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“La homosexualidad no es nada de lo cual avergonzarse”: Freud a una madre preocupada

Por: pijamasurf - 09/28/2014

En 1935, Sigmund Freud respondió por carta a una madre preocupada por la supuesta homosexualidad de su hijo; el escrito es una lúcida defensa del amor fuera del dominio de la moralidad, y del psicoanálisis como un método para conseguir esto mismo

Una de las grandes cualidades del psicoanálisis es la posibilidad de considerar un asunto fuera del dominio de la moralidad. En eso se distingue de muchas prácticas, lo mismo científicas como la medicina, que religiosas como el rito de la confesión del catolicismo. El psicoanalista escucha sin juzgar, habla sin pontificar y ni siquiera aconsejando; en pocas palabras, se mantiene al margen. Esta posición, llegado el caso, resulta liberadora, pues permite al sujeto de análisis narrar su vida así, libremente, sin que haya alguien (a excepción de sí mismo) dispuesto a aprobar o desaprobar desde un punto de vista moral sus palabras o las acciones que estas significan.

De ahí, por ejemplo, que desde el psicoanálisis pueda hablarse de una perversión pero no con una “valoración moral”. Así lo hace Freud, entre otros lugares de su obra, en su Presentación autobiográfica, un texto de notable valor introductorio para quien desee comenzar a conocer esta disciplina. Ahí la perversión se entiende como el curso natural del desarrollo libidinal, el cual deja el origen genital para buscar el placer en otros lugares. Eso, en términos muy generales, es una perversión, de donde se desprende que en realidad todos somos perversos, comenzando por los niños, esos “perversos polimorfos”. ¿Por qué? Porque culturalmente (en una noción amplia de cultura, también como recurso evolutivo) se nos lleva a sacar el placer de la genitalidad para ponerlo en otra cosa, un proceso no del todo volitivo ni mucho menos consciente que transita por muchas etapas, algunas más placenteras que otras, lo cual a su vez termina determinando nuestra elección de objeto. En el caso de la homosexualidad, Freud la entendió como una especie de etapa de esta carrera, por lo cual pudo asegurar que en toda persona, en cierto momento, “se puede pesquisar […] un fragmento de elección homosexual de objeto”.

Con este preámbulo compartimos ahora una carta escrita en 1935. Se trata de una respuesta a una madre preocupada por la supuesta homosexualidad de su hijo y, aun así, incapaz de nombrarla como tal.

La carta puede tomarse como una defensa de la homosexualidad frente a la represión moral que, en casi todos los momentos de la época moderna, se ha ejercido sobre las personas que se identifican sexualmente de esa manera.

Sin embargo, es posible que su argumento más interesante sea otro: el del papel del psicoanálisis frente a esta elección de objeto. Freud es sincero, casi duramente sincero, y dice no poder prometer nada a la señora, al menos no en cuanto la petición de esta de “arreglar” a su hijo. Pero, a cambio, habla de algo mucho más sensible y trascendente: armonía y paz para sí mismo. Freud adivina que el hombre se encuentra atormentado e inhibido, destrozado incluso, y la alternativa que ofrece es terminar con ese sufrimiento. En este sentido, confirma una de las nociones menos conocidas sobre el psicoanálisis: que este es, por encima de todo, una disciplina y un método para aprender a amar.

 

9 de abril de 1935

Estimada Sra. [borrado]:

Por su carta colijo que su hijo es homosexual. Me asombra el hecho de que usted misma no lo mencionara con ese término en su carta sobre él. ¿Puede preguntarle por qué lo evitó? Es cierto que la homosexualidad no es ninguna ventaja, pero tampoco es algo de lo cual avergonzarse; no es un vicio ni una degradación; tampoco se puede clasificar como una enfermedad. Nosotros la consideramos una variación de la función sexual, provocada por cierto freno en el desarrollo sexual. Muchos individuos altamente respetables del pasado y el presente han sido homosexuales, entre ellos muchos grandes hombres (Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, etc.). Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como si se tratase de un crimen, incluso es una crueldad. Si usted no me cree, lea los libros de Havelock Ellis.

