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Sueños Recurrentes: sobre la serie "Black Mirror"

Por: Psicanzuelo - 04/23/2014

¿Qué pasaría si la tecnología cubriera la necesidad empática en nuestras relaciones? ¿De qué manera una inteligencia artificial se podría apoderar de la voluntad humana colectiva? ¿Futuro muy cercano o actual presente?

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Black Mirror es una serie británica creada por Charlie Brooker, para channel 4 y conformada por capítulos unitarios, esto es, que no son consecutivos: uno pude ver la cantidad de capítulos que quiera, en el orden que guste sin que esto afecte la comprensión de los mismos. Recuerda en cierto sentido a la enigmática serie de La Dimensión Desconocida, creada por Ron Serling, pero sobre todo en su versión de los años ochenta. Nada más que a diferencia de ella, la ironía de Black Mirror tiene un propósito de crítica punzante contra la tecnología.

Así, en esta compilación dramática de ciencia ficción, por lo general los personajes estarán atrapados en infiernos de paredes metálicas de chip o silicona, programados o programando tramas macabras.

Comencemos hablando de algunas líneas argumentales, y así intentemos generar el interés del lector. En una sociedad futurista donde uno está atrapado en un cuarto de televisores con entretenimiento constante (eso sí, en pantallas planas gigantes) casi sin descanso, a reserva de perder algunas de las fichas ganadas con duro empeño durante el día. Porque no existe más camino que generar puntos en el trabajo diario, el cual consta de pedalear en un juego de video infinito. Partículas digitales coloridas en un mundo gris.  A lo único que se puede aspirar en forma de excelencia, consiste en ser aceptado en un juego de búsqueda de talento, mucho más grotesco que American Idol, si esto fuera posible.

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En otro lugar del mismo universo, los consumidores, pobladores de este nuevo orden pueden grabar lo que miran. Así, existe la posibilidad de darle play back, en caso de ser necesario un cúmulo de videograbaciones, biblioteca de imágenes excitantes para poder llegar al clímax, cuando se sostienen relaciones sexuales con sus parejas. Al igual, se puede aclarar algún argumento, como cuando los árbitros de un partido tienen que recurrir a la repetición instantánea.

En este mundo también existe una solución ante la pérdida de un ser querido, si es que este pasa a mejor vida antes que uno. Un robot idéntico a él; que mucho recuerda ese reciente éxito del cine comercial, Her (Spike Jonze, 2013); pero con sus debidas connotaciones necrófilas.

Identidades animadas son creadas, avatares cómicos, animados y mediatizados, como la única solución social aparente para competir con un candidato político.   

Black Mirror no presenta solución ante ninguna problemática, sino que cuestiona nuestro sistema desde el poder que la tecnología rápidamente desarrolla. No estamos lejos de presentar condenas de prisión, castigos sociales virtuales que pudieran ser controlados por medio de redes sociales. Como el autor Charlie Brooker comenta sobre este episodio:

Me pregunté qué pasaría si en lugar de una cinta de zombies, tienes una historia en la cual 90% de la población simplemente se convierte en voyeurs sin emociones. Se dedican a graban con su celular lo que sea que sucede frente a ellos, especialmente si fuera horrible. ¿Qué le pasaría al 10% restante? Algunos enloquecerían y empezarían a hacer terribles cosas para divertir a la AUDIENCIA.

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La serie es una experiencia en gran parte lúdica, sobre todo en los primeros actos de cada capítulo. Pero también está llena de espacios de horror que surgen de la grotesca concientización del espectador, una anagnórisis inmediata. Uno reconoce fácilmente el camino que estamos tomando, y sus prontas consecuencias. En algunos casos, como les decía, son cosas que están sucediendo y simplemente se dramatizan como si de una fábula digital se tratara, con lo que varios sucesos actuales quedan mucho más claros para una audiencia común.

¿Donde podría haber una solución? Donde no la hay, en la tendencia que tiene la serie para caricaturizar el complejo carácter humano. Las situaciones son completamente reales, o por lo menos posibles en todos sus casos. Pero el hombre fuera de la racionalización de máquina biológica, arma filosófica, tiene un carácter social que lo diferencia de cualquier sistema operativo. La palabra tecnología etimológicamente proviene del griego tekhné que significa "técnica" en un sentido de oficio, hacerlo con la técnica adecuada. El sufijo -logía es el estudio de cualquier cosa. Una manera científica de resolver a través de la técnica problemas de necesidades humanas. El problema es que esas necesidades han pasado a ser invenciones para capitalizar a empresas, no hay un bien común, sólo ganancia. Esas necesidades no son las necesidades humanas, sino los caprichos de la parte de la humanidad que se encuentra en un estado de exceso económico, no sabe qué hacer con esa utilidad. Pero bajo las reglas de mercado libre, ese dinero no puede estar ahí detenido, se debe convertir pronto en mayor ganancia, aparentando un progreso. La velocidad ya no es humana, la mente del hombre no pude alcanzar la velocidad de su creación, la máquina. Entonces, por desequilibrio, desigualdad y crueldad, tiene que venir un balance nuevo. Somos carne, polvo, pero también partículas mismas que pueden ser lámina, aluminio.

