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¿Hacer o no hacer? No hay cuestión. Sin duda, mejor renunciar al mundo (y a sus cuitas) y holgarse en las vacaciones eternas de la mente quieta

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Tal vez no todos podemos renunciar al trabajo, pero todos podemos renunciar a la idea de que tenemos que hacer algo --y que a partir de eso recibiremos un beneficio ulterior (o algo a  cambio) que de alguna manera justificará o redimirá nuestro esfuerzo y sufrimiento. Dicho eso, si puedes renunciar al trabajo --con todas sus connotaciones-- y dedicarte a no hacer nada o a hacer menos --caer en el prado blanco de sólo ser-- seguramente serás más feliz. Además, lo más probable es que sólo creas que no puedes dejar de trabajar, habiendo creado un castillo de naipes para excusar ese salto al vacío... y es más fácil de lo que crees (aquí, 10 persuasivas razones).

La idea de que la inacción es una fuente de felicidad tiene un selecto linaje que se remonta a la exaltación del ocio como un estado de gracia para ejercer la filosofía en la Antigua Grecia (el conocimiento está enamorado del vacío y la ligereza). Podemos pensar que Diógenes permanecía tirado en el sol todo el día como uno de esos bañistas en una playa en un eterno trópico (y seguramente hubiera gustado de una hamaca). Los filósofos no tenían que ponchar tarjeta o lidiar con un jefe que les pida un reporte. Podían vivir exclusivamente en el terreno de las ideas (por lo demás, un mundo superior al mundo de la acción, que es apenas un pálido reflejo).

En su memorable texto, El Derecho a la Pereza, Paul Lafargue atribuye a la desidia una cualidad divina, notando que Dios después de hacer su obra decidió descansar por la eternidad (a todas luces, sigue siendo domingo para la Administración del Universo). Algo similar ocurre con el hinduismo: nuestro universo, con todas nuestras preocupaciones, no es más que una serie de lánguidas imágenes dentro del sueño de un dios creador, ye sea Vishnu o Brahma, el cual manifiesta el mundo en una meditación o en un sueño, flotando en el agua, en la quietud inmensa de su mente y luego lo reabsorbe; sin moverse nunca. 

Hay que incluir en este holgado panteón a una de las facetas de Fernando Pessoa, el poeta que prefirió el sueño a la acción ("he soñado más que Napoléon",  "he abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo"). Pessoa, quien pensaba que teníamos dos vidas: la verdadera (la que soñamos) y la falsa ("la que vivimos en convivencia de los demás"). El poeta que escribió deliciosamente:

No hagas hoy lo que puedas dejar de hacer también mañana.

¿Para qué hacer algo hoy si mañana tampoco es inexorable? No es necesario cumplir nada, el mundo solo encuentra su curso. Deja que las cosas que no son, no sean. Y si es, ya es; entonces, no hay para que mover un ápice. La inutilidad es sublime (ya lo decía Wilde, el arte es inútil): qué prefieres, ¿ser un peón o un artista del tiempo, un verdadero inútil? O como notó el maestro budista Shantideva hace más de mil años: "Si hay un remedio, ¿de qué sirve entonces la preocupación? Si no hay remedio, ¿de qué sirve entonces la preocupación?". A la orilla del Río Tajo, Pessoa encontró el Tao:

¿No será mejor

no hacer nada?

¿Dejar que todo se vaya por la vida

Hacia un naufragio sin agua?

[...] ¿No será mejor

renunciar, como un reventar de vejigas populares

en la atmósfera de las ferias,

a todo,

sí, a todo

absolutamente a todo? 

Renunciar, dejar de hacer, he ahí algo que tiene un refinado linaje, una resonancia mórfica que te conecta con los grandes santos renunciantes del mundo, con los sabios del desierto y otros vagabundos del dharma a los cuales no les importó que su nombre fuera conocido, que prefirieron el reino secreto de los mundos invisibles y el silencio. 

Otro texto que se suma a ese perenne (pero poco hacendoso) elogio de la pereza, que rescatamos aquí de manera poco exhaustiva, es el Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell, donde el matemático inglés aclara que el camino a la felicidad y la prosperidad reside en una disminución organizada del trabajo. Este es el sueño dorado de una post-industrialización iluminada. Aldous Huxley escribió al final de "Cielo e Infierno" que "los robots no son nada si no hacen muchas cosas", a lo que habría que agregar que no tienen sentido si no nos permiten no hacer nada. El sueño del hombre es que los robots lo dejen soñar. 

