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La ciudad de los palacios: Lunar feo y asqueroso, cloaca general del universo. México hace 200 años

Arte

Por: Úrsula Camba Ludlow - 04/10/2014

Todas las calamidades que sufrimos en la Ciudad de México nos parecen nuevas o “modernas”, es decir, de hace algunos años. Pero la verdad de las cosas es que los problemas que padecemos los capitalinos desde hace siglos, en esencia, han cambiado relativamente poco. Deja que Úrsula Camba te lo cuente.
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La Plaza Mayor (Zócalo) en la segunda mitad del siglo XVIII

“Vulgo indómito, insolente, desvergonzado, hombres ociosos, vagos, malentretenidos, viciosos, mal inclinados, incorregibles”, eran algunos de los defectos que se atribuían a los mexicanos hace 200 años. Asimismo, la ciudad de México era concebida como un “albergue de malhechores, lupanar de infamias, cuna de pícaros, infierno de caballeros y purgatorio de hombres de bien” entre los calificativos que recibía. Esto nos recuerda más bien a alguna canción de Lupita D’Alessio o de Paquita La del Barrio. Ahora veremos por qué recibió tantos insultos.

Todas las calamidades que sufrimos en la Ciudad de México nos parecen nuevas o “modernas”, es decir, de hace algunos años. Pero la verdad de las cosas es que los problemas que padecemos los capitalinos desde hace siglos, en esencia, han cambiado relativamente poco.

Para empezar, casi desde su fundación, la ciudad se inundaba y no unos cuantos centímetros, no, se inundaba más de un par de metros. Rodeada por 5 lagos, era frecuente que estos se desbordaran en la época de lluvias. De hecho, hubo una inundación tan grave, la cual duró 5 años, que la gente andaba en canoa, se trajeron a las vírgenes de Guadalupe y de los Remedios desde sus santuarios y en una chalupa las pasearon por la ciudad para ver si con su intercesión bajaban las aguas. Incluso se planteó seriamente la necesidad de cambiar la capital de lugar.

En cuanto al aseo y orden de las calles, la gente sale a barrer su banqueta, echando toda la basura al caño con el resultado que ya conocemos. En la temporada de estío sale una pestilencia insoportable y en la estación de lluvias las inmundicias se desbordan inundando las calles, haciendo imposible el tránsito.

En efecto, las calles son empedradas, pero necesitan mantenimiento y reparaciones constantes. En una ocasión se comenzó a arreglar un tramo que iba de la calle de la Palma a la de San Francisco (hoy Madero) que costó 100 mil pesos, cifra exorbitante para aquella época, pero eso no fue lo peor: sino que a los 15 días de terminado el tramo se tuvo que proceder a la compostura de las mismas; no, no se trata de la línea 12 del metro.

El alumbrado público, mucho antes de que existiera la luz eléctrica, consistía en la colocación de farolas con velas, pero esas debían ser encendidas y mantenidas por alguno o varios de los vecinos de la calle, pero como nadie quería o podía hacerse responsable de las mismas, dichas farolas se estropeaban por falta de mantenimiento, o en la mayoría de los casos eran robadas, así que al caer la noche, las calles quedaban en completa oscuridad, lo que daba ocasión a los ladrones para atracar a borrachos despistados o a cualquier cristiano que se le hubiera hecho tarde para regresar a su casa.

La delincuencia asolaba los caminos, principalmente la ruta comercial de Veracruz-Puebla-Ciudad de México. En grupos y cuchillo en mano desvalijaban a los viajeros. En la ciudad había que andarse con cuidado pues los “rajabolsas” y “arrebatacapas” aprovechaban el más mínimo descuido en la confusión del tumulto y los empujones de los días de mercado o de una procesión, para robar a los paseantes.

Los contrastes se ven por todas partes, indios que viven en la miseria más absoluta cubiertos sólo con una tilma, mientras que otros se pasean en carrozas rodeados de elegantes criados.

