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Contar historias: una ventaja evolutiva del ser humano

Arte

Por: pijamasurf - 07/29/2014

Las historias permiten formar mapas cognitivos que a través de las generaciones van conformando nuestra experiencia y expectativa del mundo en que vivimos

 

Ancient+storytellingImagina que eres un cavernícola de hace 45 mil años, reunido con un clan alrededor del fuego: todos usan ropa hecha de cuero de los animales que han cazado, y los cazadores le cuentan al clan sobre las faenas del día. Hicieron un hueco en la tierra y luego lo cubrieron de hojas; esto atrajo a un enorme mamut que cayó dentro. Una presa fácil, una bestia inmóvil. La espera paciente de los cazadores, el arreglo de la trampa, la lluvia que dificultaba la visión, todo eso forma parte de un relato que nuestros ancestros aprendieron a escuchar y esperar con avidez.

En ese contexto, y como bien se señala en un artículo en The Atlantic titulado "The Evolutionary Case for Great Fiction", contar historias podía ser una ventaja respecto a otros grupos rivales o frente a los elementos naturales: relatar una experiencia de vida o muerte podía significar, efectivamente, la vida o la muerte de alguien del grupo. La narrativa prepara a los nuevos integrantes del clan (o de la familia) para afrontar su propia supervivencia.

A través de esa miríada de historias contadas una y otra vez hace 85 mil generaciones, en el periodo Pleistoceno, apareció una de las nociones humanas en el umbral de la evolución: el hombre no es sólo otra especie que forma colonias y se comunica con sus semejantes (como las abejas, las hormigas, los delfines…); el hombre aprende de su propia experiencia subjetiva y la transmite a sus descendientes.

¿Cómo se relaciona el contar historias con la evolución? Una variación que produce solamente 1% más de probabilidades de descendencia que una variación que no lo hace, se vuelve la norma de la población en sólo 4 mil generaciones. La pregunta que se han planteado algunos investigadores es: ¿pueden las historias ayudarnos a producir descendencia?

Charles Darwin, el padre de la evolución, propuso dos teorías: la selección natural y la selección sexual. Para ser relevante como propiedad evolutiva, una variación debe hacer dos cosas: ayudarte a sobrevivir y a producir descendencia.

La literatura nos ha familiarizado con el pensamiento hipotético y la imaginación: ¿Qué pasaría si me embarco en un buque ballenero? ¿Qué pasaría si trato de que Julieta se case conmigo, a pesar de que su familia me odia? ¿Qué pasaría si busco un hombre más interesante que el aburrido doctor Bovary? Al preguntarnos qué pasaría si..., nuestro cerebro realiza una evaluación de bajo riesgo y bajo costo (el costo de la imaginación, que es infinita), lo que nos dota de un inventario de historias más grande de las que podríamos vivir por nosotros mismos.

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Al leer, ver películas o series de televisión, no solamente nos entretenemos y pasamos el tiempo libre: al estar en contacto con historias conocemos diferentes experiencias sobre la condición humana; no sólo ampliamos nuestro conocimiento del mundo, de la historia, de las lenguas y de nosotros mismos, sino que contribuimos a que la especie siga adaptándose a nuevas situaciones, ya sea la caza del mamut o qué hacer con la frustración.

¿Y quién no ha sentido en un momento u otro que una buena historia puede incluso salvarle la vida?

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¿Vivimos en la era de la posfotografía?

Arte

Por: pijamasurf - 07/29/2014

Desligada de la verdad y la memoria, la imagen hoy en día es información que circula, en aras de redefinirse, según Joan Fontcuberta
[caption id="attachment_81910" align="aligncenter" width="614"]FontcubertaFauna Fauna, Fontcuberta[/caption]

A los críticos les gusta usar términos como poshistoria, posindustrialismo, posmodernismo; actualmente parecería que vivimos en una postrimería, como si fuera el after party del proceso histórico-cultural en una tierra baldía, sintética, que ya ha sido todo y existe como una construcción informática sólo en línea --al menos si seguimos apilando "posts", tendremos también el espacio de lo posreal.

En el caso de la imagen esto parece acentuarse con el medio digital y la llegada de los smartphones y las apps de foto que hacen de cualquier persona un "fotógrafo", haciendo que los verdaderos artistas de la imagen fotográfica deban de ser otra cosa. Entra a escena el fotógrafo y artista conceptual Joan Fontcuberta, quien creciendo en la España franquista desarrolló una aguda mirada para detectar el uso de la imagen como propaganda. Fontcuberta ha acuñado el término "posfotografía" para buscar este nuevo espacio para la imagen fotográfica que ha sido reemplazada, en este caso, por la hiperrealidad digital. En una entrevista para el diario argentino La Nación, Fontcuberta dijo: 

Cuando es tan fácil hacer imágenes, el valor ya no reside en la destreza de su fabricación sino en la facultad de dotarlas de "inteligencia", de prescribir su sentido. Hoy eso sucede más en la gestión de la imagen, en su "edición", que en las circunstancias de su producción.

La fotografía queda en un limbo de potencialidad, flotando en una zona liminal donde es su recreación, su edición o su remediatización lo que le otorga esa aura artística --los fotógrafos son Vjs que remixean datos y percepciones. Este proceso es también una zona preñada en el vacío, desde donde la fotografía ha de refundarse, siendo que ha perdido su genealogía como documento histórico o documento de lo real. De nuevo Fontcuberta:

Se puede advertir un proceso de alejamiento de la fotografía de sus pilares fundacionales: la verdad y la memoria. Es un efecto de la cultura digital y de los cambios de paradigma que conlleva. En revancha, la fotografía se incrusta en muchos otros aspectos de la comunicación social. Por ejemplo, el documento cede paso a la marca biográfica. Muchas fotos ya no se toman como testimonio de un hecho o para describir una situación sino para inscribir la presencia del sujeto. Cambia el noema "esto ha sido" por el "yo estaba allí". Otra diferencia: no hay voluntad de perdurabilidad o de memoria, las fotos ya no se hacen para guardar sino para enviar, para circular. Lo que da sentido a la imagen no es su contenido sino su circulación. Una foto de Bin Laden desenfocada, brutalmente borrosa, reproducida de la televisión, fue portada a página entera de Libération. El jefe de fotografía del diario decía que la foto no sólo parecía una pintura de Richter sino que también era el símbolo de la incertidumbre del mundo post-Bin Laden. El contexto, la circulación acotaban la ambigüedad de ese retrato.

Reflexiones estimulantes sin duda para cualquier persona que genera imágenes (todos) y especialmente para aquellos que buscan cargarlas de un sentido estético o de una intención semiótica. La imagen existe como parte de un río de imágenes, y aunque siempre ha sido un objeto contextual, actualmente su creación no puede concebirse sin la conciencia de la manipulación y la circulación (la imagen como datos manipulables). El fotógrafo, más que captar un momento de lo real, debe de dirigir una idea e inscribirla sobre una materia prima que es parte naturaleza y parte artificio.