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Dime dónde vives y cuánto ganas, y te diré cómo es probable que mueras

Por: pijamasurf - 08/02/2014

Existe una radical diferencia entre las causas de muerte y las expectativas de vida entre países considerados como ricos y aquellas naciones que ocupan los últimos escaños en cuanto a ingresos

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La muerte es uno de los comunes denominadores que compartimos todos los seres humanos. Sin embargo, la forma en la que morimos, así como la expectativa de vida, varía significativamente de acuerdo al país en el que vives y, sobretodo, a tu posición socioeconómica. 

El Banco Mundial reconoce a 213 países, los cuales esta organización divide en tres grupos: aquellos con ingresos altos (39,312 dólares anuales), medios (4,721) o bajos (664). Y, aunque comprensible, no deja de resultar sorpresivo que las principales causas de muerte entre uno y otro grupo difieran esencialmente.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, si vives en un país (o en un entorno) económicamente privilegiado, es decir, perteneciente al grupo 1, lo más probable es que mueras de un infarto cerebral, un paro cardíaco o un mal respiratorio (incluyendo cáncer y enfisema pulmonares). En cambio, si eres uno de los 34 países más desafortunados en cuanto a ingresos, el grupo 3, entonces lo más probable es que la muerte se te presente disfrazada de una infección respiratoria, VIH o diarrea.

Pero, como mencionábamos, la radical distinción no sólo incluye las causas de muerte, ya que también existe una drástica diferencia en cuanto a la expectativa de vida. Mientras que, en promedio, aquellos que forman parte del grupo 1 sobrepasarán los 70 años, en los del grupo 3, en alarmante contraste, sólo 6 de cada 10 personas logran superar la barrera de los 15 años de vida. 

Un pretexto más para dedicarle unos momentos de reflexión a la indignante desigualdad que impera en este, nuestro planeta. 

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¿Es cierto el mito de que sólo utilizamos 10% de nuestro cerebro?

Por: pijamasurf - 08/02/2014

Es tan común la idea de que solo utlizamos 10% de nuestro cerebro que pocos nos hemos cuestionado si esto realmente es cierto
[caption id="attachment_81965" align="aligncenter" width="630"]istvan orosz (15) Istvan Orosz[/caption]

Este es un viejo mito que opera desde la cultura victoriana, cuando la medicina moderna aún coqueteaba con pseudociencias como la frenología. Su origen es incierto y, como toda leyenda urbana, nada de varios manantiales potenciales.

Remontémonos primero al trabajo de Jean Pierre Flourens, inventor de la anestesia y quien ostenta el título del hombre que descubrió que la conciencia reside en el cerebro y no en el corazón. En sus incursiones pioneras al cerebro caracterizó a una larga porción como el “cortex silencioso”, lo cual llevó a pensar que cierta parte del encéfalo no tenía función alguna.

Otra fuente es la Teoría de la Reserva Energética acuñada por William James y Boris Sidis en la década de 1890. Basándose en sus experiencias con William, un niño con un IQ de 250-300 (el de Einstein era de 160), concluyeron que cada ser humano debe tener una reserva escondida de energía mental y física lista para ser explorada. Esta idea fue llevada a su límite cuando Lowell Thomas, parafraseando a James, escribió que en promedio el hombre sólo desarrolla 10% de su potencial mental latente.

Han existido otros estudios que ayudaron a reforzar el mito, pero poco a poco la ciencia ha llegado al punto de darse cuenta de que ninguna neurona carece de función en la vida del cerebro. La ciencia de los últimos 80 años ha demostrado que hasta el menor daño a cualquier zona de nuestro cerebro puede ser catastrófico. Virtualmente utilizamos la totalidad de nuestros cerebros y, según señala Barry Gordon, gran parte de nuestro cerebro permanece activa todo el tiempo. El cerebro ocupa 3% del peso del cuerpo y gasta 20% de su energía.

Si nos removieran 90% de nuestro tejido cerebral, acabaríamos con un cerebro parecido al de una cabra. A pesar de la enorme plasticidad de nuestra masa encefálica y de que existen casos de personas que, aún perdiendo uno de los hemisferios, logran recuperar funciones, la realidad es que, en la mayoría de los casos, una pequeña lesión puede resultar en una pérdida irreversible de funciones.

Conclusión: aunque nuestros cerebros aún guardan muchos secretos, estos se encuentran en la urdimbre de neuronas que tejemos y destejemos todos los días, no en alguna oscura región por debajo del manto de nuestros sueños y nuestros pensamientos.