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Hombre descubre el lenguaje matemático del universo tras golpearse la cabeza

Arte

Por: pijamasurf - 04/22/2014

Después de ser víctima de un violento asalto que le causó lesiones cerebrales, Jason Padgett nunca volvió a ver el mundo de la misma manera. Ahora ve patrones geométricos en todos lados, cada imagen le muestra la armonía matemática del universo.

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Si pudieras ver el mundo a través de los ojos de Jason Padgett posiblemente tendrías frente a ti una imagen de perfección, de orden, de la estructura que se esconde detrás de los detalles más nimios. Somos víctimas de las cosas, de su violenta unicidad, pues somos incapaces de ver la armonía geométrica del universo frente a nosotros.

Debido a un accidente traumático causado por un brutal ataque Jason ha sido capaz de ver estos patrones por más de una década. Este cambio de percepción es, en el fondo, un cambio en la estructura de su cerebro. Jason no sólo tuvo la suerte de sobrevivir, sino que su cerebro fue completamente reseteado, volviéndose un supercomputador.

Jason no necesita una calculadora para saber, por ejemplo, que el Teorema de Pitágoras es exacto, sino que puede ver cómo se manifiesta en la geometría de cualquier edificio o cualquier árbol. El universo habla en un lenguaje secreto y desde que Jason fue atacado violentamente por unos asaltantes empezó a entenderlo.

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Los doctores dicen que no hubo un cambio sustancial en su cerebro, más bien parece que una habilidad innata, pero dormida, fue despertada. Al menos ésta es la teoría de Darold Treffert, la más famosa autoridad en cuando a savants se refiere. Treffert le dijo a Jason que todos tenemos habilidades extraordinarias justo bajo la superficie, que son como instintos innatos que esperan el momento de ser despertados. Por qué nuestro cerebro reprime estas habilidades es un misterio, pero a veces hay traumatismos que pueden liberarlas.

Cuando Jason se cepilla los dientes tiene que pasar el cepillo por el agua 16 veces. No sabe por qué, simplemente es un número que tiene grabado en su cabeza. Sin embargo, trata de no preocuparse mucho por estos detalles, de no pasar horas descifrando patrones geométricos en el flujo del agua o en los rayos de sol que se rompen al pasar por las hojas de los árboles.

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Le gusta tener 43 años. El 43 es un número primo, uno de esos números extraños, con un poder especial, que le gusta recitar como un mantra cuando necesita espantar la mala suerte.

No puede evitar contarlo todo, nunca masca chicle para evitar contar el número de mordidas que le está dando. Cada número hace surgir una imagen, un patrón nuevo, una forma que hace surgir nuevas formas, cuando cada forma es la semilla de un fractal. Para Jason todo son fractales, todo es el reflejo de esta estructura inacabable. Incluso una vez una firma de Toronto lo contactó para aplicar su geometría fractal al mercado de valores.

Sus nuevas habilidades han llevado a Jason a recorrer el mundo, a conocer psicólogos y matemáticos con los cuales ha confrontado sus teorías sobre el mundo y la conciencia. No necesita la fama, todos los días se despierta para trabajar, se siente feliz de abrir los ojos y dejarse cautivar por el esplendor del mundo. Nunca se aburre, el universo es un gran cuenta historias, y siempre entrega una nueva historia en el café para quien sabe leerla.

[Salon]

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"La presencia de un payaso" de Ingmar Bergman. La genial indecisión de un genio

Arte

Por: Koki Varela - 04/22/2014

Impresiones durante la proyección del filme de Ingmar Bergman “En presencia de un payaso”, incluido en el ciclo de la Cineteca Nacional sobre el director sueco.

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Bergman, alquimista de sombras, revelador de demonios, creador de personajes sin máscara o de máscaras amplificadoras de íntimas atrocidades; Bergman el destripador genial de traumas y desgarros, el retratista meticuloso del instinto de destrucción. Frente a un payaso, el público indomeñable y feliz de la Cineteca Nacional Mexicana cedió por un momento su pulsión fagocitaria al ardor del texto y la eficacia de las imágenes del viejo maestro de ceremonias catárticas.

