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Pocas veces se da en la realidad un acontecimiento de estas dimensiones, dos genios se encuentran, uno de los mejores ilustradores del planeta decide dibujar a uno de los semidioses de la guitarra.

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Antes de subir al escenario, Jimmy Hendrix cortaba un par de estampillas de su planilla de LSD, las pegaba en su frente y las cubría con la banda que amarraba a su cabeza. O al menos eso cuenta la leyenda. Nadie lo ha confirmado, pero nos gusta creer que realizaba ese pequeño ritual, por alguna razón tiene más sentido que lo que realmente haya pasado. Necesitamos el mito. En otra época se hablaría sin dudarlo de posesión, el público extasiado vería a Dionisos tocando sobre el escenario. Hoy apenas tenemos un efecto químico y un inexistente gesto para creer que esa guitarra y esa descomunal música siguen conectados con la realidad.

Bajo la banda parpadea un tercer ojo. Hendrix es el chamán, el brujo que se burla de las leyes físicas que mantienen a la imaginación encerrada dentro de los cráneos. Su música es un eco que nos devuelve la orografía de otro mundo, un mundo en el que puedes caminar, nadar, disolverte. Hendrix es el encantador del fuego. Cada sonido surge como una bocanada de humo que se eleva en el aire y forma figuras que adquieren cuerpo y vida propia. Organismos que reptan como blandos tentáculos que lo inspeccionan todo, que evolucionan y desarrollan escamas, ojos, patas.

Moebius es simplemente un zoologo, un explorador que lleva un cuidadoso registro de las criaturas imposibles que encontraron en los paisajes sonoros de Hendrix su hábitat. Dibuja con todo detalle lo que los sonidos dictan a sus oídos, persigue a los habitantes de ese mundo hasta sus escondrijos, asiste a la corte, registra las ceremonias, sigue el camino del profeta viendo cómo descompone la realidad a cada paso.

Pero entonces la música para. Moebius suelta el lapiz, Hendrix abandona la guitarra, la aguja deja de rasgar el acetato. Todo sigue en su lugar, nada ha sucedido, o casi nada. El tiempo sigue mientras los planetas de estos dos genios se alejan en sus órbitas.

Twitter del autor: @sustanciaD

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En una cueva subacuática de Tulum, Quintana Roo, conocida como Hoyo Negro, se encontró el resto humano más antiguo que se conoce en América.

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En una cueva subacuática de Tulum, Quintana Roo, conocida como Hoyo Negro, se encontró el resto humano más antiguo que se conoce en América. Se trata de un esqueleto, genéticamente intacto, de una joven de entre 15 y 16 años de edad; el cual fue bautizado como La joven de Hoyo Negro o Naia, haciendo alusión a la ninfa de la mitología griega.

En mayo de 2007, un grupo de buzos exploraban un túnel lleno de agua de unos 10 metros de profundidad y 1 200 metros de largo. Cuando cayeron en un pozo completamente negro, sus luces iluminaron algunos huesos enormes de animales y un cráneo. Tras un análisis, se concluyó que Naia tenía entre 12 mil y 13 mil años de antigüedad, convirtiéndola en la mujer más antigua del continente americano.

Tras un riguroso análisis de su ADN mitocondrial, se descubrió que Naia murió dentro de la cueva, la cual se inundó después de la última glaciación hace 10 mil años. La investigadora Pilar Luna, encargada del proyecto, sospecha que Naia falleció “posiblemente cuando fue en busca de agua y se cayó.” Incluso se analizaron elementos del territorio para comprender los cambios ambientales, confirmando que, durante la edad de hielo, el nivel del mar era de 120 metros más abajo que el actual.

Este descubrimiento confirma la teoría que los primeros pobladores del continente proceden de Siberia (y no de Asia del Sur ni de Europa ni de África, como algunas hipótesis llegaron a señalar). Los paleoamericanos, precursores de los indígenas actuales, pasaron por el Estrecho de Bering o la zona de Beringia, y por consiguiente adaptándose en el continente. Por ello, de acuerdo con un estudio en el Museo Nacional de Antropología, “las diferencias en la forma cráneo-facial entre los indígenas contemporáneos y sus predecesores paleoamericanos se deben a cambios evolutivos posteriores al viaje por Beringia, cuando tomaron rumbos distintos de sus ancestros siberianos.”

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Dominique Rissolo, arqueólogo del Instituto Waitt, considera que tanto los cenotes como las cuevas inundadas de la Península de Yucatán son las fuentes más convenientes para el estudio del ser humano paleoamericano: “Hoyo Negro es una cápsula de tiempo que ha conservado la información sobre el clima y la vida humana, animal y vegetal que existían al final de la última era de hielo.” Ya que, además de los restos de Naia, también se descubrieron restos de otros 26 mamíferos del Pleistoceno Tardío (hace 36 mil años): como el tigre dientes de sable, el perezoso Shasta de tierra, el tapir gigante, el cerdo de monte, un cerdo de monte, un oso, un coyote, un lince, entre otros.