Las pulquerías son una de las causas de la perdición de los habitantes, quienes en la borrachera dilapidan lo ganado en la semana o en el mes, dinero que se les va en tomar, apostar y pagar a los músicos, lo cual desemboca por lo general en riñas, robos, e incluso muertes.

Por otra parte, la gente pasa largas horas jugando dados y naipes, a pesar de estar prohibidos, arruinando el patrimonio familiar, empeñando o perdiendo joyas y enseres domésticos. Mientras esperan a sus patrones en la calle, para matar el tiempo, los criados se dedican a jugar y a apostar, y el resultado son nuevamente, insultos, golpes y trifulcas. Militares y religiosos abusando de sus privilegios también se pierden en el juego, sin que nadie los llame al orden.

De las celebraciones ni qué decir. La Semana Santa, el Día de Muertos, las fiestas en honor a los santos, en lugar de ser consagradas a la reflexión y el arrepentimiento, se convierten en pretexto para hacer desmanes: Cuando pasan las procesiones, los vendedores a voz en cuello van ofreciendo entre la gent, aguas frescas, dulces de masa y figuritas de mazapán, comida y golosinas, sin respeto alguno por el ritual. Asimismo, esas aglomeraciones se prestan a manoseos y pellizcos entre los espectadores debido a que no hay espacio suficiente para moverse entre los portales. A las puertas de las iglesias se encuentran por doquier cazos, metates y puestos de comida para satisfacer el paladar de los novohispanos cuyo peor pecado es el de la gula, seguido muy de cerca por la pereza y la lujuria….

En cuanto al tráfico en la ciudad, los problemas se multiplican. La gente se endeuda por rentar o comprar un coche o carroza para poder pasear por la ciudad y ser visto. Hay cientos de coches con los consabidos cocheros imprudentes: manejan rápido, sin ningún cuidado y ocasionan accidentes, fracturas de brazos y piernas e incluso la muerte, asimismo dañan el empedrado que es tan costoso. Protegidos por sus patrones, van cometiendo tropelías sin que nadie les ponga un alto.

La ciudad de los Palacios, la región más transparente, el sitio que impresionó a Cortés y a sus hombres cuando cruzaron el paso entre los volcanes era para otros menos románticos y más mordaces un “lunar feo y asqueroso” y una “cloaca”. Cualquier semejanza con la realidad actual, es mera coincidencia.

 

Referencia:

Hipólito Villarroel. Enfermedades políticas que padece la capital de esta Nueva España, Planeta-Conaculta, 2002, México.

 

Twitter de la autora: @ursulacamba

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.

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"La presencia de un payaso" de Ingmar Bergman. La genial indecisión de un genio

Arte

Por: Koki Varela - 04/10/2014

Impresiones durante la proyección del filme de Ingmar Bergman “En presencia de un payaso”, incluido en el ciclo de la Cineteca Nacional sobre el director sueco.

Bergman

Bergman, alquimista de sombras, revelador de demonios, creador de personajes sin máscara o de máscaras amplificadoras de íntimas atrocidades; Bergman el destripador genial de traumas y desgarros, el retratista meticuloso del instinto de destrucción. Frente a un payaso, el público indomeñable y feliz de la Cineteca Nacional Mexicana cedió por un momento su pulsión fagocitaria al ardor del texto y la eficacia de las imágenes del viejo maestro de ceremonias catárticas.

Era viernes, y todo apuntaba a que el rumor palomitero y el estruendo metálico de las bolsas de papas me arruinarían la proyección. Pero el arte triunfó, el cinematógrafo se impuso a la pulsión del consumo, el drama asoló el murmullo de los jugos gástricos y todos quedamos absortos por el extraño y familiar mundo del creador de imágenes sueco. 

