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¿Cuántas de estas novelas interminables has terminado de leer?

Por: Javier Raya - 11/15/2014

Por su dificultad estilística, por sus referencias cultas o locales, por su exigencia inverosímil o por el gozo de la demora, estas son algunas de las novelas que más personas comienzan, pero menos acaban

Las razones por las que decidimos abandonar un libro son tan numerosas como las razones por las que llegamos a los libros. Este conocimiento obviado por obvio, sin embargo, puede enfocar nuestras pautas de lectura desde otra perspectiva. Baudelaire celebraba "la gloria de no ser comprendido", pero ese destino parece haber sido fijado en piedra para la escritura en la modernidad, y su penoso trance complementario.

John Sutherland cuenta que el profesor de literatura George Levine anunció un buen día que iba a cancelar sus clases para encerrarse a leer tres meses para leer Gravity's Rainbow, la novela de Pynchon. El abandono o la distancia del mundo, desde esta perspectiva, es menos la torre de marfil que la celda en el claustro: lo que se abandona es el mundo por los libros, no a los libros por el mundo. 8 horas al día, durante 3 meses, Levine se sumergió en una novela que muchos dan por leída, pero que pocos han transitado enteramente. Emergió con una sola declaración, pero inapelable: "Thomas Pynchon es el novelista más importante de los Estados unidos en este momento", declaración que pocos lectores están en posición de refutar.

En este contexto habría que preguntarse por el mérito de "acabar" una novela, de leer todas las palabras contenidas en un libro. Recuerdo una escena en la biblioteca de Jacques Derrida; la documentalista descubre que entre sus libros, Derrida tiene un volumen de Anne Rice y su saga vampírica. Afirma que no lo ha leído, que se lo regalaron en un seminario sobre vampiros y zombies que dictó alguna vez. Le preguntan --como a cualquiera que tiene un área de la casa más o menos dominada por libros-- si en verdad ha leído todos. La pregunta no es por la competencia de la lectura, sino por el "logro deportivo", me parece. La respuesta de Derrida es genial: "No, sólo he leído dos o tres. Pero los he leído muy bien".

La tentación de los TOP 10, como en las antologías, es la de verse en la necesidad de clasificar y compartimentalizar el conocimiento para hacerlo transitable, mediante el riesgo de seccionarlo, parcelarlo, enclaustrarlo, osificarlo o hacerlo pasar por la verdad. Sin embargo, ciertos riesgos son inevitables (una lectura sin riesgo es una contradicción). Aquí una breve propuesta de ciertas novelas cuyo "abandono" es constante, pero que establecen un pacto de lectura diferente que trataremos de establecer --o sondear-- en cada caso, sin proponer ningún tipo de prioridad:

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Paradiso, de José Lezama Lima

Paradiso y Opiano Licario son los dos monumentales ejercicios narrativos del cubano Lezama Lima, y cumbres del neobarroco en español. Como otras cumbres, sus laberintos retóricos y sus nutridas referencias la hacen intransitable para algunos, y un continuo ejercicio de recomienzo y abandono para otros. Son novelas para leer durante la vida.

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El hombre sin atributos, de Robert Musil

Una de las novelas más citadas pero menos leídas es esta de Musil. Su tonelaje en cuanto a páginas es ya en sí mismo una fuerza gravitacional. Sin embargo, al tratarse de una obra inacabada (Musil muere antes de terminar y parte de ella se publica de manera póstuma), tampoco existe una forma en que lógicamente se pueda abandonar: toda lectura será, por fuerza, inacabada, como exige la obra misma.

Farabeuf, de Salvador Elizondo

La velocidad de la tortura es la inmovilidad de un instante, y Farabeuf es la crónica de ese instante interminable. La descripción de una auténtica "tortura china" (ver imagen) es el pretexto (es decir, lo que en rigor se pone antes del texto) para retrasar lo más posible el tiempo --para alargar lo más posible la vida y el aliento. Disfrazada de un lenguaje clínico, esta novela interminable --como varias de Elizondo, incluyendo El hipogeo secreto-- son joyas de la narrativa mexicana prácticamente inexploradas en nuestros días. En tiempos donde la tortura y el dolor están en todas partes, Farabeuf es un empeño necesario.

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes

Otro monumento verbal en nuestro idioma, "el Quijote" es parte de la cultura en el habla misma: aplicamos el adjetivo "quijotesco" con la misma celeridad que lo "kafkiano", tan poco entendido, y hablamos del capítulo de los molinos o el de los pastores como si en serio nos hubiéramos topado con ellos andando por la calle. Sin embargo, leerlo de pé a pá es algo que pocos especialistas (y un número considerable de lectores no profesionales) han realizado.

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Moby Dick, de Herman Melville

Tarde o temprano, cuando nos pregunten "¿Cómo te llamas?" tenemos la tentación de responder "Llamadme Ishmael". Pero seguir las aventuras del Pequod puede marear a los marineros de agua dulce. Concuerdo con el diagnóstico de Sutherland: los primeros capítulos (hasta antes de embarcarse) y los capítulos finales son lo que sostiene a la novela y evita que se vaya a pique (¡si podemos exigirle tal cosa a una "obra maestra"!).

