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¿Es ridículo sentirte feliz solo por un día soleado?

Por: Pedro Luizao - 06/03/2014

Alegrarte ante un día soleado podría apelar a un simple canon cultural o, por el contrario, ser parte de una genuina resonancia de nuestro organismo.

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A veces parece que mirar a través de una ventana y contemplar un día soleado, con cielo azul y blancas nubes contrastando, es suficiente para justificar un estado de felicidad. Y tal vez lo sea. Pero la cantidad de insumos culturales que respaldan esta asociación es suficiente como para cuestionar si este espontáneo brote de bienestar es algo natural o culturalmente inducido, si esto aplica para todos o, incluso, si tiene algún sentido estar reflexionando, escribiendo o leyendo sobre este tema.

De entrada, el hecho de que reaccionemos de forma tan predecible a un estímulo climatológico podría considerarse una especie de cliché anímico: frente a un día "hermoso" me siento comprometido a experimentar por lo menos un poco de felicidad –o en todo caso mi ausencia de felicidad está menos justificada ante mis ojos y los de mi tribu. Al respecto, un artículo publicado en The Philosophers' Mail, advierte que se trata de una actitud simplista y frívola:

En realidad nuestro comportamiento revela una devoción a una simple verdad, incluso simplista: la fe que depositamos en nosotros mismos y en nuestros prospectos de vida esta con frecuencia determinada por algo no mayor al número de fotones de luz en el cielo y los grados de calidez en el aire. El calor, las brisas placenteras, la intensa luz solar y las flores frescas pudieran jugar un rol crítico en evitar que nos dejemos caer. 

Al otro lado de la moneda tenemos los días nublados, que emergen con una discreción que para muchos puede ser aterradora –de hecho su formación es tan silenciosa que simulan siempre haber estado ahí, estáticos. Aquí no hay caritas felices flotando, la atmósfera es suficientemente incisiva para no permitirlo. Los músculos están más contraídos y, generalmente, las conversaciones diminuyen sus decibeles. Con un poco de suerte, tras algo de lluvia, las calles se inscriben con pedazos de espejo que duplican la perspectiva y abren puertas a los fantasmas y, si la fortuna es grande, entonces se activa la neblina y la materia deja de ser protagonista. El ritmo es otro. Y aunque en lo personal me parezca mucho más disfrutable el sol blanco, lo cierto es que a fin de cuentas corresponden a un plano tan efímero y exterior como los otros. 

Aludiendo a un ego filosofal, tan característico de los que se dedican al 'arte del pensamiento' y el cual se ha intensificado con la reciente camada de filósofos pop, el artículo de TPM acusa que reaccionar de forma tan profunda a estímulos tan 'limitados', como los ingredientes climatológicos: "El placer detonado por un buen clima es, en un nivel, absurdo. La gratitud por el sol pertenece a una categoría de satisfacción que parece humillantemente simple". En lo personal creo que es un juicio que denota snobismo intelectual, pues más allá de conceptos 'superiores' como amor, libertad, seguridad, etc, la verdadera delicatessen se encuentra en lo micro –por ejemplo en un charco interactuando con la copa de un árbol y el alumbrado urbano. 

Pero tratando de responder a las interrogantes iniciales, supongo que percibir los días soleados como detonador de alegría es, hasta cierto punto, un canon cultural, relacionado con una memoria histórica pero originado por una predisposición natural compartida por la mayoría de la tribu –aunque no por todos sus integrantes. Por otro lado parece que cualquier pretexto para auto-programarte, por ejemplo induciéndote un estado de ánimo, debiera ser valido. Y en este sentido parece que la clave estaría en desautomatizar tus propensiones anímico-culturales y entregarte, con indiferencia, a cualquier brisa que visite tu ventana –aunque en realidad nada de esto importa pues, a fin de cuentas, todo está permitido.  

  

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foto¡Qué complejas somos las personas! Vemos la audacia como riesgo y el miedo y la culpa como buenos consejeros. Todo sería más fácil sin nosotros. Entre otras cosas, tener una escuela mejor.

Estamos atrapados en nosotros mismos. Por eso es tan difícil. Nos domina el argumentario neurótico; la rosca emocional nos tiene secuestrados. Le damos la razón a nuestras miserias. Nos dejamos llevar. Rechazamos por culpa y aseguramos porque nos morimos de miedo. Pero, en lugar de doblegarnos ante nosotros mismos y asumir nuestras innegables dependencias psíquicas y sociales, las volvemos argumentos, razones, premisas, convicciones y hasta causas nobles. Nos enredamos. Nos enfrascamos. Todo lo complicamos. Lo hacemos más difícil de lo que es.

Si algo no funciona y tenemos al menos algunas ideas de cómo podría ser mejor, lo más sensato sería intentarlo, ¿no? Y saber que esas ideas en boceto evolucionarían si se les desplegara, si se les probara y si se les diera confianza. Pero no. En la medida en que el fracaso de lo que tenemos se nos vuelve más evidente, más difícil nos la ponemos. Nos aferramos a lo que no funciona. La neurosis. La ética de la culpa. El elogio del conservadurismo por la conservación misma. Hemos convertido a la escuela en nuestro bastión. Queremos que se justifique, porque se resiste. Nos obsesionamos con que su valor sea su necedad. Nos vale por terca. Se ufana de su atemporalidad antigua. Se autoelogia melosa y constantemente y, si no lo consigue, enseguida se autojustifica en sus fracasos para no dar resquicio. Trabaja para no quebrarse. Trabaja para no modificarse. Se siente pétrea. Y trabaja duro.

Como muchas otras justificaciones de lo injustificable, el modelo escolar vigente opera creando tramas de opinión que justifican como fatalidad lo que tenemos y estigmatizan como aventura sin sustento lo que se ofrece como alternativa. Protegen con una coraza de culpa lo que hay y fuerzan a heroísmos antisociales rayanos en el ridículo a los modelos que podrían venir. Manipulan. Operan políticamente. No dan chance; obligan a máximas aventuras. Arrinconan. Desprestigian.

Es más fácil resistir que proponer. El mundo al revés, otra vez. Eso sucede en la sociedad en su conjunto y lo mismo dentro de la escuela. Es fácil repetir y dificilísimo proponer. Toda una estructura de valores eficiente y dañina. El riesgo del "A ver cómo sería" es enorme. Nos exigen pasar pruebas que no aprobaría el modelo establecido; nos imponen respuestas que no son necesarias; nos juzgan mediante matrices tendenciosas que solo valoran lo que las genera, en una espiral perversa y cerrada. Nos tienen en su trampa.

Por todo esto, nuestra misión es tan obvia como difícil. Y si queremos ir despacio, sentimos que no avanzamos y se nos pasa la vida, y si aceleramos, sentimos el vértigo del ridículo y del aislamiento. Y si nos olvidamos de todo y vamos al frente como si fuera simple y evidente, entonces nuestras propias dudas nos acosan y lo que no viene de fuera nos viene de adentro y nos vuelve a trabar. Pues así somos las personas y así son las cosas. Y la escuela está ahí, inútil y estancada, esperando que la audacia le gane algún día a la cobardía; que la intrepidez se imponga de una buena vez y pasemos al otro lado, hagamos de una vez la otra escuela y luego, más luego y recién luego, en unos 150 años, discutamos profundamente si lo hecho valió la pena.

Twitter del autor: @dobertipablo