Un hombre (Börje Ahlstedt) cura su neurosis en un hospital psiquiátrico. Tiene una fijación: Schubert. Quizás un demente, probablemente un artista genial, con seguridad un hombre presa de pulsiones incontrolables. Una visita: un anciano hiperculto (Erland Josephson) con desvaríos predicadores, un visionario senil. Sus mujeres: más jóvenes, más bellas, más sensibles, abandonadas a la admiración y a la culpa, a la sujeción a niños disfrazados de arrugas y achaques. La combinación es la adecuada: los sueños del loco genial encontrarán el limo fertilizante en la excentricidad del recién llegado: un orador cuya mujer es paradójicamente muda y elocuente. El invento: la primera película con voz, un mecanismo ingenuo pero efectivo, la soldadura perfecta entre teatro y cinematógrafo. La obra: vida y tormento de Schubert, su “hundimiento” final. Un estreno: inquietantes y perfectamente dibujados invitados. Una sala y un técnico proyector que tose sangre. Comienza la función: imagen y voces funcionan a la perfección, pero algo falla: saltan los plomos, el cine arde, la proyección debe terminar (¿Bergman se decide por el teatro?). La razón: en lugar de plomos fueron insertadas monedas, o lo que es lo mismo: el dinero funde la ilusión, con llamas devora la existencia feliz y verdadera del arte. Decepción. Y sin embargo la función puede continuar: sin la torpe proyección, el relato continúa con la presencia viva de los actores. La emoción crece. El público se inserta en el relato, de mero espectador pasa a ser pura energía de escena, elemento catalizador. La magia renace multiplicada, el teatro demuestra su perenne poder de ensoñación. 

En la Cineteca Nacional Mexicana, abandonada al silencio y olvido de sus ágapes, el teatro embargaba a través del haz de luz. ¿Presenciamos una película o una obra fotografiada?, ¿vivimos la dramaturgia o la fascinación del cinematógrafo? “La película continúa”, dice el protagonista aliviando al público tras el incendio, “la película continúa”. Bergman toma una decisión. De una vez por todas, torna su sempiterna indecisión −director de teatro/director de cine− en la alquimia del relato. Cine y teatro se confunden y participan a relevos en la construcción de una obra que escapa a toda definición. Si en la película el cine fascina al público en un primer momento, el incendio lo devuelve a sus orígenes: como en una primitiva cueva la reunión se torna íntima y ritual. El orador delirante aludirá en su presentación a la primera proyección del hombre: pinturas rupestres agitándose al destello de primitivas antorchas. Realidad y ficción se condensan sobre las tablas; realidad y ficción que entran a formar parte de la Ficción que todos vemos y que nos absorbe por su extraña cualidad. ¿El teatro ha triunfado? ¿O es sólo cine lo que estamos contemplando? Bergman se decide por diluir en un mismo vaso ambas fórmulas, y aunque notamos una final inclinación amorosa por el escenario, no puede renunciar a su amor extramarital: el cine. Bergman se decide aunque sea por la indecisión, por hacer de la perfecta ambigüedad el resultado final de la tensión que recorre sin excepción toda su obra.

Bergman director de teatro, Bergman director de cine. El espectro de Strindberg recorriendo el polímero del celuloide como un fantasma imposible de exorcizar. Bergman se decide por el todo. A los empeñados en la especificidad del cine, a los desconfiados del teatro filmado (a mí ente ellos) les surge una duda razonable. En presencia de un payaso hemos visto a todos morir y resucitar el cine y revivir el teatro en la ilusión óptica de la proyección. 

El artista genial seguirá atormentado, la muerte vestida de clown está al acecho, la obra de arte tortura al genio y lo devora; frente a la muerte todo es inútil, absurdo, y, sin embargo, nos resistimos a ella con películas y representaciones. El cameo de Bergman en el psiquiátrico es elocuente: aquí debemos estar por querer franquear los límites, este es el lugar que nos queda a los que corremos contra la muerte enarbolando la efímera bandera del arte: finalmente sólo esperar, y procurar en el camino armarnos de ilusión por el medio que sea, o por todos los medios.