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La escritura puede reducirse a una relación cognitiva básica: mostrar algo que vemos y queremos que alguien más vea --apuntar con el dedo a un paisaje. Pero en ese acto ocurre algo importante: compartimos nuestra atención y hacemos que lo que primero surgió en nuestra mente surja en otra

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En una época en donde hay más escritores que lectores no es extraño que abunden tantos libros y artículos que prometen revelarnos los secretos de la buena escritura --entre la glamourización del arte y la cultura del snack y los top ten que suponen resolver lo ilimitado en una guía práctica definitiva. Como bien apunta Oliver Burkeman en su columna de The Guardian, la mayoría de estos consejos resultan intrascendentes (nadie se ha convertido en un buen escritor leyendo una lista de cómo ser un buen escritor; de hecho la literatura superacional, en la que caen por default, es históricamente literatura de poca calidad).

Dicho esto, el nuevo libro del psicólogo Steven Pinker, The Sense of Style, es un poco más que el típico manual de estilo. Pinker es, por supuesto, uno de los psicólogos o psicolingüistas más prominentes de la actualidad, y ofrece un análisis de lo que ocurre entre el lector y el escritor desde un punto de vista cognitivo --una visión con algo de neurociencia pero no demasiado como para perder el intangible emocional.

El insight fundamental de Pinker es que escribir es un fenómeno psicológico, "una forma en la que una mente puede causar que ciertas ideas sucedan en otra mente". Esto es una especie de psicotecnología hasta cierto punto "cognitivamente no natural", si consideramos que durante la mayor parte de la existencia humana nadie escribía y después, sólo una pequeña élite. Pinker apunta que escribir es una forma extraña de comunicar que tiene sus desventajas: no puedes ver las expresiones faciales, no puedes pedir aclaraciones inmediatas, realmente no sabes quién es la persona que escribe o cuánto sabe. Y sin embargo, es un poderoso mecanismo para causar un fenómeno mental en otra persona a distancia --además de una forma de memoria que pasa de un estado latente, larvario a una activación que, en algunos casos, puede ser una especie de continuum en el que se gesta una crisálida transpersonal o colectiva.

La respuesta de Pinker a por qué el hombre ha elegido la escritura para comunicarse (extravasando un río de cosa mentale) se apoya en el trabajo de dos lingüistas, Mark Turner y Francis Noël Thomas, quienes creen que la escritura es "atención fusionada" o una articulación en la que se unen dos perspectivas (una encrucijada sináptica). Escribir es una versión relativamente moderna de un comportamiento común a toda la especie: llamar la atención de alguien para hacer algo visible. El acto fundamental con el que resuena la escritura, según Pinker, es el de apuntar hacia algo en el camino, un paisaje, un animal, una iglesia, una luz particular y decir (este es el arte del escritor: cómo llamar la atención para provocar la mirada): "ve eso" o "¿puedes verlo?". "Cuando escribes debes pretender que tú, el escritor, ves algo en el mundo que es interesante, y estás dirigiendo la atención del lector hacia esa cosa", dice Pinker. 

Esto puede parecer obvio, pero recordemos que en la simpleza está la profundidad y este principio obedece a una empatía básica entre lector y escritor. "Mucha de la mala escritura sucede cuando las personas abandonan este acercamiento. Los académicos se dedican a presumir su conocimiento; los burócratas se preocupan de cubrir sus espaldas; los periodistas, de ser los primeros en dar una noticia o de provocar a sus lectores. Todos estos interfieren con la 'atención fusionada', haciendo que la escritura sea menos transparente". Transparencia es lo que se quiere: el texto como un espacio a través del cual se puede ver.

