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Los 10 mejores libros de música según Jarvis Cocker

Arte

Por: pijamasurf - 07/13/2014

Jarvis Cocker sabe de música. Esta es su selección de los 10 mejores libros que han sabido expresar esa sensación inexplicable que es hacer y escuchar música

Jarvis Cocker

Esencialmente, la música es indefinible; sólo se puede fracasar cuando intentamos definirla con palabras. Partiendo de este punto, como dice Jarvis Cocker en un reciente artículo en The Guardian, podemos decir que existen muy buenos fracasos al respecto.

Esta es la lista de los libros favoritos de Jarvis sobre música:

 

Awopbopaloobop Alopbamboom, de Nik Cohn

Nik Cohn

Originalmente, este libro se titulaba Pop desde el principio. Nik Cohn lo escribió cuando apenas salía de la adolescencia y está lleno de aseveraciones infundadas que simplemente dan en el clavo. Ha inspirado películas como Fiebre de sábado por la nocheTommy. No hace falta decir más; este libro es esencial.

 

Tales from Moominvalley, de Tove Jansson

Tove Jansson

La historia llamada "The Spring Tune" es para Jarvis la mayor descripción de esa naturaleza elusiva de las canciones que se quedan dando vueltas en nuestra cabeza, y del momento justo en que debemos cosecharlas.  

 

The Heart Is a Lonely Hunter, de Carson McCullers

 Carson Mccullers

"Big Julie", del primer disco de Jarvis, viene directamente de aquí. Esa descripción de Mick Kelly escuchando por primera vez la 3a Sinfonía de Beethoven, escondido detrás de una ventana vecina, es una descripción perfecta del efecto que una gran pieza musical puede tener en el cuerpo humano.  

 

Liverpool Explodes!, de Mark Cooper

Liverpool Explodes!

Este es un divertidísimo recuento de la primavera de los '80 y la escena musical de Liverpool, específicamente con la mira sobre Teardrop Explodes y Echo & the Bunnymen. Por desgracia, este libro ya no se publica.

 

The Beatles: Illustrated Lyrics, de Alan Aldridge

The Beatles

John Lennon, George Harrison y Ringo Starr en la filmación del video de "Strawberry Fields Forever", en 1966.

Cuando Jarvis era niño, le gustaba hojear este libro; a veces las ilustraciones lo emocionaban, otras lo asustaban. Es simplemente uno de esos lugares en donde quieres perderte.

 

Sometimes a Great Notion, de Ken Kesey

Ken Kesey

Kesey es el rey. Este libro rebosa de jazz y ácido, música negra y marihuana. Se puede aderezar con The Electric Kool-Aid Acid Test, de Tom Wolfe.

 

The Favourite Game, de Leonard Cohen

Leonard Cohen

Todos sabemos que quizá Leonard Cohen sea el único gran músico/novelista/poeta. Esta es su primera novela, y logra capturar esa esencia de ser un adolescente y estar enamorado de todo.

 

Mingering Mike, de Dori Hadar

Mingering Mike

El arte outsider y el arte de coleccionar vinilos se encuentran. Un Dj busca entre una pila de viejos discos hasta encontrarse con un montón de portadas hechas a mano. Esta es la historia de Mike Stevens, y este libro cuenta su historia y reproduce el arte de los álbumes que reúnen toda su carrera imaginaria como estrella de soul.

 

Enjoy the Experience, de Johan Kugelberg

 Enjoy the Experience

Una colección de portadas caseras de álbumes entre los '50 y los '90. Mucha gente mandaba grabar en vinil sus propios álbumes y diseñaban sus portadas. A veces los resultados son hilarantes, pero no por eso dejan de ser una gran experiencia.

 

Yeah, Yeah, Yeah, de  Bob Stanley

Bob Stanley

Si Nik Cohn escribió "el pop desde el principio", esto es “el pop en su final”. Valientemente, Stanley se lanza a dar seguimiento al pop de la era de los sencillos de 7 pulgadas y 45 rpm. Para Stanley es como una era dorada que llegó a su fin, y es difícil no estar de acuerdo con él. Jarvis lo está.

Una Vecindad con Túneles de Paredes de Frases: William Burroughs en el Cine/ I: La Trasposición de Burroughs

Arte

Por: Psicanzuelo - 07/13/2014

Sacerdote inter-dimensional y multi-planetario, que a través de su escritura intentó liberar al hombre de la maldición virulenta del lenguaje

Parte 1: La Trasposición de Burroughs. De la palabra-imagen a la imagen con palabras

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Aunque, de entrada, la obra de William Burroughs podría resultarnos imposible de filmar, se han hecho aproximaciones. Curiosamente, cuando estas aproximaciones han sido referencias directas a sus textos --como El almuerzo desnudo (Cronenberg, 1991)-- o inclusive contando con su presencia en pantalla --oficiando algún extraño ritual, como en Drugstore cowboy (Van Sant, 1989)-- nunca ha resultado tan precisa la transposición del lenguaje burroughsiano como en sus adaptaciones indirectas.