Era viernes, y todo apuntaba a que el rumor palomitero y el estruendo metálico de las bolsas de papas me arruinarían la proyección. Pero el arte triunfó, el cinematógrafo se impuso a la pulsión del consumo, el drama asoló el murmullo de los jugos gástricos y todos quedamos absortos por el extraño y familiar mundo del creador de imágenes sueco. 

Un hombre (Börje Ahlstedt) cura su neurosis en un hospital psiquiátrico. Tiene una fijación: Schubert. Quizás un demente, probablemente un artista genial, con seguridad un hombre presa de pulsiones incontrolables. Una visita: un anciano hiperculto (Erland Josephson) con desvaríos predicadores, un visionario senil. Sus mujeres: más jóvenes, más bellas, más sensibles, abandonadas a la admiración y a la culpa, a la sujeción a niños disfrazados de arrugas y achaques. La combinación es la adecuada: los sueños del loco genial encontrarán el limo fertilizante en la excentricidad del recién llegado: un orador cuya mujer es paradójicamente muda y elocuente. El invento: la primera película con voz, un mecanismo ingenuo pero efectivo, la soldadura perfecta entre teatro y cinematógrafo. La obra: vida y tormento de Schubert, su “hundimiento” final. Un estreno: inquietantes y perfectamente dibujados invitados. Una sala y un técnico proyector que tose sangre. Comienza la función: imagen y voces funcionan a la perfección, pero algo falla: saltan los plomos, el cine arde, la proyección debe terminar (¿Bergman se decide por el teatro?). La razón: en lugar de plomos fueron insertadas monedas, o lo que es lo mismo: el dinero funde la ilusión, con llamas devora la existencia feliz y verdadera del arte. Decepción. Y sin embargo la función puede continuar: sin la torpe proyección, el relato continúa con la presencia viva de los actores. La emoción crece. El público se inserta en el relato, de mero espectador pasa a ser pura energía de escena, elemento catalizador. La magia renace multiplicada, el teatro demuestra su perenne poder de ensoñación. 

En la Cineteca Nacional Mexicana, abandonada al silencio y olvido de sus ágapes, el teatro embargaba a través del haz de luz. ¿Presenciamos una película o una obra fotografiada?, ¿vivimos la dramaturgia o la fascinación del cinematógrafo? “La película continúa”, dice el protagonista aliviando al público tras el incendio, “la película continúa”. Bergman toma una decisión. De una vez por todas, torna su sempiterna indecisión −director de teatro/director de cine− en la alquimia del relato. Cine y teatro se confunden y participan a relevos en la construcción de una obra que escapa a toda definición. Si en la película el cine fascina al público en un primer momento, el incendio lo devuelve a sus orígenes: como en una primitiva cueva la reunión se torna íntima y ritual. El orador delirante aludirá en su presentación a la primera proyección del hombre: pinturas rupestres agitándose al destello de primitivas antorchas. Realidad y ficción se condensan sobre las tablas; realidad y ficción que entran a formar parte de la Ficción que todos vemos y que nos absorbe por su extraña cualidad. ¿El teatro ha triunfado? ¿O es sólo cine lo que estamos contemplando? Bergman se decide por diluir en un mismo vaso ambas fórmulas, y aunque notamos una final inclinación amorosa por el escenario, no puede renunciar a su amor extramarital: el cine. Bergman se decide aunque sea por la indecisión, por hacer de la perfecta ambigüedad el resultado final de la tensión que recorre sin excepción toda su obra.

Bergman director de teatro, Bergman director de cine. El espectro de Strindberg recorriendo el polímero del celuloide como un fantasma imposible de exorcizar. Bergman se decide por el todo. A los empeñados en la especificidad del cine, a los desconfiados del teatro filmado (a mí ente ellos) les surge una duda razonable. En presencia de un payaso hemos visto a todos morir y resucitar el cine y revivir el teatro en la ilusión óptica de la proyección. 

El artista genial seguirá atormentado, la muerte vestida de clown está al acecho, la obra de arte tortura al genio y lo devora; frente a la muerte todo es inútil, absurdo, y, sin embargo, nos resistimos a ella con películas y representaciones. El cameo de Bergman en el psiquiátrico es elocuente: aquí debemos estar por querer franquear los límites, este es el lugar que nos queda a los que corremos contra la muerte enarbolando la efímera bandera del arte: finalmente sólo esperar, y procurar en el camino armarnos de ilusión por el medio que sea, o por todos los medios.