Turner y Thomas señalan que "estamos construidos" para "señalar algo directamente perceptible a alguien cerca de nosotros". Pinker comenta: "Si entendemos esto, la escritura no es un performance... es el escritor y el lector, juntos, escaneando un paisaje". El escritor que ha visto ese paisaje, ese mundo que se hace visible, no debe asumir que el lector comparte su experiencia previa y tiene los mismos códigos: sus palabras deben sintonizarse con su mente, con su campo semántico y hacer surgir el espacio, ese punto que quiere que el lector sea capaz de ver.

Pijama-8Las ideas de Pinker, que pueden leerse en esta entrevista con Edge.org, tienen cierta resonancia con lo expuesto por Jason Horsley en su ensayo "Escritores del Cielo en Hades". Aquí, un fragmento sobre la afinidad entre el autor y el lector:

Cuando leemos Crimen y Castigo nos encontramos dentro de la mente —debajo de la piel— de Raskólnikov: nos identificamos a tal extremo con el personaje que, durante el libro, sus pensamientos se vuelven los nuestros y, en menor medida, sus acciones se vuelven nuestras acciones. Sin embargo, en tanto que Raskólnikov es la creación de la mente de Dostoievski —el hijo de su psique— no está tomando en sí Raskólnikov, sino su creador. Una combinación entre buena escritura con buena (atenta) lectura crea en nosotros un estado de trance que involucra un empalme entre nuestro estado mental y aquel del autor al momento de escribir. Más allá de la conexión telepática a través del tiempo y el espacio que describe King, esto implica que, contenida dentro de las propias palabras, existe una carga de información oculta que sobrevive a cualquier número de traducciones o reimpresiones y permanece invisible e indetectable en el texto mismo. Lo que hace a Dostoievski un gran escritor, por encima de muchos otros millones que no lo son tanto, a mi juicio, es que el ruso se sumerge tan entrañablemente en el proceso de escribir, tanto que se consumía a sí mismo, que su frecuencia cerebral se sintonizaba con la de los personajes imaginados, lo que provocaba que hubiese una mínima distancia entre el creador y su creación. Toda buena ficción logra esto en alguna medida: crea en el lector una sensación de autenticidad, de inmediatez, como si los eventos descritos estuviesen ocurriendo espontáneamente mientras los leemos y no que fueron trabajados a lo largo del tiempo (años o incluso siglos atrás) por alguien sentado en un escritorio masticando un lápiz. Un escritor que crea personajes y escenas convincentes lo logra al penetrarlos hasta el límite: el texto escrito se torna en una especie de escáner cerebral tomado en ese momento, capturando los más íntimos pensamientos y sentimientos del escritor, cada bit, lo mismo que sucede al grabar a un cantante o como la fotografía, que alguien captura de lo que está sucediendo al interior de cierta persona en ese preciso momento —asumiendo que somos lo suficientemente sensibles como para sintonizarnos con esa información y “decodificarla”.

Horsley va más allá de la tesis de Pinker y sugiere que se produce un tipo de contacto telepático entre el autor y el lector, posiblemente vía un mecanismo de neuronas espejo que se detona en la lectura. Más allá de que esto puede ser una visión radical de lo que ocurre en la neurociencia de la ficción encontramos una misma idea, en diferente grado, que es la escritura como un artificio para hacer vivir momentos o ideas que ocurren primero en la mente del autor y que se repiten, con una leve variación, en el lector. La literatura, entonces, puede verse como una especie de artefacto lingüístico o una app mental --descargada en el cerebro al leer-- a través de la cual el contenido de la mente coloniza, en la que las ideas o memes se esparcen y reproducen. Es a través de esta tecnología "cognitivamente antinatural" (en palabras de Pinker) que manifestamos una mente colectiva, que abrimos las puertas de la psique al mundo y vemos con los mismos ojos en la interfase que es el lenguaje.

