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Prostitución y vejez dialogan en esta casa de la ciudad de México

Por: María José CA - 05/28/2014

A través de anécdotas distorsionadas de boca en boca, el concepto general de las sexoservidoras se ha apropiado de mitos acerca de su realidad

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Prostituta, loca, piruja, coscolina, puta, zorra, mujerzuela, perra, callejera, niña de la calle, ramera, son algunos de sus nombres. Son palabras fuertes, y hasta incómodas. Y, sin comprender realmente su significado, aquellas expresiones se han convertido en una connotación de insulto a las sexoservidoras dentro de un sistema conceptual que fingimos entender.

A través de anécdotas distorsionadas de boca en boca, el concepto general de estas mujeres se ha apropiado de mitos acerca de su realidad. A lo largo de su vida, ellas no paran de recibir insultos o adulaciones negligentes. E incluso, cuando su cuerpo alcanza los rasgos de la vejez, llegan a desvanecerse de la vista de su clientela. ¿Qué sucede realmente con estas personas?

Conforme estas mujeres exhiben los cambios físicos y psicológicos característicos de la adultez mayor, concepto antrópicosocial que comienza a partir de los 60 años de edad, su mundo empieza a convulsionar hasta estallar en mil pedazos. Aprenden a sobrevivir en la calle hasta que, de pronto, la clientela empieza a disminuir conforme sus cuerpos envejecen; pierden cierta autonomía e independencia cuando su memoria comienza a fallar y surge la sensación de inutilidad y estorbo, aislándolas del único mundo que conocen. Y hasta ese momento, se dan cuenta de que es un deber y una necesidad dedicar una seria atención a sí mismas.

Fue así que nació la Casa Xochiquetzal, un hogar para las trabajadoras sexuales de la tercera edad. Fundada en 2006 por Carmen Núñez, quien se dedicó a buscar apoyo de figuras públicas como Marta Lamas, Elena Poniatowska y Jesusa Rodríguez, para solucionar la problemática de las condiciones precarias en las que vivían las sexoservidoras. Tras instaurar un sistema gubernamental que proporcionara una vida digna a estas mujeres, el Gobierno del Distrito Federal autorizó el préstamo de un inmueble en el Centro Histórico para habilitarlo y fungir como albergue de atención integral. 

El objetivo del albergue es rendir honor a su nombre, Xochiquetzal, el cual se refiere a la diosa azteca de la actividad erótica y las relaciones sexuales ilícitas. Por ello, las ocupaciones asociadas a esta diosa eran aquellas de las prostitutas, cuya finalidad no era la procreación (N. Quezada). Enfocándose en este tipo de trabajadoras, esta casa pretende ser un hogar para estas mujeres. Al ofrecerles cuidados médicos, apoyo económico y alimenticio, ellas se apropian de la casa a la que deben mantener, dentro de sus capacidades, arreglada, preparar sus alimentos y lavar los trastes que cada una utilizó y, además, disfrutar de la libertad de pasear o laborar en su especialidad.

¿Cómo viven su vejez?

Durante la vejez, la actividad sexual disminuye debido a los cambios físicos y hormonales que los individuos experimentan. En el caso de las mujeres, cuando alcanzan el climaterio, se altera la producción de hormonas como el estrógeno; en consecuencia, las paredes vaginales se adelgazan, se encogen y pierden elasticidad, provocando que el sexo sea doloroso. Sin embargo, en la actualidad existen tratamientos para evitar el malestar. Incluso, una de las habitantes y continua asidua de su profesión, confiesa: “Mientras que el cuerpo aguante y me sigan pelando, para qué desperdicio, ¿verdad? De todos modos, el cuerpo se lo van a comer los gusanos; mejor que se lo coman los cristianos”.

Por ello encontramos a cuantiosas mujeres de la tercera edad ofreciendo sus servicios en zonas aledañas a la Merced, en la ciudad de México. De hecho, muchas de estas figuras cansadas y coquetas, quienes se desnudan ante el dinero (y continúan recibiéndolo), habitan en la casa Xochiquetzal.

