*

X
Reflexiones sobre la depresión y la posibilidad de que los deprimidos sean una suerte de "elegidos" para mantener la esperanza de nuestra especie.

Screen Shot 2014-08-17 at 1.00.52 PM

Do you not see how necessary a world of pains and troubles is to school an intelligence and make it a soul?
― John Keats

A los 63 años, uno de los actores más populares de las últimas décadas hollywoodenses optó por quitarse la vida. El modus operandi sugiere una desesperación atroz: murió asfixiado al colgarse con un cinturón en su casa de Tiburón, California, luego de, aparentemente, haber tratado de cortarse las venas. Más allá de su fama, producto de ser uno de los más icónicos ensamblajes de la gran maquina de celebridades, tal vez uno de los detalles que más abonaron al shock masivo es que Robin Williams no era sólo un actor; era un cómico, un tipo que no sólo aparentaba desbordar felicidad sino que, al menos de manera efímera, la "producía" en los demás. 

El suicidio es esencialmente un acto trágico. Al menos en la cultura occidental, es la autoinducción del arquetípico final, del game over, de oficializar el triunfo de la desesperación. El suicidio es cabrón y, paradójicamente, su trágica naturaleza reside no tanto en el momento culminante como en el proceso que le antecede. ¿Qué ocurre en la mente (y por lo tanto, en la realidad) de aquel que elige terminarse? ¿Cómo fueron los días y las noches previos a ese momento en la vida de Robin Williams? ¿Cuántos millones de personas no están experimentando situaciones similares justo en el instante en que yo escribo o tú lees esto? Y aquí llegamos al tema que realmente me interesa abordar: la depresión. 

La depresión es un estado por lo menos complejo, si no es que inabarcable. Por un lado, en el plano material, presuntamente, se manifiesta a través de una danza de químicos cerebrales. Pero también conlleva una dosis importante de psique y, obviamente, de emocionalidad. En algún sentido es una enfermedad, como cientos de otras que están catalogadas, ni más ni menos, pero también tiene un algo engañoso, elusivo –como cuando volteas a ver un retrato y te das cuenta que él ya te estaba viendo desde antes. Aunque no exclusivamente, pasa por lo frívolo, o al menos por lo burgués y post-moderno, pero en el trayecto toca a su vez algunos de los puntos más profundos de la naturaleza humana.

Por si no fuese suficientemente complicada la anterior mixtura la depresión debiera ser, quizá como protocolo mínimo de respeto o empatía, impronunciable para aquel que no la experimente (como bien señalamos en un artículo previo), pero a la vez, la endémica percepción que conlleva el estar deprimido también imposibilita el abordarla de una forma que permita jugar con la posibilidad de trascenderla. La depresión es una trampa, pero una casi perfecta. Y es que si la voluntad mueve montañas, la depresión construye abismos, tan reales como tu mesa de madera o la taza de té que a veces te acompaña. Además, a diferencia de otras frecuencias anímicas, por ejemplo la melancolía, la depresión carece de toda poiesis, es más bien un estado obscenamente estéril, que fácilmente puede inhabilitar (discapacitar) a aquel que lo experimenta. 

Screen Shot 2014-08-17 at 1.10.17 PM

La torpeza social o la incapacidad para interactuar dignamente con el fenómeno de la depresión se traducen en situaciones como el abuso del término, la frivolización de un escenario que genuinamente, para muchos , determina buena parte de su existencia. Por otro lado tenemos esta nefasta presión sociocultural para ser felices, o al menos para simularlo sistemáticamente, aspirando a replicar las escenas de júbilo con las que cierran miles de películas. Y es que, en un mundo donde no sólo tienes que ser feliz sino que tienes que demostrarlo e incluso presumirlo –tu felicidad debe ser espectacular, o al menos híperexplícita–, cuál es el rol que toca a los deprimidos.  

