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Huella de esclavitud: ¿cuántos esclavos trabajan para ti sin que lo sepas?

Buena Vida

Por: pijamasurf - 11/30/2014

Una cadena desapercibida nos une con 27 millones de esclavos. El sitio Slavery Footprint te permite conocer cuántos esclavos trabajaron para que pudieras tener el nuevo iPhone o regalarle un diamante a tu novia

chain_330x170Contrariamente a lo que nos dicen orgullosamente los dioses ideológicos de la modernidad (la democracia, la igualdad, el capitalismo, etc.) hoy en día existen una gran cantidad de esclavos --personas que más allá de en teoría ser libres, experimentan su vida desde la esclavitud, forzosamente desempeñando trabajos que merman su salud sin poder de elegir hacer otra cosa. Actualmente se calcula que existen 27 millones de esclavos. Personas de bajos recursos que son explotadas en las industrias de la manufactura de gadgets y vestimenta, la minería de diamantes y otros minerales raros, en la construcción de ciudades para multimillonarios en el desierto o forzadas a trabajar en la prostitución.

El sitio Slavery Footprint realiza una loable labor computando datos de organismos internacionales siguiendo la cadena de elaboración de más de 400 productos de consumo global para calcular la inadvertida cadena de esclavitud en la que participamos como consumidores. Puedes ahí calcular el número de esclavos a los cuales empleas indirectamente según tu tipo de alimentación, tu uso de aparatos tecnológicos, adquisición de joyería o vestimenta. Aunque el cálculo difícilmente es exacto, sirve para darnos una idea del tipo de economía en el que estamos inmersos y de cómo nuestros actos de consumo --en una falsa distancia-- afectan prácticas inhumanas que se realizan en países del otro lado del mundo. También para tomar conciencia de cómo populares marcas que nos atraen tanto con sus brillantes productos simplemente se desentienden de la responsabilidad que tienen al utilizar materiales y componentes que son ensamblados bajo condiciones de esclavitud.

Visita Slavery Footprint para conocer tu huella de esclavitud.

La aparente contradicción de dos condiciones se funde en estos excéntricos personajes que son, al mismo tiempo, miembros de dos comunidades totalmente opuestas: el judaísmo ortodoxo y el glamouroso mundo de las drag queens

En los últimos años la expresión de la sexualidad ha conocido una apertura que, aunque existió en épocas anteriores, quizá no era del todo visible. A la dicotomía un poco simplona de homosexual/heterosexual que, con distintos nombres, casi siempre se usó para clasificar las prácticas en torno al sexo, ahora se ha sumado una gama mucho más amplia que intenta dar cuenta de todo aquello que los sujetos buscan cuando intentan dar cauce a su deseo (o su goce).

Este es un poco el caso de las drag queens, un término difícil de precisar lingüísticamente pero, paradójicamente, sumamente claro en la realidad. En efecto: por un lado, la etimología de la expresión se debate entre el inglés y el gitano, pues hay quienes aseguran que “drag” es el acrónimo de “Dressed Resembling A Girl” (“vestido parecido a una chica”, utilizado como indicación teatral) pero, por otro, también se dice que la palabra podría derivar de ciertos dialectos romaníes en donde a la falda se le llama “daraka” o “jendraka”. En cuanto a “queen”, igualmente se trata de una alusión femenina.

Pero si bien, como decíamos, puede ser que expresiones como esta sean conocidas o incluso públicas, todavía pueden considerarse marginales en la medida en que su campo de acción es más bien limitado. En cierta forma, el discurso social de la “tolerancia” crea territorios de excepción en donde lo “anormal” es permitido mientras se mantenga dentro de esas fronteras.

¿Pero qué pasa cuando lo excéntrico deja esas márgenes y toma una posición privilegiada, en donde no puede no verse? De alguna manera ese es el caso de algunas drag queens que a esta elección de vida suman otra circunstancia personal: la ortodoxia judía a la que pertenecen o en la cual se formaron parcialmente.

Aunque suene increíble o imposible, existen hombres travestidos que reivindican también su condición judía, a pesar de que esta religión, como casi todas, condena moralmente la homosexualidad y cualquier otra práctica sexual ajena a las normas. Lady SinAGaga (sobrenombre que conlleva una ingeniosa aliteración de “sinagoga”) y Yudi K son algunas de estas drags que han causado cierta conmoción dentro de un mundo caracterizado por su rigurosidad y el intenso apego a las tradiciones.

Irónicamente, para Jayson Littman, fundador de Hebro, una organización que apoya y celebra la homosexualidad dentro de la comunidad judía, el referente para toda drag está más cerca de lo que cualquier judío ortodoxo quisiera creer; al respecto, dice Littman:

Ser un personaje drag se trata al final de crear una personalidad enorme, exagerada, y la mayoría de los gays judíos tienen el modelo perfecto para imitar esto: nuestras madres.

Quizá una comunidad funcione también como esos sistemas matemáticos que conforme se desarrollan terminan por generar su propia contradicción, sólo para evidenciar que esta es, a la postre, un elemento del propio modelo que nunca debió no considerarse.