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Podemos pensar a la corporación como un servitor, un demonio creado con la única finalidad de generar ganancias a sus dueños sin que estos deban hacer nada

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La corporación es una institución importante pero ficticia —y el impacto de su invención en nuestra relación con el mundo la equipara a la invención de un Dios abstracto.

                        Douglas Rushkoff, Life Inc

Podríamos pensar que es eterno -que un día pueda tener un final (apocalíptico, o por lo menos con fuegos artificiales), pero que no tuvo comienzo definido, que estaba de alguna manera implícito desde el origen en el orden de todas las cosas. Pero el individuo nació a mediados del Renacimiento, como una construcción social producto de la cruza entre los ideales humanistas griegos (donde existió algo así como un proto-individuo, o un individuo que adivinó al actual y se anticipó a él) y los incipientes principios del capitalismo. En el teatro cambiante del yo, la estructura que calificamos actualmente como individuo y en la que nos reconocemos, nació luego de las primeras expediciones a Asia y América, es posterior a la peste y es contemporáneo al pensamiento de Pico della Mirandola, Giordano Bruno y poetas ingleses como Shakespeare y Marlowe (el individuo es europeo y fue exportado al resto del mundo).

Sería sencillo entonces postular que somos una perversión del capitalismo, una consecuencia directa de la transformación de la aristocracia medieval y su afán de mantenerse en el poder (y de tener más poder), una élite que cambia de nombre pero siempre querrá obtener un margen de ganancias lo más cercano posible al infinito e inventó la idea de “responsabilidad social” para no tener que ejercerla. Al hacerlo, la Edad Media se convierte en un entramado edénico, en el que no había vacío donde habría individualidad porque éramos parte de una comunidad. La comunidad era el hogar, no el pequeño espacio asimétrico en el que dormimos. Al ser la comunidad local una parte vital del organismo humano, este era un ser más integrado y solidario, conectado con el otro.

Uno de los problemas más groseros de esta postura maniquea que contrasta blanco sobre negro es que mantiene de manera lateral el mito de la Caída: el Renacimiento se vuelve otro punto de inflexión en la Sistemática Caída del Hombre, que primero (fuera del tiempo) se desconectó de la Naturaleza y alrededor del siglo XV se desconectó de su Comunidad (una comunidad arquetípica, de carácter mitológico); por acción directa de los nuevos ideales burgueses ahora, por acción directa del mismísimo Diablo en el pasado. Esta idea es igual de peligrosa que su contracara, el Progreso: entonces, es posible encontrar huellas en el camino. Distintos pares de huellas, de varios hombres; calzados diferentes, unas más grandes que otras: y sus direcciones pueden parecer aleatorias, pero gracias a ellas podemos también encontrar (o inventar) un sentido que se posicione a medio camino e integre las principales disparidades.

La idea de la Edad de Oro queda descartada por su naturaleza perniciosa y absolutamente falsa; es imposible hacer lo mismo con la noción de una influencia nefasta por parte de grupos de poder, pues aunque perniciosa no es falsa. Pero también, posiblemente, los enormes cambios técnico-religiosos que se produjeron (junto al Nuevo Modelo Consensual, patrocinado por la burguesía) hicieron que las comunidades dejaran de brindar todas las respuestas a un hombre cambiante y por lo tanto se alejaron cada vez más hacia la periferia de lo que sería finalmente el individuo. Los cambios en materia religiosa, la influencia de la ciencia árabe, el redescubrimiento del neoplatonismo, un nuevo continente. Aun dejando de lado los cambios en materia monetaria no cuesta mucho esfuerzo imaginar el surgimiento de una configuración compleja como el individuo en ese contexto.uf

Es también en ese contexto que aparece un invitado inesperado: la corporación. El 31 de diciembre del año 1600 la reina Elizabeth otorgó el permiso real para la creación de la primera corporación moderna: la East India Company, un monopolio salvaje que llegaría a dominar gran parte de la India con sus ejércitos privados. La EIC fue una conclusión directa del por aquel entonces reciente expansionismo inglés sintetizado por el matemático, astrólogo, espía y asesor de la reina, el mago John Dee, quien inventó el concepto de un “Imperio Británico”. Sólo 2 años después Holanda tomó la posta al crear la Dutch East India Company (Vereenigde Oostindische Compagnie); a pesar de su nombre poco original, se convertiría en la empresa más grande de su tiempo, más grande incluso que su antecesora inglesa. La VOC fue la primera empresa en emitir acciones públicas y tenía la capacidad de declarar la guerra a una Nación, detener y ejecutar a convictos, negociar tratados, emitir moneda y establecer colonias.

