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Funcionaria condiciona a indígenas a procrear solo 3 hijos a cambio de ayuda

Por: PijamaSurf Mexico - 05/04/2014

La autodeterminación de los pueblos indígenas y las visiones occidentales, se contraponen cuando la ayuda económica de gobierno condiciona su cosmogonía.

niñosLas comunidades indígenas han sido marginadas por siglos. Estos grupos en ocasiones también se apartan voluntariosamente de una dinámica que consideran ajena, e incluso indeseable.  En México casi el 80% de la población indígena vive en las líneas de pobreza: la desnutrición es quizá la más arraigada amenaza.

Los programas sociales que se aplican en México desde los noventa, iniciando en la administración de Carlos Salinas, se han maquinado como transferencias de dinero que contrarrestan la desnutrición, y becas educativas para que los niños y jóvenes terminen la escuela, pero hasta ahora no han reparado las causas más profundas de la pobreza. Aun así, para millones de personas el apoyo de estos programas, sobre todo de Oportunidades, son cruciales para comer y estudiar.

Una funcionaria mexicana, Rosario Robles, encargada de la dependencia que administra los programas sociales, condicionó en un reciente discurso la ayuda a las madres de familia indígenas el apoyo de Oportunidades, a cambio de que conciban  como máximo tres hijos. Aunque el control de natalidad es importante, Robles ha sido criticada por la insensibilidad en arrojar una determinación arbitraria como esa, lo que ha generado indignación en redes sociales, y medios de comunicación. Según ella, se ha identificado que las familias conciben mayor número de hijos como medio para allegarse de más recursos económicos.

Según Carlos Beas, de la Unión de Comunidades Indígenas de la zona Norte del Istmo de Tehuantepec, en una entrevista para la Jornada:

El mayor número de hijos es una forma de apoyar en el trabajo del campo y, por tanto, en el sustento de la familia, pero también una forma de compensar la alta mortalidad infantil.

Las declaraciones de Robles se perciben arbitrarias e inicuas en un contexto donde la lógica de integración social es distinta. Aunque la sobrepoblación es un problema que debiera asentarse en la conciencia colectiva, hay contextos especiales, donde las visiones occidentales debieran sociabilizarse de una manera más equilibrada, profunda y oportuna.

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El chef y conductor de TV, Anthony Bourdain, un texto que invita a replantear nuestra perspectiva ante la relación entre dos países que mantienen un complejo y tácito amor cultural.

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La tradición gastronómica de un país, sus usos y costumbres alimenticios, la física y metafísica que envuelven su cocina, sus ingredientes y sabores, son una de las rutas más directas para entender o, al menos, probar, su esencia. Y tal vez por esto no debiera de sorprendernos la lucidez del texto que recientemente publicó en su blog el chef Anthony Bourdain, para presentar un episodio Parts Unknown, el programa que conduce para CNN, dedicado a México.  

Under the Volcano es el título de este emotivo y breve texto, en el cual Bourdain repasa una serie de fenómenos psicoculturales que distinguen la relación entre México y Estados Unidos –esa viva complejidad que los une y separa. Se trata de dos países cuya proximidad cultural les impone una intimidad que supera, por mucho, la simple coincidencia geográfica lo cual resulta en una fusión intensa, desorganizada y, hastía cierto punto, desaprovechada.

México es más guerrero que belicoso, más colorido que estéril, un país que goza de las bondades del surrealismo; generalmente cuenta con la magia de su lado, y puede presumir un linaje histórico como pocos. Estados Unidos, su hermanastro, vive mejor orientado hacia el futuro, procede de un experimento multicultural y filosófico que cambió la historia del mundo, es más funcional y ciertamente poderoso –incluso logró construir e imponer ese tablero en el que hoy se desarrolla buena parte del juego global.  

En esta relación tan improbable como cotidiana, se pueden detectar patrones que evidentemente ayudan a entender las respectivas identidades. Y es que el intenso intercambio de insumos culturales no podría tener otro desenlace que impregnar a ambos de una manera tan caótica como entrañable. Justo en el preciso instante en que uno, o millones, de estadounidenses están consumiendo un 'tortilla chips', planeando sus vacaciones a Playa del Carmen, o aplaudiendo el Oscar a Cuarón, uno, o millones, de mexicanos estamos viendo la última serie de HBO, planeando nuestro próximo viaje a California (no importa si es vía un pollero o una agencia de viajes), o portando un jersey de los Patriotas de Nueva Inglaterra. 

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En su texto, Bourdain recuerda lo que muchos sabemos: que la economía y sociedad estadounidenses difícilmente funcionaría sin su ingrediente estrella, México. Además, increpa a sus compatriotas a que incluyan dentro de sus intereses (más allá de la stripper o el springbreak),  lo que sucede al otro lado, a que se informen, por ejemplo, sobre los costos de una guerra contra las drogas impulsada, principalmente, por Estados Unidos, y que México ha tenido que pagar con más de ochenta mil muertes –considerando que el origen de esta tragedia radica en la demanda que su país genera.

Pero si por parte de EUA hay una comunión tan intensa y gustosa con la cultura mexicana, ¿porqué no se traduce esto es una postura más empática, incluso responsable, ante a lo que sucede en México? 

Amamos las drogas mexicanas. Tal vez no tú personalmente, pero nosotros, como nación, consumimos cantidades monumentales de ellas –y recorremos extraordinarias distancias y gastamos grandes sumas para obtenerlas. Amamos la música mexicana, las playas mexicanas, la arquitectura mexicana, el diseño de interiores, y las películas mexicanas. Entonces, ¿porqué no amamos México?

Desestimamos lo que ocurre apenas cruzando la frontera. Quizá estamos avergonzados. Después de todo México ha estado ahí siempre para nosotros, para satisfacer nuestros más oscuros deseos y necesidades. Ya sea para vestirnos como idiotas, alcoholizarnos y broncearnos con el sol de Cancún, arrojar unos pesos a strippers en Tijuana, o pasonearnos con drogas mexicanas, estamos lejos de nuestro mejor comportamiento en México. Nos han visto a muchos de nosotros en neutro peor plano. Conocen nuestros deseos más oscuros. 

Como mexicano el texto del chef neoyorquino resulta un tanto conmovedor. La sola idea de que haya estadounidenses que perciben así la relación con México, demuestra, al contrario que sus embajadores 'springbreakeros', el lado más luminoso de esta cultura –una faceta sensible, responsable ante la sincronía obvia y abierta a la riqueza del 'otro'. Pero también me gustaría señalar que, aunque de forma distinta, nuestros hermanos mexicanos que están al otro lado de la frontera, en Estados Unidos, representan (como víctimas y no como causantes) una buena porción de los más oscuro de México: un país ineficiente, confundido, incapaz de proveer con oportunidades a sus propios habitantes, vulnerable por las carencias educativas de su población, permisivo ante la irresponsabilidad de sus élites,  y resignado frente a la ineptitud y corrupción de gobiernos miserables.  

En todo caso, más allá de las dos caras de la moneda que, respectivamente, evidenciamos tanto mexicanos como estadounidenses, más allá de reclamos o deudas, lo único que parece indiscutible es que ambos estamos 'condenados' a convivir hombro a hombro. Y considerando lo anterior, resulta aún más benéfico para todos los involucrados, que existan posturas como la que Bourdain expresa en su texto. A fin de cuentas, como bien señala, nos guste o no, ambas culturas estamos inexorable y profundamente envueltas en un abrazo. 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis