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La fascinante razón por la que este hombre tocó el violín mientras le operaban el cerebro

Salud

Por: pijamasurf - 08/12/2014

Un hombre salvó su carrera musical tocando el violín en una neurocirugía

 

 

violin

 

La imagen es altamente llamativa: un hombre  cubierto de plástico y envuelto en cables toca un violín en un quirófano rodeado de hombres de bata azul. En primera instancia, no sabemos si es algún tipo de performance o se trata de un procedimiento médico... Ese hombre no sólo está ahí para hacer una prueba o sorprendernos; está siendo operado del cerebro. 

Se trata de Robert Frisch, un violinista profesional que fue sometido a una neurocirugía en la Clínica Mayo para tratar un "temblor esencial", una condición en la que no se puede controlar el pulso y una persona padece contracciones involuntarias. En las notas altas, las manos de Frisch temblaban de manera frenética e idetenible, de manera que su carrera como violinista estaba en riesgo.

Al tocar el violín durante su operación, Frisch guió a los médicos hacia un segmento de su cerebro que estaba disparando una señal fallida que causaba su periódica temblorina. Para hacerlo, los doctores implantaron un pequeño electrodo que bloquea el temblor haciendo una pequeña descarga eléctrica en la parte del cerebro que señaliza el temblor.

Alrededor de 10 millones de personas en Estados Unidos sufren de esta condición, la cual puede llegar a ser paralizante, especialmente para personas que tienen profesiones en las que estos episodios pueden comprometerlas de manera indeseable. El procedimiento conocido como "estimulación cerebral profunda" --usado también para tratar la depresión, el mal de Parkinson y otras enfermedades-- es una interesante y creativa alternativa para resolver este problema. En el caso de Frisch, le regresó su carrera y la música al más alto nivel --algo ciertamente nada trivial.

 

 

¿Por qué se suicidan tanto los médicos?

Salud

Por: pijamasurf - 08/12/2014

A pesar del tope de 80 horas de trabajo semanal para residentes, la medicina sigue siendo una de las profesiones más desgastantes física y emocionalmente, tributando vidas al estrés y las largas jornadas. El testimonio de un par de médicos jóvenes puede iluminar este panorama
[caption id="attachment_84098" align="aligncenter" width="600"]medic Imagen: nytimes.com[/caption]

Ser médico es una profesión de riesgo: algunos estudios muestran que los médicos tienen el doble de probabilidad de suicidarse que las personas que no ejercen esta profesión; la probabilidad se triplica en el caso de las mujeres. La nanocirugía avanza a pasos agigantados, al igual que el prospecto de nuevos tipos de transplantes y vacunas contra enfermedades hasta hoy incurables; sin embargo, los médicos no pueden comportarse como robots: siguen enfrentándose finalmente al ciclo de vida y muerte al que todo organismo está expuesto, y para algunos es simplemente demasiado difícil.

Se estima que al menos 400 médicos cometen suicidio cada año en Estados Unidos, más que el promedio de la población general y más que en cualquier otro grupo académico-ocupacional --y la tendencia es más pronunciada entre psiquiatras y anestesistas. La paradoja de que los médicos no puedan diagnosticar sus propios malestares asociados con el ejercicio de la profesión (como estrés, aislamiento social y abuso de drogas) ha sido documentada estadísticamente, pero algunas voces al interior del gremio están de acuerdo en que se requieren cambios de fondo.

Pranay Sinha es un médico de primer año de residencia en el departamento de medicina interna del Hospital de Yale-New Haven. Su teoría es que los médicos (en especial los residentes en EE.UU.) son formados de acuerdo al ideario del ensayo “Aequanimitas” de Sir William Osler, fundador del primer programa de residentes del Johns Hopkins Hospital en 1889. El médico debe proyectar ecuanimidad intelectual, emocional y física, muchas veces más allá de las que posee realmente.

Sinha se dio cuenta de que es sólo cuestión de tiempo para que el médico tenga que enfrentarse a la realidad estresante de aquello que, paradójicamente, también le genera satisfacción: certificados de defunción, diagnósticos mal establecidos, prescripciones erradas…

Para remediar dicha soledad, Sinha enfatiza la necesidad de “una cultura médica que nos aliente a compartir estas vulnerabilidades” cambiando la competencia entre colegas, así como el sentimiento de soledad, por un sentido de conexión.

“Descubrimos que algunos enfermos no se curan pero se sanan”

Los dramas médicos no ocurren solamente en Dr. House o Grey’s Anatomy: la supuesta infalibilidad de los médicos ha sido cuestionada también en un contexto latinoamericano en el libro Permiso para morir. Cuando el fin no encuentra un final, de próxima aparición en Argentina.

El caso del músico Gustavo Cerati y su innecesaria agonía dan pie a una reflexión de Daniel Flichtentrei sobre el derecho a la muerte voluntaria, pues “hay investigaciones que señalan que los médicos realizamos maniobras de reanimación cardiopulmonar hasta en un 85% de los casos, aun considerando que serán inútiles o que sólo prolongarán la agonía” .

La educación “enfática” de los médicos, como la llama Flichtentrei, parte de la premisa de que toda vida merece ser vivida, lo que lleva muchas veces a la construcción de un nuevo tipo de paciente: los familiares del enfermo que ven al paciente convalecer innecesariamente, cuando las esperanzas clínicas han sido agotadas.

Aunque Flichtentrei no se refiere propiamente a la singular tasa de suicidios entre médicos, su propuesta para afrontar con una nueva humildad el ejercicio de la medicina podría beneficiar a otros practicantes, especialmente por el enfoque de ida y vuelta que plantea:

Aprendemos a “ser” y no sólo a “hacer”. Leemos, tomamos cursos de postgrado, asistimos a congresos y a simposios para adquirir como médicos las habilidades que teníamos antes de ingresar a la facultad y que habíamos perdido al salir de allí. Las competencias elementales para comprender el sufrimiento ajeno y para permitirnos sentir el propio. La habilidad para articular lo analítico y lo narrativo. Una mañana al entrar en la sala del hospital nos damos cuenta de que podemos escuchar y no sólo preguntar. Que el “escuchatorio” puede articularse con el interrogatorio. Que la gente tiene cosas valiosas para decirnos y que son ellos mismos, con sus propias historias, quienes le dan sentido a la vida que se les termina. Descubrimos que algunos enfermos no se curan pero se sanan. Que ellos se sienten mejor. Y nosotros también.