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Podemos pensar a la corporación como un servitor, un demonio creado con la única finalidad de generar ganancias a sus dueños sin que estos deban hacer nada

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La corporación es una institución importante pero ficticia —y el impacto de su invención en nuestra relación con el mundo la equipara a la invención de un Dios abstracto.

                        Douglas Rushkoff, Life Inc

Podríamos pensar que es eterno -que un día pueda tener un final (apocalíptico, o por lo menos con fuegos artificiales), pero que no tuvo comienzo definido, que estaba de alguna manera implícito desde el origen en el orden de todas las cosas. Pero el individuo nació a mediados del Renacimiento, como una construcción social producto de la cruza entre los ideales humanistas griegos (donde existió algo así como un proto-individuo, o un individuo que adivinó al actual y se anticipó a él) y los incipientes principios del capitalismo. En el teatro cambiante del yo, la estructura que calificamos actualmente como individuo y en la que nos reconocemos, nació luego de las primeras expediciones a Asia y América, es posterior a la peste y es contemporáneo al pensamiento de Pico della Mirandola, Giordano Bruno y poetas ingleses como Shakespeare y Marlowe (el individuo es europeo y fue exportado al resto del mundo).

Sería sencillo entonces postular que somos una perversión del capitalismo, una consecuencia directa de la transformación de la aristocracia medieval y su afán de mantenerse en el poder (y de tener más poder), una élite que cambia de nombre pero siempre querrá obtener un margen de ganancias lo más cercano posible al infinito e inventó la idea de “responsabilidad social” para no tener que ejercerla. Al hacerlo, la Edad Media se convierte en un entramado edénico, en el que no había vacío donde habría individualidad porque éramos parte de una comunidad. La comunidad era el hogar, no el pequeño espacio asimétrico en el que dormimos. Al ser la comunidad local una parte vital del organismo humano, este era un ser más integrado y solidario, conectado con el otro.

Uno de los problemas más groseros de esta postura maniquea que contrasta blanco sobre negro es que mantiene de manera lateral el mito de la Caída: el Renacimiento se vuelve otro punto de inflexión en la Sistemática Caída del Hombre, que primero (fuera del tiempo) se desconectó de la Naturaleza y alrededor del siglo XV se desconectó de su Comunidad (una comunidad arquetípica, de carácter mitológico); por acción directa de los nuevos ideales burgueses ahora, por acción directa del mismísimo Diablo en el pasado. Esta idea es igual de peligrosa que su contracara, el Progreso: entonces, es posible encontrar huellas en el camino. Distintos pares de huellas, de varios hombres; calzados diferentes, unas más grandes que otras: y sus direcciones pueden parecer aleatorias, pero gracias a ellas podemos también encontrar (o inventar) un sentido que se posicione a medio camino e integre las principales disparidades.

La idea de la Edad de Oro queda descartada por su naturaleza perniciosa y absolutamente falsa; es imposible hacer lo mismo con la noción de una influencia nefasta por parte de grupos de poder, pues aunque perniciosa no es falsa. Pero también, posiblemente, los enormes cambios técnico-religiosos que se produjeron (junto al Nuevo Modelo Consensual, patrocinado por la burguesía) hicieron que las comunidades dejaran de brindar todas las respuestas a un hombre cambiante y por lo tanto se alejaron cada vez más hacia la periferia de lo que sería finalmente el individuo. Los cambios en materia religiosa, la influencia de la ciencia árabe, el redescubrimiento del neoplatonismo, un nuevo continente. Aun dejando de lado los cambios en materia monetaria no cuesta mucho esfuerzo imaginar el surgimiento de una configuración compleja como el individuo en ese contexto.uf

Es también en ese contexto que aparece un invitado inesperado: la corporación. El 31 de diciembre del año 1600 la reina Elizabeth otorgó el permiso real para la creación de la primera corporación moderna: la East India Company, un monopolio salvaje que llegaría a dominar gran parte de la India con sus ejércitos privados. La EIC fue una conclusión directa del por aquel entonces reciente expansionismo inglés sintetizado por el matemático, astrólogo, espía y asesor de la reina, el mago John Dee, quien inventó el concepto de un “Imperio Británico”. Sólo 2 años después Holanda tomó la posta al crear la Dutch East India Company (Vereenigde Oostindische Compagnie); a pesar de su nombre poco original, se convertiría en la empresa más grande de su tiempo, más grande incluso que su antecesora inglesa. La VOC fue la primera empresa en emitir acciones públicas y tenía la capacidad de declarar la guerra a una Nación, detener y ejecutar a convictos, negociar tratados, emitir moneda y establecer colonias.