¿Cuál fue la vida de estas mujeres?

Actualmente, muchas personas aún visualizan la libertad de la sexualidad como un problema moral y psicológico, situación que se agrava cuando se trata de la expresión erótica durante la vejez. De hecho, desde hace siglos, estas mujeres han recibido  fuertes críticas en función de su profesión y de su edad.

La escritora e investigadora del Manicomio General La Castañeda, Cristina Rivera Garza explica que, en 1910, las prácticas sexuales fuera del matrimonio eran consideradas como señal distintiva de una locura moral (una enfermedad mental característica de las mujeres que no se conformaban con los modelos de domesticidad femenina). Por consiguiente, prostitutas e indecentes, aquellas sexualmente activas fuera del lazo nupcial, eran confinadas a esta inspección sanitaria. El hospital se encargaba de diagnosticarlas como “pervertidas que podían distinguir entre el bien y el mal, pero decidían ceder a sus deseos morbosos”. El objetivo era mantener, a toda costa, el progreso del país alejando cualquier factor de desorden y enfermedad mental.

No obstante, gracias a los avances médicos y tecnológicos se han logrado descubrimientos importantes relativos a dichos temas. Por ejemplo, en el caso de la prostitución, una investigación de Rodman y Clum (2001) puntualizó cómo la mayoría de esos casos estaba relacionada con una alta incidencia de abuso sexual en la infancia. Incluso, en otro estudio, se reportó que las mujeres abusadas sexualmente en la infancia habían experimentado una violación (o intento) en años posteriores. De ese modo, se concluyó que los efectos del trauma infantil resultan ser un factor de riesgo para situaciones similares a futuro.

De hecho, las mujeres de la casa Xochiquetzal no fueron la excepción: una había sido vendida por su marido; otra, abusada tanto por su padre como por sus hermanos, vivió la misma suerte en años posteriores; en ocasiones, ellas eran sólo una mercancía inocente para los padres o el novio; entre otras.

Psicólogos especialistas en trauma infantil explican que, cuando un niño o una niña están expuestos recurrentemente a situaciones de abuso, su única reacción de adaptación o defensa ante el estímulo de peligro es la disociación. Es decir, dado que no tienen la fuerza física ni psíquica para defenderse, imponen cierto distanciamiento continuo con la realidad para tratar de dominar o tolerar el estrés del peligro. Separan los elementos inaceptables (como el miedo), negándolos de la conciencia. En ocasiones, el fenómeno puede resultar en el impedimento de funciones corporales aunque no haya un daño orgánico; en otras, se generan estrategias (inconscientes) para enfrentar el estímulo estresor, como congelarse, someterse ante la situación o, incluso, seducir para evitar un daño más doloroso. “Su cuerpo no puede enfrentar al agresor ni tampoco puede huir de la amenaza; así que la única opción es estar sin estar” (Castillo I., 2014).

Es así que la mayoría de las sexoservidoras, aquellas que sufrieron abusos sexuales por parte de familiares o esposos, escogieron continuar con esa profesión “estando sin estar”, actuando de la única manera en la cual consideran que no serán lastimadas: seduciendo a través del “caliche”, ese arte de hablarle bonito a la vida; congelándose y sometiéndose ante algún factor estresante, defendiéndose con mordidas y uñas. Muchos dicen: “Después de todo, toda su vida han aprendido a reaccionar de ese modo. ¿Cuál es el punto de cambiar ahora?”.

Sin embargo, la casa Xochiquetzal responde de manera contundente y segura a través del apoyo de voluntarios, donadores y trabajadores sociales. A pesar de la diversidad de personalidades que habitan en el albergue, ese sitio está marcado por la experiencia de sonreírle al dolor. Y como si la vida fuera un estímulo decadente, ellas deciden seducirla a través de las palabras bonitas y sus risas coquetas. La cautivan de la única manera que conocen: haciéndole el amor. Es así que “La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede” (Aldous Huxley).