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William Seward Burroughs (1914-1997), nieto del inventor de la calculadora, sostenía enfáticamente que el leguaje es un virus de otro planeta, que fue sembrado en el humano para controlarlo. Padre de todos los escritores de la generación beat, a los que pervirtió singularmente; siempre elegante, de sombrero, con gran porte, Burroughs los conoció en los parques cercanos al campus universitario de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Juntos definieron lo que sería la literatura vivencial que se basaba en experiencias propias, siguiendo el ejemplo del gran Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), pero con una notable inclinación para usar las substancias tóxicas como una especie de llave para lograr mirar al mundo de otra manera.

Más tarde, Burroughs tiene que escapar por el asesinato de su esposa al jugar a Guillermo Tell durante una alocada fiesta (siempre fanático de las pistolas). Kerouac, Ginsberg y Orlovsky deciden visitarlo en Tánger, Marruecos, su residencia momentánea; ahí, el escritor se dedicaba a darle rienda suelta a su adicción por la heroína y la prostitución masculina. Entre otras actividades, los muchachos pretendían salvar los múltiples escritos que constituyeron El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1959). Sobre su propio libro, Burroughs comenta que se puede leer sin orden alguno entre los capítulos:

Puedes cortar El almuerzo desnudo en cualquier intersección… realmente escribí varios prefacios. Ellos se atrofian y se amputan espontáneamente, como el pequeño dedo del pie es amputado en una enfermedad de África Oeste confinada a la raza negra, y la rubia que pasa muestra su tobillo de bronce como un dedo del pie con manicure se mueve a través de la terraza del club, recogido y echado a sus pies como el perro afgano… El almuerzo desnudo es un plano de construcción, un libro para aprender cómo… Conceptos abstractos, desnudos como el algebra, se reducen a una mierda negra o un par de cojones viejos…   

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Si bien esta explicación, al no dejar de estar escrita por Burroughs, es confusa, difusa y obtusa, también resulta muy hermosa por las palabras elegidas, su acomodo y la métrica; no tanto por su significado, aunque también. Su libro, que ahora es un clásico de la literatura pero que durante mucho tiempo estuvo en tela de juicio, goza de esa misma naturaleza.   

Algunos años atrás, Burroughs, bajo el seudónimo de Bill Lee, ya había sido publicado por Allen Ginsberg, con su novela de memorias: Junkie (1953), tras las insistencias de Ginsberg, quien fue su editor. La novela, completamente autobiográfica y desprovista de cualquier elemento de ciencia ficción, narra las andanzas adictivas del joven Burroughs que, en algún momento de su vida, llegó inclusive a ser pusher de heroína. Como dato curioso, en los ‘90 salió al mercado un audiolibro del mismo texto con la voz de David Carradine.    

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Parte 1: I: La Trasposición de Burroughs. De la palabra-imagen a la imagen con palabras

Fue el cineasta David Cronenberg, cuya obra temprana está claramente relacionada con la obra de Burroughs, quién se lanza al ruedo con una ambiciosa adaptación de El almuerzo desnudo (1991) que, sin dejar de ser pretenciosa, resulta gratificante para los admiradores del escritor. El cineasta canadiense, maestro del terror protozoario infeccioso, elabora una trama partiendo de la biografía adulta de Burroughs para esbozar la novela sin adentrarse en ninguna de sus abigarradas descripciones. Los encriptados pasajes de la novela resultan poesía pura que, en muchas ocasiones, no necesariamente puede explicarse con más ni menos que onomatopeyas. También se incluyen varios de sus intrincados personajes, como los extraterrestres con formas insectívoras o las máquinas de escribir Remington que mutaban en cucarachas, y se conserva en el guión como personaje principal al alter ego de Burroughs, Billy Lee (Peter Weller), tan elegante como el mismo Burroughs. Por cierto, Lee era el apellido de soltera de la madre del escritor. Billy Lee es un exterminador de cucarachas que comienza a consumir veneno provocándose alucinaciones de varios grados hasta que abre túneles que van de Manhattan a la ciudad de México y a Marruecos; en medio hay una interzona, túnel, estado high en medio de los bajones que le dan al libro algún sentido de una realidad inmediata.