La etimología de la corporación es todavía más interesante que su historia: nace a mediados del siglo XVI con el significado de “personas unidas en un cuerpo con un propósito” y ya en la segunda década del siglo XVII representa a una “entidad legalmente autorizada”. Es latín, por supuesto y deriva de incorporatus, un término utilizado por los alquimistas para describir el proceso por el cual el espíritu de una sustancia entraba en otra, como por ejemplo de “incorporar el espíritu del vitriol en el sulfuro”; luego pasó a representar directamente la manifestación de un espíritu o demonio en un cuerpo físico. La corporación es, también, un espíritu; una entidad ficticia, producto de la imaginación: es un fantasma jurídico, una ficción avalada por el sistema cultural. Como un Dios, esa otra gran fantasía; una deidad cuya existencia fuese comprobada por un acta constitutiva.

Del mismo modo que en otra época a nadie se le habría ocurrido negar la existencia de un genius loci, nadie niega en la actualidad la existencia de Coca-Cola o Apple, a pesar de que ninguna de ellas exista de un modo tradicional (no tienen un cuerpo físico, no son reales). Puede haber haters, pero no hay ateos que nieguen a Apple -hay switchers (¿apóstatas?), pero nadie podría afirmar su inexistencia. Y si bien el pensamiento de que alguien está vivo de algún modo por el hecho de que pensamos en él nos parece poco más que la manera ingenua y burda en que Hollywood lidia con la muerte de los seres queridos, exactamente eso es lo que ocurre con las corporaciones. Existen porque pensamos en ellas y nos comunicamos con ellas. No mediante mediums, sino mediante símbolos e historias.

Una vez cada tanto el mago renacentista necesitaba ayuda; ante la ausencia de medios de comunicación como internet o el telégrafo, esta necesidad se veía truncada. Podía escribir una carta a algún conocido, o esperar a la próxima reunión de alguna sociedad hermética oculta, pero si necesitaba ayuda en el momento, no le quedaba otra opción que invocar un demonio o crear un servitor. O quizás deseara que le llevaran las bolsas cuando volvía del supermercado (de haber habido supermercados). El servitor es un ayudante invisible, un espíritu creado por el mago para que lo asista; similar al tulpa tibetano, es creado con el pensamiento; es pensamiento. El modo de creación más conocido es sencillo, por lo menos en la teoría y es el mismo que se usa para invocar demonios: hay que dibujar un sigil (un símbolo que comprime una intención determinada, sin pérdida de datos si se es un mago poderoso) en base al nombre de la entidad.

Los grimorios medievales son grandes recetarios de sigiles con los que contactar a demonios de todo tipo; si bien podemos crear un sigil con una intención particular (que llevará a cabo el servitor), podemos también utilizar un símbolo conocido; un servitor es un demonio personal, creado por un motivo concreto. Mientras más nos concentremos, mientras más “fuerza” demos a la entidad, esta se volverá más real, como Frankenstein o el Golem. El sigil, la representación semiótica de la entidad demoníaca, es la clave tanto para su creación como para el posterior contacto. Y así como una corporación tiene rasgos compartidos con los demonios de la goecia, también nos comunicamos con ella mediante un sigil: el logo.

El programador y ocultista Paco Nathan Xanders, en Corporate Metabolism, explica el surgimiento de la corporación en el Renacimiento inglés del siguiente modo:

el proceso legal moderno por el cual se crea una corporación se refiere literalmente a la creación de una ‘persona legal’, una ficción que sirve como proxy para sus dueños. Esta forma es creada como un servitor, aplicando la fórmula solve et coagula, dando forma material a una esencia. El sigil se corresponde al logo y la marca, el acta constitutiva a la esencia demoníaca.

Podemos pensar a la corporación como un servitor, un demonio creado con la única finalidad de generar ganancias a sus dueños sin que estos deban hacer nada (bastante parecido al mining de Bitcoin allá por el 2009). Como Denholm Reynholm, fundador de Reynholm Industries en la serie IT Crowd, que cuando comenzó “sólo tenía un sueño… y 6 millones de libras esterlinas”, para crear una multinacional sólo se requiere una intención clara, concentración y los recursos económicos necesarios. Y tendremos que contratar una consultora que diseñe el logotipo. El escritor Grant Morrison establece, en su artículo "Pop Magic!", las relaciones y similitudes entre los sigiles mágicos y los logos de las empresas:

El logo o marca, como cualquier sigil, es una condensación, una invocación comprimida, simbólica del mundo del deseo el cual la corporación intenta representar. El logo es el único signo visible de la inteligencia corporativa detrás de él. Walt Disney murió hace tiempo pero su sigil, esa firma familiar, cartoonizada, persiste, arrastrando su vasta carga de contenidos, asociaciones, nostalgia y significado. La gente nace y crece para convertirse en ejecutivos Disney, utilizando la jerga y el credo de una entidad viviente corporativa. Walt Disney, el hombre, está muerto hace tiempo y congelado (o eso dicen las leyendas urbanas) pero Disney, la inmensa, invisible corporativa manifestación (egregor) persiste.