Twitter del autor: @alepholo 

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En ese desierto que es un inmenso atractor caótico de oasis –en ese desierto que es también un jardín (como el de Hassan-i Sabbah, como el de Adán), el inconsciente también se exterioriza en un personaje sin el cual nos perderíamos. Sin Virgilio, Dante no habría escrito La Divina Comedia. El Guía como un Santo Ángel Guardián, a veces como un trickster (como si no quisiera hacerlo o como si estuviese haciendo lo opuesto), pero siempre asegurándose de que estemos bien. Que no nos terminemos de perder en el laberinto de la irrealidad. Que si nos caemos buscando la vía de regreso, nos levantemos –ese guía, un ancla bioenergética es, a menudo, un gato. Es un gato en Coraline, obra maestra de Neil Gaiman y de Henry Sellick en su versión cinematográfica. Coraline contiene todos los elementos de la experiencia psicodélica liminal, cuando llegamos al límite del "otro". La bruja, los botones, el miedo a no poder volver. El inconsciente extraterrestre (repleto de insectos: los dos mundos están llenos de insectos) que irrumpe en la realidad consensual al punto de que los pilares mismos de la vida cotidiana desaparecen. La ayuda de un animal de poder, un gato que se encuentra en los dos mundos y sin el cual Coraline no podría mantener su alma y salvar a sus padres, la realidad: no es difícil acceder a esa otra realidad, basta con encontrar la llave que abre la puerta. Lo difícil es volver.

El filósofo sufí Ibn Arabi escribió en el año 1204 Viaje al Señor del Poder, un tratado místico sobre ese otro mundo en su aspecto luminoso al que llaman, bajo ciertos nombres cambiantes, Dios. Una de las peculiaridades de ese libro es que no se preocupa únicamente sobre cómo llegar a Dios, sino también sobre cómo volver. No hace falta conocer la obra de John C. Lilly para saber la importancia del regreso en la experiencia psicodélica y para detectar a kilómetros de distancia a esas personas que acaban de tener una experiencia mística químicamente inducida y que se sienten luz, y que unas semanas después la única consecuencia palpable del viaje es una incipiente bipolaridad incontrolable que exige una nueva visita al país de las maravillas (porque Alicia siempre vuelve, no puede evitarlo –pasan los años, cambian los directores y continúa volviendo al otro mundo, aunque ese universo sea cada vez más oscuro y perverso y ninguna película posterior pueda siquiera compararse a la original de Walt Disney). Las historias de los hermanos Grimm incluyen todas un elemento macabro, inesperado y terrorífico que desapareció en el siglo XX. Los reportes de contactos con las ahora inocentes hadas, a lo largo de la historia, muestran una identidad total con la experiencia moderna de abducción: las similitudes mitológicas entre el folclore medieval y la mitología de los "grises" son abrumadoras.

Falcor---The-NeverEnding-StY siguiendo a Ibn Arabi, pero con un áurea thelémica, Sebastián no tiene problemas en llegar a Fantasía en La historia interminable, de Michael Ende –sólo tiene que dejar volar su imaginación al leer un libro que es todos los libros; el verdadero problema es volver al mundo real. En la película es cuestión de minutos, prácticamente un epílogo colorido después de que la Emperatriz Infantil obtiene su nombre, el momento de disfrute tras la catarsis necesaria tras la muerte de Artax, pero en la novela es el corazón de la narrativa. Sebastián pierde el camino en Fantasía, no sabe cómo volver –ni siquiera quiere volver. Al enfrentarse a los peligros de Fantasía olvidó quién es, quién era y quién puede llegar a ser. La imaginación está repleta de peligros como las hadas y los dragones de la suerte, como los OVNIs y brujas malvadas (y manzanas mordidas), como nuestro propio inconsciente que se manifiesta como licántropos, insectos trans-yuggothianos y entidades de cabeza alargada de otras estrellas, como gatos multidimensionales que hablan y como historias sobre la velocidad acrecentada de la percepción y el peligro concreto de perderse en otros mundos, cósmicos y primitivos, maravillosos y, quizás, igual de reales que este.

Twitter del autor: @ferostabio