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De sastre de sí (sobre viajar como vaivén entre pérdida y encuentro)

Buena Vida

Por: Emilio Gomagu - 05/28/2014

Viajar es buscar pedazos regados por el camino y reconstruirse sin instrucciones; es perderse entre la bruma de lo que se cree que es, y volver nunca es reencontrarse.

Nenenki

Viajar es sin duda despedazarse en el camino, encontrarse en la soledad de sí mismo frente al mundo cambiante y desconocerse. Lo único estable en el trayecto eres ese tú hecho pedazos; un recuerdo borroso de alguien que un día fuiste y que ha desaparecido; una imagen que aunque persigas incansablemente, jamás volverás a ver frente a ningún espejo. Antes, cuando niño, me sorprendía al reconocerme en cualquier reflejo. Hoy en día lo que hago es buscarme, averiguar si sigo ahí, si soy lo que veo y dicen que soy.

Los aprendizajes de viajar se han desmenuzado tanto en el pasado que, finalmente, son borrosas sus enseñanzas. Los más románticos sostienen que el camino enseña sobre todo a ser uno mismo, descubrirse en la intimidad, ver su esencia. Pero los románticos suelen ser también los más mentirosos; "jamás confíes en las palabras de aquel que haya sido educado con boleros", decía mi abuela, y aunque parece una afirmación descortés o rencorosa, no carece de cierta verdad folklórica. Porque bien mirado, qué podemos en esta vida sino ser uno mismo, cualquier cosa que eso sea.

Y es que dispuestos, persuadidos de la vida, se puede viajar y ser cualquier cosa. Oliverio Girondo, transmigrante por excelencia, nos permitió saber de "la voluptuosidad de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda... ¡y nos hace cosquillas!”. Se puede también ser cronopio, fama o esperanza o se puede, simplemente, dejarse dibujar por el otro que, en su afán de conocer, nos va construyendo de a poco con sus preguntas.

Viajar es, pues, verse en los otros y encontrar partes de uno mismo que no sabía que lo habitaban. Porque la persuasión de ser no radica en el traje que uno usa, esa piel que nos contiene, encarcela y al mismo tiempo nos permite estar –y ser– también por fuera. Afortunadamente la vida es otra cosa de lo que vemos y, sobre todo, una mentira abrumadora, una fantasía en construcción permanente. Al final del camino, de nada sirve resolver el enigma y descubrir qué es más importante, si vivir o saber que se ha vivido.

“Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!— el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra?”; “Yo –insiste Girondo–, al menos tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia”.

Viajar es dejarse hamacar por ese swing de perderse y encontrarse; dejarse ir y volver escuchando atento la voz áspera que surge del vaivén y canta al oído que “la vida es sólo un método sin puertas que se llueve a intervalos”, al mismo tiempo que es un raudal de gozo que un día desaparecerá sin previo aviso. Porque detenerse a pensar implica abandonar el viaje, frenar la marcha, destruir la fantasía misma de vivir.

En su peregrinar por el Danubio, Claudio Magris demuestra la simetría del hombre con el río en su fluir constante; dos entes que son –a un tiempo– otros y los mismos, dirigiéndose hacia el fin inevitable. Y en ese andar incesante, manoteando la vida a cada instante, arrebatan con su caricia fugaz una parte de todo lo que tocan. Dos viajeros que no se detendrán hasta dejar de ser lo que son, lo que  han sido.

Viajar es entonces buscar sus pedazos regados por el camino y reconstruirse sin instrucciones; es perderse entre la bruma de lo que se cree que es, y volver nunca es reencontrarse. Aquellos que han conseguido hacer un viaje alrededor de sí mismos pueden sentir cómo “uno se prolonga en las cosas si las mira con ojos de piedad, y las cosas se prolongan en uno, de tal modo que es uno grande como un universo y hay un universo en cada uno”.