Un egregor es en el Ocultismo una forma de pensamiento colectiva y autónoma, una creación social con vida psíquica propia. Es el producto matemático de sumar dos mentes: una Tercera Mente, más grande; una exteriorización de la sinergia, un servitor colectivo que se autoperpetúa. Una vez que un grupo determinado de personas se une, de manera consciente y con un propósito común y crea el egregor, este cobra vida propia. Un Zeitgeist atemporal, en cierto grado consciente. En Metamatical Graffity, Wes Unruh plantea la existencia de tres tipos generales de egrégores: institucional, religioso y corporativo (aunque el institucional podría ser considerado como una variación geográfica del corporativo). Del mismo modo que alrededor de una religión se forma un egregor condensado en su deidad o conjunto de deidades, ese mismo conjunto cognitivo se manifiesta en la esencia corporativa.

Es importante recordar ahora la pansofía multidisciplinaria renacentista (suscrita a la teoría del microcosmos/macrocosmos) y el rol central que ocupaba en ella la magia. De nuevo Xanders:

Los pensadores del Renacimiento no distinguían entre religión, alquimia, ciencia, política, etc., ya que todas eran componentes de la Filosofía Natural. No suena rara entonces una aplicación de la alquimia para crear una estructura socio-política que perpetuara un conjunto determinado de creencias.

Algo similar plantea el historiador Ioan Couliano, discípulo de Mircea Eliade, en Eros and Magic in the Renaissance. Couliano, al señalar con su dedo al mago, ve al antecesor del sociólogo, el experto en marketing y el representante de relaciones públicas: al hacker de la ingeniería social, quien busca y reconoce patrones de comportamiento y los utiliza para crear vínculos y generar influencia.

Hoy en día el mago ocupa su tiempo en relaciones públicas, propaganda, investigación de mercado, estudios sociológicos, publicidad, información, desinformación, censura, espionaje y criptografía -una ciencia que en el siglo XVI era una rama de la magia.

El mago era un comodín, alguien que bajo el régimen de experimentación más riguroso de la época buscaba patrones: en los cielos, en su interior y en la naturaleza, a partir de lo cual desarrollaba teorías multimediales y amplias: casi siempre descabelladas (pero no por eso falsas), siempre y cuando no fuera torturado o asesinado por la vieja inquisición de la Iglesia o silenciado y humillado por la nueva inquisición de la Ciencia. Era psicólogo antes de que existiera la psicología, sociólogo antes de la sociología; espía y criptógrafo siglos antes del MI6 y la NSA (para el hechicero, como para Arthur Clarke, a veces no hay límites claros entre magia y tecnología: por eso, la criptografía era tanto un método de codificación como un modo de comunicación angélica).

Sea de manera consciente o no, las corporaciones --surgidas de los cambios sociales ocurridos en la última parte de la Edad Media y en el seno del redespertar hermético-alquímico del Renacimiento--, terminan siendo las deidades del hombre moderno, el gran egregor de su tiempo; ningún movimiento político, religioso o artístico, ninguna estructura jerárquica o rizomática sintetizan mejor sus nuevas ambiciones y aspiraciones, su determinación, la búsqueda de independencia, libertad y control, así como el lado oscuro de estos ideales, su contracara, última parada en la explotación y la alienación. El individuo moderno y su Dios, la corporación, nacieron juntos. Podríamos discutir qué vino primero, pero sólo si vamos a inventar algunas bromas en el proceso; una vez creados, formaron un ciclo de retroalimentación de tal magnitud que se dificulta ver más allá. Basta decir que el hombre (moderno) y su Dios (moderno), la corporación, son hermanos.

Twitter del autor: @ferostabio 

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Los libros siguen siendo el mejor objeto que ha inventado el hombre no sólo para compartir conocimiento sino también para compartir estados mentales y propagar memes. En palabras del psicólogo Steven Pinker, la literatura es “una forma en la que una mente puede causar que ciertas ideas sucedan en otra mente”. Si bien hoy en día existen diversos formatos para leer y transmitir información, con sus particulares características y virtudes, el libro, al mantener la corporalidad de un objeto --en un mundo en el que todo tiende a lo etéreo y virtual-- y debido al trabajo editorial de elegir una imagen para la portada (que es la puerta a lo desconocido) nos llega a provocar una respuesta afectiva y  se solidifica en nuestra memoria.

