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La fiebre del transhumanismo y la utopía digital se incrementa con la película "Transcendence", Stephen Hawking advierte que crear inteligencia artificial, sin las debidas precauciones, podría ser el error más grande en la historia de la humanidad.

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La películas de Hollywood a veces funcionan como puntas de lanza para diseminar ideas que antes eran sólo manejadas por un grupo reducido de intelectuales o de investigadores. Cuando la maquinaria de Hollywood se aboca a distribuir estas ideas con todo el poder sensacional de la imagen, que suspende la incredulidad, se transmiten modos de ver y habitar el mundo a la profundidad de la psique colectiva. Podemos ver en estas transmisiones —en estos blockbusters que escriben la nueva mitología— también una intención de familiarizar al público con algo que es apoyado por el establishment, y posiblemente avanzar una agenda, allanar el terreno e introducir un producto o un estilo de vida. Esto último es discutible: en algunos casos puede ser que las ideas simplemente se caigan de maduras —con una fuerza memética natural— y encuentren el cauce de la oportunidad del mercado, pero en otros casos, lo que opera es  lo que se ha llamado el "complejo militar y de entretenimiento", una fusión de los intereses del Estado con la industria o de una poderosa élite con la industria del entretenimiento, la más sofisticada oficina de propaganda.

La nueva idea que entra al imaginario popular es la de la trascendencia a través de un soporte tecnológico que pueda hospedar nuestra conciencia para que podamos conseguir la inmortalidad (una idea ligada al transhumanismo y a la Singularidad). Trascender —ese milenario deseo espiritual— a través de una máquina: la trama de la nueva película Transcendence, dirigida por Christopher Nolan, con la actuación de Johnny Depp. La idea no es nueva ciertamente, en algunos círculos tiene varias décadas desde que se discute, principalmente con el trabajo de Ray Kurzweil, actualmente encargado de desarrollar máquinas inteligentes para Google. Esta es la visión tecnoutópica de Kurzweil:

La fusión es la esencia de la Singularidad, una era en la que nuestra inteligencia se volverá cada vez más no-biológica y billones de veces más poderosa de lo que es hoy —el amanecer de una nueva civilización que nos permitirá trascender nuestra limitación biológica para amplificar nuestra creatividad. En este nuevo mundo, no habrá distinción entre humanos y máquinas, realidad real y realidad virtual. Podremos asumir diferentes cuerpos y tomar una gama de personalidades a voluntad. En términos prácticos, el envejecimientos y las enfermedades serán revertidas...

En la película Transcendence, el personaje de Johnny Depp, un brillante científico, logra burlar a la muerte después de recibir una herida de bala al transferir su mente a una supercomputadora. Con este hardware, obtiene un estado de omnisciencia que trasciende lo humano. El personaje de Depp, el Dr. Caster, le pregunta al público: "Imagina una máquina con la misma capacidad emocional de un hombre y con un poder analítico superior a la inteligencia colectiva de todas las personas en la historia del mundo. Algunos científicos lo llaman la Singularidad. Yo prefiero llamarlo la Trascendencia". La idea es que una vez que se obtiene la inteligencia artificial la inteligencia estalla de manera exponencial. La idea es ciertamente atractiva, nos ofrece una probada del Árbol del Conocimiento o una mecha del fuego de los dioses.

Si bien es difícil de resistir a esta posibilidad de obtener cualidades superhumanas —y quizás sea absurdo intentar rechazar el camino eminentemente tecnológico que ha tomado la evolución humana— también es cierto que nuestra historia está llena de advertencias ante los peligros de acelerar nuestra tecnología a mayor velocidad que nuestra conciencia y nuestra capacidad de asimilar nuestras invenciones. Ejemplos como la Torre de Babel, el mito de la Atlántida, el mito de Prometeo o las grandes novelas de ciencia ficción, desde Frankenstein a Sueñan los Anrdoides con Ovejas Eléctricas (luego Blade Runner). Una nueva advertencia, de importancia coyuntural, es la crítica de Stephen Hawking de la película Transcendence.