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A este desordenado listado habría que agregar el menos conocido texto La guía del hombre perezoso a la iluminación, escrito hace casi 40 años por Thaddeus Golas, un hippie de Nueva Jersey. Sobre ese texto escribí un artículo anterior más extenso, un laxo análisis de este mismo tema con poco rigor y amplia dejadez. En retrospectiva, me parece que Golas se entusiasma demasiado, pero es encomiable su intento de bajarle de ritmo a la revolución psicodélica, de mantener una vibración elefantina y ralenetizar el movimiento en medio del activismo y la aceleración de querer cambiar el mundo: 

Ya que en el universo no hay más que seres vivientes, cada uno controlando su propio nivel y sus propias relaciones, no hay absolutamente nada en el universo que necesite corregirse en ninguna forma. No tenemos que hacer nada al respecto, cualquier cosa que sea. Hay conciencia en todas partes del universo… Cada partícula en cada átomo es un ser vivo. Cada molécula en cada célula es una tribu de seres.

Shanti, Shanti, Shanti: la paz que viene del entendimiento, o quizás mejor dicho, la paz que viene de la aceptación. Aceptar, que es justamente no hacer nada al respecto, no resistirse. Usando una frase popular en Internet, un koan para rematar: dos monjes debatían sobre ¿qué se mueve, el viento o la hoja? a lo que respondió un tercer monje: "Ninguno, sólo la mente se mueve". La quietud y el no-hacer no es un mero lujo de los ricos, es una forma de imitar la verdad. 

Por cierto, la frase de Russell, citada antes de la imagen, y en realidad este texto reciclado, vienen a propósito de leer sobre un nuevo libro: El arte y la ciencia de no hacer nada: el piloto automático del cerebro, de Andrew J. Smart. Herman Bellinghausen lo reseña en La Jornada y escribe: 

Nunca está de moda decirlo pero en el fondo todos sabemos que el trabajo está sobrevaluado. Más allá de la contradicción insalvable de que el trabajo da para vivir, no existe nada mejor para el ser humano que no hacer nada (ni siquiera atender tele, ordenador o celular). Es cuando el cerebro funciona mejor.

Esto es cierto, todos hemos oído de los momentos "¡Eureka!" en los que brotan geniales epifanías de momentos de ocio, siempre cuando dejamos de intentar hacer o solucionar un problema. Podemos imaginar a Arquímedes procrastinando largamente en la tina como un perezoso manatí. Y ahora también todos hemos oído sobre los beneficios de la meditación no-conceptual, no-elaborada, del no pensar, de llevar la mente a un estado de quietud. Una forma de bucear en el mar perlado del inconsciente, un mar sin olas, de insondable profundidad, para nadar preferiblemente bocarriba, flotando en posición de muerto. "Todos los problemas de la humanidad provienen de la inhabilidad del hombre de sentarse solo sin hacer nada en una habitación", escribió Pascal, que como Proust parece haber sido un neurocientífico antes de que existiera esta disciplina. Podemos leer la frase a la luz de las enfermedades modernas cuyo germen principal es el estrés: no poderse quedar quieto sin hacer nada es no poder relajarse y provocar la generación de neurotransmisores excitatorios del tipo "fight or flight" que desgastan a nuestro sistema inmune con sus amenazas fantasmas. Si el hombre supiera quedarse quieto en un cuarto, solo, otra cosa sería: generaría nuevos jardines colgantes, nuevas pirámides de brisa (para el deleite de su mente).

En su texto, Bellinghausen también cita al clásico Lafargue:

Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo.

La ética protestante y el ansía de neg-ocio capitalista son una forma de angustia colectiva proyectada, de competencia cargada de cortisol y frustración. Debemos de ganarnos la aceptación de Dios (además de la de nuestros padres, etc.) y para ello es necesario trabajar, hacer, agotar, explotar todos los recursos. Debemos de hacer dinero y comprar más cosas para ser. Esto es poco sustentable, nos precipita hacia un precipicio, progresamos hacia un final --cuando nos podemos quedar en una sagrada meseta sin tiempo (que por otro lado es el mejor lugar para dormir e imaginar, sin que el suelo esté inclinado; mejor parejo, en homeostasis). Esto también es lo contradictorio, el colmo del "sueño americano", que es un sueño y debe realizarse trabajando (los sueños son fáciles, no tenemos que hacer nada para que ocurran, sólo estar ahí y ver como pasan las imágenes, "como Dios limando sus uñas"). Pobre sueño el que tiene que salir a trabajar --¿acaso no es esto más bien lo que acaba con el sueño, despertarnos para ir a trabajar? ¿Para qué ocuparse con algo si podemos estar libres sin nada? 

Hay una frase lapidaria de Cioran que apenas recuerdo (soy muy perezoso para buscarla en un libro o en internet). Básicamente va algo así: si alguna vez has estado triste sin motivo, siempre lo estarás. Un poco de crueldad de determinismo freudiano. Por el contrario, si alguna vez has sido feliz sin hacer nada, siempre serás feliz (siempre que no hagas nada). No hay razón; la felicidad no es algo que uno haga. El éxtasis existe, no hay que inventarlo, ni invitarlo: es uno de esos huéspedes que se quedan a vivir en el sillón de la estancia si no haces nada. Un couch-potato. Y de todas formas, ¿por qué pensar que la felicidad es más importante que la facilidad? No es necesario aferrarse; suave y flojo, sin tener que cooperar, se abre para nosotros el reino del espacio infinito en una nuez.