La selección de este artículo en dos partes de 10 libros que leí en 2014 es simplemente una forma de mantener y de invertir en esta relación entrañable con estos libros y autores. La mayoría de los libros elegidos no fueron publicados en 2014; no creo que tenga sentido leer libros sólo del año en el que se vive (sólo acaso para hacer una lista de lo mejor del año, lo cual sería un desperdicio del tiempo de lectura). La literatura es justamente la forma en la que el pasado sigue ocurriendo y el buen lector es seguramente quien tiene nostalgia del origen y busca las fuentes de las ideas de las cuales el mundo es un eco. Dicho esto, la selección sí incluye algunos textos recientes --que quizás los lectores no conozcan y así se cumple también la función de ayudar a descubrir, que es parte importante de la crítica literaria. 

 

 

 

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Global Brain, Howard Bloom (2000)

Howard Bloom tiene una mente poderosa y un poco inquietante. Su capacidad para encontrar estudios científicos que sustentan sus ideas es extraordinaria (probando un poco cómo la realidad es maleable y fácil de ajustar a los conceptos que malabareamos mentalmente) y quizás un poco peligrosa (en Lucifer’s Principle, por ejemplo, demuestra cómo la guerra y la desigualdad son inmanentes e inevitables biológicamente, de paso advirtiendo sobre la especial afición que tiene el Islam por la Guerra). Igualmente extraordinaria es su capacidad de avivar la prosa científica de una chispa fabulosa,  de fresco asombro ante las ideas y con un regodeo en las palabras –que se vuelven contorsionistas con las que la mente viaja a los lugares más recónditos.

En Global Brain, Bloom, de manera elegante, logra convencernos de que hace más de 3 mil millones de años se artículo ya un cerebro global, esto es eones antes del cerebro humano o del cerebro global que suponemos nació con el internet. Desde entonces, las bacterias lograron establecer un sistema de comunicación, similar a un internet biológico, con una compleja red de transmisión de información, adaptación y aprendizaje colectivo. Y antes de que el ser humano creara el internet, nuestras mentes estaban ya conectadas a través de una red neural: la sociedad es una máquina de aprendizaje en la que las ideas que conducen a la evolución y los comportamientos que nos llevan a conformarnos dentro de este tejido social son compartidos a través de memes, literalmente información que salta de un cerebro a otro e infecta a todo un grupo, dirigiendo así el curso de la civilización. Bloom traza con  enorme ambición y lucidez la historia de la mente global:

Nuestros placeres y miserias nos cablean a nosotros los seres humanos como modulos, nodos, componentes, agentes y microprocesadores en la calculadora más fascinante que jamás ha tomado forma en esta tierra. Es la forma de una computadora social que no sólo nos originó a nosotros sino a todo el mundo viviente.

Esa computadora social es el planeta mismo; en su sentido ontológico más profundo, es  la información misma de la cual nosotros somos sólo los últimos portadores en una larga línea. Bloom cuestiona seriamente nuestra individualidad –aunque celebra el aspecto de generadores de diversidad que los seres individuales pueden encarnar— e incrusta al ser humano como una célula más en un tejido social.

Sus vías sensoriales [los  sistemas nerviosos de los médicos y filósofos] reverberaban con voces reunidas por milenios, los murmullos de una multitud compuesta tanto por los vivos como por los muertos. Los expertos de aquellos tiempos conjuraban ensambles de espejismos. Como nosotros, sus facultades perceptivas eran extensiones no reconocidas del cerebro colectivo. 

La anterior cita forma parte del capítulo "Reality is a Shared Hallucination", que puede leerse en línea. En este estupendo apartado, Bloom demuestra cómo construimos la realidad de manera social –no vemos la naturaleza en sí misma, vemos como nuestros antepasados, nuestros seres cercanos y los humanos dominantes han visto anteriormente. Nuestros pensamientos no son solamente nuestros, ni mucho menos son originales; son el resultado de toda la historia que habla en nosotros, apenas una conexión más en la red neural de 3 mil millones de años en el planeta. Nos conformamos a esta percepción consensual porque recibimos una gratificación neuroquímica e inmunológica cuando lo hacemos, de la misma manera que sólo las células en nuestros cuerpos que prueban su utilidad son mantenidas con vida en nuestro organismo (las células que no sirven al colectivo activan una muerte programada o apoptosis). Los individuos son sólo una “hipótesis que lanza el cerebro global” (si los memes que genera un individuo le son útiles, el cerebro colectivo, la sociedad de células, los recompensará propagándolos); la evolución, sugiere Bloom, no está impulsada por el egoísmo del gen; es un deporte de equipo, en el que el superorganismo es privilegiado al individuo. “Porque el cerebro global no es sólo una interconexión humana, es una cosa multiespecie… Somos la naturaleza encarnada. Estamos hechos de sus moléculas y células. Somos herramientas para sus exploraciones… porque todo lo que vive y de hecho todo lo que ha vivido es parte de un cerebro colectivo, una red neural expansiva".