El famoso físico, quien tiene una posición privilegiada en estos temas ya que utiliza la tecnología para realizar funciones básicas, escribe en el Huffington Post  que "es tentador desestimar la noción de máquinas hiperinteligentes como mera ciencia ficción. Pero esto sería un error, y potencialmente el más grande la historia". Hawking señala que los recientes avances en el desarrollo de inteligencia artificial —cosas como la computadora Watson (que  se alzó vencedora en el juego de trivia Jeopardy!), los asistentes digitales personales como Siri, Google Now o Cortana— son "solamente síntomas de una carrera armamenticia alimentada por inversiones sin precedentes que se establece en cada vez más sólidos fundamentos teóricos". Hawking cree que es muy posible que el hombre consiga crear inteligencia artificial ya que "no hay ley física que impida que las partículas se organicen en formas en las que puedan realizar computaciones más avanzadas que los arreglos de partículas en el cerebro humano" y  esto será "el evento más grande en la historia de la humanidad".  Desde fuera del campo de juego nos puede parecer remoto e improbable pero cuando vemos que Google considera una de sus prioridades el desarrollo de la inteligencia artificial, como puede constatarse por su compra de numerosas compañías de robótica en el último año, quizás habría que meditar seriamente sobre lo que advierte Hawking.

Las máquinas IA tendrán la posibilidad de autoactualizarse y rediseñarse produciendo una explosión exponencial de inteligencia en tan sólo unos años. "Como Irving Good notó en 1965, máquinas de  inteligencia superhumana podrían rápidamente mejorar su propio diseño y detonar lo que Vernor Vinge llama la "Singularidad" y el personaje de Jonny Depp la "Trascendencia". Esta tecnología, bien llevada podría llevarnos a erradicar la pobreza, la guerra, las enfermedades. Pero también podría fácilmente "adelantarse a los mercados, sus propios inventores y manipular a los líderes humanos y construir armas que ni siquiera podemos entender". El reto está en cómo controlarla y usarla para el bien del hombre y del planeta. Una forma que se antoja probable es convirtiéndonos en parte de esa inteligencia artificial, en fusionarnos con ese fuego tecnológico al final de la historia humana. Aunque claro, además de que el escenario es totalmente insólito y difícil de anticipar, esto también nos enfrenta con la disyuntiva de quiénes serán aquellos que se fusionen con las supercomputadoras y si necesariamente estos pioneros tendrán un espíritu fraternal o buscarán intereses personales o elitistas. Uno puede pensar que la hipér-inteligencia está relacionada con la bondad, la empatía, la ética, pero esto no es necesariamente una verdad absoluta. Quizás una máquina hiperinteligente determine que el hombre es una plaga para el planeta y por lo tanto prescindible. Por otro lado también, al menos desde la limitación del nuestro presente, es legítima la pregunta de si es verdaderamente inteligente vivir sin la corporalidad como la conocemos, más allá de que podamos simular todas las sensaciones ligadas a nuestro cuerpo con una conciencia descarnada. En otras palabras, quizás exista una mejor forma de trascender y el cuerpo, aunque pueda ser un instrumento parcial, quizás sea, con todas sus falencias —y quizás precisamente por sus falencias que nos ligan a la carencia y al sufrimiento— un mejor vehículo dentro del misterio de la existencia para trascender y evolucionar de manera consciente.

Hawking cree un poco lo mismo que sostenía McLuhan, que nuestras tecnologías evolucionan más rápido que nuestra capacidad de darles sentido y entender sus efectos. Esto puede ser letal (pensemos en escenarios como Sky-Net) si no nos preparamos de mejor manera para dar a luz ."¿Si una civilización extraterrestre más avanzada nos envía un mensaje diciendo 'Estamos en camino a su planeta. Llegaremos en unas décadas', responderíamos solamente 'Ok, llámenos cuando lleguen?' Probablemente no —pero más o menos esto es lo que está pasando con la inteligencia artificial. El parangón es interesante, antes Hawking había dicho algo similar sobre nuestra obsesión por encontrar vida extraterrestre: "Si los aliens nos visitan creo que el resultado podría ser algo parecido a cuando Cristóbal Colón llegó a América, lo cual no resultó en ningún beneficio para los habitantes del nuevo continente”. Aunque surja de nosotros mismos,  de la misma materia planetaria, el contacto con una inteligencia artificial podría ser un evento de radical otredad, una caja de pandora o una panacea.

 

Twitter del autor: @alepholo

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La alquimia humana: la mierda como perspectiva del ser

Por: pijamasurf - 04/22/2014

El arte de vivir implica atravesar conscientemente por todos los estados a los que nuestro cuerpo está expuesto.
[caption id="attachment_75779" align="aligncenter" width="576"]Alchemical_Laboratory_-_Project_Gutenberg_eText_14218 Un laboratorio alquímico, de "La historia de la alquimia y los comienzos de la química"[/caption]

Para existir basta con dejarse ser, 
pero para vivir
hay que ser alguien,
hay que tener un HUESO,
hay que atreverse a mostrar el hueso 
y a olvidar el alimento.