La etimología de la corporación es todavía más interesante que su historia: nace a mediados del siglo XVI con el significado de “personas unidas en un cuerpo con un propósito” y ya en la segunda década del siglo XVII representa a una “entidad legalmente autorizada”. Es latín, por supuesto y deriva de incorporatus, un término utilizado por los alquimistas para describir el proceso por el cual el espíritu de una sustancia entraba en otra, como por ejemplo de “incorporar el espíritu del vitriol en el sulfuro”; luego pasó a representar directamente la manifestación de un espíritu o demonio en un cuerpo físico. La corporación es, también, un espíritu; una entidad ficticia, producto de la imaginación: es un fantasma jurídico, una ficción avalada por el sistema cultural. Como un Dios, esa otra gran fantasía; una deidad cuya existencia fuese comprobada por un acta constitutiva.

Del mismo modo que en otra época a nadie se le habría ocurrido negar la existencia de un genius loci, nadie niega en la actualidad la existencia de Coca-Cola o Apple, a pesar de que ninguna de ellas exista de un modo tradicional (no tienen un cuerpo físico, no son reales). Puede haber haters, pero no hay ateos que nieguen a Apple -hay switchers (¿apóstatas?), pero nadie podría afirmar su inexistencia. Y si bien el pensamiento de que alguien está vivo de algún modo por el hecho de que pensamos en él nos parece poco más que la manera ingenua y burda en que Hollywood lidia con la muerte de los seres queridos, exactamente eso es lo que ocurre con las corporaciones. Existen porque pensamos en ellas y nos comunicamos con ellas. No mediante mediums, sino mediante símbolos e historias.

Una vez cada tanto el mago renacentista necesitaba ayuda; ante la ausencia de medios de comunicación como internet o el telégrafo, esta necesidad se veía truncada. Podía escribir una carta a algún conocido, o esperar a la próxima reunión de alguna sociedad hermética oculta, pero si necesitaba ayuda en el momento, no le quedaba otra opción que invocar un demonio o crear un servitor. O quizás deseara que le llevaran las bolsas cuando volvía del supermercado (de haber habido supermercados). El servitor es un ayudante invisible, un espíritu creado por el mago para que lo asista; similar al tulpa tibetano, es creado con el pensamiento; es pensamiento. El modo de creación más conocido es sencillo, por lo menos en la teoría y es el mismo que se usa para invocar demonios: hay que dibujar un sigil (un símbolo que comprime una intención determinada, sin pérdida de datos si se es un mago poderoso) en base al nombre de la entidad.

Los grimorios medievales son grandes recetarios de sigiles con los que contactar a demonios de todo tipo; si bien podemos crear un sigil con una intención particular (que llevará a cabo el servitor), podemos también utilizar un símbolo conocido; un servitor es un demonio personal, creado por un motivo concreto. Mientras más nos concentremos, mientras más “fuerza” demos a la entidad, esta se volverá más real, como Frankenstein o el Golem. El sigil, la representación semiótica de la entidad demoníaca, es la clave tanto para su creación como para el posterior contacto. Y así como una corporación tiene rasgos compartidos con los demonios de la goecia, también nos comunicamos con ella mediante un sigil: el logo.

El programador y ocultista Paco Nathan Xanders, en Corporate Metabolism, explica el surgimiento de la corporación en el Renacimiento inglés del siguiente modo:

el proceso legal moderno por el cual se crea una corporación se refiere literalmente a la creación de una ‘persona legal’, una ficción que sirve como proxy para sus dueños. Esta forma es creada como un servitor, aplicando la fórmula solve et coagula, dando forma material a una esencia. El sigil se corresponde al logo y la marca, el acta constitutiva a la esencia demoníaca.