Estas son las conclusiones de Bloom, pero la riqueza del libro está en los detalles, en los cientos de casos tomados de la observación sociobiológica de bacterias, abejas, monos, humanos y demás que muestran cómo se teje ese cerebro colectivo, uniendo a toda la vida en el planeta en una enorme computadora orgánica que nos dota de un poderoso sentido de pertenencia y humildad.

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La marca del editor, Roberto Calasso (2014, Anagrama) 

El ultimo libro de Roberto Calasso traducido al español (en espera de El ardor) es un texto borgeano en el que el editor se regodea en su arte y reivindica al libro como un poderoso objeto que superará los embates tecnológicos y los heraldos más funestos. El arte del editor de libros empastados, de objetos físicos, se revela como el arte de la separación, solve et coagula, de crear islas y crecer jardines en ellas, reinos selectos a los que sólo puede accederse penetrando las portadas, dando vuelta a las páginas, en una sensualidad imaginal –en contraposición a la hipervinculación de los textos en la red y la digitalización de todos los libros como si fueran uno solo, un texto hiperfluido pero que se ahoga en un vertiginoso líquido amniótico.  

Calasso nos invita a su proceso artesanal de seleccionar el catálogo de Adelphi, la editorial italiana que ha sido imitada por editoriales como Sexto Piso y Siruela, caracterizada por editar “libros únicos” o textos que han eludido al canon de las editoriales mainstream. Entre la confesión y la entrañable anécdota erudita, nos cuenta sobre la misión de Adelphi, fruto de sus conversaciones con su mentor, Roberto Bazlen:

Sus lecturas eran infinitas, pero en el fondo un solo género de libros lo apasionaba, cualquiera que fuera la forma en que se pesentaran o la época o cultura a la que perteneciesen: ese género de libros que son una prueba para el conocimiento, y como tales pueden transmutarse en la experiencia de quien los lee, transformándolos a su vez. Me doy cuenta de que así he definido también el animus, además del anima, de los libros religiosos publicados por Adelphi: obras escogidas no ya en homenaje a cierta diversidad cultural, no ya porque son representativos de una suerte de UNESCO del espíritu, que es exactamente lo opuesto a lo que siempre nos hemos propuesto, sino porque son portadoras de una posibilidad de conocimiento cuya ignorancia hará nuestra vida simplemente más estrecha. 

Sobre la selección de la imagen de la portada, utilizando el mecanismo de la “écfrasis al revés”:

Ahora bien, el editor que busca una portada –lo sepa o no— es el ultimo, el más humilde y oscuro descendiente en la estirpe de aquellos que practican el arte de la écfrasis, pero aplicada esta vez a la inversa, es decir tratando de encontrar el equivalente o el análogo de un texto en una sola imagen… Situación paradojal, casi cómica en su incomodidad: hay que ofrecer una imagen que despierte la curiosidad y mueva a un desconocido a tomar en sus manos un objeto del que nada sabe excepto el nombre del autor (que con frecuencia ve por primera vez), el título, el nombre del editor y la solapa (texto siempre sospechoso, porque está escrito pro domo). Pero al mismo tiempo la imagen de la portada debería de resultar adecuada incluso después de que el desconocido haya leído el libro, aunque sólo sea para que no piense que el editor no sabe lo que está publicando.

Calasso, uno de los últimos grandes editores, en la tradición de Gallimard y Barral, pero con la diferencia de ser un gran escritor también, nos sitúa en la actualidad del mundo editorial, una industria que enfrenta enormes retos, y que quizás tendrá que renacer sirviéndose de la osadía y la imaginación y apelando siempre al amor al libro, a la estética del conocimiento.

Dicho lo cual, no querría que se tuviera la impresión de que hoy en día la edición, en el sentido en el que he intentado describirla –es decir, la edición en la que el editor se divierte sólo si consigue publicar buenos libros– sea una causa perdida. Es simplemente una causa difícil. Pero no más difícil de lo que lo era en 1499, cuando Aldo Manuzio, en Venecia, publicó una novela de autor desconocido, escrita en una lengua compuesta, hecha de italiano, latín y griego. También el formato era inusual y asimismo las numerosas xilografías que constelaban el texto. Sin embargo, se trata del libro más hermoso que se haya impreso en nuestros días: la Hypnerotomachia Poliphili. Algún día alguien intentará igualarlo.