-Artaud

Sabemos que el cuerpo humano en ocasiones se retrata como una formidable máquina creativa, digna de todos los honores y celebraciones, pero lo cierto es que al conceptualizar el cuerpo como una línea de producción nos hemos acostumbrado a ver los desechos corporales como subproductos indeseables, pero inevitables de una síntesis energética, y hemos tratado de lidiar con ellos, culturalmente, de las formas más eficaces posibles. El culto a la higiene es el culto a la desaparición de lo indeseado, o con la manera como eso que es inevitable se manifiesta en el curso de nuestros días (y de nuestra vida).

No hay duda de que los ritmos fisiológicos condicionan también los ritmos del pensamiento: la medicina ayurvédica, por ejemplo, sigue considerando que la orina y las heces son desechos del cuerpo, pero no por eso se priva de tratar de desentrañar un sentido (literalmente) general del cuerpo a partir del estado de esos desechos. La medicina occidental, la gastroenterología propiamente, puede proponer una categorización de los desechos que hace palidecer a la zoología de Linneo: un auténtico arcoíris de desechos que puede ser sólo tan "único" como aquél que lo produjo (y tal vez esa fue la fantasía futurista de Piero Manzoni, el de preservar una efímera expresión individual en "Artist's shit").

Porque la escatología es también lo que enseña a mediar entre dos umbrales de realidad, y la palabra poética no ha sido ajena a esa búsqueda de los límites. Francisco de Quevedo escribió el opúsculo Gracias y desgracias del ojo del culo como un texto satírico y obsceno de la sociedad en la que se desenvolvía en las primeras décadas del siglo XVII. En su dedicatoria puede leerse esta sentencia dolorosamente acertada:

Lléguense al reverendísimo ojo de culo que se deja tratar tan familiarmente de toda basura y elemento, ni más ni menos. Fuera de que hablaremos que es más necesario el ojo del rabo solo que los dos de la cara, porque cuanto uno sin ojos en ella puede vivir, y sin ojo de culo, no cagando, no podrá.

Durante el plazo de más o menos 16 horas en que los alimentos atraviesan de un extremo a otro el tracto digestivo, nuestra vida pudo haber cambiado 360 grados; como en los anillos de los troncos (con perdón de la imagen), nuestra historia quedó firmemente asentada, o por el contrario, diluida y licuada en el doloroso olvido. En su oda a la fecalidad (Para terminar con el juicio de Dios), Antonin Artaud llegará nada menos que a afirmar que "Allí donde huele a mierda / huele a ser."

El filósofo y escatólogo Slavoj Zizek no se priva nunca de derivar importantes fundamentos de las relaciones ideológicas entre diferentes facciones del pensamiento occidental al observar la manera en que distintos países lidian con el mismo tipo de desechos, dándoles connotaciones absolutamente diferentes:

 El truco de la ideología, para Zizek, sería no una determinación positiva a lidiar o no con las cosas, sino la diferencia que se transforma en identidad, y que por lo tanto implica una pertenencia, un apego que el psicoanálisis podría diagnosticar como renuencia a alejarse de un nudo vital sintetizado que puede transformarse a su vez en aprendizaje y flujo, o bien en lastre y enfermedad.

No es extraño, por esto, el auge de los productos que prometen mejorar la digestión, apelando al discurso de la salud como horizonte vital: mente sana en cuerpo sano, o bien, aprovechando el excedente corporal para alimentar la maquinaria de las ciudades, como en el intento del Reino Unido por reciclar el material orgánico en biogás.

El horno alquímico, el atanor, nos recuerda, además, que lo que vemos como simple plomo guarda en sí la posibilidad de la metamorfosis, de la transmutación final en oro, dejando atrás todos los estados intermedios que aún separan a la materia "corrupta" de la perfección. Pero como ocurre con todos los santos griales, el horizonte está ahí para retar al viajero, más que para garantizarle una meta; observarnos a nosotros mismos (y cuidar de nosotros mismos) también significa prestar atención a la "inquietud de sí mismo", que implica un "cuidar de sí mismo" mediante el cual el sujeto en Sócrates puede permitirse "conocerse". Porque la práctica del ser y su eidos, su forma, son sobre todo prácticas de un arte de vivir.