.

Pero más allá de su posición ideológica, Gramsci también destacó por ser un gran escritor. Al formarse en una cultura especialmente rica, la italiana, Gramsci desarrolló un estilo sensible y preciso, el cual puso al servicio de un pulso vital que llamaba a enfrentar las adversidades, a pensar más allá de lo establecido y, en fin, a trabajar cotidianamente por hacer de este un mejor lugar para vivir.

Ahora presentamos un fragmento tal vez excéntrico dentro de lo que podríamos esperar de un marxista, pero el cual, después de todo, retoma el pensamiento crítico habitual de esta corriente. Se trata de una diatriba contra el Año Nuevo, esa fecha que estamos celebrando ahora casi de la misma manera que la celebramos cada año: con esperanza e ilusión, con cierto pesar por el transcurrir del tiempo, también con regalos y clichés. Algo que, reunido, “da náuseas”, para usar una expresión del propio texto. ¿Por qué? Porque, en cierto sentido, cada instante es un inicio. Y si no cada instante, al menos cada mañana. Esa es la propuesta de Gramsci. Que nos aliente no el cambio de año, sino el cambio de día. Que cada vez que despertemos descubramos, como Proust, que "la creación del mundo no tuvo lugar al principio, esta sucede todos los días”.

A continuación, el texto:

Cada mañana, cuando me despierto otra vez bajo el manto del cielo, siento que es para mí año nuevo. De ahí que odie esos Años Nuevos de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y previsión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión. Estos balances hacen perder el sentido de continuidad de la vida y del espíritu. Se acaba creyendo que de verdad entre un año y otro hay una solución de continuidad y que empieza una nueva historia, y se hacen buenos propósitos y se lamentan los despropósitos, etc., etc. Es un mal propio de las fechas. Dicen que la cronología es la osamenta de la historia; puede ser. Pero también conviene reconocer que son cuatro o cinco las fechas fundamentales, que toda persona tiene bien presente en su cerebro, que han representado malas pasadas. También están los Años Nuevos. El año nuevo de la historia romana, o el de la Edad Media, o el de la Edad Moderna. Y se han vuelto tan presentes que a veces nos sorprendemos a nosotros mismos pensando que la vida en Italia empezó en el año 752, y que 1192 y 1490 son como unas montañas que la humanidad superó de repente para encontrarse en un Nuevo Mundo, para entrar en una nueva vida. Así la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia sigue desarrollándose siguiendo una misma línea fundamental, sin bruscas paradas, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora. Por eso odio el Año Nuevo. Quiero que cada mañana sea para mí Año Nuevo. Cada día quiero echar cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día previamente establecido para el descanso. Las paradas las escojo yo mismo, cuando me sienta borracho de vida intensa y quiera sumergirme en la animalidad para regresar con más vigor. Ningún disfraz espiritual. Cada hora de mi vida quisiera que fuera nueva, aunque ligada a las pasadas. Ningún día de jolgorio en verso obligado, colectivo, a compartir con extraños que no me interesan. Porque han festejado los nombres de nuestros abuelos, etc., ¿deberíamos también nosotros querer festejar? Todo esto da náuseas.

[1º de enero de 1916, periódico Avanti! (recogido en el libro Bajo la Mole – Fragmentos de Civilización); traducción tomada del sitio gramscimania.info.ve]