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A Blue Fire, James Hillman (ed. Thomas Moore, 1989) 

Había escuchado de James Hillman, pero no fue hasta que vi que la editorial de Calasso incluye algunos de sus libros entre su catálogo que me “animé” a leerlo. Con Hillman me ocurrió como me había ocurrido antes con Calasso: después de leer apenas algunas páginas sabía ya que su obra me acompañaría toda la vida y que intentaría leer todo lo que escribió (en el caso de Hillman, un autor muy prolífico, algo más difícil que en el de Calasso).

Calasso escribió sobre Hillman: “Retomando la imagen de Keats del mundo como ‘el valle de forjar almas’ Hillman reconduce todo aquello que podemos salvar del análisis a esta oscura actividad de autoelaboración del alma, de transformación alquímica de lo vivido". Hillman es, por supuesto, el alumno más brillante e irreverente de Jung, habiendo sido director del Instituto Jung en Zürich. Para muchos jungianos, sin embargo, Hillman traicionó al maestro —pero tal vez para honrar verdaderamente a Jung había que diferenciarse y cobrar su propia voz, extender la estancia en el inframundo (donde Hillman se siente tan a gusto). Thomas Moore, quien se ha convertido en un autor best seller produciendo libros que son versiones lite de las ideas de Hillman, dice: ”Leo a Freud a través de Jung y a Jung a través de Hillman. [Hillman] Evitó la tendencia a la jerga científica de Jung”. En Hillman está Jung, pero de una forma más encantadora, sin el imperativo de hacer de la psicología una ciencia, con una prosa más poética e imaginativa. Hillman es un psicólogo de los poetas y de los artistas que quieren entablar una relación creativa con las imágenes, incluso compiló una extraordinaria antología de poesía junto con Robert Bly (quien dice sobre Hillman: “armaba enormes fiestas para los espíritus”).

A Blue Fire es una introducción a la obra de Hillman que reúne importantes extractos de sus libros y ensayos más destacados. La compilación de Thomas Moore denota un amplio conocimiento de su obra, incluso su profunda amistad con Hillman. El talento de Moore es siempre hacer las cosas familiares y sencillas, y así nos abre la puerta al imponente corpus del fundador de la psicología arquetipal, para que podamos movernos con soltura y nos enamoremos de las imágenes que suscita, como Eros de Psique.

La base de la psicología de Hillman son las imágenes y los arquetipos –conceptos que ya existían claramente en Jung, pero que son llevados a una mayor profundidad. Hillman describe la polisemántica de los arquetipos:

Son perspectivas cósmicas en las que el alma participa. Son los señores de sus reinos de existencia, los patrones para su mímesis… El alma no puede ser, más que en uno de sus patrones. Toda la realidad psíquica está gobernada por una u otra fantasia arquetípica que ha sido autorizada por un dios. No puedo sino estar en ellos. No hay lugar sin dioses y no hay actividad que no los represente. Cada fantasía, cada experiencia tiene su razón arquetípica. No hay nada que no pertenezca a un dios u otro.

Hillman ahonda en la famosa frase de Jung de que seguimos siendo poseídos por “contenidos psíquicos autónomos”… hoy “los dioses se han vuelto enfermedades; Zeus ya no reina en el Olimpo sino en el plexo solar, y produce curiosos síntomas en el consultorio medico”. Esta es la base de la psicología politeísta de Hillman, que como varios de los autores de esta lista, busca reencantar el mundo, retomar el diálogo con lo numinoso, alabar la profundidad de la existencia “repleta de dioses”. La psique es una constelación de personas –y no hay porqué preferir al ego, cuando el alma misma es la fuente del conocimiento--; y entre esa multiplicidad que la habita, yacen también los dioses, las grandes emociones y los arquetipos: el amor (Eros), el pánico (Pan), la ira (Marte), etcétera.