En la soledad inmensa de ese universo, viajar es abandonarse, naufragar. “En medio de la tierra, que es suspiro, vagabundo de Dios, el hombre es punto perdido”, “punto muerto en medio de la hora, equidistante al grito náufrago de una estrella”, dijeron alguna vez Alberto Hidalgo y Manuel Maples Arce. Es claro que, una vez que se parte de sí, una vez que se abandona aquel puerto, nunca más nada vuelve a ser lo mismo. Y buscarse en esa inmensidad es como arrojarse al fuego y más tarde seguir encontrándose entre las cenizas, teniendo claro que “hay un poco de magia en cada cosa y un poco de pérdida, para compensar”.

Hoy en día, el mundo y sus estructuras intentan anular la aventura y el misterio. Es así como se vive en este siglo donde se ha perdido toda armonía entre el tiempo y nosotros, entre la infinita variedad que nos rodea y nuestra cada vez menor disponibilidad para abrazarla. De cualquier forma, moverse es mejor que nada: viajar para zurcir mi retacería.

También de Emilio Gomagu: Caminando por el cieloAbrilMás de tres metros bajo tierra

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De los muchos viajes que ayudan a comprender la historia y la geografía de nuestro mundo, pocos habrá que, además de ello, sean tan evocadores y obsequien tantos placeres, lo mismo intelectuales que sensoriales, como aquel que toca Sicilia.

El emplazamiento de esta isla en un crucero señalado de todos los tiempos, mirando a la vez África, el Medio Oriente, Europa y, con énfasis, Grecia, la hizo un verdadero punto de encuentro y crisol de civilizaciones: estuvieron allí Fenicia, Cartago, Grecia, Roma, Bizancio, árabes, normandos, angevinos, aragoneses, prusianos... e italianos.

Como en una real sinergia, en Sicilia la mezcla produce algo único, singular, equiparable al emblema que la distingue: el trisquel o trinacria (así llamaron los helenos a la gran ínsula). Simboliza al país mismo la trinacria, extraño signo que revela tres piernas en forma de hélice, en cuyo núcleo aparece la cara de una Medusa cuya cabellera serpentina se entrelaza en su cuello con tres espigas de trigo:

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Emblema muy antiguo que habla de evolución, comienzo y desenlace; de los tiempos que hubo, hay y habrá, y de la conciencia en expansión en tanto resultado del aprendizaje permanente. Ni más ni menos.

Cada rodilla de este peculiar diseño helicoidal representa una esquina del dilatado territorio triangular que ocupa la isla, en donde se encuentran diversos tesoros, a cual más apreciable. Entre ellos los paisajes y los paisanos, el generoso producto de las vides de esta tierra volcánica, las criaturas oceánicas y las telúricas: la oveja y la cabra, ¿qué más?

Mucho más: el triple escenario de un arte griego del mayor refinamiento, véase si no el Templo de la Concordia, en Agrigento, tomado con buen juicio por la UNESCO como su signo emblemático; la muy feliz combinación de las arquitecturas árabe y normanda adornadas con impresionantes mosaicos bizantinos como la que presenta, en Palermo, el Palacio de los Normandos con su excelsa Capilla Palatina, o ese gran monumento catedralicio: el Duomo de Monreale, edificio portentoso al cual volveré más adelante (sí, es una advertencia).

A tal díada se suma el arte barroco transformado en ciudad, como es la suerte de Ragusa, Módica y Noto o la misma Palermo, pero, sobre ellas, Siracusa, que reúne en Ortigia --su centro primigenio-- historia, arte y mito dentro de una escenografía fantástica: a la vez quimérica e imaginativa, excelente y magnífica.

 Hay una recompensa adicional: cerca de Piazza Armerina, camino a Siracusa desde Agrigento, se levanta la villa romana del Casale, adonde yacen muy extensas superficies de pisos recubiertos por los mejores mosaicos romanos existentes, hechos al gusto de algún dignatario del Imperio, en los primeros siglos de esta era: escenas de caza en África para proveer de fieras al Circo, jóvenes deportistas en atuendo de bikini pre-moderno, en acción o recibiendo los premios del certamen, Eros y Psiqué entregados a sus vocaciones complementarias, rondas de juegos infantiles...  