Twitter del autor: @alepholo 

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Criptoanálisis del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México han brotado entre los sitios de conspiración; un tour mágico-masónico por estas interpretaciones del nuevo proyecto de Foster y socios

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No se hacen esperar los criptoanálisis de la simbología supuestamente Illuminati (o hasta reptiliana) del modelo presentado por el despacho de arquitectos de Norman Foster y su socio mexicano, Fernando Romero, yerno de Carlos Slim, para el nuevo aeropuerto de la ciudad de México. Sabemos que la blogósfera es caldo de cultivo para desaforadas teorías, descritas como "conspiranoicas", que, sin embargo, en ocasiones pueden llegar a sorprendernos por su capacidad de conectar puntos dispares que ocultan una gran profundidad de significados.

El blog Nuevo Orden Mundial Reptiliano ha publicado una extensa entrada en la que pretende desentrañar el origen simbólico de la construcción del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, cuyo proyecto fue presentado hace unos días por el gobierno de Peña Nieto. De entrada, parece que la "evidencia" principal para sostener que el aeropuerto está diseñado dentro de los parámetros Illuminati o del Nuevo Orden Mundial (de supuesta inspiración masónica) es simplemente el hecho de que sea Sir Norman Foster el arquitecto y partícipe indirectamente Carlos Slim, el hombre más rico del mundo y por lo tanto jerarca Illuminati por default. Foster habría sido una especie de Imhotep de la élite, participando en las construcciones de The City y otros centros de poder y manipulación ritual a través del uso de la arquitectura masónica, como puede ser también en su manifestación más burda: el gran falo rascacielo.

Hay que decir, por una parte, que es casi imposible que una obra arquitectónica, especialmente una de largo aliento y uso político, no contenga "símbolos". Principalmente porque es esencialmente una estructura geométrica --donde conviven diversas formas geométricas-- y la geometría es un lenguaje que simboliza, que comunica significado a través de la forma y la relación matemática. Los números pueden siempre ser representados como otras cosas (letras, por ejemplo); esto, de manera simplificada, es el principio fundamental de la cábala. (Kepler decía sucintamente que "donde hay materia, hay geometría", y entonces tenemos también el símbolo masónico de la regla y la escuadra, los elementos de un geómetra, "Dios geometriza", y por otro lado el apelativo para la divinidad es "El Gran Arquitecto"). Así, pronto se puede empezar a leer un templo, una pintura, una piedra o cualquier cosa, incluyendo aquellas erigidas por el caos y el azar. Así también uno puede acariciar la penetración divina del lenguaje de la naturaleza y la geometría sagrada o fácilmente arañar el orden paranoico donde todo no sólo está conectado, sino que el tejido está imbricado para estrangularnos, para cerrarse sobre nosotros. La mente humana es esencialmente metafórica y tiene la fascinante capacidad de ver en una cosa otra cosa, y así sucesivamente, formando una red de analogías y correspondencias.

En este sentido entra la mirada interpretativa. Personalmente me parece ridículo que se piense que todo lo que tiene una cierta simbología esotérica es parte de una intención de control mental dirigida en contra de la población y a favor del statu quo, orquestada por una fantasmagórica y omniabarcante sociedad secreta, generalmente identificada como los Illuminati (una sociedad secreta que, al menos en lo que concierne a la evidencia, se desintegró a finales del siglo XVIII). Ahora bien, esto de ninguna manera significa que las grandes edificaciones arquitectónicas de la historia y de nuestra era estén desprovistas de intencionalidad simbólica, que en muchos casos reconstruye arquetipos religiosos --y que puedan ser usadas para sostener y comunicar el poder que detentan. Basta leer El misterio de las catedrales, de Fulcanelli, para darse una idea de la riqueza simbólica esotérica de las grandes catedrales europeas y su relación no sólo con el cristianismo sino con los misterios religiosos, la alquimia y otros sistemas de conocimiento considerados paganos y herejes por el dogma de la Iglesia. 

Un antecedente que parece ser el favorito de los partidarios de la teoría conspiracional global es el aeropuerto de Denver, donde existe un aparente caballo del Apocalipsis y un mural que supuestamente estaría representando la idea rectora del Nuevo Orden Mundial, de reducir la población y acaparar las riquezas del planeta en un idilio satánico elitista.

La ritualización del espacio público

Vista desde el cielo, la estructura del nuevo aeropuerto de la ciudad de México puede vagamente identificarse como un Ojo de Horus o un ojo en un triángulo --otra lectura, sin embargo, también nos hace pensar en una gota arborescente, lo cual se incrusta en el tema biológico que parece predominar en el diseño (algo que quizás no habría que decirles a los conspiranoicos, ya que podría ser interpretado como evocativo de la manipulación genética del ADN humano por las huestes Anunnaki, pues se puede alcanzar a ver una alusión "ribonucleica" en el trazo de los hangares). Por otro lado, la forma que más claramente semeja un antiguo símbolo en el diseño de la nave del aeropuerto es la de un círculo entrelazado por una red que nos remite a la Flor de la Vida, un símbolo recuperado por el movimiento new age, pero que ha sido observado en los bocetos de Leonardo da Vinci y en diversas construcciones religiosas. Se considera fundamentalmente un símbolo de la intrincada red que teje la vida en el universo, la interconexión e interrelación entre todos los nodos de la madeja cósmica y planetaria. Foster dice en el video que su concepto es un sistema"holístico". Que yo sepa esto tiene una connotación que podríamos pensar ligada a una visión luminosa, de interdependencia ecológica, bastante atinada y positiva para un aeropuerto que buscaría la destrucción psicosimbólica de la población y la instauración del reino reptiliano del Nuevo Orden Mundial. Aunque evidentemente todo puede caer en el ámbito de la retórica y la desinformación, de cualquier forma esta interpretación esotérica del aeropuerto resulta un tanto rebuscada.

Quizás la referencia más interesante que propone este sitio del Nuevo Orden Reptiliano es la de un parecido con las "vimanas", que aparecen en los Vedas, y que han sido extrapoladas a otras imágenes religiosas e interpretadas por los ufólogos como una huella de la presencia de "antiguos astronautas", básicamente naves espaciales de los dioses védicos que luego reaparecen entre culturas babilónicas y hasta dentro del cristianismo, pero que de nuevo son sujetas a interpretaciones de símbolos que devienen en algo concreto: una nave espacial (similar a como la lápida de Pakal es, para algunos, una nave espacial y para otros, solamente una representación del axis mundi y de su paso al inframundo).

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Atribuirle al gobierno de Peña Nieto una sofisticada articulación de magia masónica es un elogio que no merece su probada negligencia. Pero reconozco que las apariencias engañan y es cierto que ha corrido (¿sigue corriendo?) una veta masónica entre los presidentes de México. 

Por otro lado se le atribuye "geometría sagrada" al render de lo que sería el aeropuerto de la ciudad de México, como si esto fuera un firma diabólica incontestable. De nuevo, ojalá el aeropuerto cuente con geometría sagrada --seguramente es mejor que la simple geometría profana--; un principio armónico de resonancia con las formas universales no debe de hacer mal en un lugar. Quién sabe; igual hasta ayuda a prevenir accidentes y ataques terroristas (aunque siempre existe la posibilidad de que el gobierno represente en el futuro, en este teatro simbólico, un evento de falsa bandera).

Quizás Peña Nieto (o el poder en la sombra que controla a este presidente-títere-telegénico) también participe en la ritualización del espacio público, irrupción numinosa irrestañable de ese mismo principio geométrico-simbólico de la realidad (que es, a fin de cuentas, la expresión material de un software). Pero lo más probable es que no sea de manera consciente.

 

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Si me diera rienda suelta esta imagen aérea del protopuertoaéreo me sugiere un cáliz, una especie de santo grial entre la floresta verde digital, conexión del cielo y la tierra en un vaso alquímico... y si hago un ejercicio de asociación libre, dejando surgir mi inconsciente veo un símbolo pleyadiano, una herradura magnética entre las fuerzas polares del universo y una especie de código binario para comunicarse con seres celestiales... la exégesis se despotrica en una explosión de Rorschach. (Después de escribir esto acabo de ver esta imagen en la que se señala que intencionalmente se ha colocado en el diseño el símbolo del águila y la serpiente, símbolo justamente de la unión entre el cielo y la tierra, más allá del escudo nacional y de la profecía azteca).

Tal vez discutir si el nuevo aeropuerto tendrá efectos deletéreos en el medio ambiente y en las poblaciones locales de la zona o si la licitación se condujo de manera legal o, incluso, sobre la posibilidad de un nepotismo encubierto en las relaciones de poder entre Slim y la presidencia (favores y conflictos de intereses) y otras cosas en este tenor es más importante, pero ciertamente no es más divertido que hablar sobre disparatadas conspiraciones globales y simbología extraterrestre (el parecido del aeropuerto con un crop circle es notable). Aquí entramos en una paradoja, porque aquello que divierte podría considerarse más importante y ciertamente más apasionante y estimulante para la psique que la burocracia y el enredo político terrenal --aunque tal vez esa es la verdadera conspiración: las tácticas de distracción masiva. 

Twitter del autor: @alepholo