Informes para donaciones y voluntariados

Twitter de la autora: @deixismj

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"Somos estrellas muertas mirando de nuevo hacia el cielo"

Por: pijamasurf - 05/28/2014

La astrónoma Michelle Thaller ha realizado en este video en el que retoma la idea de que estamos hechos de materia cósmica estelar y la lleva a otro nivel, uno nostálgico en el que también somos estrellas que, cada noche, llevamos la mirada a nuestro lugar de origen primordial

 

Las explicaciones sobre el origen del universo han transitado de las metáforas más fantásticas a la evidencia no menos increíble. Ahora, posiblemente, ya no creemos que un ser superior “creó” la realidad en la que vivimos y que observamos pero, en cambio, los descubrimientos astronómicos, físicos y de otras ciencias afines igualmente nos asombran y nos sitúan en un estado de estupefacción, de incomprensión por los procesos que ocurren a cada instante frente a nuestros ojos (y también, muy muy lejos de nuestro horizonte inmediato) y de los cuales usualmente no nos damos cuenta.

¿Cómo se originó el universo? Si la ciencia dice la verdad, hubo un momento en el que el cosmos y todo lo que en él existe se encontraba concentrado en una densa esfera de energía, cuya explosión súbita marca el inicio del tiempo y de la materia; una expansión que continúa hasta ahora y de la cual surgieron los planetas, los asteroides, las estrellas, las hormigas, “una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio”, nuestros cuerpos y todo lo que vemos y percibimos, de la partícula más ínfima a la más inconmensurable.

¿Qué implicaciones tiene esto? Por ejemplo, una que el conocido astrofísico y divulgador de la ciencia Carl Sagan popularizó hace unos años y continúa vigente: que, desde cierta perspectiva, todos somos polvo de estrellas, que las estrellas y nosotros, el mundo en el que nos encontramos y que nos rodea, compartimos una especie de hermandad secreta, cósmica, irrevocable.

“La única cosa en el universo que puede hacer más grande un átomo es una estrella”, dice Michelle Thaller en el video que ahora compartimos. Thaller es astrónoma en el Goddard Space Flight Center de la NASA y ha realizado este video para el sitio The Atlantic; una variación del tema propuesto por Sagan, que la científica aborda desde otro punto de vista: si las estrellas que vemos en realidad no están ahí, entonces somos como estrellas muertas que miran de nuevo al cielo en un anhelante gesto de nostalgia por la forma en la que alguna vez fuimos.

Thaller realiza un rápido recorrido por la historia de los elementos, del hidrógeno primordial a todas las transmutaciones que éste tuvo hasta quedar convertido en el hierro de nuestra sangre o el oxígeno en el interior de nuestros pulmones. Una noción que, con todo lo admirable que es, Thaller lleva a un nivel superior.

La astrónoma plantea lo siguiente: llegará un día en el que el hidrógeno se consuma por completo y entonces muera la última estrella. El universo será entonces un lugar frío y oscuro por el resto del tiempo (“lo que sea que eso signifique”, acota Thaller), lo cual, tan solo de imaginarlo, resulta pesaroso. Un sitio sin vida, sumido en las sombras eternas. Y entonces, Thaller concluye que el Sol brilla, el Sol nos ofrece energía que aprovechamos para nuestro desarrollo; el Sol y otros astros están ahí aún, siendo observados por nosotros, y esto “sólo es un pequeña pieza del universo”, el fragmento más bien ínfimo de una historia que continuará por muchos siglos después de que nosotros también desparezcamos: "Eso nos da un sentido de pertenencia sobre lo maravilloso que es este tiempo, cuán maravillosa es nuestra vida ahora, nuestra vida real, y también cuán maravilloso es este tiempo en el universo".

Desafortunadamente para algunos de nuestros lectores, no encontramos una versión subtitulada del video. Pero nos mantenemos al tanto, por si acaso aparece alguna pronto. Mientras tanto, es posible activar la opción CC que ofrece YouTube.