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La gran diferencia con Lautremont y con los poetas malditos es que Burroughs despega de la descripción y las acciones singulares al lenguaje mismo, que representa la nada y el todo; en gran deuda con el fantástico escritor irlandés James Joyce y en genial combinación con novelas pulp de ciencia ficción, el fantasma de Edgar Rice Burroughs siempre anduvo suelto entre sus páginas.  De manera interesante, en esta cinta la Interzona se presenta como una frontera europea, nevada, solitaria y silenciosa. Más bien, un punto de acceso, otro país representando una nueva realidad, un futuro posible, dejando atrás lo ordinario; pero en el contexto del cine de género de espionaje en la guerra fría, la frontera de occidente brindaba libertad al escapar del comunismo.

Las visiones infernales de Burroughs tienen que ver con su personal sufrimiento ante sus problemas de drogadicción y culpa ante su homosexualidad. Pero en el fondo, tienen que ver con un dolor más hondo, que era la soledad de un artista que puede ver tan lejos, su consciencia dentro de un sistema mecanizado que avanzaba rápidamente esclavizando a la humanidad; como única escapatoria ante tal burocracia resultaban sus viajes, estancias, catapultas románticas, exóticos puentes para retomar lo humano desde el placer y el sin sentido. Aunque, en realidad, Cronenberg resulta más cercano a Burroughs en películas que lo mencionan sin mencionarlo, como Videodromo (1983) o eXistenZ (1999). Las dos cintas postulan un planteamiento filosófico hablando sobre una red inteligente a la que se puede acceder y que cambia la consciencia del humano que se logra conectar. En Videodromo se trata de una señal pornográfica pirata, donde se pueden apreciar escenas de sadomasoquismo y demás rituales sexuales fuera de la ley, que hipnotizan al que los ve provocando una pérdida de consciencia del mundo “real” para que la máquina ocupe su lugar conectándolo a otra realidad que quiere prevalecer. Es una invasión de un universo sobre otro, que utiliza al hombre simplemente como una puerta. Por otro lado, eXistenZ es un videojuego al que se accede conectándose físicamente con una consola biológico-mecánica. Desde ahí, la ilusión de la realidad es cuestionada y la voluntad exhibida como inexistente. Pero mientras para Burroughs la mente es el punto de partida, para Cronenberg es la curiosidad, justificada por la naturaleza cinematográfica de sus relatos, para que funcionen en una pantalla y finalmente en una taquilla. Aunque parezcan experimentales, las películas de Cronenberg únicamente lo son en apariencia; aunque los elementos sean bizarros la narrativa es sencilla, lineal, aristotélica; cine comercial, a fin de cuentas. No nos encontramos ante alguien como Pasolini, por mencionar un poeta que filmaba. Pasolini sólo adaptó textos clásicos antiguos como Medea, Edipo, los evangelios escritos por San Mateo, Las mil y una noches, el Decamerón, Los cuentos de Canterbury y finalmente, cuando se aproximaba a la novela moderna, perdió la vida adaptando al Marqués de Sade. Pasolini inicio escribiendo poesía en papel y continúo haciéndolo con la cámara de cine, y Burroughs siempre fue un poeta al que se le ha querido comprender como un escritor de novela de ficción. De esta manera, comparte destino con su maestro Franz Kafka, que también entendía la extraña conexión existente entre la raza humana y las cucarachas.

Paradjanov7El universo de Burroughs tendría más que ver con creadores como Serguéi Paradzhánov ó Federico Fellini, pensando en las últimas obras de ambos directores. Por ejemplo, La leyenda del  bosque de Suram (1984) o El color de las granadas (1968) se despliegan en episodios oníricos basados en leyendas, en cuentos populares; se presentan como un collage psicodélico de formas orientales. Y así mismo pasa con películas como El Satiricón (1969) y Casanova (1976); llegan a ser tan intensas en su naturaleza arquetípica que pueden darnos una sobredosis de imágenes para no dormir durante días, como sucede con las páginas del escritor. Es así como se delata que, aunque la literatura de Burroughs parece ser ciencia ficción, finalmente tiene que ver con lo ancestral, lo que siempre ha estado pero que no podemos ver; a través de su paranoia va abriendo los capítulos; lo usual en lo inusual, lo inusual en lo común.

 

Con un formato de cine experimental clásico, mezclando material de stock antiguo de documentales oficialistas, películas de ciencia ficción de explotación que ahora resultan de culto y material variado, Andre Perkowski aborda directamente un texto de Burroughs que proviene de su novela Nova Express. De esta manera se acerca, con las imágenes, a la esencia del escritor. Hacia el final se construye un potente loop del maravilloso pero escalofriante monólogo  de Anthony Perkins en la adaptación al cine del El proceso (Welles, 1962): ante una tremenda multitud acechante de hombres trajeados, K defiende su cordura.

LeProce

Aquí un extracto de Nova Express, film de Andre Perkowski basado en los escritos de William S. Burroughs:

Twitter del autor: @psicanzuelo