Podemos pensar a la corporación como un servitor, un demonio creado con la única finalidad de generar ganancias a sus dueños sin que estos deban hacer nada (bastante parecido al mining de Bitcoin allá por el 2009). Como Denholm Reynholm, fundador de Reynholm Industries en la serie IT Crowd, que cuando comenzó “sólo tenía un sueño… y 6 millones de libras esterlinas”, para crear una multinacional sólo se requiere una intención clara, concentración y los recursos económicos necesarios. Y tendremos que contratar una consultora que diseñe el logotipo. El escritor Grant Morrison establece, en su artículo "Pop Magic!", las relaciones y similitudes entre los sigiles mágicos y los logos de las empresas:

El logo o marca, como cualquier sigil, es una condensación, una invocación comprimida, simbólica del mundo del deseo el cual la corporación intenta representar. El logo es el único signo visible de la inteligencia corporativa detrás de él. Walt Disney murió hace tiempo pero su sigil, esa firma familiar, cartoonizada, persiste, arrastrando su vasta carga de contenidos, asociaciones, nostalgia y significado. La gente nace y crece para convertirse en ejecutivos Disney, utilizando la jerga y el credo de una entidad viviente corporativa. Walt Disney, el hombre, está muerto hace tiempo y congelado (o eso dicen las leyendas urbanas) pero Disney, la inmensa, invisible corporativa manifestación (egregor) persiste.

Un egregor es en el Ocultismo una forma de pensamiento colectiva y autónoma, una creación social con vida psíquica propia. Es el producto matemático de sumar dos mentes: una Tercera Mente, más grande; una exteriorización de la sinergia, un servitor colectivo que se autoperpetúa. Una vez que un grupo determinado de personas se une, de manera consciente y con un propósito común y crea el egregor, este cobra vida propia. Un Zeitgeist atemporal, en cierto grado consciente. En Metamatical Graffity, Wes Unruh plantea la existencia de tres tipos generales de egrégores: institucional, religioso y corporativo (aunque el institucional podría ser considerado como una variación geográfica del corporativo). Del mismo modo que alrededor de una religión se forma un egregor condensado en su deidad o conjunto de deidades, ese mismo conjunto cognitivo se manifiesta en la esencia corporativa.

Es importante recordar ahora la pansofía multidisciplinaria renacentista (suscrita a la teoría del microcosmos/macrocosmos) y el rol central que ocupaba en ella la magia. De nuevo Xanders:

Los pensadores del Renacimiento no distinguían entre religión, alquimia, ciencia, política, etc., ya que todas eran componentes de la Filosofía Natural. No suena rara entonces una aplicación de la alquimia para crear una estructura socio-política que perpetuara un conjunto determinado de creencias.

Algo similar plantea el historiador Ioan Couliano, discípulo de Mircea Eliade, en Eros and Magic in the Renaissance. Couliano, al señalar con su dedo al mago, ve al antecesor del sociólogo, el experto en marketing y el representante de relaciones públicas: al hacker de la ingeniería social, quien busca y reconoce patrones de comportamiento y los utiliza para crear vínculos y generar influencia.

Hoy en día el mago ocupa su tiempo en relaciones públicas, propaganda, investigación de mercado, estudios sociológicos, publicidad, información, desinformación, censura, espionaje y criptografía -una ciencia que en el siglo XVI era una rama de la magia.

El mago era un comodín, alguien que bajo el régimen de experimentación más riguroso de la época buscaba patrones: en los cielos, en su interior y en la naturaleza, a partir de lo cual desarrollaba teorías multimediales y amplias: casi siempre descabelladas (pero no por eso falsas), siempre y cuando no fuera torturado o asesinado por la vieja inquisición de la Iglesia o silenciado y humillado por la nueva inquisición de la Ciencia. Era psicólogo antes de que existiera la psicología, sociólogo antes de la sociología; espía y criptógrafo siglos antes del MI6 y la NSA (para el hechicero, como para Arthur Clarke, a veces no hay límites claros entre magia y tecnología: por eso, la criptografía era tanto un método de codificación como un modo de comunicación angélica).

Sea de manera consciente o no, las corporaciones --surgidas de los cambios sociales ocurridos en la última parte de la Edad Media y en el seno del redespertar hermético-alquímico del Renacimiento--, terminan siendo las deidades del hombre moderno, el gran egregor de su tiempo; ningún movimiento político, religioso o artístico, ninguna estructura jerárquica o rizomática sintetizan mejor sus nuevas ambiciones y aspiraciones, su determinación, la búsqueda de independencia, libertad y control, así como el lado oscuro de estos ideales, su contracara, última parada en la explotación y la alienación. El individuo moderno y su Dios, la corporación, nacieron juntos. Podríamos discutir qué vino primero, pero sólo si vamos a inventar algunas bromas en el proceso; una vez creados, formaron un ciclo de retroalimentación de tal magnitud que se dificulta ver más allá. Basta decir que el hombre (moderno) y su Dios (moderno), la corporación, son hermanos.

Twitter del autor: @ferostabio 

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