Quien ello desee en Sicilia, podrá asimismo otear la silueta o aun hollar enormes continentes de magma, volcanes como el Etna o el Estrómboli, éste en el haz pelágico de las Eolias.

Si se tienen curiosidad, voluntad --y medios-- para intentar vislumbrar siquiera apenas una porción del maravilloso puzzle terráqueo, asómense a Trinacrio: hay algo allí que aporta un sentimiento de pertenencia a una estirpe firme y noble, y una reconfortante plenitud.

MonrealeCathedral-pjt1 Como epílogo de estas líneas, y luego de mi advertencia arriba, relataré una anécdota, un suceso significativo en la nimia escala personal. En la casa familiar crecí acompañado por dos enormes volúmenes llamados Il Duomo di Monreale. Illustrato e riportato in tavole cromo-litografiche, Palermo, 1859-1869, dos tomos en folio imperial abierto, formato 71 x 52cm, de D. Domenico-Benedetto Gravina, abad casinense, impresa en los Establecimientos Tipográficos de Francesco Lao. Obra abrumadora según su tamaño, peso y

contenido, pues reproduce planos arquitectónicos y diseños de todos los murales de mosaicos, y es difícil cambiar de página sin utilizar casi toda la fuerza del torso y ello aun con el auxilio de un atril inmenso.  

Al principio supuse que se trataría de un templo en el Canadá francés, luego aprendería que Monreale es idéntico a Monterrey, Monterey, Montreal o Königsberg, es decir: monte real, sólo que ese Monreale se hallaba en Italia, específicamente en Sicilia, y se refería a una de las más grandiosas catedrales existentes, tanto por sus espacios perfectos tan dilatados y aéreos como por la vasta riqueza inigualable de sus inmensos muros cubiertos con mosaicos bizantinos policromos con acentos áureos, de altísima manufactura. Un verdadero icono (¡y vaya que lo es!) del arte arábigo-normando.

Muchas décadas después, en este 2014, pude visitar la reminiscente y hermosa ciudad de Palermo, en cuyas goteras se yergue tal templo; llevaba conmigo una fotografía de aquellos voluminosos tomos relativos al Duomo, por si acaso algún librero anticuario pudiera darme mayores datos. La gentil dependienta del establecimiento que encontré al azar me respondió: no conozco esos libros, pero tengo algo que acaso le interese, y me mostró un bello ejemplar con el mismo título que aquel de mi infancia, este sí con un tamaño manejable: una reproducción integral del tomo de ilustraciones original de 1869, impreso apenas en 2007, con un texto de Monseñor Cataldo Naro, por esos años arzobispo de Palermo, a quien sedujeron lo mismo el admirable edificio entonces su sede y su encargo, como la obra decimonónica que lo plasmó en el papel.

El Arzobispo no cejó hasta saber que Edizione Lussografica se haría cargo de la reimpresión de las tablas cromo-litográficas del original, misma que no pudo ver completa en vida y la cual, sin embargo, presenta un texto previo de dicho monseñor ("Los mosaicos de Monreale como experiencia de gracia"), cuyo buen sentido y tenacidad no puedo sino reconocer aquí.

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Después de sufrir las peripecias acostumbradas de los servicios postales trasatlánticos, este ejemplar que adquirí llegó a mí y ahora me sirve como referencia para consultar luego los viejos volúmenes, cuya gran dimensión los hace irremplazables, sin acudir al engorroso empleo de la polea (exagero, evidentemente, aunque solo un poco).

Julio Verne, al cabo de su Viaje al centro de la Tierra, hace emerger al profesor Lidenbrock desde la boca del Estrómboli, en la costa siciliana, completando así su asombroso recorrido de 1,200 leguas desde Islandia. No es algo casual en lo absoluto.

Sea dicho todo lo anterior para demostrar que Sicilia es un museo vivo, un gabinete de maravillas en donde todo fue, es y, de seguro, será posible: un lugar utópico e intemporal, a la vez que tangible y simultáneo.