El caso de Robin Williams despertó un interesante espectro de reacciones. Para muchas personas que sufren de depresión se convirtió en una especie de redentor, una prueba fehaciente de que esta condición no es un simple perfil psicológico o una predisposición a pasarla mal. A otros, primerizos, les develó que la fama, el dinero y similares no garantizan en absoluto la felicidad o la tranquilidad. Hay quienes incluso se aventuraron, como suele ocurrir en los contextos post-suicidas y evidenciando una clara limitación comprensiva, a enfatizar en el egoísmo del señor. En todo caso, más allá de las múltiples interpretaciones, este episodio, al menos, reavivó el debate sobre la condición que derivó en el mediático suceso: la depresión que protagonizó el actor los meses (o años) previos a su muerte --papel que, por cierto, terminaría siendo el más importante de su vida.   

Me gustaría lograr las palabras ideales, una liberadora conjugación semántica, para compartir en torno a la depresión, para tal vez mitigarla. Pero sé que este deseo es bastante naive. Me gustaría alentar a las millones de personas que están o hemos estado de visita en esos estados baldíos a dejar las vistosas expectativas y concentrarnos en lo micro, en los pixeles de la cotidianidad, en la sensación de la escoba al peinar el suelo, en el infinito sabor potencial que tiene para nosotros un vaso de limonada o en la perfección del masaje implícito en una tonada, casi cualquiera. En el fondo quizá intuyo que estos deseos tienen poco sentido, pues muy probablemente sólo puedan resonar a través de una línea distinta de la partitura; son bálsamos improbables que actúan en un universo difícilmente similar al que se experimenta desde la depresión.     

Unknown

La depresión es un misterio que, más allá de la abstracción, goza de un mordaz realismo. Pero también sé que está tan lejos de ser una simple predisposición anímica como lo está de ser un obstáculo insalvable. Y tengo buenas razones para creer que cada gramo de "anti-depresión" que se consigue estando inmerso en un estado depresivo, vale por millones de los happy points o los gramos de felicidad culturalmente inducidos o que estaban ya ahí, como por default –y lo digo sin la intención de demeritar el rol de los "liberadores naturales de endorfinas" que andan alegres por el mundo, gozando de la vida de una manera tan válida como, quizá, poco consciente.

En este sentido y quizá pecando de romántico me atrevería a decir que, posiblemente, la depresión es una especie de ritual iniciático al que sólo serán sometidos algunos cuantos. Y que, similar a lo que ocurre con la figura del chamán, se trata de visitar algunos de los mundos más inhóspitos –en los que no aplican las mismas reglas ni leyes– para recoger ahí preciados regalos y traerlos de regreso consigo a este otro mundo, el "estándar". Obviamente, al emprender inconscientemente esta aventura nadie tiene garantizado el regreso pero, ¿no es a fin de cuentas esa incertidumbre la que ha acompañado cualquier empresa épica en nuestra historia? 

La batalla es dura y supongo que, lamentablemente, muchos habrán de caer en sus respectivas luchas. Sin embargo, cada minúscula porción de victoria que se logre en este campo terminará sosteniendo, tal vez, la esperanza colectiva de nuestra obtusa especie –difícil imaginar un insumo más puro que aquel que un "alguien" se aventuró a recoger y trascender, en los terrenos de la depresión, para luego compartirlo con el resto.  

 Twitter del autor: @ParadoxeParadis 

 

Te podría interesar:

¿La felicidad debería ser sinónimo de democracia?

Por: pijamasurf - 08/17/2014

La felicidad podría ser un importante componente en la creación de nuevas y mejores políticas públicas, si tan sólo consiguiéramos ponernos de acuerdo en lo que el mundo en su conjunto entiende por felicidad

paris

En lugar de obtener placer de lo que tiene, se duele por lo que otros tienen.

-Bertrand Russell

La felicidad es uno de los estados más subjetivos del ser humano: Felicitas era la diosa romana de la suerte, y su efigie (portando la cornucopia y el caduceo, símbolos respectivamente de la abundancia y la salud) se hacía imprimir en todas las monedas, en la cara posterior a la del César. El concepto de felicidad, pues, está ligado al dinero, a su fría materialidad, pero también --y sobre todo-- a su intercambio, donde las antiguas metamorfosis de los dioses se abstraen y convierten en un simple instrumento de posesión y acumulación. ¿Pero qué pasaría si pudiéramos utilizar una definición más moderna de felicidad para entender aquellos parámetros culturales que una sociedad encuentra relevantes, y dejarnos guiar por la felicidad como indicador para generar mejores políticas públicas?