Al preguntarme si puedo ayudar, usted quiere decir, supongo, si puedo revocar la homosexualidad y hacer que la normalidad heterosexual tome su lugar. La respuesta es que, en un sentido general, no podemos prometer conseguirlo. En algunos casos logramos que se desarrollen las semillas embotadas de las tendencias heterosexuales, que están presentes en todo homosexual; pero en la mayoría de los casos esto no es posible. Se trata de una cuestión de la calidad y la edad del individuo. El resultado del tratamiento es imprevisible.

Lo que el análisis puede hacer por su hijo corre sobre una vía distinta. Si él es infeliz, neurótico, si se encuentra destrozado por sus conflictos, si su vida social está inhibida, el análisis quizá le brinde armonía, paz de mente, eficiencia plena, sea que se mantenga homosexual o cambie. Si usted decide que él debe analizarse conmigo —pero no espero que usted piense eso—, su hijo tiene que venir a Viena. No tengo ninguna intención de salir de aquí. Sea lo que fuere, no deje de responderme.

Sinceramente suyo, con los mejores deseos,

Freud

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Por: pijamasurf - 09/28/2014

Las sociedades cambian y los idiomas también. Conoce algunas palabras que antes hubieran sonrojado a las buenas conciencias y que hoy son muy comunes

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Los idiomas son seres vivos en constante cambio: una palabra que durante una época designa un tabú puede cambiar su sentido y normalizarse. La misma palabra tabú es un buen ejemplo: una de sus probables etimologías viene del polinesio y designa la prohibición de tocar algo: así, el “no tocar” del tabú cambia de sentido en Europa para designar aquello de lo que no se puede o no está bien visto hablar.

En lenguas como el francés, la palabra foca (foque) designa en ciertos contextos a los homosexuales de manera despectiva, y el inglés para premio (token) era, en el siglo XIX, una forma eufemística de referirse a las enfermedades de transmisión sexual (token of affection, así, no era tanto una “muestra de mi afecto”, sino eso que estás pensando justamente).

Del mismo modo, la palabra “fascinar”, que hoy designa una sensación de asombro o encanto, en la Roma antigua designaba a un pequeño amuleto en forma de pene, el fascinus, que se utilizaba para producir un hechizo amoroso (el fascinare). En cierto modo, se diría que “fascinar” a alguien era el equivalente a hipnotizar a alguien a la distancia con un pequeño pene mágico.

En un contexto bíblico, los verbos “acostarse”, “echarse”, “conocer”, “yacer” y “descubrir” suelen ser eufemismos que aluden a una relación sexual, como en el Deuteronomio 27:20: “Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque ha descubierto la vestidura de su padre”. Los pies también suelen ser formas de encubrir un encuentro sexual. Cuando Noemí pide a Ruth que vaya a “descubrir los pies” de Booz, puede leerse como un ofrecimiento erótico. “Descubrir la desnudez”, como en el Génesis 9:20-24, tiene también un sentido sexual.

Un ejemplo más reciente de cómo una palabra puede cambiar de significado y dejar de ser tabú es el adjetivo earnest, que en el inglés de nuestros días significa solemne, sincero, así como decir algo seriamente. Pero en los tiempos del gran escritor Oscar Wilde, autor de The importance of being Earnest, esta palabra era un guiño para referirse a la homosexualidad. “Cecily”, otro de los personajes de la obra (que en español fue traducida como La importancia de llamarse Ernesto, lo que le quita la sutileza semántica), era una palabra para referirse a los proveedores de servicios sexuales masculinos. Del mismo modo, la palabra gay pasó de significar “alegre” o “gozoso” a designar a los homosexuales, y en la Inglaterra del siglo XV, la palabra occupy (ocupar) tenía el mismo sentido que hoy tiene "penetrar".