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Mirar por la ventana es un acto que no es lo que parece, y que constituye una de las paradojas más bellas de la vida cotidiana.

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Por más que todos lo hagamos en algún momento u otro, tendemos a desaprobar el acto de simplemente mirar por la ventana. Se supone que debemos estar ocupando nuestra mirada en trabajar, estudiar o descifrar algo de provecho. La mirada es percibida como una herramienta que se usa para resolver cosas; alguien que mira por la ventana está, entonces, perdiendo el tiempo.

Pero esa procrastinación, paradójicamente, no es para ver qué está pasando en el mundo de afuera. Es, al contrario, un ejercicio para descubrir los contenidos de nuestra propia mente. Y, sí, para resolvernos a nosotros mismos. El poeta Wallace Stevens solía decir que “no siempre es fácil notar la diferencia entre pensar y mirar por la ventana”.

El acto de ver por la ventana y no reparar en lo que vemos es también una de las formas de la melancolía. Pensemos en las pinturas de Edward Hopper en las que tantas mujeres miran por la ventana. No hace falta que el artista nos explique que están pensando en sí mismas, recordando o esperando, y no viendo las cosas del mundo. No es necesario porque lo sabemos por experiencia. Alguna vez hemos dedicado tiempo a la reflexión en esa misma postura, y muchas veces ha estado acompañada de pulsos de melancolía. La melancolía es, por excelencia, un estado reflexivo. Entonces, ¿por qué nos parece reprobable que alguien, tal vez en la oficina, haga lo mismo? Es probable que sea porque banalizamos el acto de soñar despierto; no lo tomamos muy en serio y lo relegamos a la literatura o a la pintura; a las cosas sin tiempo.

“El potencial de soñar despiertos no es reconocido por las sociedades obsesionadas con la productividad”, se lee en un artículo en Philosopher’s Mail. Pero el individuo, casi por una función biológica, busca desentrañar significados. Si no nos tomamos el tiempo de mirar por la ventana como un acto fundamental para entender, entonces nada de lo que hagamos tendrá sentido. Seríamos como autómatas llevando a cabo tareas que no son nuestras, porque nada que no sea observado puede permanecer cerca. Las ventanas, por lo tanto, son la arquitectura de una rebelión pacífica contra el mundo automatizado. Son espejos de aire libre por donde podemos mirarnos sin asfixia y permitir que la creatividad vuele. Mirar por la ventana, entonces, debería ser una tarea apremiada por las oficinas y un acontecimiento diario para el espíritu.

 

Twitter del autor: @luciaomr

El caso del misterioso asesino del hacha en Google Street View por fin ha sido resuelto

Por: pijamasurf - 06/02/2014

¿Cuál es la verdad detrás de esta escena de Google Street View que parece sacada de Crimen y castigo? Un hombre en el suelo, aparentemente muerto, mientras otro, de pie, sostiene todavía el hacha con que quizá le quitó la vida.

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Google Street View es una herramienta útil y también entretenida, esta última cualidad de una forma más bien involuntaria, pues en su tránsito por el mundo, el auto de Google ha captado imprevisiblemente las escenas más inesperadas, desde personas fornincando en medio de una carretera que creían solitaria, hasta paisajes sublimes. A veces también misterios que de pronto no es posible explicar como un problema de perspectiva y que más bien parece la evidencia de un suceso trágico que ocurrió justo a los ojos del transporte.

Ese fue un poco el caso del “asesino del hacha”, un sobrenombre con que desde 2012 circuló esta imagen de un hombre que parece encontrarse de pie frente a un cadáver, sosteniendo el hacha con que quizá lo asesinó apenas el instante anterior a que lo captara el auto de Google.

Las imágenes pertenecen a una calle de Edimburgo, en Escocia, y desde que se descubrieron en Google Street View comenzó a investigarse su veracidad.

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La policía local descubrió lo que quizá ya muchos sospechan: que todo fue un montaje. Los dos hombres involucrados, mecánicos que laboran en un taller cercano al punto del “asesinato”, en realidad le jugaron una broma a Google y al mundo. Cuando Dan Thompson vio venir el auto con las cámaras por su calle, de inmediato llamó a su compañero Gary Kerr y ambos simularon esta escena que parece sacada de Crimen y castigo.

Curiosamente, no todos se tomaron con tan buen humor la broma. Los agentes que investigaron el caso llegaron al taller para interrogar a los mecánicos y, según cuenta Thompson, incluso llegaron a amenazarlos para que dijeran la verdad.

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Por suerte su testimonio fue comprobado y ahora Kerr prepara su siguiente hoax, pues, dice, “Google hace esto cada cuatro años y tengo que pensar en algo mejor para la próxima vez”.

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