La OECD (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico) cree que sí, y ha diseñado una herramienta para convertir la felicidad en un parámetro confiable para el desarrollo económico de las naciones.

La OECD se encuentra ubicada en París, una de las ciudades más bellas y envidiables del imaginario colectivo: los franceses tienen seis semanas de vacaciones, universidades gratuitas, excelente transporte público y uno de los mejores sistemas de salud del mundo. ¿Entonces por qué, año tras año, los franceses están ubicados en las encuestas como uno de los países más infelices del mundo?

No se trata de reducirlo meramente a la influencia del existencialismo: la felicidad de una sociedad no es lo mismo que la de otra. Por ello, The Better Life Index ha nutrido desde hace tres años una extensa base de datos compuesta por lo que 4 millones de encuestados en 180 países entienden por felicidad.

Los japoneses, por ejemplo, se preocupan sobre todo por la seguridad, probablemente a causa del accidente nuclear de Fukushima. Los latinoamericanos, por su parte, se preocupan por una mejor educación. La gente va a la página y resuelve un indicador de 11 prioridades, que incluyen parámetros como el ingreso y el medio ambiente; de este modo, cada encuestado puede ver dónde está ubicado su país con el parámetro que ellos colocan en la más alta prioridad.

Sin embargo, esta herramienta no está exenta de problemas: por ejemplo, al responder la encuesta te encuentras con algo llamado “balance entre vida y trabajo” (work-life balance), el cual es el parámetro más importante para los estadounidenses, pero Estados Unidos está ubicado casi al fondo del indicador mundial en este rubro. ¿Por qué, pues, si esto es tan importante para los estadounidenses, sus políticos no lo toman como punto de partida?

Angel Gurría, director de la OECD, afirma que el índice “es un instrumento de enorme poder y potencial político… para informar a los gobiernos de lo que la gente quiere y de lo que les provoca angustia”.

Es curioso que la felicidad como indicador económico tenga que entenderse desde la falta: dime de qué careces y te diré dónde está tu felicidad.

Según Bertrand Russel en The Conquest of Happiness, el pasto no es más verde en el jardín de nuestro vecino, simplemente idealizamos (es decir, envidiamos) el pasto del vecino porque no es nuestro, porque no nos pertenece.

“¿Qué es lo que siempre hace la gente?”, se pregunta Anthony Gooch, uno de los creadores del índice. “Los seres humanos están constantemente espiando sobre la cerca. ¿Qué hace mi vecino? ¿Cómo le va a él?”.

No se trata de envidia –al menos no desde el punto de vista de un economista— sino de contraste: Gooch y Gurría creen que el índice podría servir no sólo para que las políticas públicas se conecten con la vida de la gente, sino como un auténtico instrumento democrático.

Por otra parte, darnos cuenta de lo que sí tenemos debe ser el correlato moral esperable de un ejercicio de estadística económica como este. Las prioridades de las personas cambian de acuerdo a su clase social, así que deberíamos preguntarnos qué tan objetiva puede ser una base de datos sobre felicidad llenada por personas con acceso a internet, es decir, con las necesidades elementales (comida, vestido, vivienda) relativamente resueltas, a diferencia de millones de personas para las que la felicidad probablemente es no pisar una mina antipersona y comer un puñado de arroz (la película que hay que ver es La pesadilla de Darwin).

Probablemente la felicidad no sea sinónimo de democracia, aunque puede ser entendida --al menos-- como el punto ciego de cualquier régimen de gobierno. La felicidad es básicamente aquello que le falta a la gente; pero, dialécticamente, también es eso que sentimos cuando nos damos cuenta de lo que sí tenemos.

Bruno Fontaine, parisino en sus treinta, habla de la felicidad en un pequeño café en la orilla izquierda del Sena, mientras la Torre Eiffel enciende su vestido de noche. “Para mí es la salud”, dice, “porque cuando tienes salud todo es más fácil”. Luego añade: “¡Salud y amor!”; pero el índice de la OECD no considera el amor.