Se ha dicho sobre Hillman que nadie ha hecho más por revalorar al alma en el mundo en el ultimo siglo. Central a su psicología es la distinción entre alma y espíritu –distanciándose del dualismo del cuerpo y la mente o del alma y el cuerpo. Se trata de una antropología tripartita: el espíritu, el alma y el cuerpo --el alma es lo que conecta, a través de la imaginación, al mundo celestial del espíritu con el mundo terrenal del cuerpo. El alma son los sueños, las imágenes, las enfermedades, la memoria, el pasado, el valle y el inframundo, todo aquello que nos hace profundizar en la existencia y enriquecer el significado de nuestras experiencias. Este es el fin en sí mismo de su psicología; no se trata de encontrar una cura, una interpretación única que resuelva el enigma; no se trata de iluminarse o de espiritualizar la vida. Simplemente estar en el alma, “quedarse con las imágenes”, recorrer el valle y adentrarse en la belleza del mundo –que es la verdad del mundo, como escribió Keats con un eco platónico. Pero Hillman, como hace con Jung, va más allá de la visión luminosa de Platón. Siendo un “ciudadano del inframundo”, incorpora a la muerte como parte de la ecuación:

Esta sería la última tarea del forjar-el-alma y su belleza: la incorporación de la destrucción en la carne y en la piel, embalsamada en la vida, la visible transfiguración por la invisibilidad del reino de Hades, ungiendo a la psique con la experiencia de la matanza de su propia mortalidad. El movimiento platónico ascendente hacia el esteticismo es templado por la belleza de Perséfone. Destrucción, muerte y Hades no son dejados fuera. Es más, Afrodita no tiene acceso a ese tipo de belleza. Sólo la puede adquirir a través de Psique, porque el alma media la belleza del mundo interior invisible y el mundo de las formas externas.

Por ultimo, una mención especial a la visión de Hillman de la depresión y las enfermedades no como algo que debe sanarse y contra lo cual deben dirigirse todas nuestras energías. La patología cumple la función de llevarnos a través de “la noche oscura del alma”, que permite que la psique se asiente en nosotros. En términos místicos, “la herida es el ojo” por el cual podemos ver la profundidad, el hueco que nos abre al mundo y nos hace vulnerables para que pueden entrar los dioses y demonios. Los síntomas no deben ser erradicados a la más mínima aparición; deben ser honrados como formas comunicativas, ángeles incluso, ya que son "heraldos de una psique que despierta y no tolerará más abuso”, recordando que “hasta que el alma obtiene lo que quiere, seguirá enfermándose”.

Hillman cumple con la valiosa función de proveer un marco ideológico para todos aquellos que no quieren elevarse a las cimas de la conciencia en incesante ascenso y que no les interesa incrementar su poder espiritual o resolver el problema de la existencia. Que quieren permanecer en el mundo, con el mundo y todo el peso encima del pasado, con los fantasmas y los recuerdos. Para aquellos melancólicos y nostálgicos que quieren saborear las imágenes y adentrarse en su propio capullo –tan profundo que nadan ahí también todos los sueños y pesadillas de la Historia (de la cual no es necesario despertar). Puesto que, como escribiera Heráclito: “No puedes descubrir los límites del alma, incluso si viajaras por todos los caminos para hacerlo; tan profundo es su significado”.

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Mecha de enebros, Clayton Eshleman (trad. Hugo García Manríquez, Aldus, 2014)

Mecha de enebros es el viaje de un poeta al inframundo, a la cueva donde yace el alma de nuestra civilización. Eshleman nos lleva a re-visionar el arte paleolítico en un proceso de intuición poética que es también una resonancia mórfica con aquellos hombres que inscribieron las primeras imágenes en las cuevas. Los hombres que consumaron por primera vez “el movimiento de un yo sobre la roca”, que proyectaron su conciencia a las paredes húmedas de las grutas y dejaron testimonio del primer momento histórico en el que el hombre se sabe hombre: el Homo sapiens que enciende la mecha de la autoconciencia a través de las imágenes que se desdoblan, que se convierten en la otredad que confiere realidad al yo. “La creación de imágenes es una de las vías por las que nos volvemos humanos… las cuevas son los precedentes de nuestras catedrales, grutas de metáforas”, dice Eshleman. Su libro es una vuelta a la vulva madre para empaparse de las imágenes seminales --una versión cinematográfica de este mismo espíritu puede consultarse en el documental de Werner Herzog, La cueva de los sueños olvidados, donde se postula la hipótesis de que el arte paleolítico en las cuevas fue una especie de protocine.

Intercalando su propia poesía –que surge de la mediación imaginativa con las pinturas rupestres recorriendo él mismo ese vientre cavernoso en el que yace la mecha creativa de milenios— con una crítica chamánica del arte de las cuevas, Eshleman sugiere que la conciencia humana debió de haber surgido en la misma época en la que el hombre fue capaz de imaginar y plasmar su imaginación fuera de sí. Un nodo mágico en el tiempo, en el que el hombre se eleva sobre el anima mundi para convertirse en la voz por la que el mundo se conoce a sí mismo y se expande. El hombre trasciende lo animal, pero ese salto ocurre copulando con lo animal, en una fuerza de fusión quimérica: el arte es un legado del Centauro, del hombre-caballo, del hombre-venado.