Pareciera que el hombre tiene el destino de desaparecer, si no es capaz de utilizar esa tecnología por un bien común y si la compasión no puede ocupar algún lugar cercano al hedonismo. Si pudiésemos encontrar el placer en el dar, que en mucho tiene que ver con la creación artística, sería la misma pulsión del libido que por el momento no tiene una máquina.  

Puedes ver la serie completa aquí    

Twitter del autor @psicanzuelo

La alquimia humana: la mierda como perspectiva del ser

Por: pijamasurf - 04/23/2014

El arte de vivir implica atravesar conscientemente por todos los estados a los que nuestro cuerpo está expuesto.
[caption id="attachment_75779" align="aligncenter" width="576"]Alchemical_Laboratory_-_Project_Gutenberg_eText_14218 Un laboratorio alquímico, de "La historia de la alquimia y los comienzos de la química"[/caption]

Para existir basta con dejarse ser, 
pero para vivir
hay que ser alguien,
hay que tener un HUESO,
hay que atreverse a mostrar el hueso 
y a olvidar el alimento.

-Artaud

Sabemos que el cuerpo humano en ocasiones se retrata como una formidable máquina creativa, digna de todos los honores y celebraciones, pero lo cierto es que al conceptualizar el cuerpo como una línea de producción nos hemos acostumbrado a ver los desechos corporales como subproductos indeseables, pero inevitables de una síntesis energética, y hemos tratado de lidiar con ellos, culturalmente, de las formas más eficaces posibles. El culto a la higiene es el culto a la desaparición de lo indeseado, o con la manera como eso que es inevitable se manifiesta en el curso de nuestros días (y de nuestra vida).

No hay duda de que los ritmos fisiológicos condicionan también los ritmos del pensamiento: la medicina ayurvédica, por ejemplo, sigue considerando que la orina y las heces son desechos del cuerpo, pero no por eso se priva de tratar de desentrañar un sentido (literalmente) general del cuerpo a partir del estado de esos desechos. La medicina occidental, la gastroenterología propiamente, puede proponer una categorización de los desechos que hace palidecer a la zoología de Linneo: un auténtico arcoíris de desechos que puede ser sólo tan "único" como aquél que lo produjo (y tal vez esa fue la fantasía futurista de Piero Manzoni, el de preservar una efímera expresión individual en "Artist's shit").

Porque la escatología es también lo que enseña a mediar entre dos umbrales de realidad, y la palabra poética no ha sido ajena a esa búsqueda de los límites. Francisco de Quevedo escribió el opúsculo Gracias y desgracias del ojo del culo como un texto satírico y obsceno de la sociedad en la que se desenvolvía en las primeras décadas del siglo XVII. En su dedicatoria puede leerse esta sentencia dolorosamente acertada:

Lléguense al reverendísimo ojo de culo que se deja tratar tan familiarmente de toda basura y elemento, ni más ni menos. Fuera de que hablaremos que es más necesario el ojo del rabo solo que los dos de la cara, porque cuanto uno sin ojos en ella puede vivir, y sin ojo de culo, no cagando, no podrá.

Durante el plazo de más o menos 16 horas en que los alimentos atraviesan de un extremo a otro el tracto digestivo, nuestra vida pudo haber cambiado 360 grados; como en los anillos de los troncos (con perdón de la imagen), nuestra historia quedó firmemente asentada, o por el contrario, diluida y licuada en el doloroso olvido. En su oda a la fecalidad (Para terminar con el juicio de Dios), Antonin Artaud llegará nada menos que a afirmar que "Allí donde huele a mierda / huele a ser."

El filósofo y escatólogo Slavoj Zizek no se priva nunca de derivar importantes fundamentos de las relaciones ideológicas entre diferentes facciones del pensamiento occidental al observar la manera en que distintos países lidian con el mismo tipo de desechos, dándoles connotaciones absolutamente diferentes:

 El truco de la ideología, para Zizek, sería no una determinación positiva a lidiar o no con las cosas, sino la diferencia que se transforma en identidad, y que por lo tanto implica una pertenencia, un apego que el psicoanálisis podría diagnosticar como renuencia a alejarse de un nudo vital sintetizado que puede transformarse a su vez en aprendizaje y flujo, o bien en lastre y enfermedad.

No es extraño, por esto, el auge de los productos que prometen mejorar la digestión, apelando al discurso de la salud como horizonte vital: mente sana en cuerpo sano, o bien, aprovechando el excedente corporal para alimentar la maquinaria de las ciudades, como en el intento del Reino Unido por reciclar el material orgánico en biogás.

El horno alquímico, el atanor, nos recuerda, además, que lo que vemos como simple plomo guarda en sí la posibilidad de la metamorfosis, de la transmutación final en oro, dejando atrás todos los estados intermedios que aún separan a la materia "corrupta" de la perfección. Pero como ocurre con todos los santos griales, el horizonte está ahí para retar al viajero, más que para garantizarle una meta; observarnos a nosotros mismos (y cuidar de nosotros mismos) también significa prestar atención a la "inquietud de sí mismo", que implica un "cuidar de sí mismo" mediante el cual el sujeto en Sócrates puede permitirse "conocerse". Porque la práctica del ser y su eidos, su forma, son sobre todo prácticas de un arte de vivir.