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¿Cómo afectaría la inmortalidad a la memoria? Neurocientífico utiliza a los vampiros como modelo para trazar la relación entre la memoria y una hipotética inmortalidad

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La figura del vampiro fascina a nuestra cultura por diversas razones; una de ellas tiene que ver con la inmortalidad y, de manera más específica, con su memoria y cómo asimila el paso del tiempo. Muchas de las representaciones que tenemos de este ser inmortal aliado a la noche y que vive de la sangre, nos muestran una refinada personalidad de una enorme cultura acaso consagrada a la memoria de un antiquísimo amor o pasión. En la película de Jim Jarmusch Only Lovers Left Alive, los vampiros amantes Adam y Eve son una especie de emblema vivo de la cultura de nuestra civilización, guardianes de la memoria del arte humano. Su convivencia está asediada por el recuerdo de canciones, poemas y encuentros con los grandes artistas de todas las eras, muchos de los cuales ellos mismos han encarnado secretamente o han influido.

El neurocientífico Brian Levine, después de ver la película de Jarmusch, ideó un interesante ejercicio de imaginación científica preguntándose cómo afectaría a la memoria la inmortalidad, y qué podemos aprender de los vampiros si estamos interesados en mejorar nuestra función cerebral y nuestra capacidad de aprendizaje (como Adam en la película, que parece dominar cualquier instrumento musical y es también un handyman que puede arreglar cualquier contingencia).  

Sabemos que la sangre puede revertir algunos efectos del envejecimiento y, teóricamente, beber sangre de personas más jóvenes podría revertir la degeneración progresiva de la función cognitiva; este proceso, llamado parabiosis, ha sido probado con efectividad en ratones. Sin embargo, esto no significa necesariamente que un vampiro mantendría intacta su memoria (cazando sangre joven perpetuamente).

En la siguiente gráfica se ilustra cómo la memoria decae con el tiempo de manera exponencial (bajo la suposición de que los vampiros exhiben características similares a los humanos no inmortales). El eje horizontal representa el tiempo y el eje vertical la retención mnemónica, ambas en funciones exponenciales monotónicas o constantes en perpetuidad. Un vampiro de 1,000 años recordaría apenas 0.0002% de su vida. Este infinitesimal porcentaje es el resultado de una especie de selección natural de la mente: "Sin la aniquilación de una enorme cantidad de estados de conciencia, y la represión momentánea de muchos más, el recuerdo sería imposible", escribió el psicólogo Théodule-Armand Ribot en 1882. Generalmente, los recuerdos más útiles son las últimas cosas que hemos vivido; de otra forma, si tenemos activos todos los recuerdos de nuestra infancia y de miles de días y pensamientos, recordar dónde están las llaves del coche sería una empresa épica y delirante.

memoryExiste, sin embargo, una excepción a esta tendencia de olvido que se conoce como "tope de reminiscencia", que generalmente ocurre en los humanos alrededor de los 20 años y está ligada a experiencias que formaron nuestra identidad y ejercen una especie de efecto preferencial debido a su significado emocional. Estas selecciones de memoria harían que un vampiro pudiera recordar su primer beso (o su primera paleta de sangre) aunque haya ocurrido hace mil años.

Otro aspecto a considerarse es que, a diferencia de los no-inmortales que con la edad cambian su enfoque hacia nutrir a los jóvenes y dejan atrás metas de largo plazo (además de dedicarse a combatir enfermedades), los vampiros no tienen que lidiar con esto y pueden ocupar su mente aprendiendo nuevas cosas y optimizando su funcionamiento. Escribe Brian Levine:

Para los vampiros no hay un límite teórico sobre la cantidad de habilidades que pueden ser adquiridas a un alto nivel de competencia, más allá de los pasatiempos que requieren hacerse a la luz del día. Los vampiros tienen lo mejor de los dos mundos: mientras que los mortales cuando llegan a ser sabios ya son lentos, los vampiros son sabios y rápidos. El truco está en mantener estas habilidades aprendidas. Haber tomado clases de piano en la era isabelina no serviría de mucho si no se mantiene una práctica regular. 

Después, Levine hace una serie de recomendaciones basadas en su experiencia trabajando con la cognición. Básicamente, se recomienda elegir dos o tres cosas de distintas categorías (habilidades físicas, artísticas e intelectuales) para que la variedad estimule la neuroplasticidad y fortalezca diferentes sistemas cerebrales. Estas habilidades deben ser practicadas de manera distribuida, en ciclos con un día o dos de descanso. Para poder consolidar el aprendizaje es necesario dormir bien, ya que durante el sueño la mente hace una especie de clase maestra en la que repasa lo que aprendió y cimenta las conexiones neuronales relacionadas. Por último es importante aprender cosas que nos hagan sentido y que tengan, por así decirlo, cierto futuro para que a lo largo de los años podamos seguir motivados (por eso los vampiros parecen inclinarse a las bellas artes y no a convertirse en expertos en water polo o algo así).

Un factor intangible que habría que considerar es la posibilidad de que, a lo largo del tiempo, los vampiros encuentren técnicas para aumentar su capacidad cognitiva, desde drogas nootrópicas hasta técnicas, como podría ser la meditación. No podemos saber hasta qué punto una mente que reflexiona sobre sí misma y ahonda en el autoconocimiento es capaz de actualizarse y aumentase de una manera que en nuestra época sólo imaginamos a través de la tecnología. Un vampiro interesado en explorar su propia conciencia podría alcanzar niveles que para nosotros lo harían indistinguible de la divinidad. No conocemos del todo los límites del cerebro humano. Levine concluye:

La complejidad del cerebro humano, con más de 100 mil millones de neuronas y 100 billones de conexiones, va más allá de nuestra comprensión, al menos con los métodos actuales. Con el suficiente tiempo, la cantidad de información que podrían absorber a través de la escultura neuroplástica de estas conexiones es ilimitada. Los beneficios de la mayor exposición y experiencia en los mortales son contrarrestados por los cambios cerebrales relacionadas con la edad. Aunque los vampiros están sujetos a la misma función de olvido que los mortales, ilustran la capacidad del cerebro de aprender y recordar que sólo puede observarse en ausencia del envejecimiento cerebral y los horizontes temporales finitos.