 Aquí un fragmento de uno de los poemas (mención especial a la excelente traducción de García Manríquez):

 

los animales arreados franquean

una colosal vulva labrada sobre el pórtico,

el poder ahí emanado era un paraíso, el poder

que nos ha legado el Cro Magnon:

hacer de nuestras gargantas un altar.

  

Las primeras palabras mezcladas con grasa animal,

hombres lacerados buscaban decir quién hizo aquello.

El grupo, aro de una rueda aún por inventarse,

su lenguaje, los rayos de la rueda

circundando el corazón de fuego, su seda nuestra,

la quemadura de ellos, sumergidos,

en ti nos sumergimos, en nosotros Dionisio te sumerges,

caen palabras y se acumulan estremecidas

por una lira a intervalos entre crestas de la llama,

agua para el fuego y para ellos, nosotros...

 

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Riverpeople, Peter Lamborn Wilson (2013)

Al igual que el texto de Eshleman, Riverpeople es un híbrido entre un poema épico que corre en paralelo a una crónica en prosa de lo que ocurre en torno al poema --un ambiente que envuelve o una psicogeografía analógica. En este caso Peter Lamborn Wilson (a.k.a. Hakim Bey) hace eco de las grandes obras literarias que corren en paralelo o se abastecen de cuerpos de agua (como el río, el poema). De su primera tentativa de “escribir una épica sobre cada posa río piscina charco arroyo u hoyo de agua en todo el condado de Ulster”, Lamborn Wilson se conforma con seguir el río Esopus y reencantar su paisaje, “escribiendo sobre el agua fluyente” y recopilando una serie de imágenes y rituales mágicos que hacen un mapa de su experimento. En los márgenes de este mismo río, nos cuenta Lamborn Wilson, Aleister Crowley tradujo el I Ching y realizó ceremonias de magia sexual, reclutando a su "diosa escarlata" entre la población local. Por el Esopus también viajo Oscar Wilde, divinidad tutelar del poema que celebra el homoerotismo como una zona temporalmente autónoma, más allá de la realidad puritana convencional. Vivió ahí también la tribu nativoamericana de los Esopus, por momentos coqueteando con una utopía animista como la que celebró Lamborn Wilson en su libro TAZ.  

Así Riverpeople va congregando a los fantasmas de su cauce, que son filtrados por Lamborn Wilson para “repaganizar el monoteísmo” y dialogar con los espíritus elementales del lugar, los genii loci. Cada canto del libro es también un acto de ofrenda y sacrificio que se desdobla sobre el espacio físico del río, realizando lo que llama vanishing art, arte efímero pero alquímico, que busca “transformar nuestra relación con la naturaleza, de un turismo que vampiriza el espacio, que hace del paisaje un estacionamiento que se alarga hasta el infinito, en una matriz viva, del materialismo vulgar al hermetismo verde”. Algunos fragmentos del poema:

 

Have you seen Earth turn a litlle in sleep

Tossing aside blankets of dead snow and leaves

Icicled as some hibernating toad

                              Yet alive & dreaming

 

have you seen a mountain stream

no matter how often martyred

w/dams sewage outlets algic bloom

clean itself w/energy vortices—

nordic runic spiral snake

shedding past forms re-making itself

        a-new

bluegreen ice-hexagonal attractors

sparkling epiphanic

 

Think like Goethe –dare to be wrong

Yet justified in the eyes of

Uncountable angelic beings.

If our pagan deities have withdrawn

                        Grown silent

We should do no less

                          Retreat

         To some monastery

      In Hardenburg & pray..

 

Como Hölderlin, Lamborn Wilson observa que los dioses han abandonado el mundo, pero es la labor del poeta que regresa a la naturaleza a decir poemas a las piedras, a llamar a los espíritus del agua y de los árboles, volver a encantar el mundo, el mundo donde, como decía Eurípides, “todo está lleno de dioses”. Despertar al río “practicando kung-fu animal en praderas límpidas al amanecer”. O recordando que “los niños naturalmente admiran a aquellos que trabajan con los Elementales” y que una forma de estremecer el velo epifánico es a través del sexo con las ondinas “invisibles pero tangibles”. No imponer la voz y la visión sino, como sugería Henry Corbin, escuchar lo que el mundo tiene que decirnos. Otro fragmento:

 

Among the Esopus the State had not yet emerged

all the stars where still visible—

                                                    The Principle of snow—

                                    ---baroque excess

natura naturans--- the original spectator sport—

every nerve fiber linked to some organ

of animate cosmos.

 

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Twitter del autor: @alepholo