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Ulysses y Finnegans Wake, de James Joyce

Las novelas ilegibles por excelencia (la primera por sus novedosos procedimientos formales, la segunda porque se trata de un idioma creado ex profeso para contar una historia más bien banal), son también referentes del abandono literario. Para el caso de lectores en español, o en cualquier otro idioma que no sea joyceano puro, incluso inglés, estas obras requieren --desde mi perspectiva-- un periodo de acondicionamiento. En Ulysses siempre se nos están proponiendo juegos y cauces, y nos vemos como un paseante que escucha, por arte de magia, el monólogo interior de los personajes. En cuanto a Finnegans Wake, confieso mi ignorancia y remito al lector a los ejercicios joyceanos al respecto de Salvador Elizondo en Teoría del infierno.

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Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino

Una novela que estrictamente no puede abandonarse. Al igual que Las mil y una noches, su misma estructura fuerza al lector a un continuo ejercicio de recomenzar. En ese sentido, todo abandono está implícito en una novela hecha de salidas en falso, de tentativas y aproximaciones.

La desaparición, Georges Perec

A pesar de que puede leerse como una novela, La desaparición es más bien un ejercicio de estilo, uno bastante famoso, en realidad, donde Perec se propuso no utilizar la letra "e". Las peripecias formales son dignas de admirarse, pero probablemente para algunos lectores el ejercicio conceptual se baste por sí mismo.

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En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust

En un ejercicio de minuciosidad sin precedentes, Proust escribe una novela a la velocidad de la vida. Yo no he transitado más allá del primer tomo (Por el camino de Swann), pero queda claro que el reto de la obra es total: la novela forma a sus lectores y los vuelve conversos de la visión proustiana del tiempo. Otra obra con la que hay que convivir temporadas enteras y de la que no se sale nunca sin un nuevo asombro.

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Twitter del autor: @javier_raya

¿Somos realmente libres? Implicaciones filosóficas del acto de orinar

Por: pijamasurf - 11/15/2014

Los límites del mundo son los límites de nuestro lenguaje, según Wittgenstein. Pero tal vez los límites de nuestra libertad estén enmarcados por la presencia irrenunciable, continua, gozosa y en ocasiones molesta del propio cuerpo

 urinate

Piensen en un día normal: nos levantamos, vamos al baño, desayunamos algo, nos fumamos un cigarro o elegimos no hacerlo… Antes de mediodía ya hemos puesto a prueba muchas veces nuestras convicciones sobre el libre albedrío y el determinismo del destino, aunque no seamos del todo conscientes de ellas.

Y es que levantarse, ir al baño e incluso tener un vicio o un hobby son compromisos fisiológicos que la conciencia no siempre puede tramitar sin resultados negativos. Si nuestro libre albedrío fuera total, podríamos elegir no ir al baño; pero no podemos elegir cosas como esta, simplemente porque están fuera de nuestro control. "Mear o no mear" no puede ser, en ese sentido, una pregunta realmente filosófica.

No hace falta una tragedia griega para explicarnos por qué ciertas partes de nuestra vida están regidas por ciertos determinismos y pautas obligatorias. La escuela psicológica de la “cognición encarnada” indica que nuestros cuerpos son influenciados por instancias de decisiones continuamente provenientes de nuestro cuerpo y del mundo exterior.

Pongamos algunos ejemplos: si nuestro jefe nos reprende por algo, podemos elegir cambiar nuestra disposición o nuestra actitud frente al trabajo, pero no podemos controlar del todo los sentimientos que la reprimenda nos genere. Puede ser que nos sintamos frustrados, enojados o tristes, e incluso puede ser que sepamos cómo procesar esas emociones (la madurez consiste precisamente en eso), pero no podemos evitar sentir.

Little boy need a peeOtro ejemplo son las funciones corporales: si tenemos ganas de orinar, podemos elegir, dentro de cierto rango, cuándo hacerlo. Los niños no pueden. En los casos de las necesidades fisiológicas como hambre, sueño y ganas de ir al baño, nuestro libre albedrío se ve seriamente comprometido por el determinismo fisiológico dentro del cual enmarcamos nuestras decisiones.

Michael Ent y Roy Baumeister llevaron a cabo algunos experimentos psicológicos con esta teoría. Su hipótesis es que el estado físico puede afectar las convicciones filosóficas de los sujetos (un poco como la teoría de las “posturas de poder” durante entrevistas de trabajo, de Amy Cuddy).

Los investigadores reunieron a un grupo de personas para responder cuestionarios no sólo sobre sus ideas sobre el libre albedrío, sino sobre su estado físico en ese momento. Los deseos que se correlacionaron negativamente con la creencia en una libertad absoluta fueron, en orden de importancia:

1)      Deseo de orinar.

2)     Deseo de dormir.

3)     Deseo de tener sexo.

En otras palabras, cuando queremos orinar, dormir o tener sexo, nuestras opiniones acerca de la libertad, la existencia y el mundo resultan sumamente maleables. Para decirlo aún en otros términos: nuestros deseos fisiológicos parecen apelar a nuestras convicciones filosóficas como urgencias infantiles, no importa la edad que tengamos. Es en ese momento cuando la filosofía y el conocimiento de sí mismo pueden guiar al niño travieso que controla nuestras funciones más terrenales.