Quizás la pregunta aquí sería si el pensamiento de los vampiros puede liberarse de la sucesión temporal y alcanzar aquello que es eterno, de lo cual el tiempo es sólo una imagen borrosa. Y, para nosotros, la reflexión sería si el tiempo mismo, el cambio y el envejecimiento nos impiden observar lo verdadero, lo que permanece más allá de nuestros pequeños dramas finitos. Tal vez no tener que preocuparnos de la muerte nos elevaría a una atalaya, a una perspectiva desde la cual podríamos observar el mundo con mayor claridad, o tal vez es la muerte misma la que nos otorga la conciencia.

 

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Borges nunca fue un viejo afable: era agudo y despiadado, y quien lo niegue sólo demuestra su poca capacidad de lectura

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En 1969 Borges publicó Elogio de la sombra, probablemente uno de los libros más desafortunados en ese destino imprevisible que se conoce como lectura. ¿Por qué razón? En parte porque ahí se encuentran al menos un par de frases que internet adoptó como mottos distintivos del autor argentino, pero sueltas, descontextualizadas y al mismo tiempo recontextualizadas en narrativas que poco tienen que ver con la literatura y menos aún con el estilo con que Borges escribía y la intención que quiso dar a sus escritos.

A pesar de la imagen que podemos tener de él —la del anciano un tanto afable, un tanto desvalido a causa de su ceguera, hablando de la eternidad o de poesía inglesa, rozando peligrosamente el patetismo—, lo cierto es que durante casi toda su vida intelectual fue implacable, por momentos cruel, agudo e ingenioso, cualidades que difícilmente casan con esos discursos que a medio camino entre el new age y el catolicismo más rancio, preconizan el amor de todos los seres y las muchas cosas que de esto se deriva.

Así, por ejemplo, en el poema “Un lector”, encontramos este inicio que sin duda muchos reconocerán:

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.

¿Es una declaración de humildad? Eso parece transmitir, al menos si, como al animal salvaje, se le saca de su hábitat natural para exhibirlo en el ambiente controlado y aséptico de un zoológico. El poema evoluciona hacia un elogio un tanto nostálgico de la lectura, pero enumerando ciertos títulos, los cuales descubren un gusto especial. Esto, es cierto, no está reñido con “ser humilde” (hay canallas que han leído a Virgilio), pero es un exceso esgrimir ambas líneas para (auto)justificar la mediocridad lectora o escritural de alguien fuera de Borges.

En ese mismo libro también se encuentra otro texto que pone a prueba la comprensión lectora de cualquiera: “Fragmentos de un evangelio apócrifo”, un ejercicio estilístico o de imitación, un pastiche que retoma el fraseo religioso de los textos sagrados para conformar una lista de 48 versículos, comenzando en el número 3 (un recurso que alude a la incompletud para reforzar la idea de lo apócrifo).

3. Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.
4. Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.
5. Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria.
6. No basta ser el último para ser alguna vez el primero.
7. Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen.
8. Feliz el que perdona, a los otros y el que se perdona a sí mismo.
9. Bienaventurados los mansos, porque no condescienden a la discordia.
[...]

Para quien esté familiarizado con los Evangelios, de inmediato el tono de las sentencias hace recordar el llamado “Sermón de la Montaña”, ese discurso de Jesús que recogen Mateo y Lucas y el cual, en términos generales, ofrece esperanza de recompensa a los bondadosos pero sobre todo a los desgraciados, los sufrientes: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

Borges escribe algo que nos suena parecido. Utilizando las palabras correctas —los clichés del discurso religioso, podríamos decir—, construye un texto que guarda semejanza con algo que creemos haber leído o escuchado. Ahí están las palabras “desdichado” y “dichosos”, las fórmulas, la cadencia, incluso el tono magisterial y de adoctrinamiento.

Sólo que esa semejanza sólo es aparente y, por lo mismo, tramposa. Porque es Borges. Y porque alguien como Borges sería incapaz de escribir un catecismo.

La salmodia debería comenzar a quebrarse desde el principio, pero si no, basta arribar a los versículos intermedios para asistir a la paulatina explosión del mecanismo en una carcajada de ironía.

“No jures, porque todo juramento es un énfasis”. Ese es el versículo 25. La prohibición del juramento, que se encuentra ya en la tradición judía, está también aquí pero ligada a algo mucho más mundano, más exquisito quizá: la retórica. No jures pero no porque ofendas con ello a una posible divinidad, sino porque jurar es incurrir en una de las mayores faltas retóricas del discurso, el énfasis, que todo lo solemniza hasta volverlo risible y chabacano, el énfasis que caracteriza a los noveles y los ingenuos.

Y así sucesivamente.

La verdad es que cada una de esas frases podría explicarse siguiendo más o menos el mismo procedimiento, pero pocas cosas tan anticlimáticas hay en este mundo  como explicar un chiste. El que entendió, entendió, como se dice en México.

Y repetir con inocencia, con emotividad, “Felices los felices”, es no haber entendido nada.

Twitter del autor: @juanpablocahz