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¿El universo dejó de existir hace 14 mil millones de años? Eso sugieren estudios sobre el bosón de Higgs

Ciencia

Por: pijamasurf - 07/01/2014

Científicos del King’s College de Londres recrearon las condiciones posteriores al Big Bang luego del conocimiento adquirido al estudiar la llamada "partícula de Dios" y encontraron que, posiblemente, el universo se colapsó hasta dejar de existir hace miles de millones de años
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Imagen: Nicholas Buer

Hace ya casi dos años que la existencia probada del bosón de Higgs (la también llamada “partícula de Dios”) ha ayudado a explicar cómo la energía se convirtió en materia y, con ello, el camino que siguió el universo a partir de esa transición.

Ahora, sin embargo, la continuación de esos mismos estudios sobre la elusiva partícula sugieren que el universo dejó de existir hace millones de años (y, en cierta forma, nosotros todavía no nos damos cuenta de ello).

Físicos del King’s College de Londres recrearon recientemente las condiciones inmediatamente posteriores al Big Bang, incluyendo en esta simulación los datos obtenidos en estos dos años de análisis del bosón de Higgs.

De acuerdo con su investigación, Robert Hogan y otros colegas concluyeron que, si bien después de la “Gran Explosión” el universo comenzó a expandirse increíble y excesivamente rápido, a esto siguió un proceso de colapso que, según el modelo de los físicos, debió terminar hace casi 14 mil millones de años.

Entonces, ¿el universo dejó de existir ese momento? Ese es el enigma, pues ahora los científicos no saben si, en efecto, todo lo que vemos a nuestro alrededor simplemente no existe o, por otro lado, hace 13.8 mil millones sucedió algo que todavía no descubrimos ni entendemos sobre la existencia del cosmos.

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La ciencia, a veces por azar, se acerca a encontrar formas efectivas para aumentar las capacidades cognitivas utilizando sintéticos químicos

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Nuestra era mantiene el elogio de la inteligencia a la vez que crece exponencialmente la tecnología (y nuestra dependencia a ella). La mayoría de nuestras imágenes del futuro visualizan a un ser humano aumentado, que goza de una hiperinteligencia y de una eficacia maximizada. Esta hiperinteligencia suele ser sintetizada en tres vías: la ingeniería genética, la hibridización hombre-máquina o la implementación de sustancias químicas. En este último sentido, la imagen predominante, tenemos a la pastilla como emblema sintético del aumento cognitivo y de la expedita solución de todo tipo de predicamentos. Nuestra cultura es la de la supercarretera de la información, la comida rápida y la de los medicamentos rápidos. La pastilla materializa nuestro deseo ferviente de encontrar una especie de objeto seudomágico a través del cual podamos lograr lo que queramos sin esforzarnos demasiado, algo que nos transforme sin tener que atravesar el tortuoso proceso y aprendizaje que significa necesariamente esa transformación.

Aunque la pastilla de la hiperinteligencia o la pastilla (mitad software) que nos permite aprender algo a velocidades descomunales sigue siendo una imagen que dotamos de un marco futurista, lo cierto es que el ser humano lleva aumentando su capacidad cognitiva por vía química por milenios. Las drogas y ciertas dietas son formas preponderantes para hacer esto --pero permanecen ligadas a elementos multifactoriales, a un "set and setting", por lo que no brindan siempre resultados predecibles, completamente cuantificables. En los últimos años hemos visto un relativo boom de los medicamentos nootrópicos, desde sustancias que provienen de antiguas tradiciones como el ginkgo de biloba, la bacopa o adaptógenos como la rhodiola y el ginseng, hasta vitaminas y ácidos grasos esenciales como el Omega 3 y drogas utilizadas para el déficit de atención o enfermedades neurodegenerativas, como el Adderall, la Ritalina o las racetams. Todas estas sustancias, sin embargo, están lejos (por su falta de potencia o sus efectos colaterales) de presentarse como la panacea que los usuarios buscan.

En la búsqueda de esta metapastilla, es importante primero conocer bien a bien cómo funcionan los mecanismos cognitivos del cerebro. Como sabemos, otro de los términos que el marketing ubicuo de nuestra cultura ha elevado es la creatividad (todos la quieren y sin embargo resulta elusiva e indefinible). Una serie de estudios realizados por la neuróloga Rivka Inzelberg de la Universidad de Tel Aviv apuntan a que la dopamina juega un papel fundamental en el proceso creativo. Inzelberg notó que pacientes con Parkinson que estaban siendo tratados con un precursor de dopamina, L-DOPA (o levodopa) estaban escribiendo más novelas y pintando más cuadros de lo común, algunos literalmente en un frenesí de creatividad. Inzelberg luego investigó con sus colegas y reafirmó su tesis: los pacientes de Parkinson medicados estaban en medio de un pequeño boom creativo en la periferia.

Inzbelberg realizó exámenes a un grupo de control y a un grupo de pacientes con Parkinson y descubrió que las personas con esta neuropatología tuvieron mejores resultados en creatividad visual y verbal, así como en pensamiento divergente y novedad combinatoria. "Encontramos también que los pacientes que tomaron dosis más altas de medicamentos dopaminérgicos exhibieron respuestas más creativas", dice  Inzelberg, quien define la creatividad como una combinación de "originalidad, flexibilidad e inclinación a combinar ideas nuevas y prácticas", en este caso posiblemente con una correlación con tendencias obsesivas. Sin embargo, no queda claro si la obsesividad es resultado de la cualidad creativa, o es lo que deriva en creatividad sin que halla un gradiente cualitativo en esa "creatividad" (la relación entre las enfermedades mentales y la creatividad es fascinante y existe numerosa evidencia que confirma su estrecho vínculo)

Un mecanismo que parece vincular a la creatividad con la dopamina es la tendencia a buscar experiencias novedosas y a generar comportamientos inusuales, una tendencia que está modulada en el cerebro por la dopamina. Otra hipótesis de la creatividad sugiere que está modulada por el núcleo accumbens que modera la capacidad de una persona de filtrar estímulos irrelevantes, también conocida como inhibición latente. Esto ha sido observado en personas que tienen psicosis, y parece fomentar el pensamiento divergente.

 

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El otro aspecto crucial de la función cerebral que es perseguido por nuestra cultura es la habilidad para aprender, una proficiencia que muchos perdemos por malos hábitos. Sin embargo, esta neuroplasticidad que asociamos con la juventud es parte de la naturaleza del cerebro y está a nuestro alcance. La investigadora Judit Gervain del Laboratoire Psychologie de la Perception de la Universidad de París descubrió que administrar el fármaco Valproate en dosis bajas permite aumentar la capacidad de absorber nuevos conocimientos, colocando al cerebro en fase esponja por "un periodo crítico de aprendizaje"; en otras palabras, permitiendo que el sujeto aprenda como si fuera un niño.

El Valproate es un medicamento que fue creado para combatir la epilepsia y la bipolaridad; sin embargo, Gervain cree que en dosis bajas, orientado específicamente a ciertas funciones cognitivas, tiene pocos efectos secundarios negativos y tiene un uso prometedor en este incipiente campo de los nootrópicos, muchos de los cuales, como es común en la historia de las drogas, se descubren por accidente.